Capacitación y Formación Docente

capacitacion-docenteLa formación de los integrantes del claustro de docentes – incluyendo directivos – es clave en una escuela, pero para nuestros propósitos conviene distinguirla de la capacitación. Ésta apunta más al incremento de la suficiencia técnico-pedagógica, que representa el ‘patrimonio’ con el cual el docente se presenta y ejerce su quehacer en un colegio. A mi juicio, el centro educativo tiene que alentar y promover la capacitación más no debe ‘reemplazar’ sino más bien acoger y patrocinar a quienes muestran interés. Un modo en que se revela la ilusión profesional es precisamente la motivación mostrada por capacitarse. Capacitarse, sin embargo, no supone la asistencia a centros de estudios superiores ni la acumulación de títulos universitarios – por cierto, que obtenerlos no es cosa de poca monta – es más bien, una actitud de estudio y análisis frente a las situaciones ordinarias que el ejercicio de la profesión conlleva. ‘Pararse a pensar’ frente a un suceso o conducta implica: a) romper con la rígida práctica del ‘siempre se hizo así’; b) la configuración y cierre de un círculo virtuoso: la teoría se ajusta a la situación y/o a la persona; c) la experiencia incorporada como consecuencia de los resultados obtenidos es rica, flexible y diferenciada; y, d) esta forma de proceder avoca de los directivos confianza en el docente y respaldo en las decisiones asumidas.

La formación, en cambio, se entronca con la visión, principios y valores (Ideario, también se suele denominar) que tiene la escuela y, con el hecho patente que con ocasión de la relación enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno. La reflexión de las implicancias teórico-prácticas de franquear esa función o ese rol no tiene que ser tarea solitaria del docente, es competencia de la escuela conducirla y abonarla con argumentos. De otro lado, a toda escuela le puede interesar configurar un estilo, un talante que la distinga de las demás o de sus más cercanas competidoras. El modo de ser se forja mediante la adhesión libre de los docentes a los principios de su escuela, de tal manera que en su habitual comportamiento y con respeto a la singularidad de cada uno, manifiestan ante los alumnos lo ‘fundamental’ del centro educativo. “La eficacia de un centro no proviene solo de la eficiencia de uno de sus componentes, sino de un equipo integrado, en el que mutuamente se potencian sus componentes” (1) Sí como decíamos líneas arriba, con ocasión de la enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno, ahora, tendremos que decir que, con ocasión de la conducta y actitud del docente comparece ante el alumno el ideario del colegio.

El docente trasmite conocimientos pero no agota su dimensión educativa en la enseñanza, se dispone a educar desde su ser personal, por tanto, la formación, también debe conducir al crecimiento y despliegue de sus talentos. Los talentos por tener un carácter social se orientan al crecimiento recíproco: aportan al crecimiento de los otros y, a su vez, los talentos de aquellos contribuyen a la propia mejora. El incremento de las propias capacidades depende de los demás: 1) En tanto que sus limitaciones y dimensiones se perciban como oportunidades para descubrir nuevos matices o perspectivas en los talentos propios; 2) En la medida en que se recibe un bien del que se carece y que es suministrado por otra persona que posee un talento mediano o al no tenerlo cuando la ocasión lo amerita, acicatea para ser adquirido o a mejorar su despliegue.

La unidad de una escuela no radica en ‘hacer todos, las mismas cosas y del mismo modo’, más bien, la unidad reside en querer los mismos principios educativos, expresados máximamente en procurar la mejora del alumno como persona. Lo cual se logra a través de una cálida, atractiva y sustentada formación docente.

Edistio Cámere

(1 )Mañu, Manuel, 1999, Equipos directivos, Rialp, Madrid, pág. 79

El docente cabalga en una sociedad sin rastros

Un nuevo año escolar ha comenzado y, junto con él reaparecen los mismos viejos desafíos para el docente, pero con un nuevo sentido. Viejos porque los comportamientos y tendencias colectivas de los alumnos se repiten con asombroso parecido; novedosos porque cada alumno vivencia de modo particular sus experiencias escolares, toma sus propias decisiones ante situaciones que afectan a todos y, finalmente, nuevas porque cada día el estudiante reestrena su libertad para orientarse a crecer y ser mejor persona.

El docente interesado en educar o con una vocación bordada con trazos firmes no encuentra eco ni apoyo en la sociedad. Habrá que decirlo con todas sus letras: “Cuanto más trabada y descompuesta esté la sociedad mayor deberá ser el esfuerzo, entrega y creatividad del docente en el ejercicio de su quehacer”. Ciertamente, no me refiero a la enseñanza en sentido estricto (trasmisión de conocimientos), me refiero a que la función del docente también incluye la orientación; es decir, proponer un norte, una meta a la que el alumno pueda adherirse libremente, que tiene que ser acompañada por argumentos y modelos que, gracias a su coherencia y ejemplo hagan más atractivo y transitable el camino que lo lleva hacia ese norte.

Quienes por función, por encumbramiento, deberían mostrarse como guardianes de los valores, el orden y la justicia social, se convierten en paladines de la práctica del ‘fin justifica los medios’. Los errores, las equivocaciones, las faltas no son excepciones en la vida ordinaria: la debilidad y fragilidad humanas son sus causas. Frente a aquellos, bien cabe la comprensión y el respeto lo que no implica, desde mi perspectiva, contemporizar con el error.

Desde una óptica educativa es contraproducente que, ante una conducta impropia o un error, se le enseñe al alumno a ‘rasgarse las vestiduras’ sorprendido ante tamaña trasgresión como si los jóvenes fueran privilegiadamente impolutos o marcadamente ilusos, creyendo en la existencia de la bondad natural en el hombre. También contraviene a la formación que el alumno advierta que: a) las faltas que otros cometen quedan impunes; b) solamente son acusados ante el poder judicial cuando trasgreden la ley mayormente ciudadanos de a pie, mientras que quienes ostentan cargos públicos o socialmente reconocidos, suelen ser liberados por “falta de pruebas concluyentes”; c) estén comprometidos en casos de corrupción o involucrados en escándalos funcionarios de gobiernos locales, regionales y nacionales de quienes, por el contrario, se esperaría que promuevan el bien común en sus respectivas jurisdicciones; d) Si quienes tienen el deber sagrado de conducir al país hacia el desarrollo con paz, delinquen impunemente, la figura de la autoridad – por extensión – en todas las comunidades u organizaciones tiende a perder su sentido y finalidad, en consecuencia, la sociedad empieza un proceso de descomposición sin retorno; e) Sin referentes sociales que encarnen ideales o valores se torna menos creíble caminar por la vía de las “buenas costumbres” (“¿Si mis, autoridades lo hacen qué razones tengo yo para inhibirme de hacer – en mi entorno – lo mismo?”)

Esta situación que caracteriza al sector más influyente de la sociedad, que contamina y afecta su dinámica, deja entre paréntesis a los colegios, sin norte, porque cuestiona de cuajo sus principios educativos. Sin embargo es esta misma sociedad la que, a través de sus instancias oficiales, se mantiene impertérrita exigiendo resultados en infraestructura y en el uso intenso de tecnologías al margen de la educación de los valores y la búsqueda del bien y la verdad.

La escuela no es un coliseo al que acuden los alumnos para ejercitarse ‘mecánicamente’ con miras a mejorar mi ‘marca’. No. El colegio es un lugar donde se trasmite conocimientos, se forma el criterio y se ayuda a bien querer mediante una acertada toma de decisiones.

