Los colegios son elegidos y los padres aceptados

“Sancionar los actos que riñen con la ley o la moral es necesario, imperioso y justo; otra cosa muy distinta es intervenir precariamente ‘desde fuera’ afectando los principios de libertad tanto de los padres para optar por un colegio como de las escuelas de defender su propuesta educativa.”

Por Edistio Cámere

    Así como los padres de familia ejercen su derecho de optar por el colegio que más se ajuste a su proyecto familiar -libertad de enseñanza-, a toda persona natural o jurídica le asiste el derecho de crear una escuela con unos estatutos y filosofía fundacionales que marquen la visión y misión de su servicio educativo. Este debería ser uno los aspectos a tomar en cuenta a propósito de las informaciones y opiniones que se han vertido en el Congreso de la República del Perú, y en otros ambientes del acontecer público, calificando de ‘discriminatorios’ los procesos de admisión y los ingresos a los colegios privados.

    Al fundar un centro educativo, a los promotores no solamente les interesa que ‘funcione’ la institución como tal sino que permanezca en el tiempo atendiendo de la mejor manera a las familias que aprecien su propuesta y visión educativa. Desde esta óptica es lógico que los colegios valoren que las familias coincidan en lo sustancial con ellos. Los requisitos solicitados para acceder a un colegio, por tanto, no son otra cosa que puntos de partida para alcanzar la coincidencia entre cada proyecto familiar y el proyecto del centro educativo.

    Para iniciar una relación comercial o de servicios se solicita al proveedor que cuente con RUC. Sin este requisito la transacción deviene en informal o ilegal, mas no garantiza la calidad, la puntualidad o el precio del bien o del servicio. Si para una transacción comercial se requiere el cumplimiento de unas condiciones mínimas, ¿por qué un colegio no puede solicitar unos requisitos, habida cuenta que lo que se establece con las familias no es una transacción sino una relación que se mantiene trece años, que es lo que dura la educación escolar? En atención a la formación del niño o de la niña, ¿no es más eficaz y eficiente caminar en lo esencial ambos por un mismo sendero?

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Los colegios no discriminan: son elegidos

Edistio Cámere

“Elegir con responsabilidad y coherencia es

ejercer la capacidad de decisión, ponderando

los pros y contras, con miras a buscar la mejor

educación. Por eso afirmamos que los colegios

no discriminan, sino más bien son elegidos.”

El aumento de colegios privados en el país -este último lustro-  ha sido significativo, en especial en Lima Metropolitana. Pero el incremento de la natalidad no explica este movimiento, más bien la expansión obedece más a la mejora económica que permite que los padres de familia, ante una mayor disponibilidad de medios, dejen la escuela pública gratuita en pos de una particular pagada, percibida como mejor. El crecimiento de la oferta educativa sintoniza, por tanto, con las exigencias de una sociedad plural y al mismo tiempo permite el ejercicio de dos derechos fundamentales: el derecho de crear centros educativos y el derecho de elegir la educación que más se adecue con la filosofía de los padres como primeros educadores.

Si bien el Estado consagra el derecho a la educación, en puridad habría que afirmar que lo que garantiza es la instrucción básica regular. La educación -que incluye la instrucción- implica una filosofía, valores, principios… los mismos que configuran un modelo, tipo o proyecto que, en tanto se ajusta a la filosofía, valores, principios de la familia, permite que los padres ejerzan otro derecho consagrado en la Constitución: la libertad de enseñanza. Desde esta óptica, los padres de familia puedan optar entre grandes grupos de colegios de acuerdo al proyecto educativo ofertado públicamente:

1.- Escuelas pluralistas: donde confluyen objetivos, orientaciones, criterios, métodos contrapuestos, porque pretenden que en ella se reflejen las diversas maneras de concebir el hombre, la vida y el mundo que caracteriza a la sociedad pluralista.

2.- Escuelas ideológicamente neutrales, por razón de su titularidad pública: escuelas públicas (a confesionalidad del Estado).

3.- Escuelas con ideario: que desean dar a la educación una orientación determinada, es decir, ofrecer un modelo educativo, un tipo de educación que tiene características específicas en el marco de la libertad de enseñanza consagrada en la Constitución.

4.- Las escuelas con ideario que a su vez son: a) Confesionales: es decir, gestionadas por congregaciones o grupos religiosos; y, b) No confesionales: gestionadas por personas o instituciones civiles.

