Detenerse a pensar

Por Edistio Cámere

Thomas Welch da cuenta de dos hombres que dedicaron un día entero a cortar leña.Uno de ellos trabajó sin detenerse a descansar, y juntó una pila de leños bastante grande. El otro lo hizo durante lapsos de cincuenta minutos, con otros intercalados de diez minutos en los que descansó. Al terminar, sin embargo, tenía una pila de leños mucho mayor.

-“¿Cómo pudiste cortar tanta leña?”, le preguntó el hombre que trabajó sin descanso.

-“Es que mientras descansaba, afilaba el hacha”, respondió.

    ‘Afilar el hacha’ –en este texto– es una figura que me sugiere dos interpretaciones. La primera la conecto con el estudio en casa. A un estudiante durante una jornada escolar habitual se le enseña, se le explican varias materias; es más, el profesor se asegura a través de estrategias didácticas que las haya comprendido. Pero para que el conocimiento se haga pensamiento es necesario el trabajo intelectual que no puede alcanzarse sin el estudio personal. Es el acto en el que la inteligencia se apropia, hace suyo el saber para incorporarlo como haber, base para nuevos aprendizajes.

    En el momento en que se está frente a un texto o a unos ejercicios, aquello que hasta ese entonces estaba medianamente distante en comprensión, gracias al despliegue de sus operaciones, la razón se va acercando en la medida que desentraña su sentido, sus relaciones y sus fundamentos. Dicho de otro modo, en la medida en que la inteligencia convierte el saber impersonal en un saber pensado, lo pensado es tal en cuanto que los conceptos o ideas se han tratado, se les ha dado vueltas hasta llegar al punto en que se poseen como propias.

    La posesión no solamente predica tenencia, sino dominio; lo que se domina puede presentarse de maneras diversas pero siempre originales porque contiene lo singular de quien ha pensado. El estudio personal en casa es, sin duda, un medio de primerísimo orden de ‘afilar el hacha’ para que los contenidos recibidos en el aula gracias a su participación activa se incorporen como patrimonio permanente en el alumno.

    La segunda anotación es que vivimos en una sociedad en donde el ruido, no solo derivado de los crujientes y trepidantes bocinazos sino de los múltiples estímulos producidos por los variados aparatos tecnológicos, distrae poderosamente nuestra atención. Las noticias, los rumores y chismes que con ocasión o sin ella proponen lo medios masivos de comunicación, así como el acoso de la publicidad que no cesa de percibirnos como presuntos consumidores, también hacen lo suyo. Tampoco se puede soslayar como otra nota social la actividad vertiginosa, la prisa por conseguir en el plazo inmediato las metas trazadas.

    Frente a esta situación el ‘afilar el hacha’ transita por el camino de la reflexión, de la escucha atenta y de la serenidad. El pararse a pensar para comprender la verdadera dimensión de los acontecimientos y mirarlos en una perspectiva más global e integral. Mirar lo importante de las situaciones sin exagerarlas ni minimizarlas contribuye a configurar un estado de ánimo sereno. La serenidad, por ello, favorece para hacer un alto en el trajín diario para atender asimismo a quienes están próximos, a través de la escucha. Y para escuchar conviene saber estar en silencio, sin ruidos externos e internos que impidan abrirnos al insondable, rico y original mundo de cada persona.

La docencia como virtud

Edistio Cámere

A propósito del día del maestro, que en Perú se celebra cada 6 de julio, vale la pena pararse a reflexionar acerca del quehacer docente como virtud, que es la calificación que mejor conviene a su actividad, pues cuando los docentes educan “no está en juego su propio desarrollo ni son los padres de las criaturas” [1]. La educación no recaba -en sentido estricto- para quien se dedica a ella ningún rédito  personal. El docente ya está formado y, en caso que tenga que hacerlo, su empeño obedece más a los beneficios que reportará para sus estudiantes, con quienes, a su vez, no guarda relaciones afectivas fundadas en lazos de sangre o de parentesco.

