Afirmación e inseguridad en el adolescente

           La adolescencia no es exclusivamente un periodo de cambios físicos y psicológicos. En aquella, también ocurre el despertar de ‘algo’ nuevo y radical: la intimidad. El adolescente descubre en sí mismo algo que es completamente suyo, -tan suyo que a veces piensa que en la intensidad de sus vivencias es incomprendido-. Al principio, ese despertar es una suerte de estado emotivo que ora le sorprende y desconcierta, ora le llena de satisfacción y ora de desasosiego. Más adelante, ese estado muda, se torna estable y consciente  precisamente a medida que el adolescente descubra y tome posesión de su yo. En este momento, no solo siente sino que será capaz de reflexionar y dialogar consigo mismo.

          El adolescente emprende un camino sin retorno con respecto a su pasado inmediato. A partir de la revelación de su yo, se descubre como origen y fuente de sus pensamientos, de sus sentimientos y de sus emociones. Los estímulos del entorno le afectan y responde de manera irrepetible y singular. Bien afirma Gerardo Castillo, psicólogo español, que la adolescencia es un periodo caracterizado por una crisis de originalidad. El esplendor del descubrimiento del yo es su causa. En este sentido, la afirmación del yo es una tendencia que marca el desarrollo del adolescente hacia el gran objetivo que es valerse por sí mismo.

           En el comportamiento del adolescente se puede advertir: obstinación, espíritu de independencia total, afán de contradicción, deseo de ser admirado, búsqueda de la emancipación del hogar, rebeldía ante las normas establecidas… entre otras conductas; las mismas que no son otra cosa que la expresión hacia afuera de su afirmación interior. Esta pretensión crece desmedidamente y se radicaliza frente a la rigidez, a la incomprensión y al autoritarismo y otros modos de los adultos.

         La seguridad en sí mismo cede ante las exigencias del entorno que no pocas veces superan sus posibilidades y ante los intensos cambios que en él se operan, que no los comprende o no sabe cómo gobernarlos. Por tanto, no es casual la aparición de sensaciones de duda e inferioridad. Sin embargo, más   que la inestabilidad que pueda generar dichas sensaciones, el binomio autoafirmación-inseguridad es lo que explica el movimiento que péndula entre su euforia o autocomplacencia, por una parte y su pesimismo o melancolía, por otra.

         Autoafirmación e inseguridad son dos aspectos menos contrapuestos de lo que a primera vista pueden parecer. Cabe decir, en este sentido, que los adolescentes pueden sentirse inseguros por haber pretendido demasiado o haber intentado ir demasiado lejos en la afirmación de sus posibilidades; pero también cabe indicar que se autoafirman, precisamente al ser conscientes de la situación de inseguridad en la que viven. Las dos formas conocidas de reaccionar ante la inseguridad, el aislamiento o los desplantes desafiantes, pretenden lo mismo: afirmarse a sí mismo y evitar la desvalorización del yo.

          Ante la inseguridad del adolescente conviene evitar: a) la postura de pretender eliminar los factores que la originan y ocupar su lugar en la solución de los problemas planteados. Esta actitud es correspondida ordinariamente con el rechazo; b) la de no prestarle ningún tipo de ayuda, esperando que resuelva con sus únicas y exclusivas fuerzas las contrariedades con las que enfrenta. Esta postura permisiva, genera en los adolescentes un problema de tipo afectivo: no me quieren o no les importo.

         La tarea que tiene el adolescente de ‘salir adelante’ y de adaptarse a su nuevo papel en la vida, no es fácil y al extremo se constituye en un drama por la desproporción que advierte entre la  tarea y los medios que dispone para alcanzarla. La misma que puede graficarse comparándola con la de un casual bañista situado entre dos puntos (infancia y edad adulta), con escasos conocimientos de natación (falta de recursos y de experiencia), con una travesía llena de escollos y peligros (influencias del ambiente) y, sin saber exactamente dónde está y que le espera al otro lado (desorientación). Sin embargo, a pesar de las dificultades y limitaciones personales, el adolescente sigue adelante para llegar a meta. La explicación que puede esgrimirse es la existencia de un fuerte impulso interior hacia la madurez.

DAR IMPLICA TENER

Edistio Cámere

 Esa noche, la garúa y el frío se confabularon para que decidiera – no era su costumbre – hacer un alto, camino a casa, para tomar un café. Sumido en sus pensamientos, revolvió el azúcar, se dispuso a tomar el primer sorbo, cuando escuchó su nombre. Dejó la taza sobre el plato. Levantó la mirada. Era un amigo que conocía desde la infancia.