La posibilidad de elección de una escuela por parte de los padres está consagrada; más aún, también lo está el proceso de deliberación que antecede a su decisión. Las escuelas no se distinguen por la instrucción, ya que todas ellas imparten las mismas materias que determina el Ministerio de Educación, además lo hacen con una metodología similar -los docentes son egresados de facultades de educación o de institutos pedagógicos-. Se diferencian más bien por una filosofía o concepción de la educación que se expresa en un modelo o proyecto educativo.  En razón de ello, los colegios, tan igual los que tienen o no ideario, se esfuerzan en explicitar públicamente -a través de los medios apropiados- aquello que los caracteriza, identifica o define como la alternativa que mejor coincida con la educación que los padres desean para sus hijos.

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Los textos escolares y el ataque a los colegios

Edistio Cámere

Suele ser una práctica frecuente que semanas previas al inicio de las clases la escuela suba al podio mediático de los acusados. Esta vez cogieron como reos a los textos escolares. Como es de suponer, la campaña se origina por la comisión de praxis inmorales por parte de algunos colegios coludidos con algunas editoriales o viceversa.

Pero es muy importante advertir que ‘algunos’ no son ‘todos’ aunque formen parte del todo. Pero la gracia de la noticia es incluir a todos en una misma categoría y a partir de allí establecer gratuitamente generalizaciones que hacen más daño que el bien que pretenden.

Soy un convencido de la noble misión de la escuela como institución que educa y colabora con los padres de familia en la formación de sus hijos, por tanto no puedo menos que ponerme de lado de tantos y tantos centros educativos que día a día se esfuerzan por dar una educación de calidad, a pesar de las dificultades de toda índole. Al respecto, me permito hacer algunos apuntes:

1.- No creo que sea noticia de titulares el descubrir que las personas somos débiles, capaces de cometer errores y actos que riñen contra la moral. Si somos proclives a actuar en ese sentido, quiere decir que en todos los sectores productivos y de servicios ocurre lo propio.  ¿O es que se piensa que los únicos ‘humanos’ son los educadores y que el resto del cuerpo social es inmaculado?

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La dirección escolar: Hacia un nuevo paradigma

Por Edistio Cámere

Todo centro educativo se organiza y gobierna siguiendo el siguiente modelo que ha devenido en paradigmático: en el vértice superior el director; luego, el subdirector o subdirectores; jefes de nivel o de etapa; coordinadores de áreas académicas; profesores y, en la base, padres de familia y alumnos. Este modelo piramidal  enfatiza la gestión centrada en la función,  tarea y control de los recursos. Los subordinados, en consecuencia, están más atentos a las indicaciones venidas de las instancias superiores, al punto que no es insólito escuchar que “lo importante es que el directivo esté contento con mi desempeño”.Ciertamente, en toda institución sin distinción de su naturaleza o giro, tiene que existir un orden, una estructura que articule las capacidades y esfuerzos de todos y cada uno de sus miembros hacia unos mismos objetivos. La escuela, además, destaca por una característica significativa: opera a partir de unos principios educativos o criterios axiológicos que no sólo la destinan sino que a su vez deben crear -a  través de su estructura organizativa- las condiciones necesarias para que los alumnos los encarnen, los incorporen vitalmente, tanto durante su vida escolar como cuando sean ciudadanos. Una de esas condiciones es procurar que los profesores ([1]) los muestren con su comportamiento en el empeño de caminar junto con la escuela por el mismo sendero. 

Dicho de otro modo, la escuela se orienta -toda ella- hacia los alumnos con miras a su formación humana e integral sobre la base de proposiciones valóricas inscritas en su Ideario. Si esa es su finalidad, y dado que la concepción de un fin adecúa los medios, entonces su estructura organizativa debería acomodarse con el propósito de cumplir a cabalidad con dicha intención. Contrariamente a lo que sucede en las empresas comerciales o industriales, en las que quienes están comprometidos con la factura o transformación de un producto no se relacionan directamente con el usuario final, en la escuela la cercanía, el trato y la participación del docente es fundamental para que el alumno se eduque y se forme.

