El acoso a la libertad de enseñanza Segunda Parte

Intervención ¿para qué

El intervencionismo estatal es una práctica de larga data. No obstante, en la actualidad el nuevo pretexto para continuar en su empeño controlista es luchar contra la corrupción, la informalidad y la baja calidad educativa. El Ministerio de Educación (MINEDU) al no contar con argumentos enjundiosos, ni con una gestión eficiente, menos con resultados que respalden sus políticas, ha optado por utilizar su poder de legislar pergeñando irregularidades, determinando sanciones y cuantificando multas. Este poder que ostenta el MINEDU ha devenido en coercitivo por tres razones: a) Es parcializado, su foco es la escuela privada, a la que con el sanbenito de lo informal o de lo mercantil, la cuestiona y sanciona; b) Los estandares de calidad a los que invoca para medir y multar ¿ los ha implementado con éxito en sus colegios ¿Sirven como modelo? De lo contario ¿con qué autoridad moral se arroga la idoneidad de evaluar a los colegios que no caen bajo su gestión?; y, c) Las sanciones pecuniarias constituyen ingresos propios y, si a ello le sumamos el aumento en la discrecionalidad del funcionario, la consecuencia es obvia: la vitalidad de la escuela privadas corre el riesgo de “secarse” por exacción.

Las multas no tienen como propósito el enseñar o el corregir. El legislador “tiene la certeza” de que “intencionalmente y con malicia” la escuela transgrede una norma; por tanto, el monto tiende a paralizar, a quebrar las defensas económicas de un centro educativo. El MINEDU es uno de los pocos ministerios que anualmente se le ha asignado mayor presupuesto. ¿Qué razón poderosa justifica que tenga el poder de inflar más sus arcas?

No satisfecho con su posición de dominio – ojalá fuera porque destaca en lo pedagógico, en la gestión, en la elaboración de documentos de estudio y de promoción de la investigación – ha entrado a competir deslealmente con la educación privada. Los medios de comunicación han dado cuenta de que el MINEDU ha incrementado los sueldos a sus docentes, lo cual es loable y lícito. No obstante, para que se equitativa y justa dicha medida, los privados deberían de tener la misma versatilidad para hacer lo propio con sus maestros. ¿Habrá olvidado el ministerio que en los colegios los privados los padres de familia pueden dejar de pagar las pensiones escolares todo un año lectivo, gracias a que cuentan con su apoyo? ¿Habrá olvidado también que las escuelas privadas para corregir sus precios – siquiera a nivel de la inflación – tienen que pedir la anuencia de la Instancias intermedias educativas estatales? En buen romance, la brecha salarial entre los docentes de las escuelas públicas y no estatales, la acentúa el MINEDU, dificulto – salvo que muden las reglas de juego – que los colegios particulares puedan cerrarla.

La sobrerregulación ejerce presión sobre la oferta. Salir airoso de una denuncia interpuesta por un ente estatal implica haber cumplido en exceso con todas sus reglas y superar “revisiones” maleables y, sin término porque se acomodan a la mirada y al ánimo del funcionario de turno. Así, entre trabas y multas, brindar un servicio o producir un bien se encarece, pero no solo en términos de mayores costos, sino en el tiempo y esfuerzo invertidos para cumplir con los interminables requisitos, lo que lleva a descentrar la atención en el corazón de la actividad para centrarse en evitar ser punible de sanción por desacato. Si la mejora del servicio o de la institución se castiga, ¿a quién se perjudica? El intervencionismo del Estado no se aparca en lo académico o económico, busca imponer su ideología, afectando la sana pluralidad. El legislador prefiere la uniformidad, instaurar un pensamiento único, pero lo quiere sin invertir dinero, sino violando los bolsillos de los padres de familia y de las escuelas particulares.

“La ley busca promover la calidad educativa; por tanto, quien se opone a ella, lo hace también con la calidad”. Formulada así esta proposición sabe a sofisma y, además, guarda matices de despotismo. La burocracia se apoderó de la calidad como idea y propósito. Como toda escuela quiere que la calidad distinga el servicio educativo que ofrece, objetar la ley supone, ponerse a contrapelo de lo moderno, de la innovación y de la eficiencia. ¿Con que autoridad el MINEDU determina el territorio de la calidad? ¿qué modelo de calidad propone a las escuelas privadas, para que pueden seguir sus pasos e imitarla? De otro lado, en la afirmación aludida: “si se rechaza la ley, se rechaza la calidad”, no solamente brilla la intolerancia sino que supone: a) desorden administrativo por falta de norte y desconocimiento de la pretensión de la norma; y, b) una estrategia preconcebida que utilizando lenguaje y formas convencionales busca cambiar la esencia de las cosas. El resultado sería que un ciudadano, con atuendo de playa, despierte un buen día en la proa de una lancha… pero encallada en medio del desierto rodeada de cardos.  Una norma debe conducir hacia el bien, procurando que, pacíficamente coexistan los intereses particulares sin subvertir el orden social. Desde esta perspectiva, el entramado de artículos e incisos de una ley señala como alcanzar la conducta esperada. Pero sí lo que rige la ley es la punición y la magnitud del monto de las multas, las escuelas privadas, algunas correrán el riesgo del cierre definitivo y no pocas, pagarán un alto costo en su recuperación por los daños causados: en lo económico, en el tiempo pérdido, en la moral corporativa y en su buen nombre. 

Cuando el espiritu de una ley toma como sinónimos: debilidad, ignorancia, mala fe y perversidad y, en todos los casos, la sanción es monetaria, el dinero se configura como parte de la solución. Quien actúa con malicia sabe cómo utilizar en su beneficio la discrecionalidad de un funcionario; la impotencia de quien por desconocimiento infringe la ley, se obliga a reordenar su presupuesto sobre la marcha para cumplir con el Estado. Conclusión no se ha producido aprendizaje; en ambos casos, la que se perjudica es la calidad en el servicio educativo ¿con qué ánimos o con qué recursos podría alguien invertir en mejorar su escuela si el Estado interviene como un tercero precario?

Por Edistio Cámere

¿“Admiras a alguien líder”?

Edistio Cámere

El año 2017 se aplicó un cuestionario [1]a los alumnos de cuarto de secundaria de varios colegios de Lima Metropolitana y entre las preguntas formuladas figuraba la que titula esta nota. De un universo de 500 jóvenes de 15 y 16 años, el 55% manifestó no admirar a ningún líder, sea a nivel mundial como a nivel nacional. Por su parte, en las respuestas del 42.6% que admitió que, si admiraba a un líder, se encontró una alta dispersión y valor perdido en las contestaciones, lo que hace imposible identificar regularidades en las preferencias de los encuestados por algún líder que puntualmente admiran.