Las características exigidas al docente y las demandas propias de los alumnos son tales que su cumplimiento no encuentra cabal compensación por la vía salarial. Sin restar en absoluto su importancia, la justificación eficiente y eficaz de su quehacer anida en la calidad de su vocación, que de manera patente se despliega en su actuación cotidiana como docente y se muestra como virtud ante sus alumnos.

La actividad educativa esconde los ribetes de los logros espectaculares, no refulge como primicia mediática y tampoco es tópico de agenda para una sesión de ministros. Lo suyo es el esplendor de la mirada del alumno al descubrir que uniendo letras compone una palabra con sentido; es la algarabía que estalla al sonido de la campana señalando el inicio del recreo; es el mal momento que pasa el docente cuando tiene que reconvenir por alguna conducta inadecuada; es, en suma, el apogeo de lo cotidiano, de las cosas pequeñas que se hacen grandes y perennes a fuerza de que el alumno las haga suyas y aprenda.

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La actitud y el compromiso personal

Edistio Cámere

Son importantes los principios y el actuar con coherencia, aunque a veces suponga ser objeto de miradas de soslayo o que tengan que quedarse solos ante el encargo o tarea encomendada.

A escasos minutos para que el árbitro diera por finalizado el encuentro de fútbol, la desazón del público se podía ‘tocar’. Los más incrédulos abandonaban el estadio: una vez más el rendimiento del seleccionado peruano dejaba un sabor amargo en la boca de sus seguidores. La derrota era inminente. De pronto Juan Vargas, jugador que milita en el Florentina, equipo del competitivo y exigente campeonato italiano, se hizo del balón y se lanzó con más fuerza, pundonor y coraje que técnica hacia la portería contraria, apilando rivales en cuanto le salían al paso. El público se sacudió de su letargo para seguir expectante la arremetida del mencionado jugador. Cruza la pelota hacia el área rival y entra un delantero nuestro para añadirla en el arco. Un estentóreo y unísono grito de gol retumbó el estadio y la alegría se apoderó del rostro de los hinchas. Con el empate, la esperanza renació en aquel momento al punto que los más optimistas acariciaban el anhelo de ver la bandera flameando orgullosa entre los clasificados al mundial.

No es mi intención discurrir acerca de estrategias del fútbol que, según Sergio Markarián, entrenador uruguayo que dirige nuestra selección, es entre las cosas menos importantes la más importante. Más bien, me gustaría compartir -desde otra perspectiva- las reflexiones que me suscitaron la gran corrida de Juan Vargas.

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Los colegios son elegidos y los padres aceptados

“Sancionar los actos que riñen con la ley o la moral es necesario, imperioso y justo; otra cosa muy distinta es intervenir precariamente ‘desde fuera’ afectando los principios de libertad tanto de los padres para optar por un colegio como de las escuelas de defender su propuesta educativa.”

Por Edistio Cámere

    Así como los padres de familia ejercen su derecho de optar por el colegio que más se ajuste a su proyecto familiar -libertad de enseñanza-, a toda persona natural o jurídica le asiste el derecho de crear una escuela con unos estatutos y filosofía fundacionales que marquen la visión y misión de su servicio educativo. Este debería ser uno los aspectos a tomar en cuenta a propósito de las informaciones y opiniones que se han vertido en el Congreso de la República del Perú, y en otros ambientes del acontecer público, calificando de ‘discriminatorios’ los procesos de admisión y los ingresos a los colegios privados.

    Al fundar un centro educativo, a los promotores no solamente les interesa que ‘funcione’ la institución como tal sino que permanezca en el tiempo atendiendo de la mejor manera a las familias que aprecien su propuesta y visión educativa. Desde esta óptica es lógico que los colegios valoren que las familias coincidan en lo sustancial con ellos. Los requisitos solicitados para acceder a un colegio, por tanto, no son otra cosa que puntos de partida para alcanzar la coincidencia entre cada proyecto familiar y el proyecto del centro educativo.

