Después del covid 19… ¿qué?

Edistio Cámere

Se suele escuchar frases tales como: “la tecnología en las escuelas ha venido para quedarse”; “La educación ha cambiado, ya no será la misma” y, así otras frases de similar talante. Una cosa es cierta, para el educador los medios, los métodos o los instrumentos, son maleables, intercambiables, y operativos. La segunda razón da cuenta de que enseñar no es una acto mecánico ni monocorde: se ajusta a las condiciones de los discentes. La primera razón es porque la docencia no es mera repetición ni trasmisión neutra de conocimientos. Este ha sido el gran prejuicio que la ha estigmatizado. El docente no es un operador de la información. Su trabajo es intelectual. El saber lo incorpora vitalmente, por tanto, lo que trasmite tiene matices propios y un sello con su marca personal que enriquecen y diferencian su enseñanza. Precisamente, porque se está en el terreno de lo intelectual, de las ideas, de los conocimientos, en menos de un mes, la mayoría de los profesores en el Perú adecúo las plataformas virtuales a sus saberes. Por tanto, si después del COVID 19 se reconoce y respeta la docencia como una actividad intelectual, habremos iniciado el andar hacia la mejora en la educación. 

Una escuela no son solo sus directivos, ni sus docentes, ni sus alumnos o sus padres de familia. Tampoco es su infraestructura, ni sus medallas y logros académicos. Una escuela se configura con todas las partes mencionadas, pero es mucho más. Es vida, es convivencia, historia, unidad, el gran proyecto de la forja de personas, donde cada uno aporta solidariamente desde su índole más singular. La escuela es una institución que los agrupa, los integra y vincula a través de sus principios educativos, su cultura y tradiciones. Gracias a esos “intangibles” los colegios en el Perú pudieron organizar y funcionar como tales a pesar de que su comunidad educativa estaba, fisicamente cada quien en sus respectivas casas. Hoy en día, es la escuela la que “pasa” a través de las pantallas. Si se comprende que en el aula se enseña y en la escuela se educa, habremos dado un salto importante porque aprenderemos a valorar la unidad, el ideario, el trabajo cohesionado y a mirar la escuela toda ella como una gran situación de aprendizaje. 

Después del maltrato mediático infligido a la escuela en franca coalición con las autoridades gubernamentales, la tarea de recuperar la majestad, la autonomía y el respeto de la educación básica regular es irrenunciable. Sin confianza mutua, rectitud de intención y buena fe entre los padres de familia y la escuela como protagonistas, pero con funciones complementarias, los objetivos educativos y el desarrollo integral de los estudiantes no podría realizarse ni medianamente. Más aún, zarandeada y vapuleada la autoridad de las instituciones y de los docentes, precisamente porque el gobierno de turno no solo se entromete, sino que permite la intromisión de terceros en la escuela, dando indicaciones – muchas veces contrarias – o desacreditando a los docentes, las escuelas no cumplirían con su finalidad, ¿cómo aprenderían los alumnos a vivir los valores ciudadanos, las virtudes personales y sociales sino se les muestra con el ejemplo? Sin autoridad de palabra ni obra para convocar la inteligencia y la libertad de los alumnos difícil es formar ciudadanos comprometidos con su sociedad. La recuperación de la autonomía y autoridad de los colegios es deber ineludible después del COVID 19.  

Entre las variadas consecuencias de la emergencia sanitaria, me gustaría detenerme en dos que reclaman atención de las escuelas. La preponderancia y preocupación por la salud, sin duda, causa temor, recelo y reduce la expansividad de la vida social, al punto que recrudece el individualismo. De otra parte, no pocas personas que han redescubierto el valor de la familia y de las relaciones familiares: paternales, conyugales, fraternales y filiales. En ambos casos, la respuesta desde los colegios se traduce en atención y trato personal. Con los primeros, el soporte emocional junto con estrategias que los lleven a aceptar “al otro” como persona y no como agente trasmisor del virus. Con los segundos, la relación con los padres de familia implicará introducir un nuevo saber y quehacer en las escuelas ante el deseo expreso de esos padres de aprender sobre educación para involucrarse y participar en la formación integral de sus hijos. 

La “nueva normalidad” imagino que querrá una educación con distanciamiento, para lo cual la enseñanza – aprendizaje será unidireccional: el profesor trasmite a través de una plataforma virtual y el alumno se las arreglará como pueda. Sin el trato personal con el docente, sin el aporte – gracias a las singularidades en un aula- de los compañeros; sin la convivencia entre pares que ayuda al desarrollo de la personalidad, precisamente porque se aprende a respetar y reconocer “al otro”; sin las posibilidades del juego, los deportes, y la dimensión estética… la educación sufriría una reducción en su esencia. La tecnología, en si misma es un potente medio, a condición de que permita que el docente se acerca al sujeto de la educación: la persona. Pero sí comprime la función del docente a la trasmisión repetida de información o su tiempo – que debería ser formativo – lo consume en cumplimentar formularios y preparar reportes, entonces la tecnología ahogará y le quitará a la educación, lo que tiene de arte, de calidez y de humanidad. Después del COVID 19, queda claro que la perfección de los medios virtuales debe llevar a no perder de vista que en educación el centro es la persona: de los alumnos y de los profesores. 


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