SOY ASÍ

            ‘Soy así’ suele ser una respuesta con la que una persona – adulta o joven – da por zanjada una conversación que verse sobre su comportamiento. Esa frase es una suerte de escudo que se empuña ante el ‘ataque’ de una crítica o propuesta de cambio. Ante aquella, se hace cuesta arriba esgrimir argumentos – racionales, persuasivos o coactivos – que puedan remover las resistencias que la sostienen y defienden. Aceptando de buen grado que en los asuntos de las personas no se puede generalizar, porque cada una es una novedad, intentaré comprender qué hay detrás de esa lacónica frase.

          Soy- así parece una declaración ufana pero tras ella, pivotea una forma reductiva de pensarse. El ser es un sujeto, una sustancia, el ‘así’, en cambio, se aloja, se anexa en aquel, por tanto, conviene especificarlo como un accidente, cuya presencia no es necesaria ni ordinaria para que el ser sea lo que es. En consecuencia, para pensarse siendo-así, en el proceso de auto-comprensión, muchas regiones esenciales del ser permanecen oscuras, menos el ‘así’ que elevado a la categoría de central y habitual, se configura como la propia identidad. En realidad, es una forma esquiva y reducida de comprenderse a sí mismo.

          El ser-así recoge una cualidad que califica un momento vital de la persona pero no se identifica con ella. Calificar no es definir, por tanto, ‘el ser-así’ se circunscribe a un talente o porte personal que se pretende normalizar pero a costa de identificarse con el ‘así’ de un momento o circunstancia específica. A su vez, la afirmación ‘soy-así’ desestima la posibilidad de ser de otro modo, al negarla le confiere una suerte de irreductibilidad permanente. Si una conducta humana fuera insubordinada lo sería a expensas de su autor, en cuyo caso, su fuerza sería categóricamente instintiva. Pero una conducta no es una especie de fenómeno inesperado que viene, se instala y se apropia del sujeto constriñéndolo a actuar ‘siendo –así’.

         El ‘ser – así’ que impele en un único sentido, va a contrapelo con la condición humana de perfeccionarse, de realizarse y de madurar aprendiendo. Entonces, la vida no es concebida como proyecto, como tarea que se ejecuta hoy pero se abre a un futuro, cuyo atractivo es precisamente llegar a él siendo mejor de lo que se es en el presente. El sino del ser-así es llevarse y posarse tal cual en la porción de tiempo en la que le cabe estar, sin estar cabalmente.

         El ser-así, ¿es una postura libre? Si, en la medida en que el sujeto se autoinstala en esa manera de ser; aunque paradójicamente: a partir de tal instauración el obrar se torna unívocamente determinado. No que se extinga la libertad es que se abandona su crecimiento dado que el ‘ser-así’ se propone como definitivo. La libertad que se solventa en la capacidad de establecer relaciones entre medios y fines ha perdido fundamento para su despliegue. Si el fin es menor lo serán también los medios con lo cual, alzarse con aquel no reviste mayor esfuerzo ni reclama la concurrencia de mayores cualidades. Desde esta perspectiva, se puede pensar que la libertad puede conducir a que un hombre renuncie a la expansión – tanto más – de la totalidad de sus virtualidades y facultades humanas para detenerse en una sola dimensión de su personalidad. Es el riesgo de tan imponente cualidad.

         El acto de decidir entre alternativas que el vivir suscita no agota la potencia de la libertad. Escoger una significa: a) desestimar otras con sus presuntas promesas; b) mantenerse en ella aun con la incertidumbre del curso que tomará; y, c) responder –se por los efectos que lleva consigo el camino designado. En consecuencia, la libertad define el título pero el cuerpo y el epilogo del texto es arte de la responsabilidad.

