El acoso a la libertad de enseñanza Segunda Parte

Intervención ¿para qué

El intervencionismo estatal es una práctica de larga data. No obstante, en la actualidad el nuevo pretexto para continuar en su empeño controlista es luchar contra la corrupción, la informalidad y la baja calidad educativa. El Ministerio de Educación (MINEDU) al no contar con argumentos enjundiosos, ni con una gestión eficiente, menos con resultados que respalden sus políticas, ha optado por utilizar su poder de legislar pergeñando irregularidades, determinando sanciones y cuantificando multas. Este poder que ostenta el MINEDU ha devenido en coercitivo por tres razones: a) Es parcializado, su foco es la escuela privada, a la que con el sanbenito de lo informal o de lo mercantil, la cuestiona y sanciona; b) Los estandares de calidad a los que invoca para medir y multar ¿ los ha implementado con éxito en sus colegios ¿Sirven como modelo? De lo contario ¿con qué autoridad moral se arroga la idoneidad de evaluar a los colegios que no caen bajo su gestión?; y, c) Las sanciones pecuniarias constituyen ingresos propios y, si a ello le sumamos el aumento en la discrecionalidad del funcionario, la consecuencia es obvia: la vitalidad de la escuela privadas corre el riesgo de “secarse” por exacción.

Las multas no tienen como propósito el enseñar o el corregir. El legislador “tiene la certeza” de que “intencionalmente y con malicia” la escuela transgrede una norma; por tanto, el monto tiende a paralizar, a quebrar las defensas económicas de un centro educativo. El MINEDU es uno de los pocos ministerios que anualmente se le ha asignado mayor presupuesto. ¿Qué razón poderosa justifica que tenga el poder de inflar más sus arcas?

No satisfecho con su posición de dominio – ojalá fuera porque destaca en lo pedagógico, en la gestión, en la elaboración de documentos de estudio y de promoción de la investigación – ha entrado a competir deslealmente con la educación privada. Los medios de comunicación han dado cuenta de que el MINEDU ha incrementado los sueldos a sus docentes, lo cual es loable y lícito. No obstante, para que se equitativa y justa dicha medida, los privados deberían de tener la misma versatilidad para hacer lo propio con sus maestros. ¿Habrá olvidado el ministerio que en los colegios los privados los padres de familia pueden dejar de pagar las pensiones escolares todo un año lectivo, gracias a que cuentan con su apoyo? ¿Habrá olvidado también que las escuelas privadas para corregir sus precios – siquiera a nivel de la inflación – tienen que pedir la anuencia de la Instancias intermedias educativas estatales? En buen romance, la brecha salarial entre los docentes de las escuelas públicas y no estatales, la acentúa el MINEDU, dificulto – salvo que muden las reglas de juego – que los colegios particulares puedan cerrarla.

La sobrerregulación ejerce presión sobre la oferta. Salir airoso de una denuncia interpuesta por un ente estatal implica haber cumplido en exceso con todas sus reglas y superar “revisiones” maleables y, sin término porque se acomodan a la mirada y al ánimo del funcionario de turno. Así, entre trabas y multas, brindar un servicio o producir un bien se encarece, pero no solo en términos de mayores costos, sino en el tiempo y esfuerzo invertidos para cumplir con los interminables requisitos, lo que lleva a descentrar la atención en el corazón de la actividad para centrarse en evitar ser punible de sanción por desacato. Si la mejora del servicio o de la institución se castiga, ¿a quién se perjudica? El intervencionismo del Estado no se aparca en lo académico o económico, busca imponer su ideología, afectando la sana pluralidad. El legislador prefiere la uniformidad, instaurar un pensamiento único, pero lo quiere sin invertir dinero, sino violando los bolsillos de los padres de familia y de las escuelas particulares.

“La ley busca promover la calidad educativa; por tanto, quien se opone a ella, lo hace también con la calidad”. Formulada así esta proposición sabe a sofisma y, además, guarda matices de despotismo. La burocracia se apoderó de la calidad como idea y propósito. Como toda escuela quiere que la calidad distinga el servicio educativo que ofrece, objetar la ley supone, ponerse a contrapelo de lo moderno, de la innovación y de la eficiencia. ¿Con que autoridad el MINEDU determina el territorio de la calidad? ¿qué modelo de calidad propone a las escuelas privadas, para que pueden seguir sus pasos e imitarla? De otro lado, en la afirmación aludida: “si se rechaza la ley, se rechaza la calidad”, no solamente brilla la intolerancia sino que supone: a) desorden administrativo por falta de norte y desconocimiento de la pretensión de la norma; y, b) una estrategia preconcebida que utilizando lenguaje y formas convencionales busca cambiar la esencia de las cosas. El resultado sería que un ciudadano, con atuendo de playa, despierte un buen día en la proa de una lancha… pero encallada en medio del desierto rodeada de cardos.  Una norma debe conducir hacia el bien, procurando que, pacíficamente coexistan los intereses particulares sin subvertir el orden social. Desde esta perspectiva, el entramado de artículos e incisos de una ley señala como alcanzar la conducta esperada. Pero sí lo que rige la ley es la punición y la magnitud del monto de las multas, las escuelas privadas, algunas correrán el riesgo del cierre definitivo y no pocas, pagarán un alto costo en su recuperación por los daños causados: en lo económico, en el tiempo pérdido, en la moral corporativa y en su buen nombre. 

Cuando el espiritu de una ley toma como sinónimos: debilidad, ignorancia, mala fe y perversidad y, en todos los casos, la sanción es monetaria, el dinero se configura como parte de la solución. Quien actúa con malicia sabe cómo utilizar en su beneficio la discrecionalidad de un funcionario; la impotencia de quien por desconocimiento infringe la ley, se obliga a reordenar su presupuesto sobre la marcha para cumplir con el Estado. Conclusión no se ha producido aprendizaje; en ambos casos, la que se perjudica es la calidad en el servicio educativo ¿con qué ánimos o con qué recursos podría alguien invertir en mejorar su escuela si el Estado interviene como un tercero precario?

Por Edistio Cámere

Después del covid 19… ¿qué?