  • ¿Qué haces a esta hora por aquí? le preguntó.
  • A casa han llegado unos parientes de mi esposa, de sorpresa. Sin  nada en la alacena corresponde comprar algo de comer para atenderlos. Y ¿tú?
  • Vengo de trabajar.
  • ¿Tan tarde? ¿Estás en campaña, cierre de mes o algo similar?
  • No, usualmente a esta hora regreso a casa. Tú conoces mi historia familiar, hemos crecido casi juntos así que me propuse trabajar con ahínco para darles a mis hijos lo que yo no tuve.
  • ¿Qué no tuviste?
  • Casa propia, comodidades, buen colegio y viajes… entre otras cosas.
  • ¡Caramba! Eso quiere decir que casi no ves ni estas con los tuyos.
  • Los domingos me dedico completamente a ellos. La posición, que tengo dentro de la empresa, me ha costado mucho alcanzarla, es muy demandante y, además nos evalúan por el cumplimiento de metas.
  • Cierto, pero….
  • Estoy seguro que cuando llegue a gerente general está situación cambiará sustancialmente. Mientras… creo que el sacrificio lo vale.
  • ¿Tu infancia ha sido infeliz?
  • En absoluto, guardo muy buenos recuerdos.
  • ¿Qué has tenido en tu niñez que puedas compartir?
  • La verdad, muchas cosas… no sé por dónde empezar. Lo primero que se me viene a la memoria es el sonido de la puerta del garaje, al escucharlo para mis hermanos y yo significaba que mi papá había vuelto a casa. Me preguntaba cómo me había ido en el colegio, reíamos con sus bromas, casi siempre las mismas. Le daba un beso cariñoso a mi madre. ¡A mí me gustaba mucho ese gesto! En mi casa había alegría, me sentía seguro, nos queríamos. Además, solía traer algún detalle para la cena que en familia lo disfrutábamos.
  • Entonces, ¿eras feliz? o ¿echabas en falta bienes o comodidades para serlo?
  • Que recuerde, nada. Teníamos lo necesario. Lo poco o mucho lo compartía con mis hermanos, creo que hasta la inventiva se aguzaba para entretenernos haciendo nuestros propios juguetes. Mi padre se divertía con nuestro ingenio. En Navidad pedía muchos regalos pero al final me contentaba con el que recibía, quizá porque mis papás los escondían tan celosamente que para nosotros representaba una odisea dar con ellos y, cuando lo lográbamos los aplausos y la algarabía familiar no se hacían esperar.
  • En todos los momentos entrañables que has evocado la presencia de tu padre ha sido significativa. Cosa que yo nunca saboree… mi padre falleció cuando cumplí dos años. En cambio, tú has tenido una sentida vivencia que se ha incrustado en tu memoria. No dejes que el ajetreo diario y lo “urgente” impida que tus hijos no gusten de la presencia de su padre. Me tengo que ir en casa mis invitados y los míos esperan.

         Intentó un sorbo. El café estaba frío. Llamó al mesero. Quería pensar… acompañado con una bebida caliente. La conversación había sido amena como intensamente sugerente. Ideas y sentimientos encontrados se le cruzaban por la mente y el corazón. Una vez más, el café lo encontró frío. Sonrío y pidió la cuenta. Encendió el motor de su auto e inició la marcha de retorno.

        En su casa, la luz de la entrada era la única que la iluminaba. Todos dormían, usualmente así encontraba a su esposa e hijos. Estacionó el automóvil en el interior de la cochera. No se apeó, se estuvo un largo rato dentro pensando. De pronto se dijo a sí mismo: ¿Por qué no intento seriamente en darle a mi familia, mi esposa e hijos, lo que yo tuve en casa de mis padres? ¿Vale la más acaso adelantar una gestión laboral que contemplar la sonrisa de mis hijos? ¿No es mejor posponer esa reunión con un proveedor que dilatar la conversación o esa salida con mi esposa? La jubilación o el cese truncarán mi carrera profesional, en cambio, nunca dejaré de ser padre o esposo. Entró a su habitación, permaneciendo igual, la luz de la luna le daba un matiz de novedad. De seguro que le costará concretar su propósito… por lo menos, con seguridad esa noche durmió bien con la conciencia de haber elegido el camino acertado.

 

TUTORÍA Y FORMACIÓN CIUDADANA

Edistio Cámere

Balconear, baladrar, balbucear son tres verbos que, manifiestan formas de comportamiento que se van extendiendo e instalando en la sociedad actual. No intento formular una suerte de tipología social. Me interesa más poner a consideración de los tutores, a modo de reflexión en voz alta, las implicancias que en la vida social tienen esas actitudes. La escuela es el ámbito pertinente para rescatar y fundamentar la condición de la persona como ser social, al valor de la convivencia que vincula e invita a la solidaridad y al respeto de normas y principios que acogen al ‘otro’ en cuanto igual en dignidad y en derechos y deberes.