         El señalado ‘ser-así’, ¿no es una forma larvada de negar la autoría de las propias acciones y de sus frutos? Este conducirse de un modo determinado remite a defecciones que se perciben invencibles. En cierta forma es una excusa vital que justifica cuando un propósito no se cumple, cuando una situación se torna tensa o cuando por compleja exige más esfuerzo y diligencia de las que se está dispuesto apostar. Asimismo, el ‘ser-así’ es utilizado cuando se atribuye la causa a factores externos: a) a ‘otros’ es que si no fuera por…. No sería así; b) a hechos ‘dados’: si tuviera más cualidades…. Mejor situación económica… Efectivamente, la naturaleza y la convivencia social dejan su rastro pero no anulan la capacidad de autodeterminación.

         Más bien, la acomodaticia instalación en el ‘ser-así’ obedece al imperio de la práctica de deslocalizar la responsabilidad. Si los ‘otros’ y/o lo ‘dado’ son las causas, entonces, su efecto, no es mi responsabilidad: No se tiene porqué responder por sus consecuencias. Se vive en el anonimato, es decir, sin estampar la rúbrica que atribuye la  titularidad de una conducta. Quien deslocaliza su responsabilidad, no solamente afecta el ámbito de su proyecto de vida, también renuncia a participar, mediante la comunicación de sus talentos, en los acontecimientos de su entorno inmediato y,  por extensión, a toda la sociedad.

          Precede a una decisión una especie intervalo de sombras, parecido a la situación de descorrer una cortina cuya textura, ciertamente, trasluce formas, volúmenes y espacios pero sin la precisión necesaria como para determinar lo que son realmente. En cierto sentido, el decisor queda expuesto a los efectos inéditos de la acción a emprender. Al desconocerlos – por ‘ser-así’-  renunciaría a la capacidad de: a) asumir los riesgos que entrañan: falta de datos en la deliberación u error en la ejecución, b) honrar los compromisos contraídos con uno mismo y con los involucrados; y, c) aprender a aceptar la realidad, a conocerse objetivamente a sí mismo, para rectificar si fuera el caso o solicitar ayuda cuando se hace cuesta arriba el mantenerse en la decisión adoptada. La persona despliega sus propias facultades decidiendo. Decidir tiene sus costos, no obstante es el medio para ir en pos de la madurez personal. Esta meta es lejana para quien se instala en el ‘ser-así’.

          A diferencia de las empresas que como consecuencia del fenómeno de la globalización deslocalizan parte de sus operaciones movidas por las ventajas comparativas que ofrece un determinado país, el ‘ser-así’, al deslocalizar la responsabilidad – si no puedo o nada depende de uno mismo- no obtiene beneficios esenciales, a lo más consigue como prebenda evitar los costos inherentes al acto de decidir y emplazarse en una acomodada posición de espectador. Quien permanece espectador no saboreará el premio por el éxito ni el dolor por la derrota porque no le interesa transitar por el sendero que a ellos lleva. La vida sin la sazón de la alegría y de las contrariedades es una vida replegada, detenida que por plegada no tiene una finalidad, un sentido por el cual luchar.

          La libertad no es solamente capacidad para la libre iniciativa también implica la dimensión del deber.  El deber se hace tarea porque la persona es responsable.  Por tanto, cuando la responsabilidad personal se esquiva, entonces, ¿Quién inicia? ¿Quién aporta? ¿Quién decide? ¿El sistema? ¿El Estado? ¿Los medios de comunicación? ¿El mercado? Da igual. La consecuencia es la demarcación del vivir: no vivo por mí, soy vivido por estos ‘otros’. La  persona enajena su autoría en el gran privilegio de responder por el mayor bien recibido: su vida.