Edistio Cámere

Se suele escuchar frases tales como: “la tecnología en las escuelas ha venido para quedarse”; “La educación ha cambiado, ya no será la misma” y, así otras frases de similar talante. Una cosa es cierta, para el educador los medios, los métodos o los instrumentos, son maleables, intercambiables, y operativos. La segunda razón da cuenta de que enseñar no es una acto mecánico ni monocorde: se ajusta a las condiciones de los discentes. La primera razón es porque la docencia no es mera repetición ni trasmisión neutra de conocimientos. Este ha sido el gran prejuicio que la ha estigmatizado. El docente no es un operador de la información. Su trabajo es intelectual. El saber lo incorpora vitalmente, por tanto, lo que trasmite tiene matices propios y un sello con su marca personal que enriquecen y diferencian su enseñanza. Precisamente, porque se está en el terreno de lo intelectual, de las ideas, de los conocimientos, en menos de un mes, la mayoría de los profesores en el Perú adecúo las plataformas virtuales a sus saberes. Por tanto, si después del COVID 19 se reconoce y respeta la docencia como una actividad intelectual, habremos iniciado el andar hacia la mejora en la educación. 

Una escuela no son solo sus directivos, ni sus docentes, ni sus alumnos o sus padres de familia. Tampoco es su infraestructura, ni sus medallas y logros académicos. Una escuela se configura con todas las partes mencionadas, pero es mucho más. Es vida, es convivencia, historia, unidad, el gran proyecto de la forja de personas, donde cada uno aporta solidariamente desde su índole más singular. La escuela es una institución que los agrupa, los integra y vincula a través de sus principios educativos, su cultura y tradiciones. Gracias a esos “intangibles” los colegios en el Perú pudieron organizar y funcionar como tales a pesar de que su comunidad educativa estaba, fisicamente cada quien en sus respectivas casas. Hoy en día, es la escuela la que “pasa” a través de las pantallas. Si se comprende que en el aula se enseña y en la escuela se educa, habremos dado un salto importante porque aprenderemos a valorar la unidad, el ideario, el trabajo cohesionado y a mirar la escuela toda ella como una gran situación de aprendizaje. 

Después del maltrato mediático infligido a la escuela en franca coalición con las autoridades gubernamentales, la tarea de recuperar la majestad, la autonomía y el respeto de la educación básica regular es irrenunciable. Sin confianza mutua, rectitud de intención y buena fe entre los padres de familia y la escuela como protagonistas, pero con funciones complementarias, los objetivos educativos y el desarrollo integral de los estudiantes no podría realizarse ni medianamente. Más aún, zarandeada y vapuleada la autoridad de las instituciones y de los docentes, precisamente porque el gobierno de turno no solo se entromete, sino que permite la intromisión de terceros en la escuela, dando indicaciones – muchas veces contrarias – o desacreditando a los docentes, las escuelas no cumplirían con su finalidad, ¿cómo aprenderían los alumnos a vivir los valores ciudadanos, las virtudes personales y sociales sino se les muestra con el ejemplo? Sin autoridad de palabra ni obra para convocar la inteligencia y la libertad de los alumnos difícil es formar ciudadanos comprometidos con su sociedad. La recuperación de la autonomía y autoridad de los colegios es deber ineludible después del COVID 19.  

Entre las variadas consecuencias de la emergencia sanitaria, me gustaría detenerme en dos que reclaman atención de las escuelas. La preponderancia y preocupación por la salud, sin duda, causa temor, recelo y reduce la expansividad de la vida social, al punto que recrudece el individualismo. De otra parte, no pocas personas que han redescubierto el valor de la familia y de las relaciones familiares: paternales, conyugales, fraternales y filiales. En ambos casos, la respuesta desde los colegios se traduce en atención y trato personal. Con los primeros, el soporte emocional junto con estrategias que los lleven a aceptar “al otro” como persona y no como agente trasmisor del virus. Con los segundos, la relación con los padres de familia implicará introducir un nuevo saber y quehacer en las escuelas ante el deseo expreso de esos padres de aprender sobre educación para involucrarse y participar en la formación integral de sus hijos. 

La “nueva normalidad” imagino que querrá una educación con distanciamiento, para lo cual la enseñanza – aprendizaje será unidireccional: el profesor trasmite a través de una plataforma virtual y el alumno se las arreglará como pueda. Sin el trato personal con el docente, sin el aporte – gracias a las singularidades en un aula- de los compañeros; sin la convivencia entre pares que ayuda al desarrollo de la personalidad, precisamente porque se aprende a respetar y reconocer “al otro”; sin las posibilidades del juego, los deportes, y la dimensión estética… la educación sufriría una reducción en su esencia. La tecnología, en si misma es un potente medio, a condición de que permita que el docente se acerca al sujeto de la educación: la persona. Pero sí comprime la función del docente a la trasmisión repetida de información o su tiempo – que debería ser formativo – lo consume en cumplimentar formularios y preparar reportes, entonces la tecnología ahogará y le quitará a la educación, lo que tiene de arte, de calidez y de humanidad. Después del COVID 19, queda claro que la perfección de los medios virtuales debe llevar a no perder de vista que en educación el centro es la persona: de los alumnos y de los profesores. 

EDUCAR CON FAIR PLAY (1)

Edistio Cámere

Como toda emergencia, la incertidumbre, el temor y el cambio de usos y comportamientos, hicieron su aparición sin que medie un horizonte temporal de esperanza. Así las cosas, la escalada del coronavirus jalonó e influenció en toda la dinámica de la sociedad. El ingreso abrupto o disruptivo de la ‘emergencia sanitaria’ sorprendió a las familias, sin tener preparada su casa para adaptarse a esta ‘vuelta al hogar’.
Curiosamente, los ministros de los sectores productivos apuraban fórmulas y estrategias con el próposito de paliar los daños que podían causar los efectos de la cuarentena e inmovilización social. Sin embargo, en el caso de la educación, el Ministerio respectivo optó por enfrentar a los padres de familia con las escuelas, determinando que la principal solución a la pandemia era la reducción de las pensiones escolares. Esta situación, qué duda cabe, agravada por inapropiada acción del Ministerio de Educación, ha colaborado para que algunas personas o grupos exacerben sentimientos de verdadera frustración y enfrentamiento.
La perspectiva del Ministerio de Educación y sus adláteres, me hizo recordar a una fábula hindú que explica el sentido de su normativa. En cierta ocasión, seis personas ciegas tuvieron la oportunidad de tocar un elefante. Al retornar a su pueblo, les preguntaron: “¿Cómo es un elefante?”. El primero, que tocó el pecho, respondió: “El elefante es como un enorme y fuerte muro”. El segundo hombre, que cogió el colmillo, afirmó: “El elefante es pequeño y robusto, suave al tacto y con una extremo afilado, más parecido a una lanza que a un muro”. El tercero, que palpó la oreja, apuntó: “El elefante es como una enorme hoja hecha de lana que se dobla con el viento”. El siguiente, que puso su mano sobre la trompa, dijo: “Yo les aseguro que el elefante es como una serpiente gigante”. El quinto hombre, que había tocado una de las piernas, respondió: “El elefante es como una especie de poste corto y grueso. Finalmente, quien había montado al elefante por algunos minutos, dijo resuelto: “¡El animal es como una montaña movediza!” (Fuente: Todomail).
La moraleja es simple: Para calificar, evaluar o decidir acerca de una situación o persona, es preciso observar el paisaje completo: la atención y la combinación de las partes le da consistencia e integridad a la percepción y al juicio. Por tanto, esta mirada estatal ha afectado –y, en algunos casos, roto- la confianza mutua entre quienes complementariamente por vocación, educan y forman futuras generaciones, como son las familias y las instituciones educativas. También ha minimizado la historia, el prestigio, los logros académicos de los alumnos y el saber de los docentes: en estos dos meses desde el inicio del año académico, a la escuela se le percibe y aprecia como ‘operador tecnológico’, cuando lo suyo es la educación.

