Querer lo mismo

Edistio Cámere

Lo vivido, las experiencias, los aprendizajes, las relaciones, etc. dejan sendas huellas en el interior de cada persona y, por extensión, en las capacidades y facultades utilizadas. El tiempo así expresado permanece. El hombre no puede detener el tiempo ni su vivir, mientras acepte vivir su vida, podrá sacarle partido al tiempo del que dispone.

La gradualidad en la realización personal y el ritmo temporal conversan, armonizan y se complementan, tanto es así que los actos que el hombre ejecuta: adquirir conocimientos, adiestrarse en nuevas prácticas, emprender proyectos, o establecer relaciones interpersonales, implican que en esas operaciones intervienen capacidades y disposiciones que al ser confrontadas o exigidas al inicio, durante y al final de una acción, son conmovidas al punto que en ellas, se introduce una suerte de novedad: la primicia de su mejora. Precisamente, gracias a esa mejora, dichas capacidades se reconfiguran, de manera que, están en presencia aptas y sincronizadas para abordar nuevas, similares o distintas operaciones con mayor eficiencia, pertinencia y celeridad, con lo cual, se consigue con mayor éxito aprovechar y hacer rendir el tiempo.

Aprovechar el tiempo supone la formulación libre y personal de objetivos, propósitos y finalidades que no remiten ni se aparcan en la acción. Sin un impulso o un sentido subjetivo o trascendente la perfección alcanzada por las capacidades podría estacionarse en la mera complacencia con los elementos que prohíja lo meramente útil o placentero. Un por qué, o un sentido es capaz de hacer sincronizar en la acción la presencia en acto de las cualidades requeridas en el tiempo del que imperiosamente se dispone.

La persona, en su condición de unidad autónoma determina sus propios objetivos y pretensiones, pero como no vive en solitario se nutre por afinidad, por imitación o por convicción de “otros” o de instituciones que le ofrecen la ocasión de desplegar sus capacidades y concretar sus objetivos. Es interesante advertir que, si bien, el trabajo dispone a la realización personal, tiene una clausula: no puede ser en cualquier lugar ni, de cualquier forma. ¿El salario percibido es suficiente? Su importancia no se minimiza, sin embargo, el dinero es un medio que remite a otros fines de distinta índole, que por lo general se satisfacen fuera del ámbito donde se consiguió.

De otro lado, cumplir una labor siguiendo a pie juntillas los manuales, los procesos o las rubricas instadas por una organización no parece encajar con la composición que configura acerca de desempeñarse en un puesto de trabajo atractivo y gratificante. Cuando no empatan – en lo sustancial, siempre existen divergencias – mis propósitos con los de la organización, el conflicto interior al inicio se esboza, con el tiempo se convierte en un cuadro en el cual el trabajar por dinero exclusivamente o repetir sin ilusión mecánicamente la misma tarea diariamente lo pintan con colores oscuros y grises y pocas sombras claras.

En la escuela

Querer lo mismo y rechazar lo mismo es la traducción de la máxima latina: “Idem velle, idem nolle” usada como expresión de sintonía: un pensar y desear en común, puede ser entre amigos, entre cónyuges, con un ideal, con un partido político, con una institución…etc. Precisamente, una que trasmite, que ‘contagia’ conocimientos, estilos de vida, juicios morales, criterios estéticos, valores, ideales y futuros pensados, relaciones interpersonales, y, un largo etcétera, es la escuela. Por tanto, el quehacer docente no sea agota en lo operativo y procedimental, en todo caso, ellos son una suerte de pértigas que lo lanzan hacia territorios macizamente humanos: las ideas, el pensamiento, el querer, el decidir, los ideales, las convicciones, los afectos y, sobre todo la libertad para autodeterminarse.

La relación profesor- alumno no predica neutralidad como, en rigor, ninguna relación interpersonal: en el extremo inferior se produce un intercambio de presencias y en el superior, un encuentro de intimidades. La edad del alumno y la recurrencia en el trato personal adiciona a la relación con el profesor el afecto, en sus distintas manifestaciones: cariño, admiración, benevolencia, simpatía…

Una relación que prohíja tales condiciones, sin duda, facilita la comunicación, acoge y centra su atención en la persona del alumno a la par que procura respetar su exquisita singularidad y libertad. Sin embargo, para que prospere y se mantenga en el seno de un centro educativo, sin menoscabo de las habilidades que de partida cuente un docente, debería ser formulada como política educativa, introducida en el plexo organizativo como cultura y, fundamentada con razones que: a) Tengan la fuerza y el cariz teórico como para iluminar la inteligencia, de modo que estructure convicciones, inferencias y pensamientos; b) que sea capaz de mover a la acción … y que en cadena atraiga con el ejemplo, actuar a otros ; y, c) que tengan el vigor para impulsar cuando el cansancio, la rutina y otras particularidades cotidianas afecta la intención y finalidad del quehacer docente. Dicho en modo educativo. El ideario o la visión que anima la escuela debería de ser de tal fuste, que un docente, mediando la materia que dicta, lo trasmita – con naturalidad y sin poses artificiales – con la palabra y con la conducta.

Para que el profesor quiera y rechace lo mismo tiene que existir coincidencia, no ciertamente en el modo de dictar una materia sino en los grandes objetivos que animan a la escuela y al propio docente. Con el desencuentro se corre un doble riesgo: afecta el propósito de realización personal del docente y, por defecto su labor profesional; y, del lado de la escuela, la continuidad y la vigencia vigorosa de su ideario o visión educativa. Desde esta perspectiva, el éxito de un colegio no solo debería medirse por los resultados cuantitativos: estos se obtendrán con creces si los docentes quieren lo mismo que la escuela.