LAS FIESTAS EN FAMILIA

Edistio Cámere

En las fiestas de familia la organización es accesoria, no porque defendamos el caos y la improvisación sino porque en aquella, de modo fácil, se consigue a quienes puedan alegrarse. La organización remite a lo externo, a la disposición de las cosas pero poco tiene que ver con el por qué o la esencia de una fiesta.
La fiesta es una pausa en el trabajo, es un alto en el trajinar diario para celebrar “las supremas realidades sobre las que reposa la existencia humana”(Pieper). En la familia, la cotidaneidad, las urgencias, lo concreto y lo inmediato aprisionan, jalonan respuestas que se actúan en el día a tal extremo que pueden empalidecer la contemplación del valor e importancia de los sujetos de tan febril actividad: los cónyuges y los hijos. Las fiestas traen a nuestros ojos el fundamento oculto de todo lo bueno inscrito en el seno familiar.
“La fiesta es un día en que todos se alegran. El motivo de la alegría es siempre el mismo, aunque presente mil formas concretas: uno posee o recibe lo que ama; y da lo mismo que ese poseer o ese recibir sean realmente actuales o una simple esperanza o un recuerdo. La alegría es una manifestación del amor. La alegría es la respuesta del amante. Donde se alegra el amor, allí hay fiesta” (Pieper) En la familia, el amor enlaza a sus integrantes. El marido celebra un aniversario porque su alegría radica en que posee y goza del amor de su esposa. La mamá se ilusiona y festeja el cumpleaños de su hijo porque aquel es un “pedazo viviente del amor de ella con su marido”. El amor no se detiene en aceptar la presencia del amado, más bien, le lleva a exclamar: ¡qué bueno que estés aquí!. ¡Qué bueno que existas! De este modo, celebrar una fiesta significa celebrar por un motivo especial y de un modo no cotidiano dichas afirmaciones. “Porque aquellas en la medida en que se producen, son validas “sin cesar”, y continuamente es de esperar que en razón de ellas pueda darse miles de motivos legítimos para celebrar con una fiesta; desde la llegada de la primavera hasta la del primer diente”(Pieper)
En la familia las celebraciones marcan unos hitos en su biografía. Pero no toda conmemoración es una fiesta. Lo pasado, en sentido estricto, no puede conmemorarse festivamente a no ser que la vida de la comunidad celebrante reciba de ello brillo y realce, no en virtud de una mera reflexión histórica, sino por ser una realidad históricamente activa.
El fruto de la fiesta, es un simple don; eso es lo que en la fiesta nunca puede “organizarse” procurarse, hacerse con ello de antemano. Es un don porque sólo por amor se es capaz de renunciar a la comodidad, al trabajo, al cansancio… para que el agasajado tenga un buen día.
La familia tiene unos valores y características que es bueno que existan y porque es bueno conviene afirmarlos mediante oportunas celebraciones. Las fiestas en familia son pausas necesarias para destacar la fuente de la alegría: el amor entre padres e hijos. Muchas o pocas es irrelevante. Lo importante es su intensidad prodiga en afectos, cariños y atenciones, condiciones indispensables para lograr buenos recuerdos entre sus integrantes y tradiciones que se mantengan y conserven a través de los años.

El contacto humano, entre lo virtual y lo real

Edistio Cámere

Los teléfonos móviles han despertado la habilidad ‘dormida’ por la fotografía. En todo evento familiar o público se intenta inmortalizar los pasajes vividos o construidos como tales, imagino que será para compartirlos en las redes sociales. La ventaja de los ‘fotógrafos móviles’ es que capturan escenas naturales o espontáneas, mientras que las toman los profesionales ordinariamente son posadas. En cierta ocasión me mostraron un grupo de fotos tomadas en la clausura de un acto académico que, por  cierto, eran poco variadas: mostraba el momento de recibir el premio o la gente escuchando al orador de turno, una vista panorámica y por segmentos del auditorio. Pero entre este grupo había una toma en la que se veía a un par de participantes con la cabeza gacha entretenidos accionando su celular.  Estaban pero no estaban o, como dice la canción: “…lejos de todo pero cerca de ti…”, obviamente referido al móvil.