Los porcentajes reportados suscitan interrogantes y reflexiones. ¿Es necesario que los jóvenes tengan líderes a quienes imitar y aprender? ¿Qué un porcentaje significativo de jóvenes declaré que no admire a ningún líder, qué comunica y cómo debería interpretarse? ¿La dificultad esta en los jóvenes que, por estar inmersos en su propio mundo virtual, no miran hacia afuera? O ¿será que quienes deberían ser sus referentes no cumplen con su cometido? ¿Están creciendo los jóvenes sin referentes significativos y claros? ¿Son las figuras públicas – en los diversos ámbitos de la sociedad – las llamadas a ocupar el papel de modelos para los adolescentes? ¿Qué tipo o cómo debería ser el liderazgo que esperan los jóvenes?

El líder que influye no es el que necesariamente aparece en la portada de una revista o como protagonista en una serie cautivante de netflix sino con el quien uno coincide y se relaciona en un mismo ambiente. De lo contrario, ¿cómo podrían, los adolescentes aprender y/o confirmar el valor de la honestidad en la propia vida si no la ven encarnada en personas honradas en su entorno inmediato? El rastro y la huella que trasmite el líder con su ejemplo, no esporádico sino constante, va calando en los argumentos y comportamiento de un joven. “Sobre ética nos sobran homilías y sermones, y nos faltan testimonios, pasión, determinación, acciones y hábitos edificantes. En resumidas cuentas, referencias ejemplares”[2]

La condición relacional del liderazgo predica la presencia de vínculos. La neutralidad no es su atributo. Si caminando por la calle un desconocido nos detiene para darnos una indicación pertinente sobre el nudo de la corbata, lo último que uno hace es acomodárselo. Pero si el que te detiene es alguien conocido – ante la misma indicación – la respuesta es acatarla y cumplirla. El vínculo es capaz de dilatarse hasta tornarse en significativo, gracias a este atributo otorgado, la valoración de los argumentos y conductas es alta: es este momento cuando el adolescente califica a una persona como líder.

La carencia de líderes a admirar reflejada en los porcentajes aludidos líneas arriba, no se resolvería – sin duda, ayudaría – con la presencia ejemplar de personajes en todos los campos de la sociedad. A mi gustaría percibir en esa “carencia” una gran oportunidad para los padres de familia, para los profesores y, finalmente todos a quienes – de un modo u otro, por razones profesionales – alternan con adolescentes. Para que una relación se haga significativa es necesario que como padre se de lo que le es debido, es decir, ser integro, querer con obras, y dando ejemplo en casa y como profesor, preparando bien las clases, escuchando y orientando al adolescente. Como líderes relacionales, los padres y los docentes deberían procurar desembarazarse de la idea (¡prejuicio!) que pesa sobre ellos: los primeros la dejar de ser meros proveedores y los segundos meros instructores. Su propósito es intentar ser auténticos y creíbles para generar confianza y seguridad, pilares de todo liderazgo.

[1] Cámere, Edistio,  Opiniones y expectativas frente al futuro en alumnos de cuarto de secundario de colegios privados.  Lima, 2017 y 2007
[2] Álvarez de Mon, Santiago, Aprendiendo a perder: las dos caras de la vida, Plataforma Editorial, Barcelona,2012, p.164

Después del covid 19… ¿qué?

Edistio Cámere

Se suele escuchar frases tales como: “la tecnología en las escuelas ha venido para quedarse”; “La educación ha cambiado, ya no será la misma” y, así otras frases de similar talante. Una cosa es cierta, para el educador los medios, los métodos o los instrumentos, son maleables, intercambiables, y operativos. La segunda razón da cuenta de que enseñar no es una acto mecánico ni monocorde: se ajusta a las condiciones de los discentes. La primera razón es porque la docencia no es mera repetición ni trasmisión neutra de conocimientos. Este ha sido el gran prejuicio que la ha estigmatizado. El docente no es un operador de la información. Su trabajo es intelectual. El saber lo incorpora vitalmente, por tanto, lo que trasmite tiene matices propios y un sello con su marca personal que enriquecen y diferencian su enseñanza. Precisamente, porque se está en el terreno de lo intelectual, de las ideas, de los conocimientos, en menos de un mes, la mayoría de los profesores en el Perú adecúo las plataformas virtuales a sus saberes. Por tanto, si después del COVID 19 se reconoce y respeta la docencia como una actividad intelectual, habremos iniciado el andar hacia la mejora en la educación. 

Una escuela no son solo sus directivos, ni sus docentes, ni sus alumnos o sus padres de familia. Tampoco es su infraestructura, ni sus medallas y logros académicos. Una escuela se configura con todas las partes mencionadas, pero es mucho más. Es vida, es convivencia, historia, unidad, el gran proyecto de la forja de personas, donde cada uno aporta solidariamente desde su índole más singular. La escuela es una institución que los agrupa, los integra y vincula a través de sus principios educativos, su cultura y tradiciones. Gracias a esos “intangibles” los colegios en el Perú pudieron organizar y funcionar como tales a pesar de que su comunidad educativa estaba, fisicamente cada quien en sus respectivas casas. Hoy en día, es la escuela la que “pasa” a través de las pantallas. Si se comprende que en el aula se enseña y en la escuela se educa, habremos dado un salto importante porque aprenderemos a valorar la unidad, el ideario, el trabajo cohesionado y a mirar la escuela toda ella como una gran situación de aprendizaje. 

Después del maltrato mediático infligido a la escuela en franca coalición con las autoridades gubernamentales, la tarea de recuperar la majestad, la autonomía y el respeto de la educación básica regular es irrenunciable. Sin confianza mutua, rectitud de intención y buena fe entre los padres de familia y la escuela como protagonistas, pero con funciones complementarias, los objetivos educativos y el desarrollo integral de los estudiantes no podría realizarse ni medianamente. Más aún, zarandeada y vapuleada la autoridad de las instituciones y de los docentes, precisamente porque el gobierno de turno no solo se entromete, sino que permite la intromisión de terceros en la escuela, dando indicaciones – muchas veces contrarias – o desacreditando a los docentes, las escuelas no cumplirían con su finalidad, ¿cómo aprenderían los alumnos a vivir los valores ciudadanos, las virtudes personales y sociales sino se les muestra con el ejemplo? Sin autoridad de palabra ni obra para convocar la inteligencia y la libertad de los alumnos difícil es formar ciudadanos comprometidos con su sociedad. La recuperación de la autonomía y autoridad de los colegios es deber ineludible después del COVID 19.  