La estrategia y el esfuerzo en la capacitación y formación de los docentes debería residir en el intento de asociarlos, de hacerlos coparticipes en el ideario. El tiempo invertido en discutir, reflexionar y comprender su contenido será valioso en tanto que, al hacerlo propio, con la versatilidad y expertise de la docencia podrán trasmitirlo y “contagiarlo” a sus alumnos. Querer lo mismo implica un compromiso profesional y personal que libremente se asume porque tácitamente se ha establecido una alianza en pro de un objetivo común. La búsqueda compartida de un mismo propósito premia al quehacer docente para que con autodeterminación profesional pueda reflexionar y decidir entre los medios que dispone para alcanzar los objetivos previstos. Y a la escuela la premia con la unidad de convicciones y quereres que la impulsan corporativamente.

 

 

LA ESCUELA: RETOS NO MENORES

Edistio Cámere

En apretada sintesis, la escuela que valora la unidad y consistencia de su propuesta educativa enfrenta, hoy en día, tres retos que, en solitario, mas tarde y mediante alianzas o confederaciones, mas temprano, tendrá que resolver.

1.- El imperio del consumo predica la conversión de alumnos en clientes, a quienes se les tiene que complacer en lo que soliciten o crear necesidades acordes con la sensibilidad de los padres. Importa más el consentir que mantener la unidad y coherencia en los principios y en el estilo de la escuela.  En cierto modo, su centro: la educación y formación se desplaza a procurar que el alumno la pase bien. Este desplazamiento afecta la identidad de la escuela y de la docencia como profesión. Su finalidad es enseñar – con arte y gracia – para que el alumno aprenda. El aprendizaje requiere sistema, tesón, orden y respeto a los compañeros. Mas que divertidas las clases tendrían que ser interesantes y el alumno no debería realizar lo que le apetece ni en el momento que se le antoja. El imperio del consumo, sanciona que el esfuerzo, compañero fiel del estudio y del aprendizaje, tiene que morigerarse. Y la exigencia por obsoleta eliminarla porque según sus defensores afecta la estabilidad y libertad del alumno.
El consumo ofrece “éxito” “status”, mediciones, resultados, tecnología de punta, y maratónicos procesos de competencia entre las escuelas … para ello se tiene que recurrir – entre otras opciones – a las acreditaciones, a las franquicias, a los convenios internacionales, a los viajes de intercambio, a veces, a costa de poner a un lado, aspectos más centrales de la propuesta educativa. Obviamente, encarece el servicio educativo porque la escuela tiene que formar consumidores y contribuyentes: léase, ciudadanos que nutran al estado y al mercado.

2.- La intervención del Estado es una práctica ordinaria y de larga data. En la actualidad so pretexto de luchar contra la corrupción, la informalidad y la baja calidad educativa, el Ministerio de Educación (MINEDU) pretende impulsar e implantar una visión y un pensamiento único y uniforme, contrariamente a lo que predica una sociedad democrática y plural. Sin embargo, al no contar con argumentos enjundiosos, ni con una gestión eficiente, menos con resultados que respalden sus políticas, ha optado por utilizar su poder de legislar pergeñando irregularidades, determinando sanciones y cuantificando multas.
Ese  poder normativo que ostenta el MINEDU ha devenido –a  mi juicio – en coercitivo y, por tres razones: a) Es parcializado, su foco es la escuela privada, a la que con el sanbenito de lo informal o de lo mercantil, las cuestiona y sanciona; b) Los estandares de calidad a los que invoca para medir y multar, ¿los ha implementado con éxito en sus colegios? ¿Sirven como modelo? De lo contario ¿con qué autoridad moral se arrogan la competencia de evaluar a los colegios que no caen bajo su gestión?; y, c) Las sanciones pecuniarias (cf. DU. 002- 2020) constituyen ingresos propios y, si a ello le sumamos el aumento en la discrecionalidad del funcionario, la consecuencia es obvia: la vitalidad de la escuela privadas corre el riesgo de “secarse” por exacción.
Las multas no tienen como propósito el enseñar o el corregir. El legislador “tiene la certeza” de que “intencionalmente y con malicia” la escuela transgrede una norma; por tanto, el monto tiende a paralizar, a quebrar las defensas económicas de un centro educativo. El MINEDU es uno de los pocos ministerios que anualmente se le ha asignado mayor presupuesto. ¿Qué razón poderosa justifica que tenga el poder de inflar más sus arcas?
No satisfecho con su posición de dominio – ojalá fuera porque destaca en lo pedagógico, en la gestión, en la elaboración de documentos de estudio y de promoción de la investigación – ha entrado a competir deslealmente con la educación privada. Los medios de comunicación han dado cuenta de que el MINEDU ha incrementado los sueldos a sus docentes, lo cual es loable y lícito. No obstante, para que se equitativa y justa dicha medida, los privados deberían de tener la misma versatilidad para hacer lo propio con sus maestros. ¿Habrá olvidado el MINEDU que en los colegios de su competencia (los privados), los padres de familia pueden dejar de pagar las pensiones escolares todo un año lectivo, gracias a que cuentan con su apoyo? ¿Habrá olvidado también que las escuelas privadas para corregir sus precios – siquiera a nivel de la inflación – tienen que pedir la anuencia de la Instancias intermedias educativas estatales? En buen romance, la brecha salarial entre los docentes de las escuelas públicas y no estatales, la acentúa el MINEDU, dificulto – salvo que muden las reglas de juego – que los colegios particulares puedan cerrarla