Superposición de actividades en el hogar

Un efecto muy visible de la cuarentena ha sido la vuelta al hogar, no en sentido afectivo sino en el sentido de ‘permanecer y estar’ intensamente en casa, en la mayoría de casos, sin tener preparado el ambiente para esta ‘vuelta al hogar’ y su conversión en el lugar donde se desplegarían simultáneamente la vida laboral, de estudio, recreativa, de tareas del hogar, etc. La simultaneidad, sin duda, ha generado una especie de nudo gordiano que hasta ahora cuesta desatar, pero no por falta de capacidad o buena voluntad sino porque la persona requiere, normalmente, de distintos espacios y ámbitos en los que desarrollarse y extender sus posibilidades y virtualidades. Al mismo tiempo, cada ámbito tiene definidas ciertas funciones, deberes y responsabilidades a cumplir.
La persona, “tanto desde el punto de vista antropológico como social, necesita de situaciones y contextos que le permitan actuar y relacionarse con otros ejercitando su libertad” (Bernal, 2005, p. 172). Así, hoy día, mientras los adultos están centrados febrilmente en los afanes que el día a día impone, detrás marchan los niños, chicos inquietos, prontos al juego, despreocupados y metidos de lleno en las cosas propias de su edad. ¡Qué diferentes son las dimensiones de las cosas que ocupan a los niños y a los padres!
En suma, sin colegios que acojan a sus hijos, los padres han tenido que lidiar con las consecuencias de los cambios abruptos en los usos y estilos de vida personal y familiar. Y exactamente la misma situación enfrentan los maestros, para quienes, además, el uso de nuevos métodos ha supuesto largas horas de trabajo sumadas a sus obligaciones familiares y domésticas.   El estremecimiento ha sido fuerte.

Aprendizajes en casa
Un alto costo de la cuarentena ha sido la permanencia en casa impuesta a un niño o joven cuando, por razones evolutivas, los suyo es crecer, socializar y jugar con su grupo de pares, tanto en el ámbito escolar como en el familiar, social y amical. La variedad de espacios en los que se desenvuelven, contribuye a que niños y jóvenes aprendan a “estar” con solvencia; es decir, aportando y asumiendo los compromisos que generan los diferentes ambientes.
Sin embargo, como no hay alternativa, conviene también mirar cualés pueden ser las posibilidades que la situación ofrece. La primera da cuenta de la ocasión brindada para reaprender a ‘saber estar’ y ‘mirar el hogar’ con aquella mirada en la que “el corazón hace un recorrido desde el interior para posarse en la pupila para tomar contacto directo con las supremas realidades sobre las que reposa toda la existencia humana: la vida (la persona) y el amor” ([1]).
Estos días, en apariencia iguales, enseñan a mirar las cosas con otros ojos: a apreciar aspectos desatendidos o atenderlos con la intención de comprenderlos en su real dimensión. Así, en esta especie de volver a casa, en frase feliz de Rafael Alvira, se descubre que el amor -verbo majestuoso y grandielocuente en boca de poetas, literatos y filósofos- prefiere, sin perder un ápice de su categoría, mostrarse y expresarse en la trama de la vida cotidiana, con signos tan sencillos pero arrebatadores como una sonrisa, un beso, un abrazo, la atenta escucha, un espaldarazo ante una díficil decisión.
Para los padres, se han ampliado las posibilidades educativas en casa; por ejemplo, cuesta establecer el arco del tiempo libre necesario para descansar, para trabajar, para saber estar juntos. Las actividades laborales, de estudio, sociales, etc. en tiempos normales, se despliegan en otros espacios de manera que, al filo de la jornada, al regresar a casa se abre el ‘tiempo libre’ y el ‘estar en familia’. Hasta hace poco, al regresar de la escuela, el estudio, el aseo, el descanso, ocupaban buena parte del tiempo del hijo. Hoy, los padres tienen que remontar el aburrimiento, ‘el costo de hacerse un horario propio’, el aprender a hacer actividades caseras, hobbies, cultivar lo cultural, lo artístico, retomar la comunicación virtual con los amigos…
La casa es un espacio que acoge, protege y da seguridad a los miembros de la familia. Por ello, un modo para que nuestro hijo valore el ‘recinto hogareño’ es responsabilizarlo del cuidado y mantenimiento de su ‘rincón privado’ y procurar que, con generosidad, participe en la organización y tareas de las actividades familiares que se programen. La colaboración en casa, además que perfila destrezas y cualidades, es una manifestación de afecto porque busca hacer más agradable la estancia en casa de las personas con las que se conviven en la familia.
Por último, a pesar de la superposición de lugares, las relaciones familiares: paternales, fraternales, filiales y conyugales, continúan activas e intensas, por lo que, promover la conversación ayuda a que el niño o joven desarrolle su inteligencia, aprenda a expresarse y manifestar sus sentimientos en un ambiente de respeto y acogida. También, que ejercite su iniciativa, autonomía y toma de decisiones. El hogar, bajo la supervisión de los padres, constituye un espacio pródigo en oportunidades y alternativas para que, a los hijos, desde pequeños, se les estimule a que se hagan cargo de su vida como una tarea y sean autores de su propia biografía.