Entre las variadas consecuencias de la emergencia sanitaria, me gustaría detenerme en dos que reclaman atención de las escuelas. La preponderancia y preocupación por la salud, sin duda, causa temor, recelo y reduce la expansividad de la vida social, al punto que recrudece el individualismo. De otra parte, no pocas personas que han redescubierto el valor de la familia y de las relaciones familiares: paternales, conyugales, fraternales y filiales. En ambos casos, la respuesta desde los colegios se traduce en atención y trato personal. Con los primeros, el soporte emocional junto con estrategias que los lleven a aceptar “al otro” como persona y no como agente trasmisor del virus. Con los segundos, la relación con los padres de familia implicará introducir un nuevo saber y quehacer en las escuelas ante el deseo expreso de esos padres de aprender sobre educación para involucrarse y participar en la formación integral de sus hijos. 

La “nueva normalidad” imagino que querrá una educación con distanciamiento, para lo cual la enseñanza – aprendizaje será unidireccional: el profesor trasmite a través de una plataforma virtual y el alumno se las arreglará como pueda. Sin el trato personal con el docente, sin el aporte – gracias a las singularidades en un aula- de los compañeros; sin la convivencia entre pares que ayuda al desarrollo de la personalidad, precisamente porque se aprende a respetar y reconocer “al otro”; sin las posibilidades del juego, los deportes, y la dimensión estética… la educación sufriría una reducción en su esencia. La tecnología, en si misma es un potente medio, a condición de que permita que el docente se acerca al sujeto de la educación: la persona. Pero sí comprime la función del docente a la trasmisión repetida de información o su tiempo – que debería ser formativo – lo consume en cumplimentar formularios y preparar reportes, entonces la tecnología ahogará y le quitará a la educación, lo que tiene de arte, de calidez y de humanidad. Después del COVID 19, queda claro que la perfección de los medios virtuales debe llevar a no perder de vista que en educación el centro es la persona: de los alumnos y de los profesores. 

EDUCACIÓN CON FAIR PLAY (2)

Edistio Cámere 

¿Los colegios son operadores tecnológicos?

Producida la suspensión de clases presenciales y el confinamiento social, como medida de salud preventiva, las comunicaciones de los padres de familia, son recibidas por una institución educativa cuya finalidad es educar y enseñar, actividad especializada en darle al  ‘conocimiento’  el  sentido pedagógico que respete las edades cronológicas y sus relaciones con otras áreas del saber. La emergencia sanitaria no ha cambiado la identidad de una escuela, que no es una empresa de tecnología cuyo propósito pueda ser lograr que sus usuarios naveguen por internet con celeridad y comodidad. Las plataformas o sistemas tecnológicos son instrumentos cuya metodología, protocolo de uso, entre otros, vienen dispuestos por quienes confeccionan los equipos y/o por quienes diseñan los programas y rutinas que permiten a la computadora realizar determinadas tareas. Toda una especialidad que requiere el sustento de conocimientos técnicos y científicos. Sin embargo, el saber prolijo y eficiente de un ingeniero de sistemas no lo acredita como educador.

A pesar de ello, la percepción, no verbalizada, que se va extendiendo con relación al servicio educativo es comparable a navegar por internet e ingresar a un buscador para que resuelva inquietudes o dudas, pero las que interesan, sin una finalidad pedagógica. Obviamente, bajo esta apreciación, cualquier pensión escolar será gravosa. El riesgo de esta emergencia sanitaria ha sido que a los colegios se les evalúe principalmente como ‘operadores tecnológicos’. Y, como tales, poco pueden argumentar a su favor. Sin embargo, no cabe duda que, los colegios se han visto espoleados a utilizar con experticia los medios tecnológicos. Queda y quedará un trecho aún que recorrer, es cierto, porque lo suyo es la educación presencial. ¡No han transcurrido ni dos meses desde que se postergó la fecha de retorno a las aulas y lo logrado, en cuanto a la utilización de entornos virtuales por los docentes, es encomiable!

Mientras dure la emergencia sanitaria, la educación tendrá que valerse de lo virtual para cumplir con sus objetivos y metas propuestas. Para comprender la denominada educación virtual, la incógnita que se tiene que despejar para calificarla es el sustantivo: educación, y, por extensión ¿quién educa y a quien se educa?  Precisamente porque se tiene una identidad, una misión, un fin, un saber, una cultura, unos valores…, los colegios y sus profesores han sido largamente capaces de remontar el reto de la tecnología. Y han sido capaces porque su apuesta y la de sus colegios ha sido y es su preparación personal y profesional, de manera que “cuanto más sepamos de una materia concreta, cuanta más rigurosidad y perfección logremos, cuanto más dominemos el oficio, cuanto mejores profesionales seamos, el uso inteligente de las nuevas tecnologías en provecho del ser humano será una feliz realidad”[1].

Insisto, la sustancia de la educación sigue siendo la misma, los instrumentos o canales han cambiado y merecen nuestra atención pero sin subordinarlos al fin. El juego es una activa forma educativa y de esparcimiento sin par para los niños. Estimula la socialización, la imaginación, la creatividad, el desarrollo corporal, la espontaneidad, el ingenio. Hoy en día, nadie obsequiaría a su hijo o hija un triciclo, bicicleta o scooter, por más que los considere necesarios para su crecimiento. Serían más recomendables los mecanos, las muñecas, los rompecabezas, los legos, entre otros, que consiguen que el niño juegue y desarrolle otras habilidades. La finalidad se mantiene, el instrumento cambia.

La educación escolar

La justa apreciación y calificación a la escuela tiene que ser la misma que antes de la emergencia sanitaria: como un lugar que educa y forma a niños y jóvenes. La educación escolar no es una aventura fragmentada; menos aún, una serie de acciones, actividades o movimientos inconexos y realizados al azar. Más bien, es un proceso temporal, concatenado y con la intencionalidad de ayudar al desarrollo de sus alumnos en sus facultades más humanas: la inteligencia, el querer y el elegir, ajustándose a sus necesidades, a sus dimensiones y a sus características evolutivas. Sin finalidad, objetivos ni sentido no se abona ni se siembra en favor del aprendizaje.