Tenemos que alzar la voz exclamando: ¡profesor no te des por vencido!. No es fácil educar en este tramo del siglo. Con la gracia, la creatividad y el profesionalismo que te adornan – usando, además, con solvencia los espacios que permite el currículo oculto- formarás alumnos que no solo sepan discernir lo bueno de lo malo, sino que también sabrán determinarse hacia el bien, sin perder de vista la importancia de la comprensión y del afecto con quienes se equivocan.

Edistio Cámere

LO QUE CARACTERIZA A UN LÍDER

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INSPIRACIÓN

 “Stefan Zweig, escritor austriaco, cuenta que cuando tenía 23 años, después de una apasionada conversación sobre pintura y escultura con su amigo Verhaere, fue invitado a la casa de Rodin, a la sazón, un artista sumamente prestigioso. Joven él, ante importante personaje, pasó la velada intimidado sin siquiera soltar palabra alguna. Ante su sorpresa, su timidez complació al escultor, que le propuso conocer su estudio. Al ‘sí’ entusiasta, le siguió una invitación a cenar.

Primera lección: Los grandes hombres son siempre los más amables.

Ese hombre, cuya fama llenaba el mundo, comía y vivía con la misma austeridad que un campesino.

Segunda lección: Los grandes hombres siempre viven de forma sencilla

Luego el escultor lo condujo a un pedestal cubierto por unos paños húmedos que escondían su última obra. Retiró los trapos y retrocedió unos pasos; al mirar la imagen advirtió un pequeño detalle que corregir. Avanzaba y retrocedía, cambiaba y corregía. Trabajó con fuerza y pasión, estuvo absorto durante una hora sin reparar en el joven Zweig que, silencioso, con el corazón encogido y un nudo en la garganta, estaba feliz de contemplar en pleno trabajo a un maestro único como Rodin.

Tercera lección: El escritor había visto revelarse el eterno secreto de todo arte grandioso y, en el fondo, de toda obra humana: la concentración, el acopio de todas las fuerzas, de todos los sentidos” (Aguiló, Alonso, 2006).

Así se aprende de los líderes sin que siquiera ellos lo adviertan. Rodin no hizo nada especial, se comportó con naturalidad, como era él. La interpretación es siempre personal y de ella nace un aprendizaje. ¿Que mantuvo focalizado a Stefan Zweig? El prestigio de Rodin. ¿Qué le encandiló? Dos cosas, 1) la sencillez de como llevaba su prestigio y, 2) lo imitable de su conducta. ¡En lo mío o con lo mío: puedo ser como él!

 

El HÁBITO DE VIVIR EN LA VERDAD

La poetisa rusa Olga Sedakova, que conocía a Juan Pablo II, dijo de él en una ocasión: Necesitaba algo personal de todo el que conocía […] Miraba a las personas con sumo interés y esperanza, como diciendo ¿qué cosas tan maravillosas vas a ayudarme a descubrir? ¿Qué regalo me vas a ofrecer? (Harvard, A. 2013, pág. 88).

Un objetivo a conseguir por parte del líder es atender y pararse a pensar acerca de la realidad, camino seguro para vivir en la verdad, en estricta relación con el corazón de su principal competencia: dirigir y animar a cada quien para que descubra, haga propia y realice su misión.

Desde esta óptica le corresponde explorar y reconocer la verdad de sí mismo y de los demás. Entre otras características a considerar destacan: a) nuestra condición de creaturas, hemos venido a la existencia no por acción o méritos propios. Tener vida significa hacerse cargo de ella para -como tarea-  llevarla a plenitud. Toda persona posee una dignidad y una grandeza que se conjugan con acierto y extensivamente: yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos; nadie, absolutamente nadie, escapa de ser titular de tan valiosas y apreciables notas.

Cada quien tiene talentos pero también defectos; el aprender a reconocerlos, aceptarlos y luchar contra ellos, hará posible que los primeros brillen más.

El hombre tiene un encargo que cumplir en su vida. Por tanto, una vez descubierto y definido, se tiene que procurar que guarde proporción con la dignidad; aprovechar eficazmente los talentos y reducir las desviaciones o retrocesos que las debilidades pueden ocasionar en pos de los objetivos. Por cierto, el encargo es irrenunciable y no intercambiable. A cada quien le compete sacarlo adelante.

Desde esta óptica, el líder se configura como un importante agente que, desde afuera, anima, orienta y señala el norte. Para ayudar, atender en lo que necesitan o precisan los demás, se requiere que un líder viva la virtud de la humildad, que le permita confirmar y ser movido racionalmente por la dignidad y la grandeza de las demás.

Más que gestionar las cosas o estar pendiente que se ejecuten o salgan, lo propio del líder es hacer que la gente crezca. El líder debe ser lo suficiente sabio para dar poder a los demás, permitir que ellos mismos, por sí y ante sí, se autodeterminen (Harvard, Alexander, 2013). Según el mismo autor, servir -esencia del liderazgo- implica más tirar de ellos que empujarles, enseñar más que ordenar e inspirar más que reprender. Si un líder presenta la agudeza sensible de descubrir la grandeza de los demás, estará en la inmejorable posición de procurar, de dibujar un abanico de alternativas orientadas a actualizar su potencial humano.

 

LA ACCIÓN Y EL TALENTO

 Reconocer el problema y dedicarse a actuar es quizá la acción de liderazgo más significativa que uno puede hacer” (Harvard, A. 2013, pág. 62). También, hacer factible que cada persona sea protagonista -actor- de su propio perfeccionamiento y sujeto dinámico en la consecución del bien común.

¿Cuál es el costo de una omisión, cuando no se decide o cuando no se actúa? El costo está en relación directa con el bien que deja de adquirir quien depende de uno. Una decisión certera abre alternativas que tienen sentido para el beneficiado confirmando el bien buscado, y es a partir de esa confirmación que -ordenada la conducta- se va al encuentro de otros y/o mejores bienes. Por el contrario, cuando no se actúa, se autoconfirma un comportamiento que traza un camino pero paralelo al bien ofrecido o buscado.

El carácter social y la diversidad de talentos sufraga al conjunto de personas que integran un pequeño, mediano o gran colectivo. Su condición de medio propicia su intercambio aportando simultáneamente al crecimiento de unos y otros. En efecto, las propias capacidades se dilatan ya sea porque uno es capaz de distinguir las necesidades de los demás, las mismas que se proponen como oportunidades para descubrir un nuevo matiz o perspectiva en aquellas, o porque se es receptor de un bien del cual se carece y el cual es aportado por un menor, medio o gran talento que no se posee.

La diferencia de talentos en las personas no solamente habla de diversidad de funciones sino también de personas que tienen muchas capacidades dentro de una comunidad. Su existencia debe ser aceptada, porque han de dar a la sociedad más de lo que deben recibir de ella. ¿Dónde está la ganancia? En su crecimiento personal que esto significa: poner muchas más capacidades al servicio de los demás (Pérez, Pablo, 2013).

En este sentido, es fundamental hacerse cargo de que en el cabal cumplimiento de la propia tarea -sea la que fuere- reside el aporte a los demás. Si por algún motivo los talentos no se despliegan de acuerdo a su naturaleza y al servicio de los demás, la persona deja de aportar, la sociedad se resquebraja, la armonía se pierde y el bien común es imposible (Pérez, P. 2013).