Balconear. Desde el balcón se tiene una panorámica de la situación o pasaje observado que incluye intersecciones, relaciones y no pocos detalles. Mirar no es lo mismo que ‘estar’. Otear de lo alto como hábito deviene en un mero curiosear. Se está al tanto de lo que ocurre en el radio de la mirada, pero es un conocer que no mueve ni a la acción reflexiva ni a la ejecutiva. No lo hace no porque lo que conocido sea inútil o neutro sino porque el sujeto que conoce prefiere la cómoda postura de mantenerse como espectador: mira para entretenerse o simplemente para fisgonear.

Quien balconea como práctica se muestra indiferente ante el curso que toma la sociedad. Estar al tanto de lo que ocurre no significa ni tomar partido ni comprometerse con lo que ocurre. Ha renunciado a ser agente activo y aportante en la configuración de la trama social para establecerse confortablemente en los reducidos linderos del individualismo. Para quien balconea, la sociedad es útil en cuanto satisface sus necesidades básicas y genera hechos y situaciones que complacen su condición de espectador.

Baladrar. De primera impresión quien baladra pareciera que está metido de lleno y le importa la sociedad. Sin embargo, quien vocifera, grita, alborota o chilla no tiene la intención de construir o de aportar. Grita aquel que se descontrola porque determinada situación no es de su agrado, porque no ha tenido el curso que quería o porque desea cambiarla a su antojo. ¿Acaso se puede dudar que las cosas pueden ser de otro modo al que uno piensa o anhela? Más aún ¿se puede dudar del valor y legitimidad de los puntos de vista ajenos? Quien suele baladrar ante que algo no le parece, pronto caerá en las fauces de la violencia; atenazado por el enojo, quien grita, pierde objetividad y serenidad para corregir o formular razonablemente sus propuestas, escuchar contrapropuestas, de modo que se pueda tender puentes de acercamiento y conciliación con otras posiciones.

El respeto a las personas no significa que coincida con sus opiniones, pero me obliga a que las escuche y las valore, les presente las mías con el ánimo de lograr un ajuste que, sin maltratar la verdad, satisfaga a ambos. Lo importante es que los derechos y deberes no se enajenan se corresponden recíprocamente. Por el contrario, quien baladra acumula para sí todos los derechos… total es deber de los otros el complacerlo si es que no quiere que vocifere. Sin duda, es una expresión de un individualismo a ultranza.

Balbucear: Aquel que baladra muestra lo que pretende, trasparenta su malestar. Mas quien murmura, farfulla, cuchichea o habla entre dientes oculta su respuesta. Queda la duda si afirma o niega: habla para sí mismo. Su real sentir lo comunica a otro u otros, cuando media distancia con su inicial interlocutor. La mirada esquiva anuncia que en cuanto uno se da vuelta, quien balbucea, astutamente siembra minas: no se notan pero explotan furiosamente. Asiste, escucha, anota, conversa con su compañero pero no comunica su posición. Quien dirige la reunión está persuadido que la proposición presentada cuenta con su anuencia. Error de apreciación. No solamente, no está de acuerdo sino que propaga un rumor contrario que genera desconfianza. De modo que, el balbuceo termina siendo un ataque sutil pero artero al bien común.

Teniendo la ocasión de aportar a la sociedad, el que balbucea como práctica, elige sus motivos pero actúa soterradamente para conseguirlos. Ciertamente el individualista sea que balconee, baladre o balbucee no se compromete ni con su entorno primario ni con el extenso, pendiente de sí no repara en su condición de ser social y, en caso que lo haga, le costará mucho incluir en los latidos de su corazón la praxis y la gramática del tú, del nosotros, del de ustedes y del de ellos.

AUTORIDAD Y LIBERTAD

Edistio Cámere  

          En días pasados me tocó la delicada tarea de discurrir – frente a un auditorio compuesto por padres y sus hijos de 12 años – acerca de la importancia de la autoridad y de la libertad.  Menuda faena la mía porque si inclinaba la balanza hacia uno de los lados, tendría – sin duda – un considerable número de oyentes con los ojos en el expositor pero la mente entretenida en otros afanes.

          La primera estrategia consistió en dirigirme a los niños: ¿Recuerdan algo de geografía? Su reacción fue de sorpresa… aunque alcance a oír tímidos ‘síes’ que me dio entrada para añadir: “me imagino que todos ustedes han visto un río, ¿cierto?”  Un río está conformado por la unión de un cauce y del agua. Ambos elementos son distintos pero se complementan.  ¿Se han puesto a pensar qué sucedería con el agua si no tuviera un cauce que la contuviera? Entre otras cosas, se derramaría, perdería fuerza, se desviaría, no llegaría a su destino, y más aún no formaría parte de un río.  Ahora, consideremos, ¿Qué sucedería con el cauce  si no hubiera agua? Luciría estéril, no conduciría nada, sería inútil, no habría vegetación en su paso y tampoco sería parte de un río. Cómo podrán advertir ambos elementos, son diferentes pero se necesitan uno del otro y se complementan, precisamente porque juntos logran conformar un río: gran objetivo.