3.- El enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes se configura por la confluencia de corrientes de pensamiento asentadas en el corpus normativo de una sociedad con miras a cambiar costumbres, estilos de comportamiento e intereses culturales. El “enfoque de derechos” torna difícil enseñar a un alumno que cada uno es responsable de sus propios actos y que es viable convivir con orden en libertad. Si la presencia de las instituciones, de la autoridad, de las normas son percibidas como enemigas de mi sentir, de mi individualidad, de mis apetencias, entonces, la convivencia, la fraternidad, la familia, la comunidad y la sociedad difícilmente podrán cumplir con sus fines.
La acentuación e iluminación de los derechos y el oscurecimiento de los deberes termina por sobre dimensionar el individualismo a costa de las relaciones interpersonales y las relaciones con la comunidad y/o las organizaciones. Más aún, si mis quereres y sentires cuentan con el respaldo de las leyes y de los políticos y funcionarios, las sociedades intermedias pierden consistencia y unidad. Cuando una persona incumple con un deber contraído previamente con una institución, lejos de asumir su responsabilidad, muda ese deber en un derecho vulnerado, con la anuencia legal del Estado. El efecto es devastador para cualquier institución: si hoy fue ese deber, porque mañana no podría exigir cambios – que miran al propio beneficio – al interior de aquella. La morosidad es un claro ejemplo de esta actitud: enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes.
En conclusión, la escuela privada tiene el gran desafío de luchar por preservar su prestancia, unidad y autonomía institucional. Las amenazas descritas la afectan, pero no al extremo de que desista o se desvié de su naturaleza o finalidad. Su presencia y vigencia garantiza la variedad y pluralidad de propuestas educativas, para que el padre de familia opte por la que más se acompase con su visión educativa familiar. A la escuela le compete la promoción de la cultura occidental-cristianos, ofrecer un visión realista, viable y esperanzadora del país, para que sus hijos se comprometen a hacerlo crecer, sin descuidar los valores de la peruanidad, de la solidaridad, de la justicia y de la paz.
La educación privada sigue en aumento y no precisamente por estimulo del Estado. Este fenómeno tiene que evaluarse con sinceridad y sencillez. Por lo pronto, es motivo para que el MINEDU en vez de mirar la paja en el ojo ajeno, ponga las barbas en remojo.

 

EVALUACIÓN DEL DESEMPEÑO

Edistio Cámere

Desempeño puede entenderse como el ejercicio de obligaciones, de tareas o funciones inherentes a una profesión… la pedagogía en este caso. El ejercicio no supone calificación, solo acredita que uno es el agente o el titular de una profesión, para el desempeño, la puesta en práctica de las tareas o actividades se requiere haber satisfecho ciertas condiciones mínimas a partir de las cuales se configura cabalmente una profesión. En el ámbito de la educación, por lo general los docentes se presentan portando –como propios- los siguientes mínimos: a] la trasmisión de conocimientos: dominio de la materia y la didáctica; b] el gobierno del aula que vendría a ser la competencia mediante la cual, se puede conducir – al grupo de alumnos encomendado – y disponerlos para su aprendizaje.

         Desde esa perspectiva, el desempeño propiamente dicho del docente se tendría que evaluar a partir de esos mínimos. Pues, en caso que no los satisfaga no se podría valorarlo: a) si desconoce su materia o no posee capacidad razonable para trasmitirla – en sentido estricto – no se le podría reputar de profesor; y, b) sin una prudente conducción y gobierno de su aula los extremos de la relación enseñanza-aprendizaje no se consumarían. Por tanto, para evaluar efectivamente el desempeño del docente, corresponde a la escuela, implementar dos acciones estratégicas: a] Hacia arriba, Un tópico especialmente relevante en la gestión – que debe ser atendido en su diseño conjuntamente por el director, su consejo directivo y los especialistas – es el que mira a la configuración y enriquecimiento de las tareas o funciones. La autonomía en seleccionar entre los medios ofrecidos por la escuela y la libertad para decidir cuál de ellos aplicar, hacen más atractivo el quehacer docente. También, se pueden adicionar encargos o proyectos, dedicación a la orientación personal de los alumnos o a los padres de familia. La mentoría a colegas. Promover la investigación y las publicaciones, entre muchas otras opciones. b] Hacia abajo, perfilar las características del puesto laboral, se corresponde con el Ideario que, de la mano con el conocimiento de los docentes, pretende generar modos, espacios y ocasiones para que cada quien pueda aportar a los objetivos corporativos desde su singularidad.    De otro lado, para que aquellos mínimos de su quehacer muden en pilares que soporten su ensanchamiento personal y profesional, es asociar al docente con el ideario o el proyecto educativo de la escuela. La afinidad entre la filosofía y los objetivos de la escuela y del docente es clave para que los elementos generales de la profesión no terminen sometiendo en la rutina al maestro. Tanto el enriquecimiento de la plaza como lo propio y diferencial de la propuesta educativa del colegio, dan pábulo para formular indicadores del desempeño docente.

II

          En la escuela circulan cuatro elementos que dan luces para incluir la medida del desempeño en la formulación del proyecto de mejora. El primero hace referencia al plexo de comunicación personal y grupal que articula a los miembros de una comunidad educativa. Entre emisores y receptores se vehiculan ideas, conceptos, valores, sentimientos, percepciones, conductas, gestos… todos a través un canal con tres salidas: la oral, la corporal y la conductual. En este sentido, los receptores que en gran porcentaje suelen encontrarse en camino hacia la madurez, son quienes desde esta posición leen e interpretan el mensaje de los emisores. La neutralidad en las relaciones docente-discente no tiene asidero, más si, la coherencia y ética en los mensajes.

         Un segundo elemento da cuenta de que un docente de básica regular específicamente conoce en grado superior la materia que imparte, de manera que, al hacerlo – en el tiempo – no aprende más. El tercer elemento, advierte que el docente quiere y busca el bien de sus alumnos aun cuando, ni son sus parientes y menos sus hijos. El cuarto elemento lo presentamos a modo de pregunta ¿Cuánto es factible conocer profesional y personalmente a un docente que labora mínimo tres años en el centro educativo? Su presencia y aporte recurrente – año tras año – no es baladí. Revela su modo, estilo de trabajar y su personalidad. Conforme despliega su labor va dando noticias de sus fortalezas y debilidades; por tanto, los indicadores de su desempeño están en relación directa con lo observado, en cierta forma, este principio de realidad sustenta lo personal del proyecto de mejora y que cada año lectivo marca un nuevo ritmo y rumbo al desempeño.