Del líder se espera que sepa dirigir y animar -con exquisita prudencia y respeto a la libertad-, a que cada quien descubra, haga propia y realice su misión. Solamente las necesidades de la persona y los requerimientos de la misión definen el tipo y duración del apoyo que se le debe prestar al interesado. En resumen, cuando se reemplaza y se quitan las responsabilidades a una persona, se le reduce su función por debajo de sus capacidades y competencias, no se toma en cuenta su preparación y se limita su desarrollo y crecimiento personal y profesional.

Edistio Cámere

 

 

 

 

 

 

 

A UN MAESTRO CON ADMIRACIÓN

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En el otoño de su vida encontró, abrazó y vivió para su vocación de maestro. La pasión por educar no se despierta – exclusivamente-  a temprana edad. Será porque no requiere fuerza ni agilidad física sino, más bien, de un corazón vibrante, capaz de sorprenderse ante ese  prodigio personal, que ocurre en todo acto educativo: la comprensión. Vibrar y sorprenderse, siendo palabras con rico significado, no alcanzan a definir el educar. Un corazón educador es el que pone ‘entre paréntesis’ sus intereses para centrarse en la búsqueda del bien de su alumno o alumna. Pero para dar con ese bien, lo primero es acoger, conocer y querer.

Hace pocos días, sorpresivamente murió un gran hombre y maestro: sus alumnos lo llamaban Profesor Gustavo. Este modo de referirse a él tenía el encanto de la fusión: recibía el reconocimiento a su tarea: profesor. Al tiempo que le exteriorizaban su cariño llamándole por el nombre que lo identifica, que lo distingue y que acoge. El profesor Gustavo con su presencia serena – ¡qué importante es no exagerar ante una travesura o ante un logro!- con su mesura y predictibilidad, convocaba e infundía en sus alumnos seguridad. Con su buen humor y su cálida escucha, que no es postura, es virtud, no solo conseguía que sus alumnos aprendan, también lo buscaban para conversar sobre la  visión e interpretación joven del mundo.

Así como un diamante se pule por la acción de otro diamante, una persona se hace tal por la palabra, ejemplo y afecto de otra persona. El profesor Gustavo supo aventurarse y asomarse con delicado respeto a la riqueza singular del mundo interior de sus alumnos, tocando los resortes que los impulsaban libremente en pos de sus ideales. Los jóvenes buscaban a Gustavo para conversar, a pesar que no era un profesor fácil con las notas. Era estricto pero justo. No era joven precisamente, no obstante, la brecha generacional, no era un obstáculo. ¿Qué lo hacía atractivo con sus alumnos? Sin duda, sus dotes naturales que descubrieron su apogeo en la docencia. Sabía confiar y no calificaba a sus alumnos cuando le contaban sus sinsabores o sus proyectos. Sinceramente los quería. Me consta. No pocas veces, me comentaba – sin nombres propios  – preocupaciones de sus estudiantes. Las tenía identificadas, les daba vueltas pensando hasta lograr con la alternativa de solución más conveniente. Al tenerlos pendientes, no tenía nuevas relaciones con sus alumnos, era la misma que continuaba con diferentes circunstancias o características. El profesor Gustavo supo integrar biografías en una misma historia. ¡Gajes del maestro que quiere el bien de sus alumnos!

El colegio Lomas de Santa María, donde laboró más de 10 años, – ¡qué tiempo tan intensamente fecundo! – con buen tino, le encomendó – estos dos últimos años- la formación personal de los alumnos. Dejó las aulas para dedicarse a la consejería y orientación. No muchos profesores tienen el privilegio de dedicarse de lleno a tallar fino el corazón y la mente de sus alumnos a través del trato personal. Para recibir este encargo se requiere una condición que el Profesor Gustavo satisfizo largamente: un exquisito respeto a la libertad de cada alumno.

Gustavo Vázquez Vázquez – entrañable amigo – se nos ha ido. La educación está de luto. No aparecerá en los medios de comunicación toda su labor desplegada. La tarea del docente nunca es masiva. Es incidente, impregna y cambia a toda la persona. El hombre actual es insensible, así como no le parece asombroso que una flor germine de una semilla, tampoco le sabe a prodigio que un alumno aprenda a autodeterminarse hacia su bien. Es cierto que la obra del Profesor Gustavo no llenará las páginas de los diarios,  pero si permanecerá llenando los corazones y las vidas de todos sus alumnos y colegas. Ellos llevarán y extenderán su presencia por doquier. Gustavo, has cumplido a cabalidad con lo que se espera de la docencia: escribir en la biografía de cada alumno. ¡Misión cumplida!

Edistio Cámere

La familia: la alcurnia de la persona

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En un  zoológico la vista se topa con diversos tipos, colores y tamaños de animales. Cada ejemplar encandila por lo logrado de su figura: la cebra con sus franjas; el tigre por la plasticidad de sus movimientos; y, el elefante por lo macizo de su porte, la blancura de sus colmillos y la gracilidad de su trompa. Cada animal retiene su propio encanto que lo diferencia de otro, sin embargo, en su hechura no ha participado el hombre.

La variedad y vistosidad de la flora asombra y conmueve. Basta mirar a una rosa para que el espíritu vibre con su delicadeza, fragancia y color. La rosa habla por el corazón cuando el amor quiere hacerse presente. El hombre se deja arrobar ante la índole y hermosura del reino vegetal, sin embargo, aquel no tenido participación alguna en su confección.

En la inmensidad, en la belleza y armonía rítmica de las olas del mar, el hombre no ha intervenido, le corresponde embelesarse ante el espectáculo tanto cuando el sol lo ilumina como cuando se esconde prodigando el sereno atractivo del atardecer.

La admiración que causan los elementos e individuos que conforman los reinos naturales no impide reconocer ni admitir que la persona humana es el ser más perfecto de toda la naturaleza. Su prelación y jerarquía radica en su índole racional, en su querer, en su singularidad, trascendencia y en su libertad.

La persona no emerge, ni crece ni se desarrolla al amparo de las estaciones climáticas. Viene la existencia gracias a la participación activa de un hombre y de una mujer. Trasmitir la vida es un privilegio con-cedido que no se agota en el acto procrear, reclama de la implicación de sus progenitores en el florecimiento y despliegue de esa vida. Esa implicación no resulta de un hecho forzado, aséptico o al extremo brusco exento de voluntariedad, más bien, de la atracción mutua entre hombre y mujer que, cual motor mueve a ir en pos del misterio y de las circunstancias que particularizan la biografía de cada uno.

Cuando se conoce el mundo interior, se desvela lo propio, lo singular, aquello que destaca sobre los demás y, por tanto, la persona lo quiere – en exclusiva – para sí como parte de su proyecto vital. En un solo acto no se posee a una persona. La grandeza de su naturaleza reclama de tiempo pero compartido. El vivir-con, la coexistencia se despliega en plenitud cuando se decide ‘pasar’ juntos los días y las noches compartiendo el hogar que, al habitarlo siendo-con-otro, no solo se aporta y recibe desde la condición de peculiar e irrepetible, sino que, además, se forja un ambiente fecundo y propicio para el advenimiento de nuevas vidas.

Este derrotero concluye con la participación de personas en la generación de otra persona. El hombre y la mujer unidos en alianza matrimonial materializan y prolongan su amor en un tercero: el hijo. Éste no nace en serie ni dentro de un colectivo informe. Viene al mundo especialmente recibido por sus padres, quienes se dedican a él festejando su exquisita singularidad, la misma que es acogida desde la vertiente de su amor mutuo que potenciado, arropa y da seguridad al ‘recién llegado’.

