AULAS VIVAS®

Edistio Cámere

Programa Aulas Vivas. Profesor del colegio Gutenberg Schule (Quito-Ecuador) en clase del colegio Santa Margarita (Lima-Perú).

Entre las diversas propuestas de capacitación tanto a directivos como docentes, Aulas Vivas tiene la virtud de integrar en simultaneo la ciencia y la técnica aplicada, explicada o mostrada por sus propios artífices. Un curso de capacitación acerca al conocimiento, Aulas Vivas – en cambio – conecta con el genio y arte del docente.

En este programa, al profesor no se le recibe en el vestíbulo, es introducido en la cultura, en el estilo y la estructura organizativa de una escuela. De esta forma, no solamente ‘pasa revista’ a las instalaciones, ni ‘visita’ un aula sino que participa activamente de las actividades ordinarias y extraordinarias previstas en un plan ordinario de trabajo. Participar aquí significa intercambiar enfoques, culturas y metodologías, que permiten re-apreciar – por analogía o por contraste – las actividades que desarrollan en su escuela de origen; iluminar, con mirada nueva, aquellos procedimientos, estrategias o acciones que el colegio receptor – por ser habitual o costumbre – no reconoce o se hace cargo de su valor.

La asistencia del docente a las actividades que organizan y participan sus pares no solo le reporta conocimientos teóricos en la docencia, sino conocimientos que en base a la experiencia directa atienden los síntomas y los relieves de la realidad. Fernández Mariano ([1]), afirma que aquellos se caracterizan por ser tácitos (Polanyi) por lo difícil de formalizarlos, lo que impide sean trasmitido por una facultad o un libro. Es como montar bicicleta; y, los pegajosos–sticky (Hippel) porque es difícil separarlos de la práctica, del ejercicio; se trasmiten y adquieren gracias a la colaboración profesional docente-alumno. De la interrelación profesional pueden surgir tópicos que susciten campos de investigación, de intercambio de información o interés por sistematizar buenas prácticas en aula. Asimismo, la ganancia trasciende hacia el plano personal. La cordialidad, la conversación, el buen trato y por qué no también la amistad que se inicia, contribuyen a complementar la formación del docente. También el modelado de los valores recogidos en el Ideario y que permean la estructura de la escuela, le permiten advertir la fuerza, coherencia e integridad de una cultura escolar. En el canje de motivos, visiones, esperanzas, conocimientos, culturas, el docente resuelve dudas, reanima su vocación y reforzado su querer se aventura con más vigor y entusiasmo a su quehacer educativo.

En esta línea, el programa Aula Viva favorece: la innovación distribuida gracias a que los docentes aprendan unos de otros, ajustando y modificando lo aprendido sin traer o importar prácticas no verificadas o por estar de moda; y, la difusión horizontal que implica contacto fluido y suficiente promoviendo los tiempos y los espacios de contactos no planificados. Se constituyen redes o centros de interés que permiten ampliar experiencias y distribuir la experimentación.

El contacto con los alumnos se establece a través del dictado de seminarios sobre su especialidad a los grados afines a los que enseña en su escuela de origen, quienes son expuestos a la experiencia de escuchar temas que si bien les son familiares, son aderezados con un enfoque, profundidad y didácticas de estreno. El profesor, por su parte, recibe de los alumnos retroalimentación acerca de su capacidad expositiva, de la eficacia de sus estrategias didácticas y de lo versado de sus conocimientos.

El programa de Aulas Vivas principia su despliegue con la convergencia del interés de las escuelas por subrayar el protagonismo del docente en su capacitación y formación. El intercambio físico entre profesionales de la educación – que puede ser simultáneamente o en fechas distintas – inicia cuando la escuela A envía a un profesor asumiendo el costo de trasporte y la escuela B que lo recibe se hace cargo de su alojamiento y alimentación durante el tiempo de permanencia previamente acordado y viceversa.