La educación escolar -aun en esta situación de emergencia sanitaria– presenta tres notas que la particularizan:
1.- La relación enseñanza-aprendizaje se sostiene porque lo que ‘pone’ el alumno y lo que ‘pone’ el docente guarda un equilibrio. El estudiante aporta sus capacidades, su interés, su disposición y su estudio. Mientras que el docente, desde fuera, ‘pone’ en común la verdad de una materia que domina con el propósito de que alumno se apropie e incorpore, respetando sus condiciones, de ese conocimiento. Ese intercambio de aportes se lleva a cabo porque el docente –al margen de los medios que deba utilizar– configura con versatilidad situaciones de aprendizaje que reclaman ‘trabajo de estudiante’; es decir, atención, concentración y su querer. En esta línea, “la adquisición del saber es un trabajo no solo porque supone el ejercicio de la razón para conquistar la verdad con esfuerzo, sino también porque se desarrolla en situaciones de trabajo”[1].   La presencia del docente no solamente configura, con criterio e intencionalidad, variedad de situaciones que armonicen el interés con lo interesante, sino que ofrece a la inteligencia del alumno el camino y la meta hacia dónde dirigirse, de manera que no se disperse y logre su incremento sistemático. “El más abrumador de los pesos para el alma es no saber qué es lo que hay que hacer”[2]. En efecto, en el colegio, su finalidad y sus profesores eliminan ese peso que abruma como consecuencia de andar a la deriva en materia de aprendizajes.
Concretamente, el rol que desempeñan los docentes se advierte en cuatro aspectos.
a) Ante la inmensidad, anchura y profundidad de los saberes o conocimientos, aquellos los acotan, los ordenan secuencialmente, los gradúan con arreglo a las dificultades, los hacen comprensibles y trasmisibles a las edades escolares.
b) Evitan la despersonalización en la recepción del conocimiento. Mas bien, procuran que el aprendizaje se ajuste a las necesidades, capacidades e intereses de cada alumno.c) Sin guía ni conductor que le señale el camino, el modo de andar, que gradúe los avances y priorice su ritmo, el alumno caerá en las fauces de la dispersión y el desánimo.
d) En la escuela, todo lo que llega al alumno pasa por la persona del profesor. El vínculo que se establece entre ambos es básico para el aprendizaje. El docente no simplemente traslada conocimientos al alumno, le comunica su relación personal, su esquema mental, su reflexión, análisis y síntesis, su forma de conocer y apropiarse de los conocimientos; todo ello le abrevia tiempo al alumno en la búsqueda y en el encuentro con su propio modo de conocer y de estudiar.
e) La relación con el docente tiene la virtud de verticalizar la instrucción. Atiende y dialoga acerca de los coloquios íntimos que tiene un alumno con una determinada materia, la que le descorre el velo de su atractivo y misterio.  El docente le descubre cualidades que, enunciadas ante sus compañeros, le incrementa su estima y confianza en sí mismo. En la relación alumno-docente, se cuelan miradas sobre el futuro, penas que se comparten, retos que se resuelven, correcciones oportunas, etc. En suma, en la educación escolar, el profesor ayuda al alumno en el discernimiento de su vocación futura. El docente –en palabras de Steiner, G.– enseña a ser cómplice de una posibilidad trascendente: la de crecer como persona.

2.- La escuela es un ecosistema del crecimiento personal.  Un alumno, desde que ingresa hasta que concluye su etapa escolar, está en constante crecimiento. Junto con el desarrollo de su cuerpo, facultades y cualidades, también crece su dimensión interior, el conocimiento y su afectividad. La naturaleza ha dispuesto con exquisita sabiduría lo que el niño puede y debe aprender y hacer en cada etapa de su vida. Por lo general, a los seis años se inicia con éxito la lectoescritura. Empezar no implica dominio; es, simplemente, una suerte de cortejo con las palabras. Nombrarlas y relacionarlas entre sí es el comienzo del proceso. Acompañar al niño en esta odisea es estimularle el gusto por aprender. Mientras que exigirle más allá de lo que naturalmente puede realizar es poner distancia entre el estudio y el desarrollo de su personalidad. Esta es una de las razones por la que la educación es un proceso que tiene que ser gradual en sus objetivos y metas, sistemático, con propósitos alcanzables en el tiempo y sensible a las características evolutivas y personales del estudiante. Todo proceso recepciona y considera la dinámica del crecimiento: “somos lo que somos en el momento presente, pero también lo que hemos sido y, en cierto modo, lo que debemos ser” (Redondo, E. 1999).

3.– Desde esta óptica y en atención al contexto de la emergencia sanitaria, la priorización curricular no resulta una mutilación al plan de estudios ofrecidos; todo lo contrario, implica un ajustarse a la realidad y por eso mismo un cambio de estrategia. Conviene enfocarse en el hoy y el ahora con miras a descubrir los nuevos aprendizajes que suscita la cuarentena en los alumnos. Trabajar la flexibilidad y la adaptación a nuevos escenarios junto con la fortaleza para descubrir y encarar nuevas oportunidades.
Pedirle resultados inmediatos a la educación bajo la especial circunstancia que estamos viviendo es desconocer que quien aprende es una persona que piensa, quiere, decide, se cansa, tiene defectos, gustos e ideales. También, implica olvidar que el hombre es un ser no terminado, que va logrando sus perfecciones en el tiempo, con avances y retrocesos. De aquí la necesidad de una ayuda exterior que lo sostenga, anime y enseñe. Esta realidad antropológica se ha pasado por alto -en esta emergencia sanitaria- porque, gracias a los rezagos del paradigma de los logros, se pretende que los colegios muestren resultados como consecuencia de la aplicación de los entornos virtuales. Cuanto más se insista en resultados que midan lo que el adulto quisiera y no lo que el niño sea capaz de alcanzar, el aprendizaje se mirará como una acumulación de conocimientos y no cómo un modo también de desarrollo de su personalidad.



  1. Álvarez de Mon, Santiago, Aprendiendo a perder: Las dos caras de la vida, Plataforma Editorial, Barcelona, 2012,  p.163.
  2. Castillo, Gerardo, Los padres y la educación de sus hijos, EUNSA, Pamplona, 1990, p.16.
  3. Guitton, Jean, “El trabajo intelectual” Ed. Rialp, Madrid, 1981. p. 48.