Edistio Cámere

Darse vuelta para aprender y mejorar

A pocas horas de terminar este año 2016, quizá lo que primero se nos venga a la cabeza y al corazón sea mirar hapulgar-arriba-y-abajo-cuerdacia adelante pergeñando nuevos planes y proyectos. ¡Qué duda cabe: el ser humano camina inexorablemente hacia el futuro! Puede hacerlo de muchos modos o maneras. Pero hay dos principios u objetivos dignos de tomar en cuenta: mirar hacia atrás para aprender y llegar al futuro siendo mejor de lo que se es en el presente.

La calidad en educación está entrelazada con la mejora personal del profesor, de manera que los vínculos posteriores que establezca con sus alumnos, tendrá un efecto positivo en los aprendizajes. ‘Darse vuelta’ es una buena práctica que tiene como propósito aprender de lo andado. En el caso del docente el aprendizaje contiene una particularidad: lo adquirido no le añade habilidades le da mayor prestancia y precisión. Efectivamente, cada experiencia educativa con un alumno es inédita, original, no se repetirá tal cual pero lo ganado en paciencia, escucha, empatía, capacidad de corrección… le servirá – atendiendo a las circunstancias específicas – para ser más fino y efectivo con un posterior estudiante.

Si hacemos el firme propósito de mejorar las virtudes personales que ayudan a la calidad de nuestro vínculo con los alumnos, el 2017 será más focalizado en la demanda de esfuerzos y el optimismo será amigo fiel durante ese año: el empeño por ser mejores no se agota, siempre se puede ser un poquito mejor. Al tiempo, que nos confirma en los efectos de esa mejora: niños, niñas y jóvenes con nombre, historia y proyectos propios.

Algunas cosas no cambiarán: la visión mecanicista y utilitaria de la educación; el intento de muchos estados de que impere un ciudadano tipo con una visión uniforme de la vida; el atropello a la libertad de enseñanza y, el desplazamiento de la función educadora – primera – de los padres de familia. Pero como el acto educativo es un prodigio personal no debemos desesperar. Lo que importa es andar sin pausa pero sin prisa y con la convicción de que la docencia es la única profesión que permite escribir directamente en la biografía de cada alumno.

Después de cada siete años he querido hacer una ‘suerte de maquillaje’ a la presentación o formato de este blog. La línea editorial sigue y seguirá siendo la misma, así mismo la disponibilidad para responder a los comentarios y críticas que tan amablemente me hacen nuestros lectores. Espero que estos mínimos cambios sean amablemente acogidos de lo contrario, estoy abierto a sus sugerencias.

No quiero terminar este año sin agradecer a todos y cada uno de ustedes por la gentileza en abrir – ordinaria o extraordinariamente- este blog. Espero que los artículos propuestos estén a la altura de sus expectativas, de modo que, sigan contando con la amabilidad de su lectura.

GRACIAS Y FELIZ AÑO 2017

Relación Familia-Colegio

relacion-escuela-familia               Las presentes líneas no buscan otra cosa que hacer extensivas a los directores de colegio y profesores, algunas reflexiones conceptuales en relación a los comportamientos intervencionistas de las entidades públicas, que en su afán miope por defender a los padres de familia, termina lesionando su participación fundamental en la educación de sus hijos. La naturaleza de la acción educativa recusa cualquier sesgo mercantilista como modo de explicación y de tratamiento normativo. La actitud de los colegios no sólo debe limitarse a esgrimir argumentos legales como respuesta al intervencionismo – lo cual es legítimo y oportuno – además, se hace imprescindible que expliquen y defiendan ante los padres que los logros escolares de los alumnos son consecuencia de una relación confiable, cálida y objetiva. La desconfianza entre las partes conlleva a reducir la educación a lo estrictamente utilitario e instructivo.