          Uno de ustedes – en representación del agua – podría decir: no quiero cauce porque me limita  y corta mi libertad.  ¿Es cierta, tal afirmación? Veamos que ocurre con el agua en su recorrido. De seguro, encontrará periodos calmos, apacibles y serenos; piedras pequeñas y grandes que tendrá que modificarán su velocidad; se enfrentará situaciones de turbulencia y de rápidos e incluso lluvias torrenciales que podrán hacer salir de madre al agua. En general, el agua se podrá topar con realidades que no son originadas por el cauce, sino más bien que son parte de su curso, pero gracias al cauce llegará a su destino final.

          Ustedes, alumnos, son como el agua y sus padres como el cauce.  Llegar a la adolescencia y pensar que es momento de librarse del cauce, significa perder ricas y variadas oportunidades para llegar a buen puerto. La verdad es que no se pierde la libertad cuando uno se deja conducir, porque cada persona tiene una vocación, una misión que tiene que descubrir y engrandecer por sí mismo, tarea que nadie la puede suplantar ni falsificar.

          Padres pensar que sus hijos ya son adolescentes, por tanto, para no complicarse la vida relajan su función de ‘cauce’ es ponerse de espaldas de cara a sus necesidades.  Cuando se conduce, cuando se ‘dice que no’ la paternidad no se pierde, se hace fuerte y confiable.

         En general, se relaja el ‘cauce’ o la autoridad porque los adultos hemos perdido la seguridad y la capacidad de definir qué queremos ofrecer como modelo a nuestros hijos. El mantenimiento de los valores y de los rasgos clásicos se ha transformado en un formalismo, basados en rutinas e imposiciones políticamente correctas que debilitan la autoridad. En este sentido, el único camino alternativo consiste en vivir lo que se cree valioso y atractivo del pasado; o bien ese camino vivirlo de tal modo que constituya una alegría para nuestros hijos  formar parte de él. Las tradiciones no se perpetúan con la enseñanza y el aprendizaje sino a través de los ejemplos.

          Son ustedes parte de un equipo que tiene ‘funciones distintas’ pero empeñado en un mismo fin: como padres y como hijos ser personas de bien.

 

LA ESPERANZA EN UN FUTURO DIFERENTE

Edistio Cámere

Con la llegada de un nuevo año abrigamos y renovamos la esperanza de mejorar con respecto al pasado. Año nuevo… futuro diferente, tal es el aspiración que se apropia de nosotros cada vez que el calendario marca el último día de un año.

Aquietado el entusiasmo de los primeros días, en los siguientes las ilusiones, los bríos y la esperanza…comienzan a empalidecer. Sin querer nos encontramos “atados” a las obligaciones y afanes cotidianos. El Feliz Año como expresión de júbilo se cambia por un simple ‘buen día’.

El ser humano necesita de unos hitos que señalen el comienzo y el final de un proceso. El empezar ‘algo’ implica un deseo y la firme intención de poner todos los medios a nuestro alcance para concluir lo empezado. Quien es aficionado a empezar –  colocar las “primeras piedras” – y dejar a la mitad lo que inicia da noticia sólo de aquello que gustaría hacer o ser. Más quien procura terminar – poner ‘la última piedra’ imprime su propia huella y las acciones realizadas se incorporan a su historia personal.

Cada se cierra un año en la vida aparece en todo su contenido y fuerza la esperanza.  La esperanza de un futuro mejor es un valor radicalmente positivo y estimulante en la existencia de una persona.

 ELEMENTOS DE LA ESPERANZA

 Más que intentar una definición de la esperanza, de la mano de ese gran filósofo español  Ricardo Yepes, comentaré algunos de sus principales componentes.

a) El optimismo:   el que espera, espera un mundo mejor,  asume que éste es mejorable, por eso no se instala en el presente, sino en el trayecto o camino que conduce a mejorar.  Sin embargo, ir hacia lo mejor supone salir, ponerse en marcha para conseguirlo pues el futuro es mío, depende de mi esfuerzo, yo voy por él.

b) La tarea: Si la esperanza se monta en el tránsito hacia el futuro, si lo mejor está por venir, pero no llegará sin contar conmigo, entonces, el futuro se torna en una “tarea”y como tal me impone un deber: construir el futuro. Pero con una condición: que en él sea yo mejor.  El cumplir con la “tarea” me exige saber con que recursos cuento. En el presente, no cuento con todos.  Son más bien escasos.  Si tuviese ahora todo lo  necesario, lo bueno sería el presente. El futuro no está asegurado de modo necesario.   Tiene riesgos, es incierto, puede no ser alcanzado.  Lo importante de la esperanza es afirmar: si esperar es querer ser más, por muchos recursos que ahora tenga, nunca son suficientes, porque lo que ahora soy es poco. Lo importante es que los recursos son escasos. Por tanto, necesito más. Como no los tengo, necesito que alguien me los facilite: necesito ayuda. La ayuda es una dimensión irrenunciable del futuro esperanzado.