El programa Aula Vivas, promovido por la Red CENIT®, diluye las fronteras entre colegios, pues, tiene la certeza de que de todos sin excepción se puede aprender, todos pueden aportar copiosamente en algún área escolar, sean de la localidad, de la misma provincia, del mismo país o del extranjero, sean públicos o privados…lo importante es que tengan la disposición de aprender, de compartir y de ensanchar horizontes para poder brindar a la sociedad un servicio educativo de calidad siempre renovada y vigente en el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Fernández E. Mariano, “La educación en la encrucijada” Fundación Santillana, Madrid, España, 2016

LA ESCUELA Y LA PUESTA EN VALOR

Edistio Cámere

Educar es poner en valor lo que el educando trae consigo. ¿Qué trae consigo? Lo que la naturaleza le ha concedido y la aportación cultural y afectiva de su familia. Lo que porta está en él pero como posibilidad, aptitud y perspectiva de hacerse y especificarse. ¿De qué dependerá que su actualización? De sus decisiones, de sus experiencias, de los conocimientos adquiridos, de los modelos que imita, de las relaciones interpersonales y del aprendizaje, etc. a condición de que su entorno sea rico y diverso en oportunidades, en estímulos, en ejemplos, en calidad e intensidad de retos y situaciones interesantes. ¿La escuela puede ser un entorno apto para actualizar las posibilidades que trae el alumno?

Desde una perspectiva antropológica corresponde a la escuela remover en el educando la ignorancia y promover la formación de su carácter. Gracias a la enseñanza de las materias escolares el estudiante es habilitado para insertarse e integrase en la vida y cultura de la sociedad. De la mano del docente adquiere criterios para emitir juicios, va configurando una cosmovisión y apreciando – a través del asombro – los contrastes y comparaciones que componen la belleza de las cosas sensibles. Mediante las materias trasmitidas y bien recibidas, conoce y al conocer se apropia y domina la realidad, es capaz de comprenderla, darle un sentido y descubrir territorios inéditos que los explica con la originalidad de su condición de irrepetible.

La formación del carácter tiene que ver con lo que pone el docente mediante su ejemplo. Si el carácter es la personalidad valorada, éste se muestra de modo natural en el diario vivir. El maestro comunica de dos maneras: explícitamente lo que enseña e implícitamente lo que modela con su manera de ser, con su carácter; por su parte la calidad de la respuesta a lo ‘explicito’ dependerá de lo que retenga, de cómo le afecta y tome de lo ‘implícito’ el alumno.  El autodominio, la serenidad, la paciencia y la autoexigencia… junto con la coherencia y la integridad serán la raíz y fundamento de su autoridad. La misma que, fraguada con el esfuerzo y tensión personal para delinear la personalidad valorada, será doblemente eficaz: las proposiciones del docente tendrán el respaldo de su prestigio personal, y sabrá ser comprensivo con quien con energía intenta cambiar una determinada conducta, así como estimular al alumno que está en proceso o sugerir nuevas rutas o alternativas a quien está a punto de desistir en su empeño.  El ir por delante tiene esa virtualidad.

También tiene relación la formación del carácter con la convivencia con los pares con quienes guarda similitudes pero también diferencias que son las que, no pocas veces, hacen difícil el vivir con otros. La convivencia es una riqueza para el desarrollo personal y no origen de conflictos. Justamente la formación del carácter es condición para abrirse a la experiencia de las relaciones interpersonales, para no aparcarse en detalles irrelevantes que pueden incomodar por no ser del propio agrado sino trascenderlos para ir en pos del intercambio de pensamientos, sentimientos e ideales, de la colaboración mutua y de la realización de proyectos comunes.

La escuela debe promover entre los alumnos programas de participación en el que todos y cada uno puedan desplegar y comunicar sus talentos con miras a generar un ambiente que propicie la convivencia, la solidaridad y el apoyo mutuo. Preocuparse y ocuparse por el crecimiento de los demás a través de proyectos en los que tienen autonomía en el diseño y en las decisiones, propicia una cultura cooperativa y abre espacios donde los alumnos sirviendo a sus compañeros vean a su colegio como un mosaico de oportunidades para su desarrollo integral.