    Para iniciar una relación comercial o de servicios se solicita al proveedor que cuente con RUC. Sin este requisito la transacción deviene en informal o ilegal, mas no garantiza la calidad, la puntualidad o el precio del bien o del servicio. Si para una transacción comercial se requiere el cumplimiento de unas condiciones mínimas, ¿por qué un colegio no puede solicitar unos requisitos, habida cuenta que lo que se establece con las familias no es una transacción sino una relación que se mantiene trece años, que es lo que dura la educación escolar? En atención a la formación del niño o de la niña, ¿no es más eficaz y eficiente caminar en lo esencial ambos por un mismo sendero?

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Los colegios no discriminan: son elegidos

Edistio Cámere

“Elegir con responsabilidad y coherencia es

ejercer la capacidad de decisión, ponderando

los pros y contras, con miras a buscar la mejor

educación. Por eso afirmamos que los colegios

no discriminan, sino más bien son elegidos.”

El aumento de colegios privados en el país -este último lustro-  ha sido significativo, en especial en Lima Metropolitana. Pero el incremento de la natalidad no explica este movimiento, más bien la expansión obedece más a la mejora económica que permite que los padres de familia, ante una mayor disponibilidad de medios, dejen la escuela pública gratuita en pos de una particular pagada, percibida como mejor. El crecimiento de la oferta educativa sintoniza, por tanto, con las exigencias de una sociedad plural y al mismo tiempo permite el ejercicio de dos derechos fundamentales: el derecho de crear centros educativos y el derecho de elegir la educación que más se adecue con la filosofía de los padres como primeros educadores.

Si bien el Estado consagra el derecho a la educación, en puridad habría que afirmar que lo que garantiza es la instrucción básica regular. La educación -que incluye la instrucción- implica una filosofía, valores, principios… los mismos que configuran un modelo, tipo o proyecto que, en tanto se ajusta a la filosofía, valores, principios de la familia, permite que los padres ejerzan otro derecho consagrado en la Constitución: la libertad de enseñanza. Desde esta óptica, los padres de familia puedan optar entre grandes grupos de colegios de acuerdo al proyecto educativo ofertado públicamente:

1.- Escuelas pluralistas: donde confluyen objetivos, orientaciones, criterios, métodos contrapuestos, porque pretenden que en ella se reflejen las diversas maneras de concebir el hombre, la vida y el mundo que caracteriza a la sociedad pluralista.

2.- Escuelas ideológicamente neutrales, por razón de su titularidad pública: escuelas públicas (a confesionalidad del Estado).

3.- Escuelas con ideario: que desean dar a la educación una orientación determinada, es decir, ofrecer un modelo educativo, un tipo de educación que tiene características específicas en el marco de la libertad de enseñanza consagrada en la Constitución.

4.- Las escuelas con ideario que a su vez son: a) Confesionales: es decir, gestionadas por congregaciones o grupos religiosos; y, b) No confesionales: gestionadas por personas o instituciones civiles.

La posibilidad de elección de una escuela por parte de los padres está consagrada; más aún, también lo está el proceso de deliberación que antecede a su decisión. Las escuelas no se distinguen por la instrucción, ya que todas ellas imparten las mismas materias que determina el Ministerio de Educación, además lo hacen con una metodología similar -los docentes son egresados de facultades de educación o de institutos pedagógicos-. Se diferencian más bien por una filosofía o concepción de la educación que se expresa en un modelo o proyecto educativo.  En razón de ello, los colegios, tan igual los que tienen o no ideario, se esfuerzan en explicitar públicamente -a través de los medios apropiados- aquello que los caracteriza, identifica o define como la alternativa que mejor coincida con la educación que los padres desean para sus hijos.