         Desde esta óptica, el deber formativo no parte de la presunción de que la escuela debe “poner todo desde fuera” ante las supuestas carencias de los docentes; lo suyo, es procurar reducir la brecha entre el ser y el obrar, mediante la confección – amparado en la realidad – mutua de un proyecto de mejora personal, atendiendo, por lo menos, cuatro [4] áreas: 1) la profesional, el incremento de aquellas condiciones que configuran cabalmente el rol del docente; 2) la personal, que implica la adquisición de virtudes que no solo confirman el talante profesional sino que ayudan a mantener y proteger la unidad de la institución, mediante una convivencia razonablemente pacífica entre pares, el respeto a la normativa y a los cauces organizativos; 3) la cultura que se desprende del ideario o proyecto educativo, merece conocerla, pensarla y adherirse a ella. De su identidad y pertenencia pende la vigencia de la escuela y el renovado brío en el quehacer docente. La cultura es el conectivo por antonomasia de las relaciones interpersonales y de las prácticas educativas, asimismo es la que estimula y justifica las actividades y conductas en la escuela.

         La cultura, a pesar de sus contradicciones o deficiencias que pueda abrigar, constituye su bien común de un colegio, es el referente y tiene la capacidad de ofrecer respuestas y motivos a los docentes, por tanto, su adherencia – corolario de la argumentación que la sostiene y de la reflexión personal- no resulta ser un acto trivial: marca su destino profesional dentro de una escuela; y, 4) cultivo de los intereses personales, es una dimensión importante dentro del proyecto de mejora personal y en la influencia en el desempeño del docente. El interés, el pasatiempo – deportivo, cultural, artístico, y de voluntariado- remite al cultivo del espíritu y del cuerpo, así como el inclinar el ánimo hacia una determinada actividad, y al uso libre del tiempo para dedicarse a tareas de ingenio, emocionales y de ayuda solidaria.

         Lo que enlaza a los diversos pasatiempos es el uso y gobierno del tiempo; manan del querer libre; implican un alto en la habitualidad de las tareas laborales para incursionar en una actividad diferente capaz de activar otras dimensiones que espolean el crecimiento integral de la persona. Un detalle no menor es que cuando el interés personal coindice con el propósito de la escuela o contribuye con la formación del educando, su puesta en práctica le abre nuevos espacios de aprendizaje en conexión con sus intereses culturales y espirituales. Entre docente y discente se establece un vínculo especial porque – sin perder la esencia la relación- comparten secretos y “tips” acerca del interés que los integra.

         A modo de conclusión de este apartado, sin caer en emotivismos o naturalismos antropológicos – cabe preguntarse sobre el objeto o finalidad de la evaluación del desempeño. ¿El crecimiento en densidad y consistencia organizativa e institucional, se logrará solo con la evaluación del desempeño puntual y limitado al quehacer sistemático del docente? Tal parece que no. Sin embargo, el proyecto de mejora personal sí que tiene una gran finalidad: mantener al docente en plena vigencia, es decir, salvaguardar la flama de su ilusión profesional, que no pierda el brillo de sus ojos, brillo que da noticia de su capacidad de inspirar, de su chispa y pasión por la docencia.

III

          Para perfilar y luego acompañar en el proyecto de mejora y llevar a cabo la evaluación de desempeño, los criterios, definiciones y perspectivas deben desprenderse de la matriz: del ideario, de la cultura y, formularse en políticas. Sin embargo, su formalización y comunicación no solo debe señalar los mecanismos o iniciativas, sino que deben ser percibidos como los que activan y justifican las innovaciones, las costumbres, los estilos y estrategias.  Un siguiente nivel da cuenta de la gestión organizativa, es decir, que el funcionamiento de la escuela circule por las sendas de la eficacia y eficiencia. Definidos los canales que mirar a la unidad, compete a la escuela atender la singularidad y sus aportes.

         El proyecto de mejora y el desempeño conforman lo “propio” del colegio con lo “propio” del docente, al mismo tiempo, tiene que recoger las particularidades de cada situación que se experimenta en relación a los “otros” pares y alumnos. Lo “propio” de la escuela: ideario y cultura, tiene que ser trasmitido – es su tarea y competencia – por quien lidera la escuela. El director puede congregar pequeños grupos para intentar asociarlos con la sustancial de la cultura. No obstante, este propósito se incorporará vitalmente en los docentes cuando, el director, en trato personal y directo, va revelando las razones, motivos y sentimientos de la propuesta educativa que anima a su escuela.

         Lo singular del proyecto de mejora – diseño y seguimiento – corresponden a los directivos, jefes y coordinadores. Entre otras razones, porque: a) tienen un mayor conocimiento y cercanía con los docentes que están dentro de su jurisdicción, por lo que es relativamente más fácil, ejercer la comunicación directiva es decir, concluir el despacho con un propósito medible; b) son capaces de comprender los afanes, preocupaciones y dilemas profesionales de los profesores; c) la responsabilidad inmediata les genera preocupación y deseo de que el docente crezca; d) tienen el poder para resolver o solucionar cualquier solicitud o impase que pueda suscitarse; y, e) los puntos, asuntos o problemas que se ventilan, por lo general, no afectan la unidad del centro y, más bien tienden a concentrarse en las preocupaciones personales y laborales cotidianas, por tanto, el apoyo y el acompañamiento suelen ser más eficaces. Una cosa es cierta, sin embargo, los directivos deben disponer de tiempo no solamente para pensar y decidir sino para el trato personal.