 

 

LA PALABRA Y LA REALIDAD

Edistio Cámere

          Susanita dormida sueña: -“Oh, Felipe, ¿No sería maravilloso qué entretejiéramos nuestras vidas”? – “Depende, ¿con qué punto”? responde Felipe. Al día siguiente. Felipe se encuentra leyendo una revista, de pronto, Susanita se acerca y por detrás le grita ¡TONTO! Da media vuelta y se retira. Felipe, no solamente, por el susto cae sentado al piso sino que queda confundido: no atina a comprender la actuación de Susana.

       Quino recoge situaciones de la vida ordinaria que las ilumina con la vena humorística que lo caracteriza tanto para el deleite como para la reflexión del lector. La presente historia, bien puede sacársele punta desde la óptica de las diferencias entre hombre y mujer pero de intento dejaré ese sesgo para otra ocasión. Más bien, me gustaría centrarme en una cierta tendencia actual que sin atender y sin abrirse a la realidad o a la misma naturaleza de las cosas, se juzga, se opina y hasta se actúa sobre la base de lo que uno siente o supone. Susanita actuó proactivamente basándose en un sueño sin asidero en la realidad. ¡Cuántas opiniones, incluso temerarias, se profieren sin detenerse a considerar si lo que se escucha o lee es cierto!

         La emoción otorga frescura al diario vivir. Más cuando el juicio es contaminado excesivamente por ella, pierde perspectiva y no atiende a la realidad tal y como es sino que le añade elementos o se la parcela, de manera que, solo focaliza la parte que más se acomode con los propios intereses. La adecuación del pensamiento con la realidad, facilita la emisión de juicios objetivos que mueven a actuar con coherencia. Por el contrario, cuando uno tiene la convicción de que la realidad se configura a partir de las ‘vibraciones’ que revolotean en el mundo interior se cae en las fauces del relativismo. Cuando el subjetivismo – hermana gemela del relativismo – reina los cauces de la convivencia y de la comunicación se resienten, por no decir, que se obturan. Si cada quien va a lo suyo porque es lo más importante, “el otro” no tiene cabida puesto que no interesa, y si interesa es por sernos útil o por ser un escollo que hay que sortear.

        La palabra expresada sin una referencia externa suena más a monologo que a dialogo. Las interferencias no provienen del entorno sino de ella misma que al estar vaciada de su real significado asume connotaciones subjetivas. La misma palabra tiene diferentes acepciones para quienes interactúan. Más aún al no existir relación con un referente objetivo, el compromiso dado a través de la palabra pierde consistencia y, al extremo con facilidad se incumple.

            La verdad, que es la adecuación del pensamiento a la realidad, debe presidir tanto en la cotidiana convivencia como en el dialogo para que fluyan sin cortapisas y para que el respeto a la dignidad de la persona sea una máxima en las relaciones sociales.

PENSANDO EN LOS QUE VIENEN DESPUES

 

Vivir la virtud de la piedad (la pietás). Agradecimiento a la familia, a la escuela, a la patria… respetando a las autoridades competentes, a su historia y a quienes precedieron y participando en la solución de los problemas más cercanos a uno. Conservar lo socialmente valioso recibido de las otras generaciones, de lo contrario se menosprecian la historia, tradición y la herencia cultural.
La paz social descansa en gran medida en la práctica de la piedad, que supone consideración por quien está constituido como superior, veneración al anciano, respeto del discípulo a su maestro, a quienes se les debe el honor, obediencia y servicio.

Laboriosidad. Su carácter virtuoso de la deriva de la obligación de trabajar que incumbe a todo hombre. Con el trabajo se mejoran las dimensiones fundamentales de la personalidad humana, se cumple con la misión de contribuir al crecimiento y progreso de los demás.
Laboriosidad es trabajar con esfuerzo y de forma positiva. ¿Qué se gana con las quejas ante las dificultades de toda índole? Nada. Solo desaliento y desánimo. Cuando se trabaja con motivación, en positivo, no hay dificultad insuperable. Quien es laborioso no tiene tiempo para quejarse, pues sabe que las “obras son amores y no buenas razones”.
Laboriosidad es trabajar con constancia. La flojera y la pasividad son sus principales escollos. La reflexión y la acción tenaz son herramientas indispensables. La laboriosidad es una virtud que exige metas y objetivos concretos para no perder tiempo ‘contemplando’ los problemas sino en empeñarse en encontrar las soluciones: ¿Qué se puede hacer? ¿Qué medios se van a poner? ¿Qué soluciones se van a ofrecer? La pereza no se define tanto por el mero no hacer nada, sino que no se hace nada por la tristeza que supone el esfuerzo a invertir para alcanzar un bien.