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Relación profesor-alumno: Matices

Edistio Cámere

No pocas veces he escuchado decir que la docencia es un apostolado. Tal frase no es cierta cuando se cree que el profesor debe de renunciar al natural deseo de una retribución económica acorde con sus aspiraciones personales. La actividad educativa tiene la densidad, la profundidad y deberes y derechos que tiene cualquier otra profesión. En lo que es cierto es en que la docencia y el apostolado, basan su eficacia en la entrega y transmisión de las cosas contempladas. Trasmitir significa trasladar, transferir algo hacia otro. La fuerza y contundencia no radica en el cómo sino en el qué se trasmite. Transmisión en mecánica es un conjunto de mecanismos que comunican el movimiento de un cuerpo a otro, alterando generalmente su  velocidad, su sentido o forma. Intentando una analogía se puede afirmar que lo que comunica algún tipo de movimiento en el alumno son los contenidos previamente contemplados por el profesor.

Contemplar es poner atención, considerar, descubrir, reflexionar, pensar y meditar. Con la contemplación lo que se conoce, lo que se experimenta se incorpora en la propia vida, dándole un sentido personal y, por ello original e inédito. La contemplación – en el caso del docente – agrega valor a su actividad, como consecuencia del diálogo previo que establece con la materia que imparte, de manera que lo que transmite lleva su impronta y sello personal, que tiene la fuerza y el atractivo de impactar vitalmente en la inteligencia y en el querer del alumno. Entregar las cosas contempladas despierta en los estudiantes  expectativa y emoción tales como la que se apodera del espíritu ante el estreno, ante la novedad y ante la sorpresa.

La trasmisión contemplada de la materia que se enseña es condición cardinal para que la relación profesor-alumno cristalice en un  encuentro entre dos personas – más allá de la mera función- pero con una particular característica: una en un estadio de madurez logrado y, la otra en proceso de crecimiento. Toda relación supone trato y acercamiento, al tiempo que su continuidad facilita la aparición de vínculos afectivos con una ventaja para el docente: los niños y los jóvenes se dejan querer; en cambio aquel debe poner de su parte la intención de querer conocer a fuerza de invertir tiempo en pensarlo para querer el bien del alumno. Cuando el docente mira más allá de la inmediatez funcional de la instrucción para acompañar al alumno en su crecimiento personal, intentará su propio crecimiento al encarnar un valor o vivir unas virtudes, entonces, no solamente entregará la novedad de la palabra sino también la novedad del ejemplo

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Los textos escolares y el ataque a los colegios

Edistio Cámere

Suele ser una práctica frecuente que semanas previas al inicio de las clases la escuela suba al podio mediático de los acusados. Esta vez cogieron como reos a los textos escolares. Como es de suponer, la campaña se origina por la comisión de praxis inmorales por parte de algunos colegios coludidos con algunas editoriales o viceversa.

Pero es muy importante advertir que ‘algunos’ no son ‘todos’ aunque formen parte del todo. Pero la gracia de la noticia es incluir a todos en una misma categoría y a partir de allí establecer gratuitamente generalizaciones que hacen más daño que el bien que pretenden.

Soy un convencido de la noble misión de la escuela como institución que educa y colabora con los padres de familia en la formación de sus hijos, por tanto no puedo menos que ponerme de lado de tantos y tantos centros educativos que día a día se esfuerzan por dar una educación de calidad, a pesar de las dificultades de toda índole. Al respecto, me permito hacer algunos apuntes:

1.- No creo que sea noticia de titulares el descubrir que las personas somos débiles, capaces de cometer errores y actos que riñen contra la moral. Si somos proclives a actuar en ese sentido, quiere decir que en todos los sectores productivos y de servicios ocurre lo propio.  ¿O es que se piensa que los únicos ‘humanos’ son los educadores y que el resto del cuerpo social es inmaculado?

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Optimismo y confianza

Por Edistio Cámere

Mafalda, el famoso personaje de Quino, preocupada lee en un diario:      “Estocolmo: Suecia tiene construidos ya refugios antiatómicos como para albergar a la mitad de su población. Asimismo, gran cantidad de fábricas han sido instaladas bajo tierra”. Levanta la vista del periódico y piensa: “¡Qué dilema con estos suecos! Uno no sabe si admirarles la ingeniería o el pesimismo”.