[1] Pieper, Joseph, Teoría de la Fiesta, Ed. Rialp, Madrid, 1974, p. 16.

 

Querer lo mismo

Edistio Cámere

Lo vivido, las experiencias, los aprendizajes, las relaciones, etc. dejan sendas huellas en el interior de cada persona y, por extensión, en las capacidades y facultades utilizadas. El tiempo así expresado permanece. El hombre no puede detener el tiempo ni su vivir, mientras acepte vivir su vida, podrá sacarle partido al tiempo del que dispone.

La gradualidad en la realización personal y el ritmo temporal conversan, armonizan y se complementan, tanto es así que los actos que el hombre ejecuta: adquirir conocimientos, adiestrarse en nuevas prácticas, emprender proyectos, o establecer relaciones interpersonales, implican que en esas operaciones intervienen capacidades y disposiciones que al ser confrontadas o exigidas al inicio, durante y al final de una acción, son conmovidas al punto que en ellas, se introduce una suerte de novedad: la primicia de su mejora. Precisamente, gracias a esa mejora, dichas capacidades se reconfiguran, de manera que, están en presencia aptas y sincronizadas para abordar nuevas, similares o distintas operaciones con mayor eficiencia, pertinencia y celeridad, con lo cual, se consigue con mayor éxito aprovechar y hacer rendir el tiempo.

Aprovechar el tiempo supone la formulación libre y personal de objetivos, propósitos y finalidades que no remiten ni se aparcan en la acción. Sin un impulso o un sentido subjetivo o trascendente la perfección alcanzada por las capacidades podría estacionarse en la mera complacencia con los elementos que prohíja lo meramente útil o placentero. Un por qué, o un sentido es capaz de hacer sincronizar en la acción la presencia en acto de las cualidades requeridas en el tiempo del que imperiosamente se dispone.

La persona, en su condición de unidad autónoma determina sus propios objetivos y pretensiones, pero como no vive en solitario se nutre por afinidad, por imitación o por convicción de “otros” o de instituciones que le ofrecen la ocasión de desplegar sus capacidades y concretar sus objetivos. Es interesante advertir que, si bien, el trabajo dispone a la realización personal, tiene una clausula: no puede ser en cualquier lugar ni, de cualquier forma. ¿El salario percibido es suficiente? Su importancia no se minimiza, sin embargo, el dinero es un medio que remite a otros fines de distinta índole, que por lo general se satisfacen fuera del ámbito donde se consiguió.

De otro lado, cumplir una labor siguiendo a pie juntillas los manuales, los procesos o las rubricas instadas por una organización no parece encajar con la composición que configura acerca de desempeñarse en un puesto de trabajo atractivo y gratificante. Cuando no empatan – en lo sustancial, siempre existen divergencias – mis propósitos con los de la organización, el conflicto interior al inicio se esboza, con el tiempo se convierte en un cuadro en el cual el trabajar por dinero exclusivamente o repetir sin ilusión mecánicamente la misma tarea diariamente lo pintan con colores oscuros y grises y pocas sombras claras.

En la escuela

Querer lo mismo y rechazar lo mismo es la traducción de la máxima latina: “Idem velle, idem nolle” usada como expresión de sintonía: un pensar y desear en común, puede ser entre amigos, entre cónyuges, con un ideal, con un partido político, con una institución…etc. Precisamente, una que trasmite, que ‘contagia’ conocimientos, estilos de vida, juicios morales, criterios estéticos, valores, ideales y futuros pensados, relaciones interpersonales, y, un largo etcétera, es la escuela. Por tanto, el quehacer docente no sea agota en lo operativo y procedimental, en todo caso, ellos son una suerte de pértigas que lo lanzan hacia territorios macizamente humanos: las ideas, el pensamiento, el querer, el decidir, los ideales, las convicciones, los afectos y, sobre todo la libertad para autodeterminarse.

La relación profesor- alumno no predica neutralidad como, en rigor, ninguna relación interpersonal: en el extremo inferior se produce un intercambio de presencias y en el superior, un encuentro de intimidades. La edad del alumno y la recurrencia en el trato personal adiciona a la relación con el profesor el afecto, en sus distintas manifestaciones: cariño, admiración, benevolencia, simpatía…

Una relación que prohíja tales condiciones, sin duda, facilita la comunicación, acoge y centra su atención en la persona del alumno a la par que procura respetar su exquisita singularidad y libertad. Sin embargo, para que prospere y se mantenga en el seno de un centro educativo, sin menoscabo de las habilidades que de partida cuente un docente, debería ser formulada como política educativa, introducida en el plexo organizativo como cultura y, fundamentada con razones que: a) Tengan la fuerza y el cariz teórico como para iluminar la inteligencia, de modo que estructure convicciones, inferencias y pensamientos; b) que sea capaz de mover a la acción … y que en cadena atraiga con el ejemplo, actuar a otros ; y, c) que tengan el vigor para impulsar cuando el cansancio, la rutina y otras particularidades cotidianas afecta la intención y finalidad del quehacer docente. Dicho en modo educativo. El ideario o la visión que anima la escuela debería de ser de tal fuste, que un docente, mediando la materia que dicta, lo trasmita – con naturalidad y sin poses artificiales – con la palabra y con la conducta.

Para que el profesor quiera y rechace lo mismo tiene que existir coincidencia, no ciertamente en el modo de dictar una materia sino en los grandes objetivos que animan a la escuela y al propio docente. Con el desencuentro se corre un doble riesgo: afecta el propósito de realización personal del docente y, por defecto su labor profesional; y, del lado de la escuela, la continuidad y la vigencia vigorosa de su ideario o visión educativa. Desde esta perspectiva, el éxito de un colegio no solo debería medirse por los resultados cuantitativos: estos se obtendrán con creces si los docentes quieren lo mismo que la escuela.

La estrategia y el esfuerzo en la capacitación y formación de los docentes debería residir en el intento de asociarlos, de hacerlos coparticipes en el ideario. El tiempo invertido en discutir, reflexionar y comprender su contenido será valioso en tanto que, al hacerlo propio, con la versatilidad y expertise de la docencia podrán trasmitirlo y “contagiarlo” a sus alumnos. Querer lo mismo implica un compromiso profesional y personal que libremente se asume porque tácitamente se ha establecido una alianza en pro de un objetivo común. La búsqueda compartida de un mismo propósito premia al quehacer docente para que con autodeterminación profesional pueda reflexionar y decidir entre los medios que dispone para alcanzar los objetivos previstos. Y a la escuela la premia con la unidad de convicciones y quereres que la impulsan corporativamente.