 

 

EDUCAR CON FAIR PLAY (1)

Edistio Cámere

Como toda emergencia, la incertidumbre, el temor y el cambio de usos y comportamientos, hicieron su aparición sin que medie un horizonte temporal de esperanza. Así las cosas, la escalada del coronavirus jalonó e influenció en toda la dinámica de la sociedad. El ingreso abrupto o disruptivo de la ‘emergencia sanitaria’ sorprendió a las familias, sin tener preparada su casa para adaptarse a esta ‘vuelta al hogar’.
Curiosamente, los ministros de los sectores productivos apuraban fórmulas y estrategias con el próposito de paliar los daños que podían causar los efectos de la cuarentena e inmovilización social. Sin embargo, en el caso de la educación, el Ministerio respectivo optó por enfrentar a los padres de familia con las escuelas, determinando que la principal solución a la pandemia era la reducción de las pensiones escolares. Esta situación, qué duda cabe, agravada por inapropiada acción del Ministerio de Educación, ha colaborado para que algunas personas o grupos exacerben sentimientos de verdadera frustración y enfrentamiento.
La perspectiva del Ministerio de Educación y sus adláteres, me hizo recordar a una fábula hindú que explica el sentido de su normativa. En cierta ocasión, seis personas ciegas tuvieron la oportunidad de tocar un elefante. Al retornar a su pueblo, les preguntaron: “¿Cómo es un elefante?”. El primero, que tocó el pecho, respondió: “El elefante es como un enorme y fuerte muro”. El segundo hombre, que cogió el colmillo, afirmó: “El elefante es pequeño y robusto, suave al tacto y con una extremo afilado, más parecido a una lanza que a un muro”. El tercero, que palpó la oreja, apuntó: “El elefante es como una enorme hoja hecha de lana que se dobla con el viento”. El siguiente, que puso su mano sobre la trompa, dijo: “Yo les aseguro que el elefante es como una serpiente gigante”. El quinto hombre, que había tocado una de las piernas, respondió: “El elefante es como una especie de poste corto y grueso. Finalmente, quien había montado al elefante por algunos minutos, dijo resuelto: “¡El animal es como una montaña movediza!” (Fuente: Todomail).
La moraleja es simple: Para calificar, evaluar o decidir acerca de una situación o persona, es preciso observar el paisaje completo: la atención y la combinación de las partes le da consistencia e integridad a la percepción y al juicio. Por tanto, esta mirada estatal ha afectado –y, en algunos casos, roto- la confianza mutua entre quienes complementariamente por vocación, educan y forman futuras generaciones, como son las familias y las instituciones educativas. También ha minimizado la historia, el prestigio, los logros académicos de los alumnos y el saber de los docentes: en estos dos meses desde el inicio del año académico, a la escuela se le percibe y aprecia como ‘operador tecnológico’, cuando lo suyo es la educación.

Superposición de actividades en el hogar

Un efecto muy visible de la cuarentena ha sido la vuelta al hogar, no en sentido afectivo sino en el sentido de ‘permanecer y estar’ intensamente en casa, en la mayoría de casos, sin tener preparado el ambiente para esta ‘vuelta al hogar’ y su conversión en el lugar donde se desplegarían simultáneamente la vida laboral, de estudio, recreativa, de tareas del hogar, etc. La simultaneidad, sin duda, ha generado una especie de nudo gordiano que hasta ahora cuesta desatar, pero no por falta de capacidad o buena voluntad sino porque la persona requiere, normalmente, de distintos espacios y ámbitos en los que desarrollarse y extender sus posibilidades y virtualidades. Al mismo tiempo, cada ámbito tiene definidas ciertas funciones, deberes y responsabilidades a cumplir.
La persona, “tanto desde el punto de vista antropológico como social, necesita de situaciones y contextos que le permitan actuar y relacionarse con otros ejercitando su libertad” (Bernal, 2005, p. 172). Así, hoy día, mientras los adultos están centrados febrilmente en los afanes que el día a día impone, detrás marchan los niños, chicos inquietos, prontos al juego, despreocupados y metidos de lleno en las cosas propias de su edad. ¡Qué diferentes son las dimensiones de las cosas que ocupan a los niños y a los padres!
En suma, sin colegios que acojan a sus hijos, los padres han tenido que lidiar con las consecuencias de los cambios abruptos en los usos y estilos de vida personal y familiar. Y exactamente la misma situación enfrentan los maestros, para quienes, además, el uso de nuevos métodos ha supuesto largas horas de trabajo sumadas a sus obligaciones familiares y domésticas.   El estremecimiento ha sido fuerte.

Aprendizajes en casa
Un alto costo de la cuarentena ha sido la permanencia en casa impuesta a un niño o joven cuando, por razones evolutivas, los suyo es crecer, socializar y jugar con su grupo de pares, tanto en el ámbito escolar como en el familiar, social y amical. La variedad de espacios en los que se desenvuelven, contribuye a que niños y jóvenes aprendan a “estar” con solvencia; es decir, aportando y asumiendo los compromisos que generan los diferentes ambientes.
Sin embargo, como no hay alternativa, conviene también mirar cualés pueden ser las posibilidades que la situación ofrece. La primera da cuenta de la ocasión brindada para reaprender a ‘saber estar’ y ‘mirar el hogar’ con aquella mirada en la que “el corazón hace un recorrido desde el interior para posarse en la pupila para tomar contacto directo con las supremas realidades sobre las que reposa toda la existencia humana: la vida (la persona) y el amor” ([1]).
Estos días, en apariencia iguales, enseñan a mirar las cosas con otros ojos: a apreciar aspectos desatendidos o atenderlos con la intención de comprenderlos en su real dimensión. Así, en esta especie de volver a casa, en frase feliz de Rafael Alvira, se descubre que el amor -verbo majestuoso y grandielocuente en boca de poetas, literatos y filósofos- prefiere, sin perder un ápice de su categoría, mostrarse y expresarse en la trama de la vida cotidiana, con signos tan sencillos pero arrebatadores como una sonrisa, un beso, un abrazo, la atenta escucha, un espaldarazo ante una díficil decisión.
Para los padres, se han ampliado las posibilidades educativas en casa; por ejemplo, cuesta establecer el arco del tiempo libre necesario para descansar, para trabajar, para saber estar juntos. Las actividades laborales, de estudio, sociales, etc. en tiempos normales, se despliegan en otros espacios de manera que, al filo de la jornada, al regresar a casa se abre el ‘tiempo libre’ y el ‘estar en familia’. Hasta hace poco, al regresar de la escuela, el estudio, el aseo, el descanso, ocupaban buena parte del tiempo del hijo. Hoy, los padres tienen que remontar el aburrimiento, ‘el costo de hacerse un horario propio’, el aprender a hacer actividades caseras, hobbies, cultivar lo cultural, lo artístico, retomar la comunicación virtual con los amigos…
La casa es un espacio que acoge, protege y da seguridad a los miembros de la familia. Por ello, un modo para que nuestro hijo valore el ‘recinto hogareño’ es responsabilizarlo del cuidado y mantenimiento de su ‘rincón privado’ y procurar que, con generosidad, participe en la organización y tareas de las actividades familiares que se programen. La colaboración en casa, además que perfila destrezas y cualidades, es una manifestación de afecto porque busca hacer más agradable la estancia en casa de las personas con las que se conviven en la familia.
Por último, a pesar de la superposición de lugares, las relaciones familiares: paternales, fraternales, filiales y conyugales, continúan activas e intensas, por lo que, promover la conversación ayuda a que el niño o joven desarrolle su inteligencia, aprenda a expresarse y manifestar sus sentimientos en un ambiente de respeto y acogida. También, que ejercite su iniciativa, autonomía y toma de decisiones. El hogar, bajo la supervisión de los padres, constituye un espacio pródigo en oportunidades y alternativas para que, a los hijos, desde pequeños, se les estimule a que se hagan cargo de su vida como una tarea y sean autores de su propia biografía.