      La inquietud de Mafalda tiene sentido. Todo un esfuerzo económico y técnico para ‘no crecer y esconderse’, porque según los suecos no tienen esperanza que el mundo cambie, nos deja pensando. Considero que tal juicio es incompatible con la educación, pues lo propio de aquella -y como compañero inseparable- es el optimismo. David Isaacs lo define así: “Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades y en la ayuda que le pueden prestar los demás, y confía en las posibilidades de los demás, de tal modo que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que  se opongan a esa mejora (…)”.

      Quisiera detenerme en una sola idea: ‘Confía razonablemente…’,  lo que equivale a decir, reconocer con equidad las propias capacidades (ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre). Al mismo tiempo, con prudencia y respeto, reconocer las posibilidades de mejora y capacidades de los demás. La confianza es el fundamento de la cooperación y de las relaciones interpersonales. 

      Pero esa confianza no se soporta solo en la familiaridad sino en la firme consideración de la valía personal de los demás. De modo que cuando, luego de haber intentado sacar el bien de una determinada situación, se solicita la intervención de otra persona es porque se confía en ella para que nos ayude a mirar nuevamente las cosas positivamente. La cooperación, de suyo, entraña una gran dosis  de optimismo: ‘Lo que me falta para crecer el otro me lo suple.  Lo que aquel carece yo se lo ofrezco’. Es, por tanto, una relación horizontal entendida en una real y justa valoración.  

      En un centro educativo la cooperación interpersonal, basada en el optimismo y la confianza, no solo permite el mejoramiento personal sino que también forja una cultura organizativa que facilita la educación moral en los alumnos. El respeto, la consideración, el reconocimiento entre los miembros de una comunidad educativa le da un sentido positivo a las normas de convivencia. Su uso contribuye a que cada alumno mejore (bien particular) y ayude a que los demás también mejoren (bien general).

Disciplina en los colegios: criterios

Por Edistio Cámere

De la Institución

La disciplina no tiene que ser una lucha fragmentada, dejada sobre las espaldas de cada profesor o en todo caso sólo de aquellos que la libren por interés o responsabilidad personal.

  1. La disciplina es un cometido de la completa institución, que se expresa en un respaldo como política a la autoridad del docente. 
  2. Las actividades escolares tienen que ser planeadas, organizadas y ejecutadas. La improvisación, la ineficiencia, la superficialidad… ofenden la inteligencia y generan malestar que se traduce en una perdida de credibilidad del colegio.
  3. Con la disciplina se hace historia, biografía: “el educando no es el de ayer ni el del mañana pero es algo de cada uno de ellos, porque lo que el niño de ayer deja huella en su ser de hoy y lo que será mañana esta operando en su situación actual”. (García Hoz)  
  1. Definir el norte del colegio: A través de principios claros recogidos en el ideario o carácter propio del colegio. La ausencia o la ambigüedad de criterios, usos y porque no convicciones es lo que produce perplejidad, es decir, incapacidad practica para decidirse, para determinarse libremente hacia algo. En todo centro educativo hay un saber, una moral y una estética y, también, como toda comunidad cuenta con costumbres, instrumentos y signos.
  2. Tener un norte definido permite que los integrantes de una comunidad educativa se hagan cargo que las pautas de conducta que la institución propone no se basan en la moda, en el sentir del momento…, sino en lo que se entiende como bienes vinculados con la dignidad de la persona, es decir, valores culturales, morales y espirituales, por ello duraderos en el tiempo.      
  3. El colegio debe tener un cuidado especial y permanente por el orden y mantenimiento de la infraestructura y de los bienes muebles. El porte del colegio debe ser tal que no irrite a los alumnos por lo descuidado o sea interpretado como una falta de respeto o consideración. 
  1. La relación armoniosa entre los participantes se logra procurando que la disciplina  a) se limite a lo realmente indispensable; b) a exigir puntualmente y sin excusa y, c) que no se observe exclusivamente por temor.  (Göttler, Pág. 228)