con celularEl ámbito virtual, que tiene la propiedad de la simultaneidad, pues permite estar en un lugar físico pero conectado con varias personas o situaciones a la vez, se está extendiendo aceleradamente a la vida cotidiana, olvidando que el don de la ubicuidad no se predica al hombre corriente cuya condición es estar en un sitio y no en otro a la misma vez.  La presencia que habla del presente reclama –para apropiarse de las oportunidades que ofrece– no solamente del cuerpo sino también de la actividad de las facultades humanas. Cuando una persona está corporalmente en un lugar pero su mente en otro, no está propiamente en ese espacio. Sentando frente a un libro pero preso de ensoñaciones parecería pero, en efecto, no se estudia. Cuando uno queda con un grupo de amigos para conversar tomando un café pero cada cual está embelesado navegando por las redes sociales, aun cuando ocasionalmente se haga un comentario en voz alta, parecieran participar de una velada social; sin embargo, se asemejan a un grupo de personas que esperan la llegada del autobús: su arribo es la razón de estar en un mismo espacio.

Cada situación, actividad o circunstancia guarda recursos que se tienen que descubrir para aprovecharlos en crecimiento y expansión de la propia experiencia a condición de estar presentemente involucrados. Vivir al modo virtual es dejar escapar oportunidades que luego, al querer recuperarlas, se tendrá que ir cuesta arriba. Primero, porque no siempre se repiten con las mismas características; y, segundo, porque se llega sin la preparación adecuada, ya que al dejar pasar las primeras oportunidades, las capacidades requeridas se quedan sin ejercer en orden al contenido y demandas de aquellas.

Lejos de satanizar el mundo virtual y sus instrumentos, su pertinencia está más que acreditada. No obstante, la preocupación educativa va en la línea del riesgo que puede suponer que se apodere de la cotidianeidad (la vida y el mundo real). El ensoñar es una actividad propia del adolescente, que en ocasiones abre las puertas a la creatividad y a la innovación, mas, si se torna en una conducta constante, ese joven terminará evadiéndose de la realidad. La exaltación habitual de las redes sociales en la vida personal conduce a vivir la vida de los demás como mero espectador, en perjuicio de hacerse cargo de la propia con ilusión, esfuerzo y compromiso.

La simultaneidad en el mundo real no es viable. El ser humano ocupa un lugar a la vez y ese lugar le incumbe, y porque le incumbe tiene que personalizarlo y dotarlo de un sentido. Ambas acciones se realizan en la medida en que uno esté presente con ‘alma, corazón y vida’. El celular es un instrumento al servicio del hombre y no al revés. Vivir a plenitud implica un cierto autodominio para usar las cosas con moderación y prudencia, que nos es otra cosa que tener una jerarquía que norme la propia conducta. Sin esa jerarquía no solamente se navega en las redes sociales, lo que es peor, navegamos en nuestra propia vida… que no es otra cosa que moverse y actuar a expensas de lo que nos gusta y no nos demande compromisos.

Objetividad y coherencia en la convivencia

Edistio Cámere

Susanita dormida sueña:

-“Oh, Felipe, ¿No sería maravilloso que entretejiéramos nuestras vidas?”. 

– “Depende, ¿con qué punto”?, responde Felipe.

Al día siguiente. Felipe lee absorto una revista. Susanita se acerca y por detrás le grita ¡TONTO! Da media vuelta y se retira. Felipe cae sentado al piso por el susto y queda confundido sin atinar a comprender el por qué de dicho comportamiento.

Quino, autor de los conocidos personajes de Mafalda, recoge situaciones de la vida ordinaria que las ilumina con la vena humorística que lo caracteriza tanto para el deleite como para la reflexión del lector. La presente bien puede sacársele punta desde la óptica de las diferencias entre hombre y mujer, pero de intento dejaré ese sesgo para otra ocasión. Más bien, me gustaría centrarme en una cierta tendencia actual que, sin atender y sin abrirse a la realidad o a la misma naturaleza de las cosas, juzga, opina y hasta actúa sobre la base de lo que uno siente o supone. Susanita actuó proactivamente basándose en un sueño sin asidero en la realidad. ¡Cuántas opiniones, incluso temerarias, se profieren sin detenerse a considerar si lo que se escucha o lee es cierto!

