Relación profesor-alumno: Matices

Edistio Cámere

No pocas veces he escuchado decir que la docencia es un apostolado. Tal frase no es cierta cuando se cree que el profesor debe de renunciar al natural deseo de una retribución económica acorde con sus aspiraciones personales. La actividad educativa tiene la densidad, la profundidad y deberes y derechos que tiene cualquier otra profesión. En lo que es cierto es en que la docencia y el apostolado, basan su eficacia en la entrega y transmisión de las cosas contempladas. Trasmitir significa trasladar, transferir algo hacia otro. La fuerza y contundencia no radica en el cómo sino en el qué se trasmite. Transmisión en mecánica es un conjunto de mecanismos que comunican el movimiento de un cuerpo a otro, alterando generalmente su  velocidad, su sentido o forma. Intentando una analogía se puede afirmar que lo que comunica algún tipo de movimiento en el alumno son los contenidos previamente contemplados por el profesor.

Contemplar es poner atención, considerar, descubrir, reflexionar, pensar y meditar. Con la contemplación lo que se conoce, lo que se experimenta se incorpora en la propia vida, dándole un sentido personal y, por ello original e inédito. La contemplación – en el caso del docente – agrega valor a su actividad, como consecuencia del diálogo previo que establece con la materia que imparte, de manera que lo que transmite lleva su impronta y sello personal, que tiene la fuerza y el atractivo de impactar vitalmente en la inteligencia y en el querer del alumno. Entregar las cosas contempladas despierta en los estudiantes  expectativa y emoción tales como la que se apodera del espíritu ante el estreno, ante la novedad y ante la sorpresa.

La trasmisión contemplada de la materia que se enseña es condición cardinal para que la relación profesor-alumno cristalice en un  encuentro entre dos personas – más allá de la mera función- pero con una particular característica: una en un estadio de madurez logrado y, la otra en proceso de crecimiento. Toda relación supone trato y acercamiento, al tiempo que su continuidad facilita la aparición de vínculos afectivos con una ventaja para el docente: los niños y los jóvenes se dejan querer; en cambio aquel debe poner de su parte la intención de querer conocer a fuerza de invertir tiempo en pensarlo para querer el bien del alumno. Cuando el docente mira más allá de la inmediatez funcional de la instrucción para acompañar al alumno en su crecimiento personal, intentará su propio crecimiento al encarnar un valor o vivir unas virtudes, entonces, no solamente entregará la novedad de la palabra sino también la novedad del ejemplo

El afecto es la combustión del proceso enseñanza-aprendizaje, pero no es patente de corso para que en nombre de aquel dejar hacer, no hacer o consentir. El afecto no riñe con la corrección ni menos con la exigencia. Todo lo contrario, precisamente porque el alumno está en crecimiento y porque se le quiere se deben poner los medios – aunque no le agraden – para que desarrolle al máximo de sus potencias. La exigencia o la corrección son incompatibles con la rudeza, la ironía, el maltrato…

Cuando el profesor da indicaciones claras; cuando corrige o anima atendiendo a las necesidades personales de cada alumno; cuando mantiene la palabra dada; cuando exige para que aprendan; cuando da ejemplo y es coherente… sólo entonces, el alumno devolverá el afecto convertido en admiración e imitación. Entonces, la educación dejará de ser masiva para constituirse en un prodigio personal.


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