[1] Pieper, Joseph, Teoría de la Fiesta, Ed. Rialp, Madrid, 1974, p. 16.

 

Aprender en tiempos de cuarentena

Edistio Cámere

Segunda parte 


Una lección importante ha sido, sin duda, la de reaprender a saber estar en el hogar y a mirarlo con aquella mirada en la que el corazón hace un recorrido desde el interior para posarse en la pupila y “tomar contacto directo con las supremas realidades sobre las que reposa toda la existencia humana: la vida y el amor ([1]) La vida se despliega al compas del tiempo, de la naturaleza, del espacio, de los días que comunican con las noches para que la acoga y recupere fuerza y, la luna invitando con su resplandor tenue a aprovechr con fruición las horas hasta el adios del último rayo solar. La existencia humana requiere de un espacio en donde poder repostar, ser acogida, obtener protección y seguridad, para lo cual el uso racional del espacio es necesario para aprovechar los beneficios de estas gracias hogareñas. El orden, la organización, la generosidad, la postergación, el cuidado y su mantenimiento– entre otras muchas cualidades – se conjugan y aparecen movidos por el afecto que une a la familia.

Estos días, en apariencia iguales, enseñan a mirar las cosas con otros ojos, tal y como si se regresara de un largo viaje, al volver se aprecian aspectos desantendidos o se los atiende con la intención de comprenderlos en su real dimensión. Así, en esta especie de volver a casa, en frase feliz de Rafael Alvira, se descubre que el amor – verbo majestuoso y grandielocuente en boca de poetas, literatos y filosofos –  prefiere– sin perder un ápice de su categoría – mostrarse y expresarse en el trama de la vida cotidiana, con signos tan sencillos pero arrebatadores como una sonrisa, un beso, un abrazo, la atenta escucha, un espaldarazo ante una díficil decisión.

El amor en el cuidado se revela con la fuerza silente del café: da color y sabor nuevo al agua. El cuidar es arte, es ciencia y es cariño, por tanto, el resultado será sin cesar una verdadera pieza hecha a mano, que se ajusta a las particularidades del sujeto amado. El cuidado, “(…) pone de relieve nuestra condición de dependiente y relacional, y (…) revaloriza la capacidad empática para captar otras realidades o necesidades corpóreas del ser vivo” ([2]) En la capacidad de ajustarse a la satisfacción de necesidades de cada uno de los miembros de una familia radica el curso y la irradiación del amor. Si la persona se despliega en lo cotidiano y, lo prodigiosamente cotidiano se declara en su apogeo en el hogar, quiere decir que el cuidado se extiende a todas las actividades que se realizan en las circunstancias normales de cada día.  Velando por las comidas en las reuniones familiares; por el orden material de los ambientes y de la higiene de la casa, la salud y bienestar corporal; el cariño manifestado y recibido. Así como en todas las etapas de la vida del hombre, desde el nacimiento hasta el final de sus días. Todos estos actos – entre otros – expresados al calor del hogar, son donados o dispensados desde el curso y la irradiación del amor. Sin embargo, donde el amor se exhibe en su plenitud es en la decisión diaria y perseverante de expresarse en la atención de los uno y mil detalles que precisa la persona para ser feliz.

El cuidado tiene un valor todavía más preciado que el estrictamente económico: la ineludible responsabilidad de estar pendiente con afecto de cada persona en el despliegue de existencia. Estos días han permitido exaltar el esplendor de la actividad en el hogar, la presencia intensa de la persona en su trama y su dinámica; y, la gratitud dispensada – pródiga y espléndida – como respuesta -nunca cancelada- porque lo se recepciona es siempre un aporte y donación de quien ama sin detenerse en el mérito o en la devolución, simplemente el amor se fija e instala en lo irrepetible y valioso de cada persona, tan solo por ser quien es.


[1] Pieper, Joseph, Teoría de la Fiesta, Ed. Rialp, Madrid, 1974, p. 16

[2] Chirinos María Pía, 2012, La revolución del cuidado: una propuesta para el desarrollo sostenible en Sostenibilidad, cuidado y vida cotidiana. Una aproximación desde Latinoamérica, Ed. S. Idrono, Hernaez, González, M.R. Fundación Universitaria La Sábana, Bogotá, 2012, pp.167-186

QUEDARSE O VOLVER

Edistio Cámere

Los días se suceden implacables. La espera se torna densa y como la neblina no se tiene claro qué levantará la cuarentena: la palabra de un presidente, la voz de la ciencia, del sentido común o la necesidad acuciante. Incierto panorama. Lo cierto es que una frase se ha repetido por todos los canales imaginables: “ quedate en casa”. Dada la ofensiva del coronavirus obedecer  es el camino correcto y solidario. Quedarse en casa sabe a resignación, a no tengo más remedio  y, por tanto, lo mejor que se puede hacer es coger una arma para matar el tiempo de las formas más creativas posibles. Pero es quedarse en casa puede mirarse como un volver a lo más humano, a la vida ordinaria, a mirarse a los ojos, a descansar sin sobresaltos, a agradecer, leer ese libro que te obsequio tu consorte, a escribir metas concretas a lograr cuando termine esta crisis

Volver. He aquí un verbo que predica ritmo. Solamente cuando uno ha partido se espera o se presume que pueda volver. Aunque el regresar no sea una certeza porque se puede renunciar racional y libremente a hacerlo, no se parte del todo, existe un “algo” en lo que se deja temporalmente que mantiene vigente una causa razón o un cierto atractivo. Se vuelve a la tarea encomendada, al amigo, al hogar, al descanso y, en general,  a los compromisos contraidos. Es el ritmo de la vida que se especifica en los días. La posibilidad de volver permite ataviar la novela de nuestra vida con altos momentos poéticos (Borges). Volver tal y como uno partió  es una opción sí pero cansina e improductiva. El regreso tiene que estar marcado por la ilusión de un nuevo comienzo, de un nuevo hacer, de un nuevo mirar o de una más fina escucha. Hacer lo mismo, pero de un modo distinto: es poesía. No que mude sustancialmente la acción, se la completa…siempre cabe un matiz o tonalidad que la haga mejor, más perfecta y bella.