La emoción otorga frescura y calidad al diario vivir, pero cuando el juicio se alimenta exclusivamente de ella es mala consejera. Cuando la emoción o el sentir gobiernan, se pierde perspectiva y no se atiende la realidad tal y como es sino que se le añade elementos que no tiene, o bien se le parcela de manera que solo se ilumina la parte que más se acomode con los propios intereses. El respeto a la realidad convoca al pensamiento a conformarse con ella; esta adecuación facilita la emisión de juicios objetivos y serenos y a actuar con coherencia.

Por el contrario, cuando uno tiene la creencia de que la realidad se dibuja a partir de las ‘vibraciones’ que revolotean en el mundo interior, se cae en las fauces del relativismo. Cuando el subjetivismo -hermano gemelo del relativismo- reina los cauces de la convivencia y de la comunicación, estos se resienten, por no decir que se obturan. Si cada quien va a lo suyo porque es lo más importante, ‘el otro’ no tiene cabida puesto que no interesa; y si interesa es por sernos útil o por ser un escollo que hay que sortear.

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La importancia de inculcar lo justo, bello y verdadero

Edistio Cámere

“…el hijo se pertenece a sí mismo, tiene una identidad diferente, en virtud de lo cual debe ir en pos de su propio camino…Mostrar o inculcar lo justo, bello y verdadero son los objetivos, valores o ideales que nutrirán sus argumentos para acertar en la toma de decisiones, que es una tarea intransferible”.

    Revisando papeles tope con una carta – que en su momento Nicolás Sarkozy, ex Presidente de la República de Francia, dirigió a los maestros de su país. La claridad, profundidad y sentido común que la engalanan me motivan a comentar la siguiente idea: Educar es tratar de conciliar dos movimientos contrarios: el que nos lleva a ayudar a cada niño a encontrar su propio camino; y, el que nos empuja a inculcarle lo que uno cree justo, bello y verdadero.

    Los padres se preocupan y ocupan de que su hijo sea bueno y mejor. En ese intento, le trasmiten aquello que aprecian como valioso. Sin ese aporte – venido de fuera – es imposible que el niño crezca y desarrolle. El estilo  educativo de los padres deja una huella sólidamente trazada en beneficio de sus hijos. La influencia externa al hogar encuentra en ella un escollo difícil de sortear completamente. Como primeros educadores, los padres poseen una ventaja comparativa a condición de que “eso valioso” que comunican lo respalden con sus acciones. Sin embargo, también el hijo se pertenece a sí mismo, tiene una identidad diferente, en virtud de lo cual debe ir en pos de su propio camino. ¡Parte con un bagaje heredado de sus padres pero tomará otra dirección! Se le tiene que ayudar a que tome sus decisiones con autonomía… aunque no pocas veces las haga “de otro modo” al que los padres quisieran. Mostrar o inculcar lo  justo, bello y verdadero son los objetivos, valores o ideales que nutrirán sus argumentos para acertar en la toma de decisiones, que es una tarea intransferible. Aparcarse en sólo los modos de hacer o de comportarse es dejar huérfano de razones al niño cuando la situación le exige un por qué, también es mirar el presente complacidos porque el hijo hace lo que uno quiere.

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Acción formativa del encuentro interpersonal

Por Edistio Cámere

    La formación es un proceso de ayuda en el perfeccionamiento de la inteligencia y la voluntad con el objeto de que el educando se oriente hacia la búsqueda de la verdad y se autodetermine hacia el bien mediante el correcto ejercicio de su libertad.

    Esta definición pone el énfasis en la acción educativa, que desde fuera procura que el estudiante cultive y ejercite su mente para abrirse y nutrirse de la realidad en su anchura y profundidad. A este fin concurren eficazmente las estrategias cognitivas, pero hay que dar un paso más: el diálogo interpersonal, que facilita que el alumno descubra y haga suya la verdad. Entre tantas ventajas del método socrático, la formación del criterio destaca sobremanera. Por eso, preguntarse es, no pocas veces, más provechoso que el mero escuchar respuestas.