En la ejecución de la “tarea” hay dos elementos: primero, la ayuda acompañante que se presta al sujeto en cuanto está en el trance de la acción misma, caminando hacia el objetivo. Segundo, la contrariedad que exige fidelidad y adhesión a los objetivos trazados concomitantes a la tarea futura.  El último factor de la tarea es que hay un beneficiario: una persona distinta al sujeto, a la cual va a beneficiar la tarea encomendada. Esto no puede faltar, porque la esperanza es incompatible con la soledad.   El fruto, el futuro mejor, no puede ser para mí sólo, es otorgado a otros.

C) La alegría: El que arriesga, convoca y está alegre, porque va hacia una ganancia. La esperanza es la alegría del mundo. Cuanto más grande es la esperanza más beneficia a la realidad.

La esperanza es pilar fundamental de la existencia porque es el modo humano de encarar el futuro. Para ser feliz hay que poner en juego la libertad y mezclarse con otros en tareas comunes que nos exceden y amplifican.  El camino de la felicidad pasa por el tú, necesita tiempo y sufrimiento.

La esperanza es la clave para construir cada mañana diferente. Un mañana diferente nos abre hacia a un futuro posible y materialmente viable. Pues, vamos por él mejores de lo que fuimos en el presente.

LAS FIESTAS EN FAMILIA

Edistio Cámere

En las fiestas de familia la organización es accesoria, no porque defendamos el caos y la improvisación sino porque en aquella, de modo fácil, se consigue a quienes puedan alegrarse. La organización remite a lo externo, a la disposición de las cosas pero poco tiene que ver con el por qué o la esencia de una fiesta.
La fiesta es una pausa en el trabajo, es un alto en el trajinar diario para celebrar “las supremas realidades sobre las que reposa la existencia humana”(Pieper). En la familia, la cotidaneidad, las urgencias, lo concreto y lo inmediato aprisionan, jalonan respuestas que se actúan en el día a tal extremo que pueden empalidecer la contemplación del valor e importancia de los sujetos de tan febril actividad: los cónyuges y los hijos. Las fiestas traen a nuestros ojos el fundamento oculto de todo lo bueno inscrito en el seno familiar.
“La fiesta es un día en que todos se alegran. El motivo de la alegría es siempre el mismo, aunque presente mil formas concretas: uno posee o recibe lo que ama; y da lo mismo que ese poseer o ese recibir sean realmente actuales o una simple esperanza o un recuerdo. La alegría es una manifestación del amor. La alegría es la respuesta del amante. Donde se alegra el amor, allí hay fiesta” (Pieper) En la familia, el amor enlaza a sus integrantes. El marido celebra un aniversario porque su alegría radica en que posee y goza del amor de su esposa. La mamá se ilusiona y festeja el cumpleaños de su hijo porque aquel es un “pedazo viviente del amor de ella con su marido”. El amor no se detiene en aceptar la presencia del amado, más bien, le lleva a exclamar: ¡qué bueno que estés aquí!. ¡Qué bueno que existas! De este modo, celebrar una fiesta significa celebrar por un motivo especial y de un modo no cotidiano dichas afirmaciones. “Porque aquellas en la medida en que se producen, son validas “sin cesar”, y continuamente es de esperar que en razón de ellas pueda darse miles de motivos legítimos para celebrar con una fiesta; desde la llegada de la primavera hasta la del primer diente”(Pieper)
En la familia las celebraciones marcan unos hitos en su biografía. Pero no toda conmemoración es una fiesta. Lo pasado, en sentido estricto, no puede conmemorarse festivamente a no ser que la vida de la comunidad celebrante reciba de ello brillo y realce, no en virtud de una mera reflexión histórica, sino por ser una realidad históricamente activa.
El fruto de la fiesta, es un simple don; eso es lo que en la fiesta nunca puede “organizarse” procurarse, hacerse con ello de antemano. Es un don porque sólo por amor se es capaz de renunciar a la comodidad, al trabajo, al cansancio… para que el agasajado tenga un buen día.
La familia tiene unos valores y características que es bueno que existan y porque es bueno conviene afirmarlos mediante oportunas celebraciones. Las fiestas en familia son pausas necesarias para destacar la fuente de la alegría: el amor entre padres e hijos. Muchas o pocas es irrelevante. Lo importante es su intensidad prodiga en afectos, cariños y atenciones, condiciones indispensables para lograr buenos recuerdos entre sus integrantes y tradiciones que se mantengan y conserven a través de los años.