REFLEXIONES

1.- ¿El quehacer educativo puede ser considerado – en sentido estricto- como un bien o servicio mercantil? ¿Los padres de familia cara al colegio son clientes, son consumidores, son usuarios, son beneficiarios o son compradores? ¿Es meta de la escuela la satisfacción del cliente? ¿La eficiencia educativa de un colegio pasa por la reducción de costos y la mecanización de sus procesos? ¿Es el precio determinante en la elección de un colegio? ¿A mayor monto en la pensión menos alumnos y, por el contrario, a menor costo más alumnos? En suma ¿La educación puede reducirse a las claves del mercado?
2.- En una sociedad democrática, las opciones educativas para los padres de familia son variadas y diversas. La pluralidad de la oferta para que calce con la libertad de elección reclama que los colegios se distingan entre sí en mérito a su orientación y proyectivo educativo, a su cultura y procedimientos que – conocidos con anticipación – permitan una acertada y justa decisión por los padres de familia.
3 – El colegio no es una isla, para funcionar necesita proveerse de profesionales y recursos tangibles que se pagan y adquieren tan igual como lo hacen las organizaciones que operan en otros sectores. Requiere de una infraestructura que tiene que mantenerse; de docentes competentes remunerados adecuadamente; de equipos, y materiales técnico-pedagógicos…etc. cuya oportunidad, disponibilidad y calidad suponen unos costos que tienen que incluirse en el precio final del servicio educativo.
4. – A diferencia de la industria y del comercio, el quehacer educativo incluye “insumos intangibles” que operan al margen de las leyes del mercado, pero contribuyen decididamente en el aprendizaje. Son impagables, su valor no se puede tasar: el consolar a un alumno cuando está triste; alentarlo cuando arrecia el desánimo; corregirlo cuando yerra; orientarlo para mejor elegir; reconocer sus logros o simplemente escucharlo…, así se podría seguir abundando en hechos ‘in- apreciables’.
5.- La neutralidad que caracteriza la relación entre un vendedor y un comprador cualquiera no se predica en la relación docente– discente. La dinámica de la convivencia, el trato personal, las manifestaciones propias de la edad de los alumnos, fecundan la germinación del afecto, de la preocupación, y del cariño. Al componente afectivo –“insumo intangible”- no se le puede poner precio. Desde esta perspectiva, a la educación no se le puede entender exclusivamente con las claves del mercado.
6. – La axiología de un colegio compromete las mismas entrañas de su organización en su múltiple complejidad: cultura, procesos, normas, actividades, estilo didáctico, metodologías… Al tiempo que aquella reclama de adhesión de parte de los docentes. Por eso, la ejemplaridad es un elemento esencial en toda actividad educativa. En el comercio, en la industria, etc. se valora más la pura y simple eficiencia. En la educación la eficiencia viene condicionada por la ejemplaridad, porque la acción del maestro no se cumpliría correctamente si el alumno, descubriera en aquel los mismos vicios o defectos contra los cuales predica. (García Morente)
7. – La educación es un servicio de asistencia –se enseña al que no sabe- brindado por profesionales, utilizado con asiduidad por los padres de familia cuyos hijos se encuentran en edad escolar. En tanto que la educación es un proceso que requiere continuidad, a los padres de familia con respecto a los docentes y al colegio se les puede denominar propiamente: Clientes. Sin embargo, es inapropiado incluir a los alumnos dentro de la categoría de consumidores, primero porque la educación no es una mercancía y, en segundo lugar, porque sus efectos no se consumen, ni se extinguen, todo lo contrario perdura en el tiempo incorporada en el alumno.
8. – Los padres están comprometidos y participan activamente en la educación de sus hijos a tal punto que la dinámica familiar influye en sus logros. Su relación con el colegio no termina con su elección y el pago de la pensión escolar. Entre ambos se establece una alianza, objetivada en competencias y responsabilidades claramente distinguibles pero que concurren complementariamente en beneficio de la educación del alumno-hijo.
9. – La educación no se impone, se propone a voluntades libres. La libertad y el querer del alumno son datos esenciales, sin ellos no se califica como logrados o no los objetivos educativos.
10. – Se educa personas singulares e irrepetibles. Ante un mismo estímulo, las respuestas son diferenciadas y diversas, por tanto, en una escuela no se puede hablar de una uniformidad o estandarización sino de pluralidad en los logros o resultados educativos.
11. – Colegio y familia son instituciones completas e íntegras desde tanto el punto de vista del derecho natural como del civil. Coinciden en los fines. Uno de los fines del matrimonio – base de la familia – es la generación y educación de los hijos. El fin central de la escuela es la educación a través del proceso de enseñanza-aprendizaje.
12. – Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos, tienen el deber-derecho de hacerlo, del cual no pueden sustraerse ni menos se les puede arrebatar tal prerrogativa. Sin embargo, tienen la potestad de buscar y elegir – entre las que la sociedad provea – instituciones que les completen y complementen en su tarea. Estas instituciones ayudan porque pone el incremento allí donde ellos consideren necesario y, son calificadas porque ofrecen un servicio especializado, profesional e idóneo.
13. – Entre los centros educativos y los padres de familia – luego de la elección y satisfechos todos los procedimientos – se establece un vínculo jurídico cuyas partes son:
1. La materia: el hijo o hija en tanto educandos.
2. El objeto: la colaboración y voluntariedad de las partes para educar a un sujeto concreto, singular y con un ethos particular: el hijo.
3. El cuerpo: la coincidencia de los fines entre ambas instituciones que el colegio lo específica a través de su axiología y de su estilo educativo.
4. Contratantes: padres de familia y el colegio.
14. – La materia y el objeto son la razón y causa del vínculo jurídico. El pago de la pensión escolar – en el monto y modalidad acordada – impide que el vínculo devenga en nulo o se extinga en el corto plazo. Sin la oportunidad de los desembolsos, el colegio no podría adquirir ni contar con el personal, con los medios ni con los recursos adecuados para constituirse en una ayuda calificada idónea.
15. – La relación que el colegio establece es con cada familia. En razón de la materia y el objeto del vínculo, dicha relación no puede ni debe ser precaria, opuesta ni antagónica, si no buena y fluida, garantía de una diferenciada y mutua colaboración.
16. – Condiciones de una buena relación.-
a) Confianza
Los padres de familia confían en la idoneidad del cuerpo docente y en que sabrá conducir a su hijo teniendo como foco el perfil del alumno egresado que el colegio prometió (y que ellos aceptaron por coincidir con sus objetivos educativos familiares)
Para que la relación familias –colegio sea confiable conviene considerar que:
1. – Atribuir la responsabilidad de los problemas escolares de los niños a la otra parte, no es del todo cierto. Se tiene que aceptar que no existe un único responsable de los problemas que afectan a un niño.
2. – Los padres de familias no pueden observar directamente el comportamiento de su hijo durante la jornada escolar; los profesores no están dentro del ámbito familiar. Por tanto, para una mejor comprensión y toma de decisiones, ambos se complementan. No obstante, las versiones no siempre coinciden, la mutua y recíproca confianza ayuda a superar dicha limitación que es a su vez física y práctica.
b) Delegación de autoridad
La tarea de los padres no concluye con la elección del colegio ni menos con la matrícula. Es inherente al proceso educativo el delegar al colegio parte de su autoridad, el que a su vez la transfiere a los profesores para que puedan ejercer su quehacer académico y formativo. La autoridad no se agota en la conducción, también implica respaldo a las acciones educativas propuestas por la escuela. De ahí la importancia que la familia y el colegio coincidan en el cuerpo del vínculo.
El respaldo de los padres expresados en el acto de delegar su autoridad no es incompatible con el derecho que les asiste a solicitar correcciones o las explicaciones del caso. Lo capital es que aquellos derechos se orienten y dirijan a quienes puedan atenderlos y darles curso de solución.
c) Rectitud de intención
En una relación que apunta a un fin claramente definido la colaboración entre la partes reclama de una recta intención en el actuar. La escuela no puede garantizar infalibilidad e impecabilidad en sus actuaciones – como los padres tampoco- al fin y al cabo se trata de instituciones compuestas por hombres. Pero sí el colegio puede prometer acciones signadas con la intención de buscar el bien de cada uno de sus alumnos. En el marco de dicha atmósfera, padres y profesores podrán encontrar los mejores y más efectivos medios y criterios para zanjar presuntas desavenencias.

 

El querer en EDUCACIÓN

Estimado Jorge desde hace unos largos días estoy tentado a ponerte unas líneas. ¡Excusas!Las tengo y te las puedo presentar… Aun así aquellas no han abatido mi intención de escribirte. A propósito, es interesante hacer notar que entre el querer y el poder se definen muchas conductas. Yo quise pero no pude, es una versión socialmente aceptada aunque no sea cierta. Mientras que pude pero no quise, siendo verídica no es fácilmente digerible.

Desde el momento en que se me cruzó por la mente el escribirte, ¿en cuántas ocasiones no pude y en cuántas, en efecto, no quise? Ruboriza responder. El no-querer en un determinado momento no predica renunciar definitivamente a ejecutar lo planeado… digamos por un acto de rebeldía extrema. Lo ordinario – desde mi modesta opinión – es que el no-querer equivalga a postergar… a veces sine tempore. Lo postergado pierde fuerza ante la presencia de una nueva oferta. Ésta no siempre es mejor y más beneficioso, no obstante, tiene el ímpetu de apartar de la primigenia intención o compromiso. Ante una responsabilidad no cumplida uno puede justificarse insinuando: ‘me faltaron datos; creí que; pensé que; empero, la excusa no repone la acción no ejecutada y, ante el interlocutor, queda la sensación (¿la evidencia?) de que no ha querido cumplirla. ¿Confiarías nuevamente en esa persona? ¡Buena pregunta!

También podría darse el caso contrario, es decir, querer pero no poder, por falta de recursos técnicos, de habilidades o de tiempo. El querer está relacionado con la libertad y la capacidad de autodeterminación hacia algo valioso aunque suponga esfuerzo. El poder, por el contrario, conecta más con los medios o instrumentos, mismos que se pueden cambiar, intercambiar o modificar con vistas al fin perseguido.

Jorge entiendo que es propio de tu quehacer tener en mucho el querer del alumno: que quiera atender la explicación, que quiera estudiar, que quiera aprender, que quiera ser buen compañero… de su querer dependen, en gran medida, los logros educativos. Empero, también eres consciente de que activar el querer del alumno constituye uno de los retos que más acrisola la labor de todo docente. No me gustaría darte la impresión de ser anárquico – valoro el orden y la jerarquía en tanto respeten las instancias intermedias – pero no deja de llamar la atención que usualmente las opiniones de políticos, de empresarios, de funcionarios y de consultores enfatizan más “lo que se debería hacer en educación” para conseguir buenos resultados -obviamente, éstos se configuran con arreglo a su particular visión y posición dentro de la sociedad-. ¡El aparcarse en lo que se ‘debería hacer’ lo encuentro tan poco empático con la acción del docente y del discente! Jorge, tú y yo sabemos que la educación – esa que intenta iluminar la novedad de cada alumno – no se resuelve siguiendo a pie juntillas una receta, ya que, no es una tarea mecánica sujeta a leyes inexorables. Esa educación tiene de arte, de vocación y mucho de virtud. La docencia es un arte porque a través de sus operaciones propias manifiesta la actividad humana, la misma que encuentra su apogeo en ayudar al educando a descubrirse como persona en vía de crecimiento y a descubrir los hitos a colonizar en camino a esa perfección.