    Cada persona tiene un modo particular de llegar a la verdad: unos lo harán induciendo, otros deduciendo, no pocos mediante la intuición y algunos mediante el rigor especulativo. No faltarán aquellos que la acepten por el afecto o admiración que profesan a quien se la propone. En la línea de formación de la inteligencia, en mucho contribuyen los encuentros interpersonales. “La persona humana está llamada a ser dialogante, pero no hay diálogo sin verdad. Por eso es importante el lenguaje (…) El empobrecimiento del lenguaje es el decaimiento de la sociedad” (G. Castillo). ¡Cuánto se gana con el diálogo y la conversación!

    Pero el hombre se realiza no solo con el conocer sino también con el actuar. Su imperativo ético es crecer, optimizarse. El fin de su crecimiento es el bien y llegar a él supone doble movimiento: dirigirse ‘hacia’, es decir, identificarlo; y adquirir las virtudes necesarias para conseguirlo. No solo reconociendo o aceptando el bien permite queel educando se haga bueno. El bien se incorpora adquiriendo hábitos, que supone una buena dosis de motivación y convencimiento para renunciar a bienes inferiores en pos de los superiores.

    Es cometido de los educadores, mediante la exigencia cordial y el ejemplo, no solamente conseguir la libre adhesión al ‘bien’sino que el alumno lo incorpore y lo haga suyo en el tiempo. La formación del carácter y la promoción de las virtudes humanas en la escuela -como institución y comunidad- contribuyen significativamente al logro de ese objetivo yde ese fin.

    Por tanto, la acción del docente guarda para sí el privilegio de ser siempre y en todo momento‘perfeccionadora perfectible’. Una palabra, un gesto, una mirada y hasta una simple sonrisa contienen una superabundante dosis formativa porque facilitan el contacto y el diálogo. Son matices del afecto, de cuya importante presencia en el acto educativo estoy más que persuadido. Sin embargo, precisamente en razón de ese afecto es que para los educadores -padres de familia y maestros – el crecimiento del alumno se torna también en un imperativo ético.

    El cariño no es patente de corzo para la concesión, ni para la omisión. Todo lo contrario, tiene que ser el estímulo para que los educandos, entre lo bueno y lo mejor, elijan lo ‘mejor’. Apostar por lo mejor, sin duda, requiere, para no dar un salto en el vacío, que los educandos -también incluyo a los hijos- perciban que lo mejor es posible porque los adultos lo buscan con no menos pasión en su vida cotidiana. Esta es la clave para educar y formar bien a las nuevas generaciones.

Aceptarse a sí mismo

Edistio Cámere

“Se cuenta que un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo. El Roble
le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino. La Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa. La Rosa lloraba por no ser fuerte y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, un clavel floreciendo y más fresco que nunca. El rey le preguntó: ¿Cómo es que creces tan saludable en medio de este jardín mustio y sombrío? La flor contestó: Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías claveles. Si hubieras querido un Roble, lo habrías plantado. En aquel momento me dije: Intentaré ser Clavel de la mejor manera que pueda y heme aquí, el más hermoso y bello clavel de tu jardín”.

    El afán por compararse se ha convertido casi en un ‘deporte social’. El espejo -fiel compañero de innumerables amanecidas –  está contristado: ya no puede reflejar a cabalidad al objeto o persona que se sitúe delante; ahora tiende a reflejar como a uno le gustaría verse, mostrar una imagen que sintonice con los modelos o tipos de moda que aparecen en la televisión, o del amigo más popular, o de acuerdo con la estampa que uno se ha forjado en sus fantasías.

    Ser mejor no es ser como ‘el otro’; por esa ruta no se arriba a la meta. Las energías se dispersan porque se está más pendiente de lo que no se es o de lo que no se tiene, y menos de quien se es. La insatisfacción consigo mismo es su consecuencia. Pongamos por caso que alguien va a un restaurante con un amigo. Éste ordena carne a la plancha y el otro tallarines a lo Alfredo. Una vez que los platos están a la mesa, de rabillo mira el plato del amigo y piensa: “Ojala hubiese pedido la carne, el mío trae menos, los fideos no pintan bien, él sabe pedir en cambio yo…” Conclusión: no se disfruta la sazón del chef ni de la velada. Sigue leyendo “Aceptarse a sí mismo”

Detenerse a pensar

Por Edistio Cámere

Thomas Welch da cuenta de dos hombres que dedicaron un día entero a cortar leña.Uno de ellos trabajó sin detenerse a descansar, y juntó una pila de leños bastante grande. El otro lo hizo durante lapsos de cincuenta minutos, con otros intercalados de diez minutos en los que descansó. Al terminar, sin embargo, tenía una pila de leños mucho mayor.