 Del director

 La figura del director debe ser clara, nítida y consistente porque: 

  1. Es el representante legal del colegio ante la comunidad y las diversas instancias.
  2. Personifica a la escuela y al ideario.
  3. Sus decisiones generan cultura.
  4. Encauza las expectativas de los padres de familia y las armoniza (que es muy distinto a contemporizar) con el ideario a las políticas del plantel.
  5. Hace compatible la percepción subjetiva de los padres ante la sanción con el criterio objetivo del colegio: norma, péndula entre alumno y reglamento y entre alumno y compañeros. En cambio los padres se preguntan ¿por qué a mi hijo?
  6. Mantiene el criterio que la escuela es para formar personas y no es un centro de entretenimiento ni un taller de reparaciones de los males sociales.
  7. Su debilitamiento como autoridad tiene la velocidad contraria al denominado “chorreo económico” se cuela con celeridad en todos los rincones del colegio.
  8. El riesgo de hacerse administrativo, metido en los detalles cotidianos puede obturar su mirada del bosque y permanecer en los árboles.
  9. El colegio es una institución plena de relaciones humanas que reclama un conocimiento prudencial a la vez que una autoridad reconocida para dirimir los hechos humanos que ocurren en la escuela. La vida discurre en el colegio, junto con los puntos de vista y opiniones que para que no entren en conflicto se requiere que alguien los zanje. Sigue leyendo “Disciplina en los colegios: criterios”

La opción por la centralidad de la persona del alumno

Por Edistio Cámere

Tiempo atrás estuvo en cartelera una película discreta técnicamente, con parlamentos sencillos, buena fotografía, pero candorosamente entretenida. La película titulada “Diario de una Princesa” es un ejemplo plástico del cómo y del fin de la actividad educativa cuando se tiene en cuenta a la persona. La reina de un imaginario país, Genovia, se encuentra en la tesitura de elegir su sucesora. Su nieta americana es la candidata. Cuando la contacta encuentra a una joven temerosa, insegura, metida en sus ilusiones y confundida con sus ‘tragedias’. Un resorte comprimido por trabas propias y de su entorno. Sin embargo, la reina ‘ve’ a su futura sucesora y pondrá empeño y los medios a su alcance para educir de ella los modos y cualidades propios de una princesa.

En apretado síntesis diré que durante el proceso de cambio la reina realizó cinco acciones significativas para lograr su meta: 1) Dedicó tiempo para conocerla; 2) Estableció un plan de trabajo que contó con la anuencia de la nieta; 3) Combinó la exigencia con el cariño; 4) Permitió, aún a riesgo de fracasar en su intento, que ella tomara la decisión final; y, 5) Como eje transversal, independiente del presunto resultado, mantuvo su confianza y afecto hacia ella.

La opción por la centralidad de la persona del alumno no es una suerte de eslogan que preside las actividades de una organización. Tampoco es una mera consigna cuyo enunciado por arte de magia tiene la virtud de cambiar y alinear comportamientos. Se trata, más bien, de una tarea que compromete las entrañas de la misma escuela. Toda ella, en su múltiple complejidad (principios, cultura, procesos, normas, actividades, técnicas…) tiene que contribuir a que sus miembros descubran, acepten y les sea reconocida su valía como personas. ¡Qué otra cosa es el educere sino el hacer patente a los ojos de la persona su valor como tal! Esto sólo es posible en una organización que dedica tiempo a conocer a sus miembros; que tiene planes de trabajo ajustados a las propias capacidades; que procura armonizar la exigencia con el cariño; que confía en las decisiones y cree en la rectitud de intención de sus docentes.