 

 

HACER LAS COSAS BIEN

Edistio Cámere

En una investigación de campo realizado en alumnos del cuarto de secundaria [1] ante la pregunta ¿Cuál crees que sea el mayor problema de la realidad actual de nuestro país? El 53.50% señaló a la corrupción. Este porcentaje no solo refleja la opinión de los jóvenes, sino que da noticia de lo difundida que -como acción o práctica – está la corrupción. Hace tiempo dejo de ser un asunto reservado al poder judicial y exclusivo de los adultos: se ha constituido en un tema habitual en los diálogos de los ciudadanos de a pie y de los jóvenes. Este hecho da noticia de que ese fenómeno se ha incrustado en las costuras más profundas y sensibles de la sociedad peruana. En los hogares, en los cafés, en los centros laborales, en los barrios… etc.  se comenta acerca de sus perjuicios mientras que la prensa da cuenta de cómo se abre paso a medida que campea la impunidad. La desesperanza y la desconfianza se extiende en una sociedad fracturada y con instituciones endebles, por lo que las posibilidades de que la cultura reverdezca y recapitule para señalar criterios éticos y morales como guías para una convivencia pacífica y fecunda, son muy lejanas.

Con una cultura debilitada y la corrupción aderezando las conversaciones cotidianas ¿Qué hacer para combatirla? Un gran paso es reconocerla como un enemigo silente y multiforme que precisa de políticas y de políticos comprometidos con darle batalla sin tregua. Pero ¿desde la escuela que se puede hacer? Antes de intentar una respuesta, vale la pena una cuestión previa: el hombre es por naturaleza libre y de su libertad puede optar por lo bueno o malo; y, los resultados en educación aparecen en el largo plazo.

Al margen de las consideraciones legales y morales, campo propicio para que crezca y se multiplique la corrupción es actuar u obrar con medianía, a la criolla o tirando a malo. Si en una sociedad se instala el hábito de la mediocridad, se afecta la justicia porque no se le da al otro lo que le es debido, esperable a través de actos individuales, colectivos y culturales en los ámbitos familiares, laborales, amicales y sociales. Así las cosas, el plexo social ya no cuenta con las reservas éticas y anímicas que muevan a mejorar sin pausa y sin prisa. La escuela puede aportar en este intento, enseñando a los alumnos a que den lo debido como estudiantes, compañeros y amigos. Como estudiantes se espera que comiencen y terminen bien sus tareas y actividades escolares. Desde la postura en el pupitre hasta el trato respetuoso al compañero, la gama de actos que un alumno puede aprender a hacer bien – reconociendo la valía del otro – son innúmeros. Si un niño internaliza que las actividades “finalizan” a la hora fijada, cuando sea adulto le será difícil abandonar la tarea. Igualmente, si a un estudiante se le enseña a pechar las responsabilidades de sus actos, aceptará con hidalguía la calificación obtenida y en el futuro no recurrirá al plagio o a contubernios. Si en la escuela se trasmite que el saber no solamente sirve para alcanzar preseas y reconocimientos, sino también para tomar decisiones certeras y para brindar servicios o bienes de calidad a los presuntos beneficiarios. A la mediocridad se le derrota con la afirmación e incremento del bien en el actuar y en el obrar. Agregar valor (bien) implica realizar una acción con recta intención, inteligencia y toda la diligencia posible. Es importante, rescatar el mundo de la vida (Husserl) y sus instancias: las tradiciones, el orden, las costumbres, la autoridad, las instituciones, la moral… para que debidamente estructurado resista los embates de la corrupción. Desde esta óptica, la escuela podría retomar la tarea de la socialización – desplazada por las mediciones y las calificaciones – para enseñar las normas y valores de la cultura. “Los estudiosos coinciden habitualmente en que el objetivo de la prolongada infancia [y adolescencia] en los humanos es la asimilación cultural, el proceso de adquisición de las habilidades y el conocimiento y dominio de las costumbres y conductas requeridas en la cultura en que se vive” [2]

En esta cruzada la escuela no puede lidiar en solitario, la colaboración de los padres es vital. Si ambos buscan al unísono enseñar a sus hijos a hacer las cosas bien mirando al bien de otros, el Perú despertará de su aletargado sueño invernal.

 

[1] Cámere E. Los Valores, el Futuro y el Perú, Análisis de Opiniones de Alumnos de 4° de Secundaria, 2017.
[2] Sax, Leonard, El descalabro de la autoridad, Ed. Palabra, Madrid, 2017, p. 20

 

ME DEJO AYUDAR

Edistio Cámere

El dejarse ayudar remite a dos características que matizan la relación interpersonal: la libertad y la autoridad. La libertad se encarna en la expresión “me dejo”. Sin el querer, sin la participación activa de la persona, la ayuda no produce frutos. La recta intención o la sabiduría del ayudador, a lo sumo llegan a los linderos de la puerta más no pueden flanquearla.

Los jóvenes suelen creer – quizá sea hasta un paradigma- que todo consejo o indicación que provenga de los adultos es una imposición. Desconocen que, salvo circunstancias en que efectivamente ameriten firmeza extrema, las indicaciones, las correcciones u advertencias son siempre proposiciones o convites. Su aceptación se lleva a cabo en la intimidad por propia decisión. Su rechazo se debe a que compromete, en el fondo, la propia conciencia que representa un importante papel en el acatamiento de las mismas.

El cumplimiento del deber es de suyo oneroso. El joven sabe que las tareas escolares, la atención en clase, el respeto a sus compañeros… forman parte de sus obligaciones, por eso el dejarse ayudar no se agota en la mera recordación de las responsabilidades, sino que implica una abierta disposición para permitir que el “otro” me acompañe, que vaya junto a mi (pero que no actúen por mí) en el empeño de remover los obstáculos que impiden cumplir cabalmente con los deberes debidos a mi condición de persona. En el esfuerzo compartido por quitar las trabas, a través de la adquisición de virtudes, la libertad se ejercita plenamente, es más, las virtudes se hacen personales precisamente porque se poseen desde la propia libertad.

