La ‘otra’ finalidad de la comunicación en el aula

Por Edistio Cámere

La comunicación es un área sustancial en la formación escolar. Hablar, escribir, escuchar y leer son capacidades queconversando-proyecto enlazan directamente al alumno con la cultura y la sociedad. Por tanto, su dominio exige del aprendizaje de técnicas y reglas que por su rigor, y no poca complejidad, pueden hacer que el alumno corra el riesgo de no advertir la otra finalidad de la comunicación, que es la de integrarnos como personas. Y es que el propio docente puede sesgar su esfuerzo, quizá intensivamente, hacia la práctica gramatical, descuidando la creación de espacios que favorezcan el poner en común los propios pensamientos y experiencias. Esta segunda finalidad se hace realidad en tanto que el docente cuente con la confianza y autonomía necesarias para hacerlo.

Calificar al docente se ha convertido hoy casi en un deporte nacional. Como en los demás sectores productivos y de servicios, el contar con personal idóneo es un objetivo siempre actual; por tanto, implementar estrategias y mecanismos eficaces para conseguirlo es también una tarea prioritaria del sector educativo. Sin embargo, hacer de ese cometido, que es de ordinaria administración, un hecho mediático y ‘urgente’  atenta directamente contra la labor que desarrollan los docentes.

serie 4Dos pruebas -entre otras- al canto, relacionadas a la evaluación pública de los docentes: Para que se lleve a cabo la relación enseñanza–aprendizaje, en buenos términos se requiere que el docente tenga gobierno y autoridad en el aula. Pero ¿no es verdad que la calificación negativa generalizada y mediática, mina la imagen que debe tener un profesor ante los alumnos y ante sus padres? En los países llamados del Primer Mundo los docentes tienen poco imperio -influyendo asertivamente- para lograr en sus alumnos un adecuado porte y actitud para el aprendizaje. En nuestro país, el profesor aún goza de esa potestad. ¿Qué sentido tiene, entonces, alterar la ecuación enseñanza-aprendizaje, restándole protagonismo al docente? El respeto a su persona y a su quehacer debe cuidarse y alimentarse.

serie 2La segunda prueba alude al mensaje implícito: Si todo se mide, se evalúa o se compara, ¿qué espacio queda para propiciar el encuentro personal del alumno con la cultura? O ¿qué tiempo se dispone para atender a una pregunta genuina e interesante de un discente? Si al docente se le evalúa por lo que sabe, su transmisión será el resultado a medir en sus alumnos. ¿No estaremos ante un sutil y embozado retorno al memorismo? ¿Qué se busca en educación: formar eruditos o personas cultas? Una persona culta es aquella que establece relaciones personales inéditas con los distintos datos de la instrucción (G. Thibon). La prisa, la velocidad, hermanas de la calidad entendida como mera instrucción, impiden que el docente –bien intencionado, que no son pocos– pueda conseguir que sus alumnos enlacen los datos recibidos haciéndose y siendo cultos.

La ‘otra’ finalidad

serie 3Pensando en esos maestros convencidos que educar es más que dictar y dejar tareas, me gustaría dar otra mirada a la comunicación integral persuadido que aún se puede ‘tocar’ el ideal de que la educación también tiene un componente de ‘arte’. Quizá uno de los pocos efectos negativos de la creciente expansión de la tecnología es que no fomenta la comunicación interpersonal, física y directa. Privilegia, en cierto modo, la autosuficiencia, porque los estímulos, imágenes, sonidos… son de tal calidad que complacen largamente. La comunicación vía medios electrónicos se reduce a monosílabos o a íconos, que tienen la extraña virtud de ser polifuncionales: expresan por igual significados, sentimientos, emociones… Pero a pesar de esa versatilidad, pienso que la palabra de la mano con la mirada es insuperable en lo que a comunicación se refiere. 

serie 1Comunicar es compartir, poner en común pensamientos, sentimientos y afectos para que quien escuche participe de ellos. Escuchar es focalizar la atención, es ponerse en actitud de acoger lo que se dice y a quien lo dice. Lo mejor de cada uno ‘sale’ al exterior, se da a conocer gracias a la palabra y al cuerpo. Ambos son profundamente manifestativos: la mirada, el tono de voz, el movimiento de las manos, el vestido… todo ello pone en consideración del otro nuestra singularidad, aquello que nos hace únicos.