Tono humano . Se puede definir  el “tono humano” como el estilo del carácter propio del hombre que se refleja en las formas de conducta, individualmente considerada o en sus relaciones de convivencia. Así, cuando una persona sabe respetarse a sí misma y a los demás sin hacer mal a nadie, atendiendo a las personas que le rodean, creando un clima afable en su propio entorno, decimos que esa persona tiene un tono humano alto.
El tono humano se manifiesta principalmente:
A) En cuanto a la propia persona: en la conducta, el lenguaje, los modales, la forma de comer y de tratar a otras personas, así como la aplicación de lo apropiado en cada circunstancia y ocasión. Para ello son necesarias las virtudes de la limpieza, el optimismo, la autodisciplina, la naturalidad, sencillez, sobriedad, templanza, fortaleza, prudencia y justicia.
B) En cuanto al trato con los demás el “tono humano” se refleja en el saber tratar a cada uno teniendo en cuenta su dignidad, la amabilidad y delicadeza, comprensión y respeto con el que se desarrollan todas las relaciones interpersonales, la práctica de cortesía, educación y respeto para los demás; la forma de crear un ambiente agradable y delicado, adaptándose a las costumbres y tradiciones de la sociedad.

Edistio Cámere

LA TRIADA DEL DOCENTE

Además de una muy buena didáctica (capacidad de enseñar) y un buen gobierno de aula, considero que el querer, el afirmar y el corregir terminan por definir la categoría de un maestro.

1) El querer puede interpretarse válidamente de múltiples formas. Así, una de ellas se relaciona con la resolución, la motivación o disposición para educar. Desde esta perspectiva, querer tiene el sabor de ‘fidelidad’ porque no se contenta con asistir sino que se centra activa e ilusionadamente en el despliegue cotidiano del quehacer docente. Muy cercana a esta acepción aparece aquella conectada con la toma de decisiones y su inmediato correlato: la puesta en acción. La educación no es dejada a la amplia, difusa y miscelánea influencia del medio sino que el docente la direcciona y conduce en determinado sentido alineado al conocimiento del alumno y la visión de la escuela.

Querer también predica afecto cuya manifestación se evidencia, se valora e interpreta en la presencia o en el modo de estar. Lo ‘interior’ se externaliza en los gestos, en las miradas, en las inflexiones de voz, en la postura… con el cuerpo se comunica emociones, afectos también como respuesta a lo que el ‘otro’ suscita. El querer, no obstante, se expresa sólido y contundente en los actos de escuchar y sonreír. Escuchar, es centrar la atención en un quien, valorarlo y atribuir empáticamente la misma importancia a la narrativa que trasmite o cuenta. Sonreír, es comunicar, compartir el gozo que edifica el encuentro, el trato con una persona determinada; y, a nivel de grupo, la sonrisa revela ‘un estar a gusto’, de estar en el lugar – que por muchas razones – es el más importante en el que se tiene que estar para aportar con sentido y a largo plazo.

Por último, este marco en el que se encuadra el querer, para que sea educativo debe tener un claro destino: buscar y querer el bien. Esta benevolencia se nutre del tiempo, del intercambio personal y del conocimiento que se recaba del educando, en tanto implicado y participante de las actividades escolares curriculares programadas. Querer el bien significa procurar ‘ese’ bien particular propio de una persona, que es posible descubrirlo en una relación personal y capilar, pues sobre el bien universal de la enseñanza o de inserción en la cultura de la sociedad – concernientes de toda escuela – cada alumno tiene uno específico que –, en el tiempo, puede mudar de acuerdo a variables de todo tipo y cualidad- reclama de un preciso camino, de un arte en el andar y apoyo para conseguirlo. Por el contrario, una visión utilitaria que solo busca resultados, presume que existe un único bien para todos, por cierto, no es un enfoque errado, es estrecho.