Es bueno insistir que el dejarse ayudar no conduce a hipotecar la capacidad de autodeterminación, de elección. Más bien, la potencia en tanto que se ejerce mejor, cuanto mejores y más nítidas sean las alternativas entre las cuales decidir. Nadie es buen juez en causa propia: la subjetividad, las limitaciones en el conocimiento, las circunstancias y dificultades, que se las percibe inconmensurables por propias, oscurecen el camino del crecimiento personal.

La obediencia es inteligente cuando se pondera las indicaciones recibidas. La obediencia ciega es más bien reactiva porque – aunque parezca paradójico- “mira” a quien manda y no atiende a lo que dice. (…) el ordenar y el obedecer son alternativos: el que obedece emite también una orden. La orden nunca es unilateral, sino compartida. Por eso, la sociedad, éticamente, no se divide entre los que mandan y los que obedecen, sino que su consistencia se logra con la relación de los que emiten la orden y los que ordenan obedeciendo ¿Qué se ordena obedeciendo? La misma orden, porque si no se cumple bien, ello, se debe casi siempre a la orden emitida ([1]) Una orden es mal emitida por el modo o por su contenido. La intemperancia, la oportunidad y la ironía que veja, afectan su forma.  Una orden o proposición es razonable si contiene un bien educido gracias al conocimiento que se tiene de quien debe obedecer.

En cierto sentido, todo binomio ordenar-obedecer debería enmarcarse en una relación dialógica. Pues, en ese ámbito de reciprocidad, empedrado de afecto sobre el que se asienta el interés por ayudar, se apela a la inteligencia de quien obedece, iluminando el bien que se le propone como fin y, en simultaneo, se le muestra alternativas para su consecución. En sintonía con el fin, quien se deja ayudar obedeciendo, puede innovar sugiriendo otra u otras vías más consistentes y eficaces con su propia realidad. De este modo, la proposición se enriquece, reflejo de la autonomía, pero sin alejarse del circuito orden-obediencia. Sin embargo, donde se evidencia en todo su apogeo la libertad es en la acción subsiguiente a la decisión tomada. La elección y el mantenerse en el fin optado siempre será un acto inajenable por quien se deja ayudar.

La ejemplaridad y el dialogo, contribuyen mostrando rutas y alternativas a que la persona se autodetermine hacia su bien, pero sobre la base de la capacidad de pensar y obrar con criterios propios.

 

[1] Polo, Leonardo “Quién es el hombre” Universidad de Piura, Perú, 1993, Págs. 120-121

 

EL CUERPO COMO CAUCE DE LA MANIFESTACIÓN HUMANA

Edistio Cámere

La presencia del otro con su cuerpo resulta enigmática. No solamente se hace patente la incomunicabilidad sino que está allí, delante de mí… y me estremezco porque no “está-allí” sin más: es un ser libre capaz de una respuesta no programada, de una respuesta imprevisible. En este sentido, el cuerpo humano no se agota en sí mismo, sino que se abre a manifestaciones superiores del espíritu humano, su fin no es el mismo, sino que está proyectado a finalidades más altas, superiores a las corpóreas. No tiene plumas como las aves, por eso el vestido es objeto de un arte humano ya que ahí se da un reflejo, una manifestación, una prolongación de la interioridad, de lo que cada uno es, de su poco o mucha conciencia de la propia dignidad.

La cabeza humana al asentarse sobre la columna vertebral hace posible el rostro, de lo contrario, la cabeza colgaría y el rostro se escondería. Por su parte, la cara permite la cavidad bucal que permite que la lengua sea necesaria para el lenguaje que es una actividad superior. Gracias el bipedismo, el hombre dispone de las manos, cuyo rango de operaciones indeterminado, da paso a una actividad superior: la técnica.  Por su parte, los movimientos gestuales con las manos y brazos: dar la mano, levantarla, inclinarse, abrazar,… vehiculan manifestaciones del espíritu del hombre.

La causa de la capacidad manifestativa del cuerpo es la presencia intensa del espíritu, lo mejor de nosotros “sale” al exterior gracias a la corporalidad. El corazón se “asoma” a través de los ojos. Tal es el corazón tal es la mirada. Mirar es un modo de poseer. Lo mirado alimenta el alma, que a su vez hace la mirada comunicativa. El  mirar y ser mirado no son actos meramente biológicos –pura captación de formas y colores- sino que la mirada es portadora de una copia de nuestro ser personal, coloreada por la esencia humana. La mirada se torna así el camino hacia el otro. Por este camino va la amada en busca del amado, un amigo en busca de su compañero o un ejército en busca de una victoria.

La mirada crea ámbitos de relación: cuando se mira el “yo” se desplaza hasta lo mirado. Fuera de su reducto se abre a novedosas formas de encuentro, disponiéndose a recibir, que es un modo de acoger a quien da. Al mirar diría Genera Castillo, realizamos un “viaje” desde lo más íntimo de uno mismo, para “ponerse” en sus pupilas, entonces, esa mirada es vista y decodificada por lo que revela: la personal intimidad.

Si acoge, comprende y respeta, quien mira se muestra. Al mostrarse, la mirada se hace dialógica. El diálogo es parte de la relación humana. El hombre comprende cuando es capaz de apertura, cuando se abre su mirar ya no refleja, comunica su vivencia que, como suya es original. Al cruzarse con la mirada del “otro” intercambian originalidades con relación a un mismo bien: la realidad.  La mirada es también una revelación de nuestro interior: Hay miradas tiernas, frías y hasta crueles, miradas humildes y miradas soberbias, miradas limpias y miradas torvas, miradas penetrantes y miradas superficiales. Saber mirar a los ojos y leer lo que dicen las miradas es un arte que puede evitar más de un contratiempo. Las miradas más hermosas son aquellas que proyectan lo más alto del ser humano: su inteligencia y su voluntad.  Son las que trasmiten el entender y el amar con respecto a otras personas y al universo: son las miradas inteligentes y amorosas que dicen con la mirada: ¡qué bueno que existas!” “¡eres único e irrepetible!”. Es la mirada de una madre, de un enamorado, de Dios.

Si uno “se hace” aquello que ve ¿qué importante se torna la presencia personal? A través ésta va un mensaje tácito o explícito, “nos ofrecemos en posesión a la mirada de los demás”. (Genara Castillo) En el look se entrega un mensaje de valoración propia y ajena, que debe ser acorde con la dignidad de la persona, de su edad, de sus funciones y responsabilidades. La imagen que proyectamos es una prolongación de nuestro “yo” interior. El buen gusto, la elegancia y el respeto forman parte de una buena relación comunicativa.