 

PRIMERO, ATENDER MI ENTORNO

Edistio Cámere

 “Todavía me acuerdo de la visita que me hizo, hace años, una periodista muy comprometida con las causas ecológicas. Cuando la llevé a mi huerto, consiguió pisar casi todas las plantitas que empezaban a brotar tímidamente. Ella seguía hablando incasablemente, y hasta que le dije: “Cuidado con mis zanahorias” no bajó la mirada, ni levantó el pie. Con los ojos orgullosamente fijos en el horizonte siguió hablando, impertérrita, de las ballenas. ¡Defendía las ballenas, pero aplastaba las zanahorias! “ [1]

Dicho relato manifiesta la actitud que suelen explicitar los hombres cuando son atrapados por una causa o un ideal, es decir, tienden a desenfocarse de las demandas acuciantes de su propio ecosistema. Por cierto, no me refiero exclusivamente al espacio, más bien me interesa subrayar que allí se encuentran los receptores de las decisiones y de los efectos de los comportamientos y, que, como personas libres, responden, interpretan, deciden y actúan de modos y maneras diversas. Ante este hecho evidente, no pocas veces, las propuestas, aunque bien intencionadas y nacidas del corazón no prosperan o mudan en obstáculo para otros. Así, gestionar y mejorar en el y, el propio entorno no es una entelequia, ni expresión de buenos deseos, es el cauce donde se despliega en todo su apogeo la propia vida, donde cada quien es acogido, desarrolla su vocación y se realiza cómo persona, a condición que trabaja para mejorarlo, estableciéndose una especie de circulo virtuoso. En este sentido, se puede afirmar que el ejercicio del liderazgo personal encuentra su mejor patio de maniobras en el propio entorno.

En educación, la repetición de actos perfila y perfecciona las capacidades en ellos involucradas, de manera que, aquellas no acuden por invitación y en solitario, sino que a modo de una retícula se constituyen en hábitos que facilitan el ejercicio de los quehaceres. Un acto se convierte en hábito gracias a la confluencia de la temporalidad: periodicidad y frecuencia; a la finalidad; y, a la similar composición entre actos.

La educación tiene poco de romántica y bastante de prosaica. Me gustaría, quisiera, sueño con, ojalá, etc. pueden ser móviles para la acción, pero no producen cambios. Estos aparecen en lo cotidiano, en la sucesión de días y horas… turnándose las conquistas con las derrotas, el cansancio con el reposo, la lucha con la flaqueza. En este sentido la educación sabe a prosaica. En los logros personales, sin embargo, es pletórica. “Millones de jóvenes quieren limpiar el planeta. Millones de padres quieren que comiencen por su dormitorio”, porque así adquirirán hábitos, alcanzarán cambios sostenibles, y harán felices a quienes comparten su entorno inmediato.

 

[1] Tamaro, Susanna, Un corazón pensante, Madrid, RIALP, 2016, pp. 155-156

En defensa de la Escuela

Edistio Cámere

La Comisión de Educación del Congreso de la República puso en el asador este pasado 3 de junio– aprobado por unanimidad – un dictamen mediante el cual determina los procedimientos para poner coto a la morosidad – en creciente alza-  en el pago de las pensiones escolares. Digo en el asador porque la educación, como todo lo que hace referencia a lo más consumado del hombre, es un concepto equivoco: sus diversas interpretaciones, visiones o actividades no hacen sino enriquecer su trascendencia. Pero esa apacibilidad conceptual se mal usa cuando se la coloca entre bandos contrarios: derecho-deber; libertad-responsabilidad; gratuidad- no gratuidad; control del estado- autonomía; pensamiento único- pluralidad de opciones; creencias religiosas- laicismo; el colegio- los padres de familia; el estado- los ciudadanos, etc… Mientras se aticen las brasas de lo antagónico, de la dialéctica, de los opuestos, los acuerdos y soluciones a los que se lleguen serán frágiles o impuestos por grupos de poder o por un Estado impersonal.

Los colegios privados han implementado unas buenas y razonables prácticas – sistema de becas o reducción en el monto de la pensión – conforme a las cuales los padres de familia que por motivos económicos estructurales o por el número de hijos no pueden pagar el monto pactado. Además, en virtud de la promulgación de la ley N° 23585 del 28/02/1983, los colegios y universidades privadas están obligadas a otorgar becas completas ante el fallecimiento del padre o del tutor. Solo una mente malintencionada es capaz de construir la figura de un director que categórica y malintencionadamente se niega escuchar y apoyar a unos padres que atraviesan una situación crítica. ¡Pensar en colegios descarnados e indolentes suena a mero prejuicio!

Si las escuelas ofrecen alternativas que permiten la continuidad de los estudios de los alumnos cuyos padres atraviesan criticas situaciones financieras, ¿cómo se debe interpretar la morosidad? ¿cómo un estilo de vida? o ¿será que responde a una efectiva insolvencia pecuniaria? Si fuera insolvencia ¿en el mercado ningún proveedor se mantendría en pie? Usualmente, la puntualidad es mayor que la morosidad. La honra y el cumplimiento de las obligaciones es superior que la deslealtad con los compromisos. Por tanto, una ley que premia la morosidad perjudica esencialmente a los servicios educativos. En primer lugar, es una medida populista. Quienes cumplen con sus pagos, a la vez que subsidian a los incumplidos, reciben servicios mediocres: por tanto, entre el usuario y el proveedor se establece una relación precaria, quien los presta no tiene cómo mejorarlos y, quien los paga no los recibe en condiciones óptimas ni menos puede exigir un mínimo de calidad, porque los primeros se excusan aduciendo que no le pagan.

En segundo lugar, termina subyugando a la escuela a intereses particulares.  Si el usuario de un servicio educativo advirtiera que un superior – en este caso el Estado – lo exonera de la responsabilidad de su contraprestación, no solamente se sentiría confirmado sino alentado para incursionar en otras regiones de la escuela para acomodarlas a su particular provecho. Si hoy día es el dilatar los desembolsos, mañana puede ser la modificación de una nota o la remoción a un docente…etc.  En tercer lugar, la suma de las dos anteriores da como resultado la quiebra, la fractura de un centro educativo. Al no contar con la majestad de la unidad, con la autonomía institucional y con los recursos económicos, se le condena contravenir con la naturaleza, propósito u esencia que anima su existencia. El populismo conmina a las instituciones a transitar por la medianía.