El profesor es el sujeto-agente que opera modificando a un sujeto-paciente: el discente. Junto a aquél los padres de familia desempeñan un rol de primerísimo orden en la educación del escolar. Desde esta perspectiva, la pirámide organizacional -funcionalmente hablando- debería configurar en la cúspide de la pirámideal alumno, inmediatamente después a los padres de familia, los profesores, las posiciones jerárquicas y en la base el director. Como podrá deducirse, no estoy promoviendo, ni por asomo, subvertir el orden de manera que el centro educativo sea gobernado por los estudiantes que, por cierto, sería contraproducente. Tampoco estoy sugiriendo que la escuela deba consentir o aplacar los gustos de los padres de familia. Más bien, quiero precisar lo proficuo de un sistema de gobierno capaz de conducir personas, medios y estrategias al servicio de las necesidades legítimas de crecimiento de los alumnos en tanto personas.

 

Función directiva

La tarea del director y de los demás ‘jefes’“no es mandar o dominar a quienes están debajo de ellos; su papel es más bien servir, que es la mejor manera de dirigir a quienes están más cerca de los alumnos para identificar y satisfacer sus necesidades legítimas. Su trabajo es quitar todas las obstrucciones que estorban a sus colaboradores en el serviciode sus alumnos(los subrayados son míos). Por desgracia hay demasiados ejecutivos que no sólo no quitan los obstáculos, sino que ellos mismos son un obstáculo permanente. Cuando vivía en ese medio solía referirme a ellos como ‘ejecutivos gaviota’. El ejecutivo gaviota sobrevuela periódicamente el área haciendo mucho ruido, ensuciando todo, se puede comer tu almuerzo y luego se va volando” ([2]).

A una escuela orientada hacia la persona del alumno le compete centrarse como requisito básico en sus profesores y en sus padres de familia, de lo contrario tal disposición restaría tan sólo en buenas intenciones. En sentido estricto, dado que la formación del discente está en manos de sus padres y docentes, es a ese nivel donde el esfuerzo directivo tiene que concentrarse para que -sobre todo los últimos- puedan ejercer sin cortapisas su labor educativa. Por eso, más que cifrar su quehacer en el cumplimiento de una carga impositiva basada en una suerte de reglamentarismo, es más significativo compartir con entusiasmo la filosofía educativa que anima la cultura e intenciones del colegio. Al profesor le asiste el derecho de conocer y comprenderla, de manera que, en pleno uso de su libertad, pueda hacerla propia e identificarse con la visión y principios de la escuela.

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Disciplina en los colegios: criterios

Por Edistio Cámere

De la Institución

La disciplina no tiene que ser una lucha fragmentada, dejada sobre las espaldas de cada profesor o en todo caso sólo de aquellos que la libren por interés o responsabilidad personal.

  1. La disciplina es un cometido de la completa institución, que se expresa en un respaldo como política a la autoridad del docente. 
  2. Las actividades escolares tienen que ser planeadas, organizadas y ejecutadas. La improvisación, la ineficiencia, la superficialidad… ofenden la inteligencia y generan malestar que se traduce en una perdida de credibilidad del colegio.
  3. Con la disciplina se hace historia, biografía: “el educando no es el de ayer ni el del mañana pero es algo de cada uno de ellos, porque lo que el niño de ayer deja huella en su ser de hoy y lo que será mañana esta operando en su situación actual”. (García Hoz)  
  1. Definir el norte del colegio: A través de principios claros recogidos en el ideario o carácter propio del colegio. La ausencia o la ambigüedad de criterios, usos y porque no convicciones es lo que produce perplejidad, es decir, incapacidad practica para decidirse, para determinarse libremente hacia algo. En todo centro educativo hay un saber, una moral y una estética y, también, como toda comunidad cuenta con costumbres, instrumentos y signos.
  2. Tener un norte definido permite que los integrantes de una comunidad educativa se hagan cargo que las pautas de conducta que la institución propone no se basan en la moda, en el sentir del momento…, sino en lo que se entiende como bienes vinculados con la dignidad de la persona, es decir, valores culturales, morales y espirituales, por ello duraderos en el tiempo.      
  3. El colegio debe tener un cuidado especial y permanente por el orden y mantenimiento de la infraestructura y de los bienes muebles. El porte del colegio debe ser tal que no irrite a los alumnos por lo descuidado o sea interpretado como una falta de respeto o consideración. 
  1. La relación armoniosa entre los participantes se logra procurando que la disciplina  a) se limite a lo realmente indispensable; b) a exigir puntualmente y sin excusa y, c) que no se observe exclusivamente por temor.  (Göttler, Pág. 228)