Para ayudar, sin reemplazar, se requiere de una vocación, misma que no remite necesariamente a la atracción que pueda ejercer la docencia como profesión. Diría que es una especie de don, de atributo que dispone al maestro a acompañar al discente en la búsqueda de su propio bien. Ese don tiene la propiedad de dilatarse tanto cuando el alumno solicita ayuda o cuando se acerca con firmeza a la meta acordada. En ese movimiento – el profesor- encuentra su complacencia, primero porque lo confirma en su quehacer y segundo porque lo capacita efectiva y afectivamente a distinguir y buscar el bien de cada uno de sus alumnos.

Te decía, líneas arriba, que la docencia, además de arte y vocación era virtud. No buenisimo-1únicamente porque el docente tenga que mantenerse, en positiva tensión, dispuesto a ayudar al alumno, con independencia de su estado de ánimo e intereses del momento. Por cierto, Jorge, el sostener en el tiempo una buena actitud de apoyo es más fecundo de lo que uno supone. Tampoco porque con generoso desprendimiento procure el bien de sus alumnos. La docencia es virtud puesto que lo suyo es convocar el querer del educando. A la libertad se le atrae con proposiciones razonables y encarnadas. Proposiciones razonables implica un cierto nivel de profundidad, de sabiduría y de reflexión; en palabras cortas: pararse a pensar antes de presentar una indicación o sugerencia. Las proposiciones encarnadas muestran, hacen patente la unidad entre el decir y el actuar del docente. Sin virtud personal – predicamento de la autoridad – la libertad del alumno corre el riesgo de quedar a expensas de solicitaciones cuya primicia es la de postergar las actividades de enseñanza-aprendizaje.

De otro lado, Jorge considera que por ser libre el querer es indeterminado: se puede querer muchas cosas y por motivos distintos; precisamente por eso la determinación de querer algo entraña un querer querer. Con esta forma duplicativa busco subrayar el compromiso e involucramiento del yo personal – la persona como titular- cuando decide querer o no querer. Cuando el alumno quiere el bien propuesto como suyo las conexiones virtuosas se multiplican en beneficio de su mejora personal. Pero… y ¿si no quiere? Algunos podrían decir: “se le motiva”. ¿Cómo? ¿Al estilo dado un estímulo se obtendrá la respuesta esperada? No dudo que los programas motivacionales funcionen en las empresas, tengo mis reservas sobre su eficacia en las escuelas. Por ejemplo, un adolescente no quiere por diferentes razones: porque la pereza le gana, porque busca actuar a su aire para ser popular, porque está desanimado, triste, molesto con sus padres, con su mejor amigo, porque la chica que lo entusiasma ni de soslayo lo mira, y un largo etc. El no querer del alumno se manifiesta, se hace notar en la conducta o en la relación con sus compañeros. La virtud del docente radica en no perder la serenidad para dar a cada quien lo suyo: orden y dictado de la materia a la clase y, atención – sin concesiones – al alumno aludido.

En el aula, el profesor sabe quiénes son sus estudiantes, sin embargo, el conocer a cada uno para ayudarlo a que quiera, es un serpenteado o empinado camino que se recorre a base de virtud. Es verdad, te podrías limitar a cumplir con las indicaciones recibidas y así te aseguras una buena valoración de tu jefe; Jorge, me consta el tiempo que insume, el cumplimentar documentos y registrar las notas de todas las evaluaciones aplicadas – tantas más si el paradigma que impera es el de los resultados cuantificables- las reuniones de programación, amén de otras prácticas o procedimientos derivados de la condición reglada y social de la educación. De seguro, convendrás conmigo que cumplir con las operaciones descritas y ganarse el querer del alumno, en el trato personal, solo es posible desde la virtud del docente.

Si estamos de acuerdo en que la clave educativa reside en el querer del profesor y del alumno, entonces la acción educativa, aquella que efectivamente opera un cambio, se resuelve gracias a la libertad que se revela y ejercita en la toma de decisión. Es tan vital la relación docente-discente que basta que una de los extremos no quiera hacer la parte que le corresponda para que las políticas y medidas procedentes de las altas esferas queden sin efecto. No te parece más sensato, Jorge, que en vez de gastar tiempo, dinero y energías en la confección y difusión de reglamentos e instrucciones regulatorias, se aplicaran en promover y facilitar que el docente quiera. Para que quiera es preciso que pueda. Con poder me refiero no solamente a contar con los medios e instrumentos mínimos para desempeñar su quehacer con eficacia sino a contar con el tiempo y espacio necesarios para dedicarse al trato personal, ya que a través del cual se corona el acto educativo. Asimismo, el querer del docente se estimula confiando en su capacidad y criterio profesionales, de modo que ante terceros, las decisiones por asumidas y aplicadas por él sean respaldadas.

Jorge, mientras impere una visión economicista y cuantitativa de la educación, la labor del docente se retacea o se reduce a nivel de mero trasmisor casi compitiendo – en desventaja, obviamente – con los aparatos tecnológicos. Nada más lejos de la realidad. Soy un convencido, que la educación es una actividad manifestativamente humana: la dignidad, la singularidad y la fragilidad de quienes educan y son educados se muestran en toda su condición de personas. No es un mostrar sin sentido. Al revelar-se el alumno siendo-así, la ayuda del docente – siendo-así- será la precisa para su mejora personal. La figura del docente es compartida por un grupo de alumnos, no obstante, el modo de ser profesor es distinto para cada cual. La relación es personal e irrepetible, como también será el cómo o el qué de la acción de mejora que tendrá que emprenderse, por tanto, la ayuda que recibe el educando es personalizada, a su medida.

Finalmente, una cosa me gustaría que no olvides: si logras que un alumno quiera ser mejor persona – aunque en el intento se le vaya la vida – ten por seguro que ese alumno será una tea que alumbre en los ámbitos en que se desenvuelva. La formación de una persona hace la diferencia. ¡Cuánto bien puedes hacer tú a la historia de tu país…comenzado por cada alumno!

La escuela tiene que ser fecunda

“La escuela más que eficaz tiene que ser fecunda. Es fecunda porque es capaz de dar a sus alumnos la oportunidad de que cuenten con un tutor que los acoja. Cuando te miran a los ojos y te preguntan ¿Cómo estás?, te están confirmando: ¡Qué bueno que estés con nosotros! Es esta una de las experiencias más intensamente educativas que se pueden vivenciar; saberse que somos importantes para alguien especial. ¡Creo que no existe mayor motivación para hacer las cosas bien!”. Importante reflexión que nos deja el educador Edistio Cámere, quien además advierte: “A veces pienso que hemos perdido largamente de vista a quienes se educa. No son máquinas. Son personas libres, frágiles, con motivaciones de diversa índole, maduración en proceso”.
Para este especialista el éxito de la acción educativa se logra “cuando el docente aplica su inteligencia y su querer en orden a buscar el bien de todos y cada uno de sus alumnos”. Porque, como bien enfatiza, “los alumnos son como son y no como nos gustarían que fueran, pero pueden ser mejores si las estrategias didácticas y las actividades escolares se ajustan a sus necesidades y a sus características”. A continuación conversamos con él para conocer cómo afinar algunas estrategias educativas que deben ser parte del proyecto educativo.