Por último, conviene desmontar la teoría que aduce en favor de la morosidad, el derecho a la educación. Esa prerrogativa no está en tela de juicio ni se pretende vulnerar. El derecho a la educación en los niños y jóvenes supone el deber de ejercitarlo. Sin embargo, ese deber – irrenunciable – por naturaleza y por la ley es competencia de sus padres. Las escuelas se constituyen en ayudas calificadas. Aquellos son quienes tienen que velar para que sus hijos inicien y culminen sus estudios escolares. Por tanto, despojémonos de eufemismos y de frases políticamente correctas, para que con recta intención, razonables normativas y mucho respeto al sentido común, quienes prestan el servicio y quienes tienen deber que sus hijos gocen su derecho a educarse, encuentren soluciones no precarias sino duraderas.

 

 

 

CAEN LAS MATRICULAS ¿CONSTRUIR ES LA SOLUCIÓN?

Edistio Cámere

Construir más escuelas es una de las soluciones formuladas – desde el Estado – para resolver el problema educativo peruano. La viabilidad de esa alternativa se sustenta, posiblemente, en una de estas opciones: a) que la totalidad de escuelas no se da abasto para atender con holgura a sus alumnos; es decir están al límite o exceden la capacidad de su aforo; b) la demanda sobrepasa a la oferta tanto que se precisa proveer nuevos locales escolares; y, c) que un número considerable de poblados –urbano y rurales- no cuenta con colegios, al extremo de que sea imprescindible –atendiendo las condiciones climáticas, geográficas y demográficas– elaborar un cronograma para dotarlos de centros educativos.

Sin embargo, esa política de construir escuelas no se condice con las necesidades reales del país. El año 2008, los alumnos matriculados en el Perú ascendían a 6’125,456 estudiantes; una década después, decreció en 300,587, es decir, cada año 30,059 alumnos dejaron la educación estatal [[1]]. En todas las empresas e instituciones, cuando se contraen los ingresos o el objeto principal del negocio (Core business) se reduce, los gastos también se replantean o se ejecutan con mayor eficacia. No obstante, el Ministerio no clausuró locales, no redujo ni reubicó al personal, sino que contrató 69,063 docentes [6,906 cada año] y construyó 10,917 escuelas [1,097 cada año].

En consecuencia, el MINEDU goza de inmejorables condiciones para revertir la baja calidad del sistema educativo público. Su presupuesto se ha incrementado, a pesar de la disminución de las matrículas. La ratio profesor-alumno el año 2018 era de un (1) docente por cada dieciséis (16) estudiantes, muy favorable para brindar una atención personal y eficiente. El año 2018 la ocupación promedio por escuela era de 111 alumnos. Los números muestran que la capacidad instalada de las escuelas está subutilizada, no obstante, los estudiantes y docentes han dispuesto de espacios para realizar las actividades escolares y, que la integración pudo ser una opción: una escuela de mejor infraestructura física y tecnológica de una misma zona pudo recibir alumnos con menores medios.

Antes que construir más escuelas, conviene indagar el porqué del descenso sistemático de matrículas y de su migración a escuelas particulares, cuyos alumnos han aumentado en 46,800 estudiantes por año, en promedio, entre el 2008 y el 2018. Además, debería evaluarse, cómo mejorar la calidad en el mantenimiento y limpieza de los centros educativos, pensando en el bien-estar del alumno; mejorar bibliotecas, laboratorios y lozas deportivas; fomentar la investigación, los intercambios y pasantías docentes; y, otorgar autonomía a las escuelas públicas y particulares.

 

[1] Las cifras reportadas han sido consultadas en el Portal de MINEDU. Unidad de Estadística de la Calidad (ESCALE) Magnitudes de la Educación en el Perú, limitadas a la educación básica regular. (EBR)

 

HACER LAS COSAS BIEN

Edistio Cámere

En una investigación de campo realizado en alumnos del cuarto de secundaria [1] ante la pregunta ¿Cuál crees que sea el mayor problema de la realidad actual de nuestro país? El 53.50% señaló a la corrupción. Este porcentaje no solo refleja la opinión de los jóvenes, sino que da noticia de lo difundida que -como acción o práctica – está la corrupción. Hace tiempo dejo de ser un asunto reservado al poder judicial y exclusivo de los adultos: se ha constituido en un tema habitual en los diálogos de los ciudadanos de a pie y de los jóvenes. Este hecho da noticia de que ese fenómeno se ha incrustado en las costuras más profundas y sensibles de la sociedad peruana. En los hogares, en los cafés, en los centros laborales, en los barrios… etc.  se comenta acerca de sus perjuicios mientras que la prensa da cuenta de cómo se abre paso a medida que campea la impunidad. La desesperanza y la desconfianza se extiende en una sociedad fracturada y con instituciones endebles, por lo que las posibilidades de que la cultura reverdezca y recapitule para señalar criterios éticos y morales como guías para una convivencia pacífica y fecunda, son muy lejanas.

Con una cultura debilitada y la corrupción aderezando las conversaciones cotidianas ¿Qué hacer para combatirla? Un gran paso es reconocerla como un enemigo silente y multiforme que precisa de políticas y de políticos comprometidos con darle batalla sin tregua. Pero ¿desde la escuela que se puede hacer? Antes de intentar una respuesta, vale la pena una cuestión previa: el hombre es por naturaleza libre y de su libertad puede optar por lo bueno o malo; y, los resultados en educación aparecen en el largo plazo.