El hombre, al cabo humano, no siempre vuelve chispeante o entusiasmado. El que el sol no brille refulgente ni abraze con sus rayos no hace menos real y cierto el día. Al igual, la categoría del volver no la imprime la “cosa” a la que se vuelve sino el modo como se vuelve. En el modo se contiene el arte y la técnica; la inteligencia y el querer. A veces, el querer se rebela, se eriza en abierta oposición, entonces, es la hora de la razón que esgrime sus mejores argumentos para que caminen en abierta y patente cooperación. Otras veces, la aridez del intelecto se beneficia con los colores, los sabores y afectos del querer.

Mario Benedetti, en su novela “La borra del Café” (Madrid, 2007)  glosa con gracia y precisión lo que, para uno de sus personajes significa volver a su casa (…)

“No, el olor a que me refiero era el de la casa en sí; el que exhalaban por ejemplo las baldosas  blancas y negras del patio interior, o los escalones  de mármol del zaguán, o las tablas del parquet, o la humedad de una de las paredes, o el que venía de la higuera cuando yo dejaba mi ventana abierta. Todos esos olores formaban un olor promedio, que era la fragancia general de la vivienda. Cuando llegaba de la calle y abría la puerta, la casa me recibía con su olor propio, y para mi era como recuperar la patria”.

Cuando uno regresa al hogar se despoja de ese modo propio de la función o papel que desempeña fuera. El aparentar o el representar no conviene al estar en familia. En casa lo singular y atractivo es la acogida y la atención que se dispensan sin valoración tan sólo por ser quien es uno. Por eso, el retorno a un lugar con ese sello es como repostar en un oasis, es henchirse de seguridad y recibir esa mirada inteligente que grita con estruendo pero con armonía: ¡que bueno que hayas vuelto!,  ¡que buenos que éstes con nosotros! La naturaleza del hogar es revestir a sus miembros de humanidad; pero toca a quien vuelve con su actitud generosa y alegría atizarla para que no se desvirtúe o empalidezca.

 

HACER LAS COSAS BIEN

Edistio Cámere

En una investigación de campo realizado en alumnos del cuarto de secundaria [1] ante la pregunta ¿Cuál crees que sea el mayor problema de la realidad actual de nuestro país? El 53.50% señaló a la corrupción. Este porcentaje no solo refleja la opinión de los jóvenes, sino que da noticia de lo difundida que -como acción o práctica – está la corrupción. Hace tiempo dejo de ser un asunto reservado al poder judicial y exclusivo de los adultos: se ha constituido en un tema habitual en los diálogos de los ciudadanos de a pie y de los jóvenes. Este hecho da noticia de que ese fenómeno se ha incrustado en las costuras más profundas y sensibles de la sociedad peruana. En los hogares, en los cafés, en los centros laborales, en los barrios… etc.  se comenta acerca de sus perjuicios mientras que la prensa da cuenta de cómo se abre paso a medida que campea la impunidad. La desesperanza y la desconfianza se extiende en una sociedad fracturada y con instituciones endebles, por lo que las posibilidades de que la cultura reverdezca y recapitule para señalar criterios éticos y morales como guías para una convivencia pacífica y fecunda, son muy lejanas.

Con una cultura debilitada y la corrupción aderezando las conversaciones cotidianas ¿Qué hacer para combatirla? Un gran paso es reconocerla como un enemigo silente y multiforme que precisa de políticas y de políticos comprometidos con darle batalla sin tregua. Pero ¿desde la escuela que se puede hacer? Antes de intentar una respuesta, vale la pena una cuestión previa: el hombre es por naturaleza libre y de su libertad puede optar por lo bueno o malo; y, los resultados en educación aparecen en el largo plazo.

Al margen de las consideraciones legales y morales, campo propicio para que crezca y se multiplique la corrupción es actuar u obrar con medianía, a la criolla o tirando a malo. Si en una sociedad se instala el hábito de la mediocridad, se afecta la justicia porque no se le da al otro lo que le es debido, esperable a través de actos individuales, colectivos y culturales en los ámbitos familiares, laborales, amicales y sociales. Así las cosas, el plexo social ya no cuenta con las reservas éticas y anímicas que muevan a mejorar sin pausa y sin prisa. La escuela puede aportar en este intento, enseñando a los alumnos a que den lo debido como estudiantes, compañeros y amigos. Como estudiantes se espera que comiencen y terminen bien sus tareas y actividades escolares. Desde la postura en el pupitre hasta el trato respetuoso al compañero, la gama de actos que un alumno puede aprender a hacer bien – reconociendo la valía del otro – son innúmeros. Si un niño internaliza que las actividades “finalizan” a la hora fijada, cuando sea adulto le será difícil abandonar la tarea. Igualmente, si a un estudiante se le enseña a pechar las responsabilidades de sus actos, aceptará con hidalguía la calificación obtenida y en el futuro no recurrirá al plagio o a contubernios. Si en la escuela se trasmite que el saber no solamente sirve para alcanzar preseas y reconocimientos, sino también para tomar decisiones certeras y para brindar servicios o bienes de calidad a los presuntos beneficiarios. A la mediocridad se le derrota con la afirmación e incremento del bien en el actuar y en el obrar. Agregar valor (bien) implica realizar una acción con recta intención, inteligencia y toda la diligencia posible. Es importante, rescatar el mundo de la vida (Husserl) y sus instancias: las tradiciones, el orden, las costumbres, la autoridad, las instituciones, la moral… para que debidamente estructurado resista los embates de la corrupción. Desde esta óptica, la escuela podría retomar la tarea de la socialización – desplazada por las mediciones y las calificaciones – para enseñar las normas y valores de la cultura. “Los estudiosos coinciden habitualmente en que el objetivo de la prolongada infancia [y adolescencia] en los humanos es la asimilación cultural, el proceso de adquisición de las habilidades y el conocimiento y dominio de las costumbres y conductas requeridas en la cultura en que se vive” [2]

En esta cruzada la escuela no puede lidiar en solitario, la colaboración de los padres es vital. Si ambos buscan al unísono enseñar a sus hijos a hacer las cosas bien mirando al bien de otros, el Perú despertará de su aletargado sueño invernal.