Cuando la relación se instrumentaliza, la mirada no confirma, cosifica y reduce. El contraataque es reafirmar mi libertad anulando la suya que es un modo de reducirlo y pagarle con la misma moneda. El conflicto se hace presente en la relación.  Piénsese en las relaciones interpersonales donde uno reduce al otro a la mera función. Entonces, cada vez que la persona “función” quiere opinar sobre algo “que no le compete” se ve como una intromisión. En todos estos casos la persona es reemplazable.

 

 

 

AL COLEGIO CON EL INDECOPI

Edistio Cámere

Al colegio con el INDECOPI ([1]) es el lema con el cual se pone en guardia a los padres de familia en contra de los colegios privados. Sus funcionarios aducen que la campaña tiene por objeto cumplir con lo que la ley prescribe. Sin perjuicio de sus buenas intenciones, el modo como se ha planteado genera inseguridad y pocos beneficios; a mi modo de ver estas son algunas consecuencias:

1.- Definición del consumidor.- La defensa del consumidor es necesaria y  bienvenida cuando el servicio o bien que se recibe es deficiente en calidad y en oportunidad; además, cuando lo ofrecido no se condice con lo aceptado; y, finalmente cuando se advierte comprobada negligencia, un engaño o fraude. En esta línea, cualquier intervención de oficio o por solicitud de la parte interesada es muestra de una real y efectiva  preocupación por el consumidor. Sin embargo, no se entiende el concepto de consumidor que maneja INDECOPI pues interviene en su favor cuando recibe y utiliza un servicio a satisfacción pero de modo unilateral decide no pagar lo debido. Este tipo de injerencia desestabiliza el orden jurídico porque un organismo del estado promueve y avala conductas irresponsables de cara a las obligaciones contractuales contraídas.

2.- El incumplimiento contractual y su impacto en la escuela.- Basta que la norma deje un orificio a través del cual se resuelva en favor de la conducta del no-pago para que se genere inseguridad jurídica, entonces el incumplimiento deja de ser una eventual posibilidad para convertirse en práctica ordinaria. Asimismo, aquella termina por minar la autoridad y el orden en las instituciones. Cuando los acuerdos estipulados entre las partes no son vinculantes, la relación se establece sabiendo que se puede quebrar con relativa facilidad y habilidad. Se instaura, entonces, la cultura de la sospecha y de la desconfianza. Al punto que un proveedor ante el hecho de no recibir lo que es debido por un servicio prestado, se ve obligado a demostrar – con la asesoría de abogados – que se le vulnera un derecho y, asimismo, que ha actuado conforme a ley. De esta manera, se ha introducido un ingrediente pernicioso: la vía judicial como método para resolver las desavenencias escolares entre el colegio y los padres.

Como es lógico, la intromisión de tácticas  querellantes perjudica la mutua confianza entre el padre de familia y la escuela. Durante los trece años que dura, la relación no se limita al pago de la pensión, los padres participación activamente en el logro de los objetivos educativos de su hijo. Pero cuando la confianza se pierde la relación fluye por los meandros de la omisión. En efecto, omite el padre quien – al no estar al día en sus pagos – prefiere no asistir, no pedir, no apoyar ni aplicar las sugerencias para su hijo propuestas por la escuela. Por su parte, el colegio, también se ve forzado a omitir para evitarse demandas por algo que no le parece o le sienta bien al padre. El reclamo airado ha desplazado al dialogo. Se pierde la gran ocasión de sumar esfuerzos en bien del estudiante: ¡el aporte profesional del profesor!

3.- La sobrerregulación.- El empoderamiento del consumidor, corre el riesgo de convertirse en la dictadura del subjetivismo: lo que me afecta, lo que me parece, lo que me gusta…está por encima de la norma, de la realidad, del bien común y de la naturaleza de las cosas y, por tanto, el Estado y sus organismos deben velar para que la norma se me acomode y la autoridad se someta al imperio de lo que apetece.

Esta democracia de los consumidores presiona sobre la oferta. Esto se explica porque el modo de salir airoso de una denuncia venida de un ente estatal es haber cumplido en exceso con todas sus reglas, y superar ‘revisiones’ sin término y, por si fuera poco, maleables porque se ajustan al ánimo del funcionario de turno.  Un accidente, según el Diccionario de la Real Academia (vigésima tercera edición: 2014) es un suceso eventual que altera el orden regular de las cosas, o también lo define como acción de que resulta daño involuntario para las personas o cosas, no obstante, a causa de un infortunio un proveedor es castigado y sancionado pecuniariamente.

Así, entre trabas y multas, brindar un servicio se ha tornado gravoso por el esfuerzo y tiempo invertidos para destrabar una regulación, pero sobretodo porque constriñe a descentrar la atención en el corazón de la institución para centrarse en evitar sanciones. Si la mejora de una escuela o de un servicio se  castiga ¿a quién se perjudica? ¿Esta es la defensa del consumidor que busca el INDECOPI?

4.- Aplicación unilateral del ‘derecho a la educación del niño’.- El derecho a la educación del niño es incuestionable y representa un interés superior que debe conducir a concertar determinados intereses y medios entre el estado, los padres – primeros educadores-, y los colegios a fin de remover los obstáculos que impidan su ejercicio. No obstante, una interpretación perversa de ese derecho impone sobre los hombros de las escuelas privadas la obligación unilateral de aplicarlo. Más aún, esa interpretación inaugura un camino de intromisión del Estado sin retorno en la educación privada. Apelando a tan noble derecho, se podrá implementar iniciativas políticamente correctas que veladamente afecten: la libertad de enseñanza, libertad para contractual o económica y libertad para elegir el tipo de educación para los hijos, todos también derechos de los ciudadanos.

Por paradójico que parezca, la campaña del INDECOPI ocurre en un país que se proclama democrático y con una educación privada en expansión y crecimiento. ¿Será que en el fondo, la férrea defensa del consumidor tiene por objeto el digitar desde las altas esferas, cómo debe vivir y pensar el peruano?

 

 

 

[1] INDECOPI, Instituto Nacional de Defensa de Defensa y de la Protección de la Propiedad Intelectual, es un organismo público autónomo especializado del Estado Peruano, adscrito a la Presidencia del Consejo de Ministros.