LA ESCUELA: UN MOSAICO DE OPORTUNIDADES

Edistio Cámere

Educar es poner en valor lo que el educando trae consigo. ¿Qué trae consigo? Sin duda, lo que la naturaleza le ha concedido y la aportación cultural y afectiva de su familia. Lo que porta está en él pero como posibilidad, aptitud y perspectiva de hacerse y especificarse. ¿De qué dependerá que su actualización? De sus decisiones, de sus experiencias, de los conocimientos adquiridos, de los modelos que imita, de las relaciones interpersonales y del aprendizaje… a condición de que su entorno sea rico, pródigo y diverso en oportunidades, en estímulos, en ejemplos, en calidad e intensidad de retos y situaciones interesantes. ¿La escuela puede ser un entorno apto para actualizar las posibilidades que trae el alumno?

Desde una perspectiva antropológica corresponde a la escuela remover en el educando la ignorancia y promover la formación de su carácter. Gracias a la enseñanza de las materias escolares el estudiante es habilitado para insertarse e integrase en la vida y cultura de la sociedad. De la mano del docente adquiere criterios para emitir juicios, va configurando una cosmovisión y apreciando – a través del asombro – los contrastes y comparaciones que componen la belleza de las cosas sensibles. De suerte que mediante los cursos recibidos conoce y al conocer se apropia y domina la realidad, es capaz de comprenderla, darle un sentido y descubrir territorios inéditos que los explica con la originalidad de su condición de irrepetible.

La formación del carácter discurre por tres senderos que se entrecruzan y complementan. El primero tiene que ver con lo que pone el docente mediante su ejemplo. Si el carácter es la personalidad valorada, éste se muestra de modo natural en el diario vivir. El maestro comunica de dos maneras: explícitamente lo que enseña e implícitamente lo que modela con su modo de ser, con su carácter; por su parte la calidad de la respuesta a lo ‘explicito’ dependerá de lo que retenga, de cómo le afecta y tome de lo ‘implícito’ el alumno. El autodominio, la serenidad, la paciencia y la autoexigencia – entre otros muchos atributos del carácter – pergeñaran en el docente no una autoridad artificial sino más bien una que tiene sus raíces en la coherencia y en la integridad. Precisamente esa autoridad, fraguada con el esfuerzo y tensión personal para delinear la personalidad valorada, será doblemente eficaz: las proposiciones del docente tendrán el respaldo de su prestigio personal, y sabrá ser comprensivo con quien con energía intenta cambiar una determinada conducta, así como estimular al alumno que está en proceso o sugerir nuevas rutas o alternativas a quien está a punto de desistir en su empeño. El ir por delante tiene esa virtualidad.

La tercera línea se entronca con la convivencia con sus pares con quienes guarda similitudes pero también diferencias que son las que, no pocas veces, hacen difícil el vivir con otros. La convivencia es una riqueza para el desarrollo personal y no origen de conflictos. Justamente la formación del carácter es condición para abrirse a la experiencia de las relaciones interpersonales, para no aparcarse en detalles irrelevantes que pueden incomodar por no ser del propio agrado sino trascenderlos para ir en pos del intercambio de pensamientos, sentimientos e ideales, de la colaboración mutua y de la realización de proyectos comunes.

La escuela debe promover entre los alumnos programas de participación en el que todos y cada uno puedan desplegar y comunicar sus talentos con miras a generar un ambiente que propicie la convivencia, la solidaridad y el apoyo mutuo. Preocuparse y ocuparse por el crecimiento de los demás a través de proyectos en los que tienen autonomía en el diseño y en las decisiones, propicia una cultura cooperativa y abre espacios donde los alumnos sirviendo a sus compañeros vean a su colegio como un mosaico de oportunidades para su desarrollo integral.

LA PROMOCIÓN DE LA FAMILIA: NUEVA TAREA DE LA ESCUELA

Edistio Cámere

Un árbol será flexible y más resistente a las inclemencias climáticas en la medida que sus raíces sean fuertes y profundas. Por su parte, una nación se mantendrá cohesionada en tanto que sus familias sean sólidas y fuertes.

 El valor que tiene la familia para los suyos y para la sociedad no lo certifica el Estado. Su valía es inherente a su naturaleza, la familia vale por lo que es.  Al Estado no le corresponde intervenir hacia adentro de la familia para configurarla de acuerdo a las visiones de moda; su obligación es promulgar leyes o iniciativas que generen alternativas y faciliten los medios para que aquella se despliegue conforme a su esencia.

 Un modo de que la familia se ocupe y decida sobre la base de sus necesidades, capacidades y valores en aquello que le compete directamente es que el Estado practique el principio de subsidiariedad básicamente permitiendo que la familia disponga de liquidez económica para atender los derechos de salud, educación y vivienda de sus miembros. ¿Cómo? Simplemente que esos gastos puedan deducirse del pago del impuesto de renta anual.