-“¿Cómo pudiste cortar tanta leña?”, le preguntó el hombre que trabajó sin descanso.

-“Es que mientras descansaba, afilaba el hacha”, respondió.

    ‘Afilar el hacha’ –en este texto– es una figura que me sugiere dos interpretaciones. La primera la conecto con el estudio en casa. A un estudiante durante una jornada escolar habitual se le enseña, se le explican varias materias; es más, el profesor se asegura a través de estrategias didácticas que las haya comprendido. Pero para que el conocimiento se haga pensamiento es necesario el trabajo intelectual que no puede alcanzarse sin el estudio personal. Es el acto en el que la inteligencia se apropia, hace suyo el saber para incorporarlo como haber, base para nuevos aprendizajes.

    En el momento en que se está frente a un texto o a unos ejercicios, aquello que hasta ese entonces estaba medianamente distante en comprensión, gracias al despliegue de sus operaciones, la razón se va acercando en la medida que desentraña su sentido, sus relaciones y sus fundamentos. Dicho de otro modo, en la medida en que la inteligencia convierte el saber impersonal en un saber pensado, lo pensado es tal en cuanto que los conceptos o ideas se han tratado, se les ha dado vueltas hasta llegar al punto en que se poseen como propias.

    La posesión no solamente predica tenencia, sino dominio; lo que se domina puede presentarse de maneras diversas pero siempre originales porque contiene lo singular de quien ha pensado. El estudio personal en casa es, sin duda, un medio de primerísimo orden de ‘afilar el hacha’ para que los contenidos recibidos en el aula gracias a su participación activa se incorporen como patrimonio permanente en el alumno.

    La segunda anotación es que vivimos en una sociedad en donde el ruido, no solo derivado de los crujientes y trepidantes bocinazos sino de los múltiples estímulos producidos por los variados aparatos tecnológicos, distrae poderosamente nuestra atención. Las noticias, los rumores y chismes que con ocasión o sin ella proponen lo medios masivos de comunicación, así como el acoso de la publicidad que no cesa de percibirnos como presuntos consumidores, también hacen lo suyo. Tampoco se puede soslayar como otra nota social la actividad vertiginosa, la prisa por conseguir en el plazo inmediato las metas trazadas.

    Frente a esta situación el ‘afilar el hacha’ transita por el camino de la reflexión, de la escucha atenta y de la serenidad. El pararse a pensar para comprender la verdadera dimensión de los acontecimientos y mirarlos en una perspectiva más global e integral. Mirar lo importante de las situaciones sin exagerarlas ni minimizarlas contribuye a configurar un estado de ánimo sereno. La serenidad, por ello, favorece para hacer un alto en el trajín diario para atender asimismo a quienes están próximos, a través de la escucha. Y para escuchar conviene saber estar en silencio, sin ruidos externos e internos que impidan abrirnos al insondable, rico y original mundo de cada persona.

El dominio de la emociones

Por Edistio Cámere

¿Qué tramo de la educación descuidamos los padres y los maestros para que no haya un adecuado control de las emociones? ¿Enseñamos a valorar el orden y la jerarquía de los bienes a alcanzar? ¿Apuntamos hacia una formación del carácter con criterios centrados y reconocimiento de los límites? Pues la escuela y la familia comparten roles estelares en la gran tarea de encauzar la afectividad de los niños y jóvenes.