 

[1] Cámere E. Los Valores, el Futuro y el Perú, Análisis de Opiniones de Alumnos de 4° de Secundaria, 2017.
[2] Sax, Leonard, El descalabro de la autoridad, Ed. Palabra, Madrid, 2017, p. 20

 

“CON LA EDUCACIÓN NO TE METAS”

Sentenció un alto funcionario de mi país ante una pregunta de un periodista que hacía referencia al movimiento “con mis hijos no te metas”. La mencionada declaración emboza una amenaza: su razonabilidad es mucho menor que el voluntarismo prepotente que ostenta. En primer lugar, la educación es un concepto universal, un principio, valor y derecho de todos, por tanto, constituirse – autoproclamarse – propietario y guardián de sus fronteras para que desde afuera no puedan ser franqueadas, sabe menos a celo protector que a un voluntarismo prepotente. En segundo lugar, intentar poner rejas al medio de un manantial  para que nadie abreve o se lave es tamaño despropósito, máxime si la educación es un bien difusivo: cada quien la usufructúa con arreglo a sus objetivos. Asimismo, son muchos y diferentes los actores que intervienen y los modos de educar, siendo los principales, los padres de familia y, a relativa distancia, los profesores. En tercer lugar, la advertencia de dicho funcionario esta irisada por la convicción de que la educación es patrimonio, responsabilidad y tarea del Estado, al extremo que cualquier acotación, conducta y crítica contrarias a las políticas educativas se consideran como una afrenta y ataque al gobierno de turno. Por la fuerza de los hechos, las sociedades se denominan democráticas porque permiten y auspician las libertades de expresión y la económica a pesar de que sobreregulan y no promueven la libertad de enseñanza y el derecho de los padres de elegir el tipo de educación para sus hijos. Aunque  suene a paradójico, en no pocas democracias imperan una cosmovisión única y un pensamiento monocorde. En pleno siglo XXI se hace caso omiso a una verdad tamaño catedral: la educación no se impone, se propone a voluntades libres.

Hablando con propiedad, tiene más lógica y consistencia el afirmar “con mis hijos no te metas” porque aquellos tienen una identidad, tienen un origen: sus padres, quienes pueden constatar que son suyos y que por sus venas corre la misma sangre. La paternidad incluye potestades y obligaciones referidas a su manutención, crecimiento, futuro, criterios educativos. Si bien los padres de familia, escogen – entre muchas- una ayuda calificada (escuela), no los exime de trasmitirles, cariño, valores y principios acordes con el proyecto educativo de la familia. El vínculo entre padres e hijos es suficiente predicamento como que los primeros se hagan responsables por su futuro y que ante terceros respondan dándoles seguridad. A un Ministerio de Educación le corresponde poner los medios para que los padres gocen de escuelas con las condiciones pertinentes para que sus hijos aprendan y bien, pero sin intentar educarles contraviniendo los deseos y criterios de cada familia.

Edistio Cámere

REPENSANDO LA EDUCACION PRIVADA

Edistio Cámere

1. Toda acción humana tiene un autor, es atribuible a una persona concreta con nombre y apellidos. En la medida en que es arrogada a un sujeto se le puede denominar: privada, personal, individual o particular; desde la óptica de la influencia, impacto o radio de acción no es privativa, es pública.

2. La educación llamada pública no es “gratuita”, su costo se paga indirecta y solidariamente a través de los impuestos; mientras que en la escuela privada los costes son asumidos por el padre de familia. Atendiendo a esa sola diferencia se corre el riesgo de etiquetar como social y humanitaria la una y exclusiva y elitista la otra. Cuando en verdad, el precio de la educación privada incluye el costo de la educación pública.

3. En una sociedad democrática, las opciones educativas deben ser variadas y diversas. La pluralidad de la oferta para que calce con la libertad de elección reclama que los colegios se distingan entre sí en mérito a su proyecto educativo, a su cultura y procedimientos que – conocidos con anticipación – permitan una acertada y justa elección. Un tipo único de escuelas no se condice con una sociedad plural y, en último extremo con las familias que cuentan con objetivos educativos diferentes.

4. La iniciativa privada en educación constituye el conjunto de actividades que se despliegan en orden al bien de la sociedad, nacen de las energías de personas y son sostenidas por personas. Lo suyo no es competir ni ser mejor que la pública. Su propósito es garantizar la vigencia de la pluralidad de ofertas educativas en de modo que exista libertad para fundar escuelas y decidir qué tipo de educación se desea para los hijos.

5. La educación pública tiene por objeto asegurar que nadie sea vea impedido, por razones de diversa índole, de recibir una buena educación; por tanto, el Estado no debe conformarse con facilitar la cobertura educativa, justamente porque sus usuarios no tienen alternativas para elegir, le corresponde – sobre todo – brindar un servicio educativo de alta calidad.

6. Un sistema democrático que hostiliza la iniciativa privada, imponiéndole el cumplimiento de trámites y procedimientos farragosos para su ejercicio, atenta contra los principios fundamentales, induce a la anomia social, entra en litigio con el sentido común y con la gramática de la realidad.

7. La libertad de enseñanza impide el pensamiento único digitado desde las esferas del poder de turno; a su vez permite que los padres de familia opten por la propuesta educativa que coincida con su filosofía u objetivos familiares.

8. En una escuela, el plexo de relaciones interpersonales predica que los docentes no solo se aplican al logro de metas objetivas y cuantificables. La escuela ofrece servicios difícilmente cuantificables, menos aún valorables. La educación es una tarea en que la ayuda es superior al servicio de enseñanza prestado. “Hay una neta diferencia conceptual entre servicio y ayuda en razón de su finalidad (…) En el servicio, el tomador es alguien que recibe el bien, y es por tanto un receptor pasivo. En cambio, en la ayuda, el destinatario es alguien reforzado en su propia acción, y dicho refuerzo es precisamente el bien que se ofrece; el ayudado es un agente activo” (Altarejos, F. 2003, 43)

9. A diferencia de la industria y del comercio, el quehacer educativo incluye “insumos intangibles” que operan al margen de las leyes del mercado. Son impagables, su valor no se puede tasar: el consolar a un alumno cuando está triste; alentarlo cuando arrecia el desánimo; corregirlo cuando yerra; orientarlo para mejor elegir; reconocer sus logros o simplemente escucharlo…

10. La neutralidad que caracteriza la relación entre un vendedor y un comprador cualquiera no se predica en la relación docente– discente. La dinámica de la convivencia, el trato personal, las manifestaciones propias de la edad de los alumnos, fecundan en la relación el afecto, la preocupación, y el cariño. Al componente afectivo -“insumo intangible”- no se le puede poner precio. Desde esta perspectiva, a la educación no se le puede entender exclusivamente con las claves del mercado.