 Una sociedad pequeña o grande despliega sus virtualidades cuando existe un clima seguro y pacífico. Por eso, cuando las familias se rompen, aumenta la delincuencia y el desorden social. El Estado debe intervenir y reafirmar el control social con más acción policial, con una ampliación del sistema penitenciario, con unas ayudas infantiles coactivas, y con tribunales que dirijan la vida familiar ([1]) lo que incrementa el gasto público y también la intervención coercitiva del Estado.

famila Las familias fuertes que permanecen unidas estabilizan al Estado y reducen la necesidad de agencias sociales burocráticas, costosas e intrusivas.([2]) Desde esta perspectiva debería corresponder a Estado y a los gobiernos locales, con leyes y medidas simples y prácticas –  desde fuera – contribuir decididamente a que las familias cumplan con sus funciones y tareas inherentes a su naturaleza: la promoción y formación de las personas, el querer a sus integrantes por lo que son y no por lo que hacen, educar a los hijos de modo capilar y respetando sus condiciones y características personales; trasmitiendo sus tradiciones y creencias… Más que claudicar ante la flaqueza o debilidad humana, promulgando leyes que lejos de eliminar esa realidad, la hacen evidente, aquellas deben orientarse a poner al alcance de las familias, ayudas calificadas que los acompañen en la reestructuración o fortalecimiento del proyecto familiar.

El gran matemático Albert Einstein refiriéndose con admiración al Mahatma Ghandi dijo: “En nuestro tiempo (…) él era el único verdadero hombre de Estado que en la esfera política defendía las relaciones humanas” ([3])   Tanto la educación como las relaciones humanas – entendidas en su significado más amplio – son baluartes necesarios para el desarrollo integral y para la cimentación pacífica, participativa y ética de toda sociedad. En este sentido, el papel que juega la familia, en ambos campos, es preponderante y de primer orden; silencioso pero constante; con yerros pero con buenas intenciones; con pocos recursos quizá pero generosamente distribuidos. Tal es la familia, tal es la  persona y la sociedad.

 


[1] Matrimonio y bien común: Los diez principios de Princeton, Social Trends Institute, España, 2007, Págs. 19-20

[2] Ob. Cit. Pág. 19

[3] Santiago Álvarez de Mon Pan, “ El mito del líder”, Prentice Hall, Madrid, 2001, Pág. 90

LA RED CENIT DE COLEGIOS ANDINOS

Edistio Cámere

El pasado mes de mayo estuve ausente de este medio porque en mi calidad de Coordinador General de la Red estuve visitando colegios en los países que integran la Comunidad Andina con el único propósito de promover desde la Escuela la Integración Andina. Quizá pueda parecer osada tal pretensión pero una mirada de largo alcance nos advierte de su viabilidad. Por lo pronto, han trascurrido diez años ininterrumpidos en que alumnos de los últimos grados de escolaridad, provenientes de Bolivia, Ecuador, Colombia, Argentina y Perú asisten al Encuentro Interescolar, CENIT®, que durante el mes de septiembre se realiza en la ciudad de Lima. A la fecha más de dos mil estudiantes han vivenciado en primera persona que las fronteras se diluyen ante el contacto e intercambio interpersonal.

 La pregunta es ¿por qué a través de las escuelas? Básicamente por dos grandes razones: a) La escuela como institución forma parte esencial de la sociedad, es más, calza a la medida con el concepto de sociedad intermedia. Es una organización que, por lo general, tiene continuidad en el tiempo, forja una cultura y es autónoma en sus decisiones, asimismo está compuesta por padres de familia (el presente) alumnos (el futuro) y docentes (que se constituyen como el puente entra ambas realidades; y, b) La naturaleza de la escuela se caracteriza por la relación enseñanza-aprendizaje. Los niños y jóvenes son dóciles y maleables para adquirir modos de ser, actitudes, virtudes personales y sociales mediante un proceso continuo y sistemático. La convivencia y la sensibilidad hacia los ‘otros’ aseguran un deseo de explorar nuevas experiencias interpersonales con otros pares independientemente o no de pertenecer a un mismo grupo o escuela.

La Red CENIT involucra a estudiantes, a profesores y a directores de los colegios adherentes. A los alumnos se les ofrece uncenit espacio rico en actividades de reflexión, de exposición y de debates junto con la presentación de números artísticos a través de los cuales muestran los atributos de su folklore y cultura, así como momentos de socialización en los que la experiencia de integración es intensa, palpable y atractiva. El CENIT internacional de alumnos que se realiza en Lima, se replica con el mismo formato y a modo regional en otras escuelas de la Red. Se espera que en breve se lleven a cabo CENIT escolares, además de Argentina y Colombia, en Bolivia y Ecuador.

A nivel de docentes se han echado a andar dos programas puntuales: las denominadas ‘aulas vivas’ que implican el intercambio de profesores entre colegios por periodos no mayores de un mes. La mirada educativa del docente en otra escuela agrega valor tanto a la suya como a la que lo recibe pues, al contrastar sus prácticas pedagógicas con las observadas las reafirma o las innova, al tiempo que es capaz de decantar aquellas que por habituales no las aprecian significativamente los docentes de la escuela que lo acoge. Ciertamente, esta iniciativa es un espaldarazo para los docentes y guarda para sí un vasto campo de posibilidades de proyectos que pueden dibujarse en el marco de las buenas relaciones que entre los profesores se concretan. El segundo programa da cuenta de la realización de un primer diplomado internacional titulado: “Liderazgo y participación estudiantil” cuyo objeto es precisamente proponer a fundamentos y estrategias para promover en los colegios una cultura de liderazgo y participación de los estudiantes como requisito para abrirse a la integración comunitaria.

