Educación y cambio

Edistio Cámere

¿Qué caracteriza a la juventud? Ante los ojos de los adultos, los jóvenes son una promesa, una esperanza: tienen el tiempo y la capacidad de empezar algo nuevo. Puede sonar como frase común y muy repetida pero pensado con objetividad tiene mucho de verdad. Empezar algo significa actuar, tomar una iniciativa, poner algo en movimiento, eso nuevo es una acción imprevisible, inesperada, improbable que tiene en la persona – singular e irrepetible- su origen, su punto de partida.

Esta capacidad de acción original solo es posible en una sociedad preexistente, que ya existía y, efectivamente, es en ella donde aparece y actúa la identidad, donde se actúa en libertad, donde se inicia o interrumpe la acción. Por tanto, este mundo tal y como es, es donde la identidad de los jóvenes como promesa se tiene que cumplir. No existe un mundo en tercera dimensión ni de fantasía. Es este mundo, con sus dificultades y vaivenes, el que espera la originalidad de los aportes, de la acción y de la palabra de la juventud.

A través de la educación se forja la inteligencia para conocer la realidad tal y como es, para preguntarse sobre el porqué de los acontecimientos y situaciones. Con el conocimiento y la reflexión personal se estará en condiciones de actuar, de proponer acciones originales que otros ven, pero no miran, que otros miran, pero no entienden; que otros entienden, pero no saben cómo explicarla; que otros explican y señalan, pero no aciertan organizar un plan para realizar y cambiar algo de la realidad.

Con la educación también se aprende a relacionarse con otros, a hacerse cargo que, siendo iguales, la diversidad de opiniones y situaciones enriquece la acción, pero para manifestarse necesita de un marco durable, de un cauce: proyectos e ideales comunes, para que se mantenga y los demás puedan participar de ellos aportando. Liderar es resistir en el empeño de lograr objetivos a pesar de las dificultades; es saber escuchar para gobernar; y, perseverar a pesar de las críticas e incomprensiones que no faltarán incluso cuando las propuestas miren al bien de la comunidad. 

Para participar con la palabra y la acción en política, en instancias intermedias o en cualquier otro espacio público, no se tiene que renunciar a la propia historia, a las tradiciones y creencias, más bien para hacerlo se tiene que poner en valor lo bueno recibido por las generaciones precedentes, en adición con los argumentos con los que se responde y se decide en el presente, modificar o empezar algo nuevo.

Es contraproducente recusar la memoria e historia del propio país, la identidad nacional, es momento de retomar la peruanidad como norte de la misma, o recusar la experiencia de vida, porque el presente no se transforma solamente con los datos de la coyuntura: se requiere abrirlo al futuro y abordarlo con datos del pasado histórico. La escuela no configura superhéroes, lo suyo es formar jóvenes capaces de activar el cambio en y desde los ambientes en que se mueve.


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