La singularidad del alumno en la estrategia educativa

Por Edistio Cámere

La propia dinámica de la relación docente-discente, que reclama de lo temporal y de la recurrencia, permite que el profesor se ‘encuentre’ con las características singulares, a la par que distintas, de cada alumno. No percibirlas, asumiendo uniformidad, no sólo atenta contra un hecho evidente sino que entraña una falta de compromiso; sobre todo con la esencia misma de la educación y no con el alumno.

Cada alumno se muestra tal como la espontaneidad propia de su edad lo facilite. En cierto sentido, el docente es el destinatario de lo que el alumno revela y expresa, que además lleva el sello que lo distingue. No sólo el alumno -en el ámbito del aula- revela lo que aprende, el modo cómo lo hace, sus habilidades cognitivas; también manifiesta sus intereses, sus dudas y sus interrogantes en torno a una materia, o más específicamente con relación a las indicaciones. Asimismo, expresa actitudes, postura ante las normas, motivaciones, modos de ser y modos de relacionarse con sus compañeros. 

En suma, a través de su rol o función como estudiante, éste se revela como persona singular e irrepetible. Sin embargo, esta revelación puede correr el riesgo de no ser aquilatada en su real dimensión. Precisamente, en el mismo escenario del aula yace el obstáculo para que el revelarse del alumno no se aprecie debidamente. Esto ocurre cuando en la conducción de la clase se privilegian funciones, tendencias en los avances y uniformidad en el comportamiento.

Obviamente, aquí no se postula a un desgobierno y menos a una enseñanza individualista. Simplemente se quiere hacer notar, con García Hoz, que “personalizar la educación consiste en admitir y cuidar la singularidad e irrepetibilidad; y en consecuencia procurar maximizar y extraer lo mejor de cada alumno, no para su propio usufructo sino que contribuya al bien común con su huella y estilo”. En resumen, es necesario que el docente, sin descuidar la conducción y enseñanza grupal, se abra a las diferencias individuales y las incorpore en sus estrategias y planes educativos.

Y, ¿cómo se hace?

Ahora bien, la pregunta que no se hace esperar es la siguiente: ¿Cómo puede el profesor advertir la singularidad dentro de una clase con más de treinta alumnos? En primer lugar, debe querer e intencionalmente buscarlo; segundo, y no menos importante, es que el docente domine la materia que imparte. Este hecho es fundamental porque el profesor, al dictar clase y estar pendiente de lo que tiene que decir -es decir, dominar su materia-, recorre con la mirada, uno a uno, los rostros de sus alumnos, estableciendo una comunicación cuasi personal con cada uno de ellos. 

En cierto sentido se convierte en un emisor que, si bien trasmite como mensaje contenidos curriculares, capta a su vez de los receptores mensajes por el mismo canal pero en ‘otra frecuencia’. Es decir, capta la respuesta de los alumnos con arreglo a cómo les afecta lo recibido y en orden a sus propias necesidades e intereses, que no siempre sintonizan con lo que sucede en ese momento en el aula.

Toda esa ‘información’ que el docente recoge con su mirada -modo eficaz de relacionarse con todos y cada uno de los alumnos- será luego materia para el análisis y la reflexión. Basta con que revise las reacciones, las interrogantes, los comportamientos que ha tenido cada uno de los alumnos durante cada clase para que pueda encontrar la palabra de aliento, la pregunta personal adecuada, la estrategia personal ideal… las cuales podrá aplicar en la siguiente reunión. Ciertamente, en una hora académica no se podrá captar lo propio de cada alumno; pero si hay la intención se logrará mucho. La ventaja de las escuelas es la reincidencia o recurrencia del encuentro; en consecuencia, las posibilidades del profesor serán siempre actuales.

 La ‘eminencia’ de cada uno

Pensar para conocer y conocer para evaluar con sentido histórico es la clave para descubrir la ‘eminencia’ de cada estudiante. Ernesto Sábato cuenta de un profesor que tuvo mucho significado en su vida. Solía viajar con la maleta llena de deberes por corregir y corregidos. En cierta ocasión el escritor le preguntó, apenado de ver cómo pasaba los años en tareas menores, “¿Por qué, don Pedro, pierde el tiempo en esas cosas?” Y el profesor, con amable sonrisa, le respondió:  “Porque entre ellos puede haber un futuro escritor”.

Es educativamente importante tener la certeza de que “cada hombre, cada chico también, es superior a los demás, ‘eminente’ en algún aspecto o manifestación de la vida o actividad. Puede ser eminente en una tarea escolar, y esto es propio de los sujetos de alto rendimiento; pero puede ser eminente también en quehaceres o actividades extraescolares dentro del mismo colegio, por ejemplo: juegos, deportes, liderazgo, capacidad de servicio… El conocimiento de las capacidades de cada alumno servirá para fomentar actividades que permitan una mayor y mejor aplicación de estas. Ello será, al mismo tiempo, una importante motivación del estudio personal. El conocimiento de los puntos débiles -por parte del profesor- llevará a una menor exigencia -por comprender mejor al alumno- y mayor ayuda en las tareas relacionadas con estas deficiencias” (García Hoz). 


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