 Del director

 La figura del director debe ser clara, nítida y consistente porque: 

  1. Es el representante legal del colegio ante la comunidad y las diversas instancias.
  2. Personifica a la escuela y al ideario.
  3. Sus decisiones generan cultura.
  4. Encauza las expectativas de los padres de familia y las armoniza (que es muy distinto a contemporizar) con el ideario a las políticas del plantel.
  5. Hace compatible la percepción subjetiva de los padres ante la sanción con el criterio objetivo del colegio: norma, péndula entre alumno y reglamento y entre alumno y compañeros. En cambio los padres se preguntan ¿por qué a mi hijo?
  6. Mantiene el criterio que la escuela es para formar personas y no es un centro de entretenimiento ni un taller de reparaciones de los males sociales.
  7. Su debilitamiento como autoridad tiene la velocidad contraria al denominado “chorreo económico” se cuela con celeridad en todos los rincones del colegio.
  8. El riesgo de hacerse administrativo, metido en los detalles cotidianos puede obturar su mirada del bosque y permanecer en los árboles.
  9. El colegio es una institución plena de relaciones humanas que reclama un conocimiento prudencial a la vez que una autoridad reconocida para dirimir los hechos humanos que ocurren en la escuela. La vida discurre en el colegio, junto con los puntos de vista y opiniones que para que no entren en conflicto se requiere que alguien los zanje. Sigue leyendo «Disciplina en los colegios: criterios»

Situación del docente en el Perú

Valoración, respeto y remuneraciones de los docentes

Por Edistio Cámere

Modesto Montoya, reconocido físico peruano, en un artículo publicado en el diario el Comercio escribió “(…) El problema educativo no se resolverá con edificaciones y computadoras, sino con la valoración de la carrera del magisterio, expresada en remuneraciones dignas y en el respeto por parte de la sociedad”.  Dicha afirmación tiene la prestancia de que ordena y jerarquiza los elementos que concurren en el acto educativo, destacando la centralidad del quehacer del docente. Esta ya es una razón  consistente para recomendar su valoración. Por cierto, un explícito reconocimiento a la  acción y ejercicio docente conducirá, consecuentemente, a expresar la misma actitud hacia la carrera del magisterio. Sin embargo, a riesgo de ser redundante con la precisión -me la juego- prefiero subrayar la valoración a la persona del maestro, dado que en desplegarse como tal se luce y como tal se proyecta a los demás.

Reclamar que el docente sea valorado predica su contrario, es decir, que no se le aprecie o reconozca y precisamente en esa carencia reside parte de la problemática educativa actual. Cabe preguntarse, ¿qué tan extendida es su infravaloración? ¿Quiénes son los que no lo reconocen? Ciertamente no son los alumnos quienes, bajo la conducción, el arte de enseñar y los conocimientos, amén de las relaciones interpersonales afectivas que se establecen con el docente, incorporan saberes, destrezas y actitudes acordes con su edad y momento evolutivo.

Es esta una foto que capta lo que en verdad ocurre cotidianamente en las escuelas. La velocidad, la profundidad y dimensiones del aprendizaje no son -aunque le cabe responder por ellas- responsabilidad unilateral del profesor, pues concurren toda una gama de  factores, desde lo genético, las disposiciones, el contexto y dinámica familiar hasta los estilos, costumbres y medios educativos de la sociedad. El docente no es, por tanto, una especie de atlas conminado a cargar en solitario con la educación de sus alumnos.

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¿Cuándo es formativa la disponibilidad del docente?

Por Edistio Cámere

“…Hablo de desocupado circunstancial que, por llenar unas horas, digamos de tren a tren, no vacila en vaciárselas a su prójimo. “Pasaba por aquí y me dije: Voy a subir un rato a ver a Pepe. ¡Menuda sorpresa se va a llevar!”. Y, sin otra justificación, el desocupado allana el despacho de Pepe, se arrellana en un sillón de Pepe, y allí, en cigarrillo y cigarrillo de la cajetilla de Pepe, aguarda tranquilamente la hora del tren. (…) Al amigo que espera el tren no se le ocurre pensar en las cosas que Pepe ha dejado de hacer a cuenta de su visita. Es más, muchas veces, el amigo que espera al tren piensa al marcharse: “Al pobre Pepe, siempre enterrado en papeles, le he distraído un rato”. Por supuesto, el amigo que espera al tren no advierte nunca que al día siguiente, otro amigo de Pepe, que también esperará al tren, acudirá a su oficina para “distraerlo un rato”.