Al margen de las consideraciones legales y morales, campo propicio para que crezca y se multiplique la corrupción es actuar u obrar con medianía, a la criolla o tirando a malo. Si en una sociedad se instala el hábito de la mediocridad, se afecta la justicia porque no se le da al otro lo que le es debido, esperable a través de actos individuales, colectivos y culturales en los ámbitos familiares, laborales, amicales y sociales. Así las cosas, el plexo social ya no cuenta con las reservas éticas y anímicas que muevan a mejorar sin pausa y sin prisa. La escuela puede aportar en este intento, enseñando a los alumnos a que den lo debido como estudiantes, compañeros y amigos. Como estudiantes se espera que comiencen y terminen bien sus tareas y actividades escolares. Desde la postura en el pupitre hasta el trato respetuoso al compañero, la gama de actos que un alumno puede aprender a hacer bien – reconociendo la valía del otro – son innúmeros. Si un niño internaliza que las actividades “finalizan” a la hora fijada, cuando sea adulto le será difícil abandonar la tarea. Igualmente, si a un estudiante se le enseña a pechar las responsabilidades de sus actos, aceptará con hidalguía la calificación obtenida y en el futuro no recurrirá al plagio o a contubernios. Si en la escuela se trasmite que el saber no solamente sirve para alcanzar preseas y reconocimientos, sino también para tomar decisiones certeras y para brindar servicios o bienes de calidad a los presuntos beneficiarios. A la mediocridad se le derrota con la afirmación e incremento del bien en el actuar y en el obrar. Agregar valor (bien) implica realizar una acción con recta intención, inteligencia y toda la diligencia posible. Es importante, rescatar el mundo de la vida (Husserl) y sus instancias: las tradiciones, el orden, las costumbres, la autoridad, las instituciones, la moral… para que debidamente estructurado resista los embates de la corrupción. Desde esta óptica, la escuela podría retomar la tarea de la socialización – desplazada por las mediciones y las calificaciones – para enseñar las normas y valores de la cultura. “Los estudiosos coinciden habitualmente en que el objetivo de la prolongada infancia [y adolescencia] en los humanos es la asimilación cultural, el proceso de adquisición de las habilidades y el conocimiento y dominio de las costumbres y conductas requeridas en la cultura en que se vive” [2]

En esta cruzada la escuela no puede lidiar en solitario, la colaboración de los padres es vital. Si ambos buscan al unísono enseñar a sus hijos a hacer las cosas bien mirando al bien de otros, el Perú despertará de su aletargado sueño invernal.

 

[1] Cámere E. Los Valores, el Futuro y el Perú, Análisis de Opiniones de Alumnos de 4° de Secundaria, 2017.
[2] Sax, Leonard, El descalabro de la autoridad, Ed. Palabra, Madrid, 2017, p. 20

 

“CON LA EDUCACIÓN NO TE METAS”

Sentenció un alto funcionario de mi país ante una pregunta de un periodista que hacía referencia al movimiento “con mis hijos no te metas”. La mencionada declaración emboza una amenaza: su razonabilidad es mucho menor que el voluntarismo prepotente que ostenta. En primer lugar, la educación es un concepto universal, un principio, valor y derecho de todos, por tanto, constituirse – autoproclamarse – propietario y guardián de sus fronteras para que desde afuera no puedan ser franqueadas, sabe menos a celo protector que a un voluntarismo prepotente. En segundo lugar, intentar poner rejas al medio de un manantial  para que nadie abreve o se lave es tamaño despropósito, máxime si la educación es un bien difusivo: cada quien la usufructúa con arreglo a sus objetivos. Asimismo, son muchos y diferentes los actores que intervienen y los modos de educar, siendo los principales, los padres de familia y, a relativa distancia, los profesores. En tercer lugar, la advertencia de dicho funcionario esta irisada por la convicción de que la educación es patrimonio, responsabilidad y tarea del Estado, al extremo que cualquier acotación, conducta y crítica contrarias a las políticas educativas se consideran como una afrenta y ataque al gobierno de turno. Por la fuerza de los hechos, las sociedades se denominan democráticas porque permiten y auspician las libertades de expresión y la económica a pesar de que sobreregulan y no promueven la libertad de enseñanza y el derecho de los padres de elegir el tipo de educación para sus hijos. Aunque  suene a paradójico, en no pocas democracias imperan una cosmovisión única y un pensamiento monocorde. En pleno siglo XXI se hace caso omiso a una verdad tamaño catedral: la educación no se impone, se propone a voluntades libres.

Hablando con propiedad, tiene más lógica y consistencia el afirmar “con mis hijos no te metas” porque aquellos tienen una identidad, tienen un origen: sus padres, quienes pueden constatar que son suyos y que por sus venas corre la misma sangre. La paternidad incluye potestades y obligaciones referidas a su manutención, crecimiento, futuro, criterios educativos. Si bien los padres de familia, escogen – entre muchas- una ayuda calificada (escuela), no los exime de trasmitirles, cariño, valores y principios acordes con el proyecto educativo de la familia. El vínculo entre padres e hijos es suficiente predicamento como que los primeros se hagan responsables por su futuro y que ante terceros respondan dándoles seguridad. A un Ministerio de Educación le corresponde poner los medios para que los padres gocen de escuelas con las condiciones pertinentes para que sus hijos aprendan y bien, pero sin intentar educarles contraviniendo los deseos y criterios de cada familia.

Edistio Cámere

La escuela y la persona del alumno

Edistio Cámere

La escuela es más que un lugar de enseñanza de materias que se imparten ordenada y sistemáticamente. En ella se fundan relaciones que van más allá de la presencia del alumno en el aula motivadas por la concurrencia de personas con diferentes grados de madurez y edad que establecen vínculos interpersonales en orden a esas circunstancias internas, y a las aprendidas en la cultura propia de cada familia. Las normas, las tradiciones, la convivencia entre pares, el compañerismo y las metas grupales, la amistad, el esfuerzo y el trabajo escolar, los logros y fracasos, etc., expresan, de manera categórica, que en la escuela se recrea la vida misma con todos sus matices. El niño, desde que inicia hasta que concluye su etapa escolar, está en constante proceso de evolución. En él se operan cambios morfológicos y anímicos además de intelectuales, algunos de los cuales tienen como fundamento la pertenencia a una comunidad escolar. El hecho de crecer es universal, pero se singulariza en cada persona. Por tanto, el recto quehacer educativo debe afirmar a la persona en su ser individual para asegurar, en consecuencia, la aportante autenticidad de su pertenencia al “tipo” o la función de alumno, de lo contrario se convertiría en un mero “instante” en un proceso general de desenvolvimiento colectivo. Edith Stein advierte de este peligro en la siguiente reflexión:

Siempre que se pretenda comprender al individuo exclusivamente desde el tipo, será inevitable mal interpretarlo. Constituirá una peligrosa fractura de la unidad del acto pedagógico que el educador no centrase su atención directamente en el educando, sino que por así decir sus miradas estuviesen en un continuo ir y venir entre él y un esquema general” (Edith, Stein, págs. 580-581) [[1]]