Finalmente, el CENIT de directores cuyo objeto es el intercambio de visiones educativas, experiencias de gobierno e intercambio de buenas prácticas educativas. Estamos trabajando para realizar el segundo CENIT de directores que con el auspicio de la Universidad Andina Simón Bolívar se intentará llevar a cabo el 2014 en la ciudad de Quito (Ecuador).

Estoy seguro que la integración desde la escuela es un camino transitable que conducirá a la formación de futuros ciudadanos con una visión y misión comunitaria.

El contacto humano, entre lo virtual y lo real

Edistio Cámere

Los teléfonos móviles han despertado la habilidad ‘dormida’ por la fotografía. En todo evento familiar o público se intenta inmortalizar los pasajes vividos o construidos como tales, imagino que será para compartirlos en las redes sociales. La ventaja de los ‘fotógrafos móviles’ es que capturan escenas naturales o espontáneas, mientras que las toman los profesionales ordinariamente son posadas. En cierta ocasión me mostraron un grupo de fotos tomadas en la clausura de un acto académico que, por  cierto, eran poco variadas: mostraba el momento de recibir el premio o la gente escuchando al orador de turno, una vista panorámica y por segmentos del auditorio. Pero entre este grupo había una toma en la que se veía a un par de participantes con la cabeza gacha entretenidos accionando su celular.  Estaban pero no estaban o, como dice la canción: “…lejos de todo pero cerca de ti…”, obviamente referido al móvil.

con celularEl ámbito virtual, que tiene la propiedad de la simultaneidad, pues permite estar en un lugar físico pero conectado con varias personas o situaciones a la vez, se está extendiendo aceleradamente a la vida cotidiana, olvidando que el don de la ubicuidad no se predica al hombre corriente cuya condición es estar en un sitio y no en otro a la misma vez.  La presencia que habla del presente reclama –para apropiarse de las oportunidades que ofrece– no solamente del cuerpo sino también de la actividad de las facultades humanas. Cuando una persona está corporalmente en un lugar pero su mente en otro, no está propiamente en ese espacio. Sentando frente a un libro pero preso de ensoñaciones parecería pero, en efecto, no se estudia. Cuando uno queda con un grupo de amigos para conversar tomando un café pero cada cual está embelesado navegando por las redes sociales, aun cuando ocasionalmente se haga un comentario en voz alta, parecieran participar de una velada social; sin embargo, se asemejan a un grupo de personas que esperan la llegada del autobús: su arribo es la razón de estar en un mismo espacio.

Cada situación, actividad o circunstancia guarda recursos que se tienen que descubrir para aprovecharlos en crecimiento y expansión de la propia experiencia a condición de estar presentemente involucrados. Vivir al modo virtual es dejar escapar oportunidades que luego, al querer recuperarlas, se tendrá que ir cuesta arriba. Primero, porque no siempre se repiten con las mismas características; y, segundo, porque se llega sin la preparación adecuada, ya que al dejar pasar las primeras oportunidades, las capacidades requeridas se quedan sin ejercer en orden al contenido y demandas de aquellas.

Lejos de satanizar el mundo virtual y sus instrumentos, su pertinencia está más que acreditada. No obstante, la preocupación educativa va en la línea del riesgo que puede suponer que se apodere de la cotidianeidad (la vida y el mundo real). El ensoñar es una actividad propia del adolescente, que en ocasiones abre las puertas a la creatividad y a la innovación, mas, si se torna en una conducta constante, ese joven terminará evadiéndose de la realidad. La exaltación habitual de las redes sociales en la vida personal conduce a vivir la vida de los demás como mero espectador, en perjuicio de hacerse cargo de la propia con ilusión, esfuerzo y compromiso.

La simultaneidad en el mundo real no es viable. El ser humano ocupa un lugar a la vez y ese lugar le incumbe, y porque le incumbe tiene que personalizarlo y dotarlo de un sentido. Ambas acciones se realizan en la medida en que uno esté presente con ‘alma, corazón y vida’. El celular es un instrumento al servicio del hombre y no al revés. Vivir a plenitud implica un cierto autodominio para usar las cosas con moderación y prudencia, que nos es otra cosa que tener una jerarquía que norme la propia conducta. Sin esa jerarquía no solamente se navega en las redes sociales, lo que es peor, navegamos en nuestra propia vida… que no es otra cosa que moverse y actuar a expensas de lo que nos gusta y no nos demande compromisos.