2.- El acto de querer es condición para activar la práctica del afirmar. Su inicio es el reconocimiento, no el que deriva de la ejecución de una buena acción o de la obtención de un logro, sino de aquel que cala en el alumno al saberse y sentirse que ‘importa’, que no es uno más en la ‘lista’ o en la ‘fila’. Un factor que incide negativamente en el aprendizaje es la indiferencia y el trato pálido y gris en la relación docente-alumno.

El educando suele esperar aprobación, que lo ponderen pero sin que sea adulado usando ‘frases redondas’ que suenan bien pero que tienen el defecto de ser definitivas y uniformes. Definitivas porque no admiten la posibilidad de mejora ni la comprensión cuando se retrocede o se equivoca. “Al hombre no le es posible desarrollar todas sus potencias simultáneamente y en igual medida al igual que tampoco puede actualizar todas a la vez (…) El hombre se revela como un todo unitario en continuo proceso de hacerse y transformarse” ( ) precisamente esta realidad aboga en contra del uso de calificativos que no estiman la capacidad de autodeterminarse, del movimiento y de la progresión en el crecimiento de la persona.

El reconocimiento, la afirmación no se reduce a otorgar o no calificativos, también se expresa eficaz en esa mirada ‘cómplice’ que anima; en esa ‘palmada’ en el hombro señal que se confía en el educando; en esa conversación que se le descubre talentos o nuevos ideales; y, cuando más allá del mero reporte de las evaluaciones el docente es consciente que “el modo de ser propio de una persona se expresa también en formas que pueden seguir existiendo separadas de ella: en su letra (…) en todas sus obras, y también en los efectos que ha producido en otros hombres” y, por tanto, el docente tiene como tarea principal “comprenderlos: penetrar en la individualidad por medio del lenguaje de esos signos” ( )

La afirmación como ejercicio es siempre relevante, sin duda alguna. Pero su incidencia – profunda y omniabarcante – en toda la persona está en directa relación con la ascendencia. La autoridad y el prestigio del docente tienen la certeza de la credibilidad y el atractivo de la inspiración.

3.- El corregir no es una práctica buscada ni gustosa, se le omite o se le escamotea sin mayor rubor. Su fuente de inspiración está en la benevolencia. Con la corrección no se busca satisfacer las demandas, deseos ni gustos, tampoco los propios del docente, sino las necesidades realizando actos que promuevan el crecimiento y desarrollo del educando. Poner orden cuando sea menester y ‘rectas’ las conductas, es una manera precisa y concreta de mostrar afecto. ¿De qué otro modo se puede llamar al hecho de correr el riesgo de recibir por respuesta una mala cara, unas palabras hirientes o un afilado silencio, tan solo para buscar lo mejor para el otro?

El docente que corrige es magnánimo respecto al proyecto vital del alumno, porque cree en sus posibilidades y capacidades y, en lo que a él le competa pondrá todos los medios para que aquel no sea menos de lo que puede llegar a ser. Corregir implica creer y apostar. Al señalar una equivocación o un mal comportamiento, se ilumina la inteligencia al proporcionar argumentos o razones que expliquen la validez de su inhibición; se modela modos y se amplían nuevos horizontes para hacer las cosas bien; se le permite reivindicarse ante sí y ante los demás, es como si se diera la oportunidad de ubicarlo de nuevo en el partidor para volver a intentarlo. Sin duda, el corregir es un acto que mira al futuro del alumno y al bien común de la sociedad.

Si para afirmar se pedía ascendencia, la corrección solicita del docente coherencia que no impecabilidad, sino el patente esfuerzo desplegado en actuar y pensar en concordancia.