-¿Hasta qué punto las instituciones educativas deben tener libertad para definir y desarrollar su estilo educativo?
Los principios de libertad de enseñanza junto con el de fundar centros educativos, consagrados en la nuestra Constitución, fundamentan el derecho de configurar un propio estilo educativo. Se suele pensar que la existencia de los centros educativos particulares obedece a intereses marcadamente lucrativos o que deben compensar las limitaciones de los estatales. Ambos enfoques son reductivos. En una sociedad plural, democrática, tiene que existir alternativas diversas precisamente para que los padres de familia ejerzan su derecho de elegir el colegio que más se acompase con lo que quieren educativamente para sus hijos. Las alternativas que se ofertan se configuran con arreglo al estilo y visión que cada titular imprime a su centro. Cuando, en aras de la educación de un ‘ciudadano global’ o de la calidad medida con indicadores productivos, se aboga y se quiere implantar un sistema ‘universal’ se afecta el derecho de cada familia de decidir ante sí y por sí el tipo de educación que quiere para sus hijos; y, desde el punto de vista político, se genera una suerte de oxímoron: democracia para votar pero autoritarismo para gobernar.
-¿A qué cursos o áreas se le debería dar mayor énfasis para mejorar el nivel educativo de los estudiantes?
Lo propio de la escuela no es la especialización, lo suyo -gradualmente- es incorporar a sus alumnos a la cultura de la sociedad, lo que implica la trasmisión de las ciencias, humanidades, artes, deportes… Por tanto, más que enfatizar en un curso o en un área, lo importante es que los alumnos aprendan. Con aprender me refiero a que a través de los conocimientos recibidos formen conceptos, los formulen original y apropiadamente a través del lenguaje y sepan transferirlos a situaciones nuevas. En suma, importa mucho en la escuela ayudar al alumno a pensar y a tomar decisiones acertadas. El nivel educativo de los alumnos no se mejora per se con nuevas materias, con medios de última generación, con franquicias internacionales… se incrementa si se logra que el alumno ejercite con autonomía su inteligencia, es decir, que quiera aprender no solamente lo que en el aula recibe, sino que busque profundizar. El aprender así es un acto libre del alumno, el reto es cómo convocar su libertad para aprender.
-¿Cómo debería realizarse la evaluación docente para reconocer sus verdaderas capacidades y habilidades?
La evaluación del docente tiene, a mi juicio, que atender las capacidades de la persona como tal, las que forman parte de la profesión y las que demanda la escuela con arreglo a su visión o ideario educativo. Desconozco si existe algún instrumento que las mida integralmente; sin embargo, prefiero partir de una sólida base: la vocación del maestro (incluyo también la de aquellos que por ocasión la han descubierto) abriga en su seno una serie de atributos que bien estimulados dan paso a habilidades sumamente positivas. Valoro como condición indispensable: el gobierno del aula, pues un profesor que no la gobierna no realiza la relación enseña-aprendizaje; pasión por lo que enseña; buena didáctica; e ilusión profesional. Si además los directivos lo conocen, lo tratan personalmente, la escuela caminará tras su visión corporativa y diferenciadamente.
-¿Cuál debe ser el perfil del director y hasta qué punto debería gozar de autonomía?
El perfil de un director no debería deducirse de las leyes y reglamentos educativos promulgados por el Ministerio de Educación. Su enfoque enfatiza más las funciones administrativas-pedagógicas. Creo que la definición del perfil de un director pasa por aceptar que el cometido de una escuela no se reduce a las actividades en aula; toda ella educa. Por tanto, se necesita que sea conducida -mirando el corto y el mediano plazo- por un líder que sea capaz de gobernar todas las variables e instancias organizativas con armonía e eficiencia. Para que un director sea y se desempeñe como líder se precisa que tenga el respaldo y autonomía delegada de los titulares de los centros. Así como en las escuelas públicas la labor del director está mediada por la burocracia y la desconfianza de las autoridades superiores, en las escuelas particulares la dificultad más recurrente es la intromisión de los titulares y, en consecuencia, los conflictos en la toma de decisiones. Por cierto, esto último es consecuencia del decreto legislativo N° 882 (09/11/96).
-¿De qué manera se puede involucrar a los padres de familia en la formación escolar de sus hijos?
Entiendo la intención de la pregunta, pero no deja de llamarme la atención el hecho de que sean los colegios quienes tengan que pensar estrategias para que los padres se impliquen en la formación de ‘sus’ hijos. Debería ser al revés. Desde larga data la legislación acerca de las Asociaciones de Padres de Familia (APAFA) se ha centrado en la periferia: infraestructura, administración, economía… etc., ante la incursión de los padres, en todo menos en aquello que es la formación de sus hijos. La reacción de los colegios no se hizo esperar. Lo más dañino en la relación familia-colegio es la pérdida de la confianza, la misma que a pesar de las malas prácticas o normas populistas, debe siempre protegerse: el bien de cada alumno lo reclama y exige. No hay un modo único de involucrar a los padres. No olvidemos que cada colegio tiene un estilo educativo y cada familia el derecho de elegir el tipo de educación que quiere para sus hijos; por tanto, habrá colegios y padres donde la relación entre ambos tenga cotas bien definidas. Sin embargo, a pesar de la libertad de enseñanza, me parece que existen algunos indicadores que se pueden mencionar para lograr dicho fin. El colegio debe funcionar bien, tener prestigio académico ante sus padres, normas claras, organización cabal y eficiente de las actividades en que son invitados los padres; respeto y acogida en el trato ordinario… pero, sobre todo, tratar de modo personal a cada familia, confiar en ella y educar positivamente.
-¿Cuán importante es promover la tutoría con los alumnos?
Es una de las tareas más atractivas y demandantes, en el buen sentido de la palabra. La instrucción es una actividad grupal pero la educación, esa que busca extraer la singularidad de la persona, solo es posible mediante el trato personal. A través de la relación personal el tutor conoce al alumno, no de modo universal, sino como un alguien que crece, se relaciona, es afectado por su entorno, siente, piensa… a partir de esta recepción y acogida el tutor es capaz de sugerirle horizontes insospechados en su desarrollo. Insospechados porque no se repiten en otros, son originales. El conocimiento otorga autoridad: las sugerencias que recibe el alumno son pensadas con nombre propio. El ser humano es relacional y dialógico, la tutoría desarrolla y refuerza esas dos condiciones de la persona. La escuela, más que eficaz, tiene que ser fecunda. Es fecunda porque es capaz de dar a sus alumnos la oportunidad de que cuenten con un tutor que los acoja. Cuando te miran a los ojos y te preguntan ¿Cómo estás? Te están confirmando: ¡Qué bueno que estés con nosotros! Es esta una de las experiencias más intensamente educativas que se pueden vivenciar: saberse que somos importantes para alguien especial. ¡Creo que no existe mayor motivación para hacer las cosas bien!
-¿Cómo fortalecer la sana convivencia en la escuela?
Ante todo se podrá promover una sana convivencia si: a) En la escuela existe un adecuado nivel organizativo que permita el logro de metas y objetivos; es decir, que funcione y funcione bien; b) Se mantiene un clima pacífico y ordenado gracias al ejercicio de una autoridad orientada al servicio de los miembros de la comunidad educativa; y, c) Se procura que el ‘estar’ de los profesores y alumnos trascurra en un ambiente que sea limpio, grato y bonito. Otro gran capítulo a tomar en cuenta son las normas. Estas tienen que ser pocas en número, claras en su formulación, éticamente consistentes y posibles de cumplir. Al respecto, el personal docente y administrativo en su observancia deben in por delante. Las normas tienen que conducir a bienes demostrables y atrayentes y no ser resultado de caprichos o demostraciones de poder. La normativa debe facilitar que cada quien pueda cumplir con sus propias responsabilidades. En efecto, en la medida en que se confíe en los alumnos y profesores la convivencia podría discurrir por los cauces de orden en libertad. Finalmente, en la convivencia entre pares debe fomentarse y protegerse el buen trato y el respeto mutuo. Reconocer y acoger al yo del otro fortalece el compañerismo y alimenta la amistad. El crecimiento personal pasa por ayudar al ‘otro’ a crecer.
-¿Cuál es la importancia de promover la participación estudiantil a favor de la formación integral de los alumnos?
Es vital promover la participación de los estudiantes. El primer modo es la promoción, como práctica institucional, de la escucha atenta y respetuosa de los alumnos a partir de la cual se recogen iniciativas y se concretan modos de hacerlas viables. Se cumple el principio de que todos los alumnos puedan participar proporcionalmente en configurar una buena y pacífica convivencia, de acuerdo con las edades y capacidades. Con la participación se logra en los alumnos el sentido de pertenencia: Si puedo intervenir y aportar en las mejoras es porque formo parte ‘de’. Además, se educa socialmente; es decir, se aprende que los talentos se comunican para el bien de los demás.
¿Qué opinión tiene respecto de las evaluaciones sobre la Evaluación Censal de Estudiantes realizada por el Minedu y las pruebas PISA?
Obtener resultados es un objetivo legítimo pero debe ser el último de la lista de las pretensiones del docente. Los resultados expresados en guarismos o en porcentajes suelen ser epidérmicos. Una nota alta no refleja efectivamente que el estudiante haya aprendido y una baja no siempre es señal de un mal aprendizaje. Si el foco se centra en los resultados las actividades previstas se reducen a ese fin perdiendo su riqueza y posibilidades para lograr un ambiente propicio para la participación activa de los alumnos.
Los resultados en educación son consecuencia del crecimiento como persona y como profesional del docente. Su nivel de desarrollo es la medida del de sus alumnos. Crecer implica abrirse a la realidad del grupo y a las circunstancias de cada quien: los alumnos son como son y no como nos gustarían que fueran, pero pueden ser mejores si las estrategias didácticas y las actividades escolares se ajustan a sus necesidades y a sus características. En este esfuerzo el docente aplica su inteligencia y su querer en orden a buscar el bien de todos y cada uno de sus alumnos.
A las evaluaciones se les debe considerar siempre como oportunidades de aprendizaje más aún cuando los resultados ‘no son los esperados’. De este modo, se evita que el docente se congoje o frustre y se logra que este mejor dispuesto para reflexionar con objetividad y proponer –aceptar – las medidas correctivas.
Es cierto que en el Perú los resultados de la prueba Pisa no son muy alentadores. Pero en Singapur – en el mismo periodo de medición- solo el 20% de los alumnos tenía nota positiva. ¿Qué pasó con el 80%? ¿No que era un país desarrollado? No quiero ni me interesa hacer comparación alguna, simplemente señalo que ningún país logra el 100% en Pisa y que cada vez más la actividad empresarial está solicitando el cultivo y dominio de las habilidades llamada blandas en sus colaboradores. A veces pienso que hemos perdido largamente de vista a quienes se educa. No son máquinas. Son personas libres, frágiles, con motivaciones de diversa índole, maduración en proceso. Además no siempre lo que dicta la norma, el estándar económico o quimeras del funcionario es lo que conviene efectivamente a cada persona.