Días atrás tuve la oportunidad de presenciar un partido de fútbol que definía el primer puesto de un campeonato interescolar, categoría 13 años. Los jugadores apuraron una justa emocionante e intensa; ambos equipos destacaron por su  pundonor y empeño por alzarse con la victoria. Pero aquella, como se entiende, complace solamente a uno de los contrincantes. Tras el silbato del árbitro dando por finalizado el partido, llamó poderosamente mi atención el marcado contraste en las expresiones de los niños, era como la noche y el día.

En los perdedores –que habían conseguido, en todo caso, un honroso segundo puesto entre 12 equipos-, la tristeza se apoderó de sus rostros, las lágrimas corrían sin rubor por sus mejillas, las miradas clavadas en el piso contenían rabia y frustración. Los papás se desvivían en consolarlos sin éxito aparente, pues sus hijos ensimismados rumiaban el sabor agrio de la derrota. Los vencedores, por su parte, expresaban radiantes su triunfo sin límites ni formas. Los gritos, los abrazos y los saltos entrelazados direccionaban la imaginación hacia un escenario irreal, como si se tratara de la final de un mundial. Sin embargo, estábamos ante un sencillo -supuestamente formativo- y amateur campeonato interescolar de menores.

    Creo importante responder unas interrogantes ¿Por qué la desbocada reacción de esos niños? ¿Esto sucede solo cuando pierden o ganan en el fútbol? ¿Qué tramo de la educación descuidamos los padres y los maestros para que no haya un adecuado control de las emociones? ¿Enseñamos a valorar el orden y la jerarquía de los bienes a alcanzar? ¿Apuntamos hacia una formación del carácter con criterios centrados y reconocimiento de los límites? Pues la escuela y la familia comparten roles estelares en la gran tarea de encauzar la afectividad de los niños y jóvenes.

    ¿Qué debe procurar evitar la escuela?: La blandura en la didáctica, que no es otra cosa que desterrar la idea de que en la enseñanza debe primar el puro entretenimiento, que el niño ‘la pase bien’ en el aula. Objetivo que se consigue -no sin el desgaste del docente- con imágenes multicolores, con contenidos que demanden un trabajo intelectual exiguo, consintiendo disrupciones para evitar las ‘malas caras’ y poniendo al voto las actividades a realizarse, aun cuando estas reduzcan el tiempo previsto del dictado de clases. En otras palabras, importando la práctica habitual en el ámbito comercial: “Al cliente hay que complacerlo dándole siempre la razón”.

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La docencia como virtud

Edistio Cámere

A propósito del día del maestro, que en Perú se celebra cada 6 de julio, vale la pena pararse a reflexionar acerca del quehacer docente como virtud, que es la calificación que mejor conviene a su actividad, pues cuando los docentes educan “no está en juego su propio desarrollo ni son los padres de las criaturas” [1]. La educación no recaba -en sentido estricto- para quien se dedica a ella ningún rédito  personal. El docente ya está formado y, en caso que tenga que hacerlo, su empeño obedece más a los beneficios que reportará para sus estudiantes, con quienes, a su vez, no guarda relaciones afectivas fundadas en lazos de sangre o de parentesco.

Las características exigidas al docente y las demandas propias de los alumnos son tales que su cumplimiento no encuentra cabal compensación por la vía salarial. Sin restar en absoluto su importancia, la justificación eficiente y eficaz de su quehacer anida en la calidad de su vocación, que de manera patente se despliega en su actuación cotidiana como docente y se muestra como virtud ante sus alumnos.

La actividad educativa esconde los ribetes de los logros espectaculares, no refulge como primicia mediática y tampoco es tópico de agenda para una sesión de ministros. Lo suyo es el esplendor de la mirada del alumno al descubrir que uniendo letras compone una palabra con sentido; es la algarabía que estalla al sonido de la campana señalando el inicio del recreo; es el mal momento que pasa el docente cuando tiene que reconvenir por alguna conducta inadecuada; es, en suma, el apogeo de lo cotidiano, de las cosas pequeñas que se hacen grandes y perennes a fuerza de que el alumno las haga suyas y aprenda.

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