Edistio Cámere

 

 

 

Capacitación y Formación Docente

capacitacion-docenteLa formación de los integrantes del claustro de docentes – incluyendo directivos – es clave en una escuela, pero para nuestros propósitos conviene distinguirla de la capacitación. Ésta apunta más al incremento de la suficiencia técnico-pedagógica, que representa el ‘patrimonio’ con el cual el docente se presenta y ejerce su quehacer en un colegio. A mi juicio, el centro educativo tiene que alentar y promover la capacitación más no debe ‘reemplazar’ sino más bien acoger y patrocinar a quienes muestran interés. Un modo en que se revela la ilusión profesional es precisamente la motivación mostrada por capacitarse. Capacitarse, sin embargo, no supone la asistencia a centros de estudios superiores ni la acumulación de títulos universitarios – por cierto, que obtenerlos no es cosa de poca monta – es más bien, una actitud de estudio y análisis frente a las situaciones ordinarias que el ejercicio de la profesión conlleva. ‘Pararse a pensar’ frente a un suceso o conducta implica: a) romper con la rígida práctica del ‘siempre se hizo así’; b) la configuración y cierre de un círculo virtuoso: la teoría se ajusta a la situación y/o a la persona; c) la experiencia incorporada como consecuencia de los resultados obtenidos es rica, flexible y diferenciada; y, d) esta forma de proceder avoca de los directivos confianza en el docente y respaldo en las decisiones asumidas.

La formación, en cambio, se entronca con la visión, principios y valores (Ideario, también se suele denominar) que tiene la escuela y, con el hecho patente que con ocasión de la relación enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno. La reflexión de las implicancias teórico-prácticas de franquear esa función o ese rol no tiene que ser tarea solitaria del docente, es competencia de la escuela conducirla y abonarla con argumentos. De otro lado, a toda escuela le puede interesar configurar un estilo, un talante que la distinga de las demás o de sus más cercanas competidoras. El modo de ser se forja mediante la adhesión libre de los docentes a los principios de su escuela, de tal manera que en su habitual comportamiento y con respeto a la singularidad de cada uno, manifiestan ante los alumnos lo ‘fundamental’ del centro educativo. “La eficacia de un centro no proviene solo de la eficiencia de uno de sus componentes, sino de un equipo integrado, en el que mutuamente se potencian sus componentes” (1) Sí como decíamos líneas arriba, con ocasión de la enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno, ahora, tendremos que decir que, con ocasión de la conducta y actitud del docente comparece ante el alumno el ideario del colegio.

El docente trasmite conocimientos pero no agota su dimensión educativa en la enseñanza, se dispone a educar desde su ser personal, por tanto, la formación, también debe conducir al crecimiento y despliegue de sus talentos. Los talentos por tener un carácter social se orientan al crecimiento recíproco: aportan al crecimiento de los otros y, a su vez, los talentos de aquellos contribuyen a la propia mejora. El incremento de las propias capacidades depende de los demás: 1) En tanto que sus limitaciones y dimensiones se perciban como oportunidades para descubrir nuevos matices o perspectivas en los talentos propios; 2) En la medida en que se recibe un bien del que se carece y que es suministrado por otra persona que posee un talento mediano o al no tenerlo cuando la ocasión lo amerita, acicatea para ser adquirido o a mejorar su despliegue.

La unidad de una escuela no radica en ‘hacer todos, las mismas cosas y del mismo modo’, más bien, la unidad reside en querer los mismos principios educativos, expresados máximamente en procurar la mejora del alumno como persona. Lo cual se logra a través de una cálida, atractiva y sustentada formación docente.

Edistio Cámere

(1 )Mañu, Manuel, 1999, Equipos directivos, Rialp, Madrid, pág. 79

El docente cabalga en una sociedad sin rastros

Un nuevo año escolar ha comenzado y, junto con él reaparecen los mismos viejos desafíos para el docente, pero con un nuevo sentido. Viejos porque los comportamientos y tendencias colectivas de los alumnos se repiten con asombroso parecido; novedosos porque cada alumno vivencia de modo particular sus experiencias escolares, toma sus propias decisiones ante situaciones que afectan a todos y, finalmente, nuevas porque cada día el estudiante reestrena su libertad para orientarse a crecer y ser mejor persona.