No sé si la palabra busca la mirada o si la mirada va al encuentro de la palabra. Ciertamente, las dos se necesitan para fundirse en el diálogo que es el intercambio de originalidades con relación a un mismo bien: la realidad. La comunicación interpersonal es ‘educiva’, es decir, alumbra y pone en valor la intimidad, tanto de quien habla como de quien escucha. En el encuentro interpersonal uno descorre el velo que guarda el misterio de su intimidad; el otro, acogiéndole, se devuelve en el mismo sentido. La reciprocidad ‘amarra’ y lanza al futuro la comunicación interpersonal en un crecimiento continuo. 

Toda comunicación parte de una valoración de lo propio. Cuando digo ‘propio’ no sólo me refiero a la patria sino, sobre todo, a quién y a cómo soy, a mi familia y a los principios recibidos de aquella, a los amigos, al colegio, al barrio… y valorar lo que uno es, todo lo cual configura la propia identidad. Apreciar lo que se tiene y donde se está permite descubrir posibilidades para el crecimiento personal.  Cuanto más pendiente se está de lo que no se es o de lo que no se tiene más fácilmente se pierde uno en el anonimato y se es menos protagonista de la propia historia. Solo desde la propia identidad uno se puede abrir a otras identidades en una relación recíproca y respetuosa.

Comprender consiste en  abandonar el propio punto de vista para situarse en el punto de vista del otro. Se trata de abrazar su singularidad con mi singularidad en un acto de acogimiento y esfuerzo de concentración.  Contrario a lo que muchos piensan, etiquetar o calificar a la persona sobre la base de categorías no es necesariamente conocerla. Decir de alguien que es histérico, extranjero, flojo, gordo o flaco, es poner distancia y barreras defensivas que impiden la comunicación entre un ‘yo’ y un ‘tú’.

Comunicación y solidaridad

La comunicación es fundamental para la creación de espacios de solidaridad. Las capacidades están distribuidas en aparente desorden pero, aunque suene a paradójico, resulta ser el mejor modo de contribuir al desarrollo de una sociedad. Las diferencias individuales se ordenan desde el punto de vista de la vocación y, a partir de ella,  cada uno, cada una, tiene que cumplir aportando a su entorno.

Cuando el hombre comunica sus cualidades complementa la existencia del otro, le facilita aquellos elementos necesarios para su crecimiento personal. Sin embargo, dicha comunicación de cualidades y bienes no es de suya espontánea, es una decisión libremente querida y buscada que empieza con la formación personal y posteriormente con la profesional.

Toda la fuerza creativa de la juventud debe ser encaminada a la construcción de ámbitos de solidaridad. Para ello es preciso que aprendan a descubrir que los ‘otros’ -a pesar de su diversidad- no son enemigos de los que hay que defenderse, ni menos peldaños que sirven para escalar; son personas con una dignidad merecedora de respeto y reverencia, que si somos capaces de proponerles objetivos comunes cooperarán comunicando sus talentos y experiencias.

La cooperación no obedece a movimientos espontáneos o se produce por arte de magia. Requiere de la suma de voluntades, de la coincidencia de valores y del entendimiento de los interesados. Los espacios de solidaridad florecen porque su abono es la palabra que los expresa. Mirar la sociedad con realismo y, por qué no, con optimismo, comienza por aceptar sus cambios más como datos que como problemas. De esta manera, frente a una situación complicada se podrá emitir un juicio que motive o genere una conducta o una decisión. Esta actitud es opuesta al simple curioseo, a la crítica sin fundamento, al lamento y a la superficialidad.

Una actitud ética responsable es aquella que, frente a un determinado hecho, se decide y se compromete con la opción elegida. Para actuar con responsabilidad se tiene que pensar. No quedarse en lo que ‘se opina’, en lo que está de moda, o en lo que hoy se suele llamar “lo políticamente correcto”. Se tiene que ir a más. Buscar la verdad y, una vez encontrada, comprometerse con ella. El pensar y el ser fiel a los compromisos asumidos es un modo de ser un buen ciudadano.

En el mundo de las empresas se pondera a quienes tienen la capacidad para descubrir oportunidades de negocios. La globalización estimula dicha capacidad. El riesgo es que nuestros ojos se habitúen a mirar el mundo (y a las personas) en términos de costo/beneficio. El gran desafío para la juventud es direccionar su creatividad e inventiva para cambiar la ecuación ‘oportunidad de negocio’ por esta otra: ‘descubrir oportunidades de cooperación’. Es buscar oportunidades para introducir en las venas de la sociedad la sangre del bien y de los valores para imprimirle un rostro humano, que con tanta fuerza y convencimiento reclamó contra viento y marea el gran y recordado Juan Pablo II. 


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