LA ESCUELA Y LA PUESTA EN VALOR

Edistio Cámere

Educar es poner en valor lo que el educando trae consigo. ¿Qué trae consigo? Lo que la naturaleza le ha concedido y la aportación cultural y afectiva de su familia. Lo que porta está en él pero como posibilidad, aptitud y perspectiva de hacerse y especificarse. ¿De qué dependerá que su actualización? De sus decisiones, de sus experiencias, de los conocimientos adquiridos, de los modelos que imita, de las relaciones interpersonales y del aprendizaje, etc. a condición de que su entorno sea rico y diverso en oportunidades, en estímulos, en ejemplos, en calidad e intensidad de retos y situaciones interesantes. ¿La escuela puede ser un entorno apto para actualizar las posibilidades que trae el alumno?

Desde una perspectiva antropológica corresponde a la escuela remover en el educando la ignorancia y promover la formación de su carácter. Gracias a la enseñanza de las materias escolares el estudiante es habilitado para insertarse e integrase en la vida y cultura de la sociedad. De la mano del docente adquiere criterios para emitir juicios, va configurando una cosmovisión y apreciando – a través del asombro – los contrastes y comparaciones que componen la belleza de las cosas sensibles. Mediante las materias trasmitidas y bien recibidas, conoce y al conocer se apropia y domina la realidad, es capaz de comprenderla, darle un sentido y descubrir territorios inéditos que los explica con la originalidad de su condición de irrepetible.

La formación del carácter tiene que ver con lo que pone el docente mediante su ejemplo. Si el carácter es la personalidad valorada, éste se muestra de modo natural en el diario vivir. El maestro comunica de dos maneras: explícitamente lo que enseña e implícitamente lo que modela con su manera de ser, con su carácter; por su parte la calidad de la respuesta a lo ‘explicito’ dependerá de lo que retenga, de cómo le afecta y tome de lo ‘implícito’ el alumno.  El autodominio, la serenidad, la paciencia y la autoexigencia… junto con la coherencia y la integridad serán la raíz y fundamento de su autoridad. La misma que, fraguada con el esfuerzo y tensión personal para delinear la personalidad valorada, será doblemente eficaz: las proposiciones del docente tendrán el respaldo de su prestigio personal, y sabrá ser comprensivo con quien con energía intenta cambiar una determinada conducta, así como estimular al alumno que está en proceso o sugerir nuevas rutas o alternativas a quien está a punto de desistir en su empeño.  El ir por delante tiene esa virtualidad.

También tiene relación la formación del carácter con la convivencia con los pares con quienes guarda similitudes pero también diferencias que son las que, no pocas veces, hacen difícil el vivir con otros. La convivencia es una riqueza para el desarrollo personal y no origen de conflictos. Justamente la formación del carácter es condición para abrirse a la experiencia de las relaciones interpersonales, para no aparcarse en detalles irrelevantes que pueden incomodar por no ser del propio agrado sino trascenderlos para ir en pos del intercambio de pensamientos, sentimientos e ideales, de la colaboración mutua y de la realización de proyectos comunes.

La escuela debe promover entre los alumnos programas de participación en el que todos y cada uno puedan desplegar y comunicar sus talentos con miras a generar un ambiente que propicie la convivencia, la solidaridad y el apoyo mutuo. Preocuparse y ocuparse por el crecimiento de los demás a través de proyectos en los que tienen autonomía en el diseño y en las decisiones, propicia una cultura cooperativa y abre espacios donde los alumnos sirviendo a sus compañeros vean a su colegio como un mosaico de oportunidades para su desarrollo integral.

 

 

LA PALABRA Y LA REALIDAD

Edistio Cámere

          Susanita dormida sueña: -“Oh, Felipe, ¿No sería maravilloso qué entretejiéramos nuestras vidas”? – “Depende, ¿con qué punto”? responde Felipe. Al día siguiente. Felipe se encuentra leyendo una revista, de pronto, Susanita se acerca y por detrás le grita ¡TONTO! Da media vuelta y se retira. Felipe, no solamente, por el susto cae sentado al piso sino que queda confundido: no atina a comprender la actuación de Susana.

       Quino recoge situaciones de la vida ordinaria que las ilumina con la vena humorística que lo caracteriza tanto para el deleite como para la reflexión del lector. La presente historia, bien puede sacársele punta desde la óptica de las diferencias entre hombre y mujer pero de intento dejaré ese sesgo para otra ocasión. Más bien, me gustaría centrarme en una cierta tendencia actual que sin atender y sin abrirse a la realidad o a la misma naturaleza de las cosas, se juzga, se opina y hasta se actúa sobre la base de lo que uno siente o supone. Susanita actuó proactivamente basándose en un sueño sin asidero en la realidad. ¡Cuántas opiniones, incluso temerarias, se profieren sin detenerse a considerar si lo que se escucha o lee es cierto!

         La emoción otorga frescura al diario vivir. Más cuando el juicio es contaminado excesivamente por ella, pierde perspectiva y no atiende a la realidad tal y como es sino que le añade elementos o se la parcela, de manera que, solo focaliza la parte que más se acomode con los propios intereses. La adecuación del pensamiento con la realidad, facilita la emisión de juicios objetivos que mueven a actuar con coherencia. Por el contrario, cuando uno tiene la convicción de que la realidad se configura a partir de las ‘vibraciones’ que revolotean en el mundo interior se cae en las fauces del relativismo. Cuando el subjetivismo – hermana gemela del relativismo – reina los cauces de la convivencia y de la comunicación se resienten, por no decir, que se obturan. Si cada quien va a lo suyo porque es lo más importante, “el otro” no tiene cabida puesto que no interesa, y si interesa es por sernos útil o por ser un escollo que hay que sortear.

        La palabra expresada sin una referencia externa suena más a monologo que a dialogo. Las interferencias no provienen del entorno sino de ella misma que al estar vaciada de su real significado asume connotaciones subjetivas. La misma palabra tiene diferentes acepciones para quienes interactúan. Más aún al no existir relación con un referente objetivo, el compromiso dado a través de la palabra pierde consistencia y, al extremo con facilidad se incumple.

            La verdad, que es la adecuación del pensamiento a la realidad, debe presidir tanto en la cotidiana convivencia como en el dialogo para que fluyan sin cortapisas y para que el respeto a la dignidad de la persona sea una máxima en las relaciones sociales.