Las omisiones en EDUCACIÓN

Frente a una determinada situación caben dos posibilidades: actuar o no actuar. Si se actúa dos opciones se abren: se acierta o no se acierta. Si se acierta, se confirma la actuación, con lo cual se queda mejor dispuesto para replicar una similar o una mejor. En ambos escenarios se ha tenido una experiencia, un aprendizaje, pero por sobre todo, quien actúa incorpora, introduce – desde su condición de singular – en el curso de la historia una condición, un atributo o un bien, que antes no estaba.

Cuándo no se decide, cuándo no se actúa, ¿Cuál es el costo de esa omisión? En educación el precio que se paga está en relación directa con el bien que deja de adquirir un alumno quien está en franco proceso de crecimiento y maduración. Una buena decisión abre alternativas. Quien la toma – el profesor – solo conoce las contiguas, mientras que, las siguientes o posteriores serán discernidas y tendrán sentido para el alumno. La actuación del docente es movida por un bien que conviene al alumno. Al presentárselo amplía su horizonte de mejora integral, quien si decide hacerlo propio, su yo estará mejor dispuesto para ir al encuentro de otros y/o mejores bienes.

padres-hijosLa índole de la educación es ayudar, auxiliar a los alumnos en su crecimiento personal e integral, en este sentido, la intervención del docente siempre es y será un acto de primer orden. Reconocer el problema y dedicarse a actuar es quizá la acción de liderazgo más significativa que uno puede hacer”. (Harvard, A. 2013) precisamente porque el maestro al confirmar o rectificar una actitud o comportamiento abre cursos de desarrollo que el alumno podrá seguir y profundizar en beneficio propio. Por el contrario, cuando el docente no actúa, la red de alternativas de crecimiento de un determinado alumno no existirá. Lo que podía ser, no es, ni será. Desde la óptica educativa a) cuando no corrige – se pone recta- una conducta, queda como ‘aprendizaje’ en el alumno que ese modo de operar es el que tiene que elegir, además, las decisiones próximas continuaran en la línea de la inicial conducta; b) cuando no se interviene, el amplio espacio de acciones o conductas positivas se quedan sin valorar, fortalecer y estimular. Tan malo es no corregir como dejar de confirmar las cualidades y los buenos actos en beneficio propio y de los demás.

Hoy en día, es un ‘mandato’ darle la razón en todo y por todo a los padres y alumnos – se les llama clientes-; los entes públicos apuran sanciones sin detenerse a escuchar explicaciones ni menos conocer la realidad de la escuela; cada vez suele ser más frecuentes las sesiones en las que los directivos y docentes reciben impasibles cuestionamientos sobre su actuación pedagógica de parte de los padres de familia. El resultado cierto es que la confianza en la escuela se debilita y no se respalda su autoridad (toma de decisiones y criterio). Ante tal escenario ¿Cuál debería ser la conducta de la escuela? ¿No complicarse? ¿Actuar por omisión?

Quienes defienden el trato de clientes a los alumnos y quienes preconizan que los alumnos deben dar rienda a sus deseos sin que medie norma en contrario, desconocen el grave perjuicio que les están ocasionando en su presente y en su futuro. Duele reconocerlo pero lograran su propósito: sus hijos tendrán la razón en sus deseos… pero con una gran diferencia: la escuela aprenderá a no pasar un mal rato defendiéndose por todo antes los padres de familia. ¡Cuántas inmejorables oportunidades perdidas de crecimiento o adquisición de bienes para el alumno!  ¡A la historia de cada persona no se le afrenta con las equivocaciones sino con las omisiones!