Los franceses, con su buen sentido característico, han resuelto este problema determinando días y horas para las visitas; días y horas que rigen, incluso, para los amigos que aguardan el tren. La solución es bien simple, pero convendría que los españoles la pongamos en práctica todos a una, a fin de evitar que nuestros amigos digan que nosotros nos hemos convertido en unos monstruos de la insociabilidad” ([1])

El docente, por temperamento o por vocación, está siempre disponible. Lo está ante el alumno cuando una duda lo atrapa, cuando un suceso lo acongoja;  está presto, también, para escuchar o atender una consulta del colega.  Aunque no es infrecuente que la consulta no sea puntual: viene  aderezada con un comentario o noticia  -como de paso- capaz de estimular la curiosidad.  El trato y las relaciones humanas tienen ese talante: no son neutras, puntuales ni áridas. Tienen la gracia de un pavo real, el remanso de un atardecer, la versatilidad del oro y las espinas de una rosa. Lo cierto es que estar disponible es una cualidad que facilita la comunicación.

La cuestión, en todo caso, es si la disponibilidad del docente en todo momento y circunstancia en el colegio es un acto educativo. Subrayo “en todo momento y circunstancia”: las emergencias y las necesidades de los más pequeños se atienden sin dilación de tiempo. Anticipo mi conclusión afirmando que la disponibilidad sin límites no es formativa. 

En mi primer lugar, porque la labor del docente basa su eficacia en una prudente organización que le permita atender, ora al alumno, ora al grupo de estudiantes, ora a los padres de familia, ora los requerimientos de la institución, ora su formación personal. Cada una de estas esferas tiene sus particularidades que avocan del docente estudio, reflexión, diálogo y labores burocráticas -informes, corrección de exámenes, preparación de clases, entre otras- que se tienen que ejecutar en el plazo y oportunidad requeridos. Sin el cuidado diligente de estas acciones, el aporte del docente no sería completo; además, la presión por acumulación de las tareas no realizadas se reflejaría en su rostro no sereno. Es preciso que cuidemos el tiempo, ya que no regresa cuando se le abre la puerta.  

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El presente educativo y el futuro de la persona

Por Edistio Cámere

Cuando se mira a un niño o a un joven, se hace patente en ellos el misterio del futuro (el niño será…, la joven será…) y el rigor del presente. Digo rigor no porque el hoy sea implacable, sino que aquel aprisiona la llave maestra que permite abrir la puerta del mañana de cada estudiante.

En este sentido, la acción en el presente es siempre una suerte de requisito que solo se podrá cumplir si se es capaz de trascender la función o condición de alumno para encontrarse de pleno con su persona. Por esta ruta se transita hacia una educación que enfatiza el pensar, el querer, el saber, el desarrollo de virtudes, la solidaridad… una educación que no se queda solo en poner ‘algo’ desde fuera, sino que intencionadamente procura extraer, educir lo que el alumno tiene de singular en su propia naturaleza para lograr su cabal formación.

Dos propuestas

La esperanza y el optimismo no se perderán si el docente se empeña en hacer lo que sabe con renovada ilusión y creatividad. Conseguir que cada alumno aprenda y se forme es, sin duda, el alimento y sustancia para afirmar que la educación hace posible abrigar un futuro con esperanza. Las dos propuestas, sencillas, que sugiero y que por cierto son patrimonio de todos y cada uno de los docentes, son dos vinculadas directamente con su propio quehacer.

1.- El mejoramiento de la didáctica.-

Que no es otra cosa que procurar hacer de cada una de las clases ‘la clase’. El estudio y la preparación de las clases son el único y mejor camino que se tiene para lidiar con la cultura de la imagen y con los paradigmas que la sociedad presenta a los niños y jóvenes. De este modo, la acción pedagógica tendrá ese matiz de novedad y atractivo porque tendrá el núcleo de verdad que la inteligencia de los alumnos se apresta a descubrir.