Se podría implementar laboratorios tecnológicos, pero si no nos detenemos en mirar objetivamente a cada alumno en su condición de persona, la educación trocaría en mera instrucción. Se podría importar modelos o marcas de renombre, pero si no somos capaces de atender al alumno, a la alumna, en su singularidad y en sus circunstancias, estaríamos más pendientes de la imagen que la escuela proyecta hacia el entorno. Se podría mostrar espectaculares resultados académicos pero si no somos capaces de estimular a los alumnos para que se aventuren a establecer relaciones personales inéditas con la información recibida, la escuela -por el contrario- estaría enfatizando la repetición impersonal de los conocimientos trasmitidos.

Qué pasa en la escuela

Una escuela, ciertamente, procura una buena infraestructura, mas sólo ella no la califica como tal. Una escuela enseña materias y contenidos, pero aún dicha actividad no abarca lo que ella tiene de significativo. Parte importante de su funcionamiento son los profesores y el personal administrativo, no obstante el colegio es más. Los alumnos -materia prima del esfuerzo desplegado- como tales, no agotan la esencia de una escuela. Más aún, los padres de familia, que son piezas fundamentales en su dinámica, no traducen por sí mismos el concepto de un colegio. Una escuela contiene las partes mencionadas, pero es mucho más. Es vida, es convivencia, es unidad, es el gran proyecto de la forja de personas, donde todos los integrantes en el proceso de ser aportan desde su vertiente a la escuela.

Mediante su libertad e inteligencia el hombre ha dibujado una sociedad que se percibe como avasalladoramente cambiante por el nivel de desarrollo tecnológico alcanzado, por la apertura a la pluralidad de estilos de vida, por el mercado en expansión que propone como valor general el bienestar material en la medida que el ciudadano adopte la identidad de un consumidor. La sociedad, tal y como es actualmente, es el espacio en el cual el estudiante tiene que desplegar su ser y su quehacer. No hemos de preguntarnos qué necesita saber y conocer el hombre para mantener el orden social establecido; sino qué potencial hay en el hombre y qué puede desarrollarse en él. Así será posible aportar al orden social nuevas fuerzas procedentes de las jóvenes generaciones. De esta manera, siempre pervivirá en el orden social lo que hagan de él los hombres integrales que se incorporen al mismo en vez de hacer de la nueva generación lo que el orden social establecido quiera hacer de ella”. (R. Steiner)[1]

En esta línea le compete a la escuela del presente siglo, sin enajenar su derecho de apropiarse de las buenas propuestas que circulan en la sociedad, afinarse como institución -integralmente comprendida- para brindar eficaz y eficientemente una educación que privilegie el trato personal, el uno a uno, respetando y potenciando las diferencias individuales; que permita contemplar a cada alumno, a cada alumna, en su condición de único, singular e irrepetible. Una escuela que busque que sus alumnos, siendo hijos de este tiempo, sean capaces de utilizar como medios las ventajas de esta sociedad, pero al mismo tiempo puedan complacerse admirando la naturaleza, leyendo un libro, cultivando el arte o la música, reflexionando sobre un tópico y participando de una amena e interesante conversación. Que sus alumnos posean una significativa cantidad de opciones y puedan así conducirse con señorío frente a la ingente variedad de estímulos provenientes de los avances del presente siglo. Una escuela que lejos de estigmatizar la tecnología y sus efectos, revalore el correcto humanismo para que sus estudiantes desarrollen, cultiven y aprecian la riqueza específicamente humana.

Mantenerse firmes en pos de esa meta exige esfuerzo, paciencia y  fortaleza. En este empeño no se puede olvidar que la escuela es una organización que aprende, en primera instancia de sus docentes y alumnos, pero muy de cerca de las familias. El aprendizaje del colegio en los encuentros entre el tutor y los padres de familia, tan llenos de vida, de vivencias y de proyectos -un poema de lo cotidiano familiar y personal- donde con sencillez y naturalidad se va pasando revista a la ‘biografía en crecimiento’ de cada niño es la clave para acertar en una educación centrada en la persona.

 


[1] Huerta, Elena y Matamala, Antonio, “Niños y niñas protagonistas de su aprendizaje”, Ed. Anaya, España, 1994, pág. 92.