Se debe ir en pos de comprender al hombre concreto. “La individualidad es consustancial al hombre, y no se habrá comprendido a este último hasta que no se haya captado la primera” [[2]] El quehacer del docente cuenta con el respaldo teórico de las ciencias nomotéticas —que buscan la ley universal en tanto estudian al individuo como ejemplar— y de las ideográficas —que describen hechos particulares o singulares; no obstante, “la multiplicidad de conceptos puede hacer cada vez más estrecho el cerco en torno a la individualidad, pero nunca permitirá captarla por completo” (Stein, E. 582) Ese modo de ser tan propio de cada sujeto se revela y se acoge en el trato personal, en la escucha atenta, en el reconocimiento de su individualidad mediante la empatía.

La educación se lleva a cabo en un ambiente compuesto por individuos que en virtud de la recurrencia de los encuentros cotidianos tienden a agruparse, a tratarse y a establecer lazos de amistad. Siguiendo a Edith Stein habría que preguntarse si es objeto de la educación centrarse exclusivamente en el individuo o si debería atender también “las unidades suprapersonales y qué importancia poseen para el individuo y para la humanidad.”[[3]] En definitiva, “Como fundamento de la pedagogía, habrá que elegir una antropología que estudie en relación viva con el conjunto de la problemática filosófica, la estructura del hombre y su inserción en las distintas modalidades y territorios del ser a los que pertenece”.[[4]]

Con ocasión de la relación enseñanza-aprendizaje, comparece la persona del alumno. De igual modo se podría afirmar que con ocasión de la conducta y actitud del docente comparece ante el alumno el ideario (visión antropológica) del colegio. Para franquear la función o rol de la escuela y atender a la persona del alumno, dice Edith Stein la pedagogía que carezca de una respuesta la pregunta “¿qué es el hombre? no hará sino construir castillos en el aire.”[[5]] La reflexión de las implicancias teórico-prácticas para lograrlo no tiene que ser tarea solitaria del docente, es competencia de la escuela en todos sus niveles conducirla y abonarla con argumentos, fundamentalmente a través de la visión educativa que se expresa en su cultura.


[1] Stein, Edith, Escritos antropológicos y pedagógicos, Tomo IV, Ed. Monte Carmelo, Burgos, 2003

[2] ibídem, p. 585

[3] ibídem, p. 581

[4] Ibidem, p. 587

[5] Ibídem, p.579

 

 

 

 

¿CÓMO CONOCE UNA MADRE?

Edistio Cámere

Dicen los filósofos que una de las características que distingue a una madre es su don y capacidad para amar, para lo cual no tiene que salir de sí más bien permanece en ella: lo suyo es amar acogiendo, que la particulariza exquisitamente. Con el verbo acoger se predican acciones que le añaden un matiz cálido, afectivo y refrescante a la vida, tales como: amparar, atender, hospedar, abrigar, escudar, proteger, asilar, cobijar. Todas estas acciones revelan que el hombre no es puro acometer, emprender u operar con eficiencia y con eficacia para mostrar su valer; y que necesita ser amado en su y por su condición de persona singular e irrepetible; y, que amado en acto sea aceptado en su integridad y totalmente. “En el acto de amor, pues, tenemos un asir o bien un tender a la valía personal que no es un valorar a causa de otro valor; no amamos a una persona porque hace el bien, su valía no consiste en que haga el bien (…) sino que ella misma es valiosa y la amamos “por ella misma”[1]

Hoy en día discurren sin cortapisas actitudes pensantes, corrientes de pensamiento proclives a parcelar a la persona como mero objeto de estudio, de producción o de consumo. El existencialismo de Sarte lo reduce a la pura libertad; el positivismo a determinadas condiciones materialistas de su vida y de su actividad; el marxismo a la suma de relaciones económicas y sociales; el freudismo a un nudo de impulsos; y, el estructuralismo a ser un juguete en poder de sistemas impersonales y opresivos. El riesgo de tales concepciones es que se aproximan al hombre bajo la forma de explicación. Explicar supone dividir, segmentar el objeto (o el sujeto) sobre la base del particular y limitado aspecto que se capta de aquel (por cierto, haciéndole un flaco favor).

Por cierto, el conocimiento de la persona también se recorre bajo la forma de comprensión. Comprender es intuir lo sustancial, es asumir a un “alguien” en su radical realidad y desde ahí hacerse cargo de su condición de persona como sujeto irreductible a ser parcelado. Comprender, sin duda es sinónimo de acoger. ¡Quién si no la mujer en su categoría de madre es capaz de revelar al hijo su índole de persona, cuyo valor no reclama proezas o actos épicos, simplemente dejarse amar tal y cómo es! Ante la madre, el hombre deja de ser objeto de especulación para convertirse en sujeto de cuidados, de atenciones, de cariño y de su mirada. Los ojos son la ventana del alma, dice la sabiduría popular; la física replica diciendo: “sólo si la ventana está limpia”; aún la filosofía insiste: “la luminosidad del alma desempaña el vaho del cristal” pero, sólo el amor distingue el brillo de lo original en otra mirada. ¿El hijo, no es verdad, que se sabe único ante su madre?

¡Cuánto puede aprender la sociedad del modo como ama una madre! Igualmente, ¡cuán privilegiada y dilecta puede saberse una madre con el “poder” que tiene!  Los hijos de la sociedad – todos somos hijos –saber ser agradecidos por ese bálsamo y remanso que es el cariño de las madres cuyo máxima propiedad es ser aceptados como personas únicas e irrepetibles. Y las  madres, reconocer y aceptar que con sólo con su presencia se aquietan los temores e inquietudes del hijo, bajo su sombra seguro se nace, crece y se envejece.

 

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[1] Stein, Edith, Sobre el problema de la empatía, II Tomo, Ed. El Carmen, Madrid, 2005, p. 185