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De regreso al colegio, un nuevo reto para mejorar la educación

Por Edistio Cámere

Dentro de poco tiempo se iniciarán las clases escolares. Entonces, el bullicio y la algarabía de millones de niños y jóvenes estarán concentrados en las escuelas. Los docentes, luego de unas reparadoras vacaciones, volverán asimismo a su habitual tarea de educar, enseñar y orientar.  

Sin embargo, nuestro país, con sus marchas y contramarchas, con sus problemas aún sin resolver, no representa un contexto favorable para el logro de las metas educativas. La inversión en la jerarquía de los valores, las incoherencias y los malos ejemplos de nuestros líderes sociales, siembran dudas y cuestionan los principios que supuestamente se propugnan lograr en las escuelas. Frente a esta  realidad ¿cómo encontrar o darle un nuevo sentido a la acción educativa, a la que tanto se apela como condición indispensable para el desarrollo nacional? ¿De dónde puede recoger el maestro motivos para continuar con afán en su noble tarea?  ¿Cabe el optimismo en la educación? 

Ser optimista, ¿es una necedad o es una postura idealista y soñadora? Pues ni es una necedad ni es una ilusión. Por el contrario, soy un convencido que dicha actitud es sostenible, realista y, sobre todo, eminentemente educativa. Siempre y cuando se asuma el reto de construir un ambiente escolar donde la labor docente no se agote en el alumno, sino que busque a la persona: razón y causa de optimismo y esperanza. 

 Presente vs. futuro

El presente es cambiante, complejo, difícil y exigente pero la labor del docente se despliega en ese ‘presente’. Frente a este hecho se abren dos actitudes: a) Añorar épocas pretéritas, aduciendo que todo tiempo pasado fue mejor, sesgando la visión únicamente hacia lo negativo del propio país o esperando pasivamente el advenimiento de nuevos periodos; o b) Ser conscientes que lo propio es decidir qué hacer con este tiempo que se nos da y que al recibirlo se hace ‘proyecto personal’. Por lo tanto, como tal, hay que aprovecharlo escribiendo la propia biografía al realizar las tareas que corresponde hacer y este tiempo facilita.

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La obediencia, virtud social*

Por Edistio Cámere

En el campo de la construcción, hoy en día, en punta a tenor de los grandes edificios que se levantan con admirable prisa, existe una lógica y mucho sentido común: sobre los cimientos, sobre las bases –sólidas y consistentes– se alzan piso tras piso… hasta llegar a alturas sorprendentes. Los constructores invierten buena cantidad de tiempo y esfuerzo en estructurar las bases, y a partir de ellas la estética, la permanencia y versatilidad de la edificación quedan aseguradas.

A ningún entendido en la materia se le ocurriría cambiar o modificar el encofrado sustituyendo alguno de sus elementos o colocando otros más vistosos pero para nada resistentes. Pues aquel sabe que si se vacía el contenido no habrá cimiento que resista el crecimiento sostenido y armónico de una ciudad o parte de ella. Sin embargo, en la vida social no ocurre algo similar. Lo fundamental, los conceptos pilares que estructuran la convivencia del hombre en la sociedad no mudan el nombre pero sí se les vacía el contenido añadiendo antojadizamente significados alejados de su propia naturaleza. Conceptos tales como amor, vida, paz, derechos, compromisos, obediencia, autoridad, familia, religión entre muchos otros, tienen acepciones más ligadas al ‘gusto del cliente’ que a lo que objetivamente implican.

La obediencia es uno de los conceptos –básicos para la convivencia– que ha sufrido un adelgazamiento o reducción importante. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como: “Cumplir la voluntad de quien manda”. Esta definición a su vez, se relaciona con otras virtualidades humanas: Se cumple porque libremente se ha tomado la decisión de hacerlo; sin el propio consentimiento no se obedece, se somete a otro. La sumisión es un modo de renunciar a hacerse cargo de la propia vida.

También se puede cumplir, queriéndolo hacer pero sin que medie el aporte propio, sin diligencia ni inteligencia; esto es el cumplimiento pergeñado con desdén. Y es que la voluntad se vincula con el contenido de lo ‘mandado’. Cuando lo que se manda no busca el bien –puede ser no inteligible en el presente– ni apunta al crecimiento personal sino que, por el contrario, busca el propio beneficio o, peor aún, es opuesto a las buenas costumbres o a la ética, seguir los dictados de la conciencia es vivir la obediencia.

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