El docente interesado en educar o con una vocación bordada con trazos firmes no encuentra eco ni apoyo en la sociedad. Habrá que decirlo con todas sus letras: “Cuanto más trabada y descompuesta esté la sociedad mayor deberá ser el esfuerzo, entrega y creatividad del docente en el ejercicio de su quehacer”. Ciertamente, no me refiero a la enseñanza en sentido estricto (trasmisión de conocimientos), me refiero a que la función del docente también incluye la orientación; es decir, proponer un norte, una meta a la que el alumno pueda adherirse libremente, que tiene que ser acompañada por argumentos y modelos que, gracias a su coherencia y ejemplo hagan más atractivo y transitable el camino que lo lleva hacia ese norte.

Quienes por función, por encumbramiento, deberían mostrarse como guardianes de los valores, el orden y la justicia social, se convierten en paladines de la práctica del ‘fin justifica los medios’. Los errores, las equivocaciones, las faltas no son excepciones en la vida ordinaria: la debilidad y fragilidad humanas son sus causas. Frente a aquellos, bien cabe la comprensión y el respeto lo que no implica, desde mi perspectiva, contemporizar con el error.

Desde una óptica educativa es contraproducente que, ante una conducta impropia o un error, se le enseñe al alumno a ‘rasgarse las vestiduras’ sorprendido ante tamaña trasgresión como si los jóvenes fueran privilegiadamente impolutos o marcadamente ilusos, creyendo en la existencia de la bondad natural en el hombre. También contraviene a la formación que el alumno advierta que: a) las faltas que otros cometen quedan impunes; b) solamente son acusados ante el poder judicial cuando trasgreden la ley mayormente ciudadanos de a pie, mientras que quienes ostentan cargos públicos o socialmente reconocidos, suelen ser liberados por “falta de pruebas concluyentes”; c) estén comprometidos en casos de corrupción o involucrados en escándalos funcionarios de gobiernos locales, regionales y nacionales de quienes, por el contrario, se esperaría que promuevan el bien común en sus respectivas jurisdicciones; d) Si quienes tienen el deber sagrado de conducir al país hacia el desarrollo con paz, delinquen impunemente, la figura de la autoridad – por extensión – en todas las comunidades u organizaciones tiende a perder su sentido y finalidad, en consecuencia, la sociedad empieza un proceso de descomposición sin retorno; e) Sin referentes sociales que encarnen ideales o valores se torna menos creíble caminar por la vía de las “buenas costumbres” (“¿Si mis, autoridades lo hacen qué razones tengo yo para inhibirme de hacer – en mi entorno – lo mismo?”)

Esta situación que caracteriza al sector más influyente de la sociedad, que contamina y afecta su dinámica, deja entre paréntesis a los colegios, sin norte, porque cuestiona de cuajo sus principios educativos. Sin embargo es esta misma sociedad la que, a través de sus instancias oficiales, se mantiene impertérrita exigiendo resultados en infraestructura y en el uso intenso de tecnologías al margen de la educación de los valores y la búsqueda del bien y la verdad.

La escuela no es un coliseo al que acuden los alumnos para ejercitarse ‘mecánicamente’ con miras a mejorar mi ‘marca’. No. El colegio es un lugar donde se trasmite conocimientos, se forma el criterio y se ayuda a bien querer mediante una acertada toma de decisiones.

Tenemos que alzar la voz exclamando: ¡profesor no te des por vencido!. No es fácil educar en este tramo del siglo. Con la gracia, la creatividad y el profesionalismo que te adornan – usando, además, con solvencia los espacios que permite el currículo oculto- formarás alumnos que no solo sepan discernir lo bueno de lo malo, sino que también sabrán determinarse hacia el bien, sin perder de vista la importancia de la comprensión y del afecto con quienes se equivocan.

Edistio Cámere

Darse vuelta para aprender y mejorar

A pocas horas de terminar este año 2016, quizá lo que primero se nos venga a la cabeza y al corazón sea mirar hapulgar-arriba-y-abajo-cuerdacia adelante pergeñando nuevos planes y proyectos. ¡Qué duda cabe: el ser humano camina inexorablemente hacia el futuro! Puede hacerlo de muchos modos o maneras. Pero hay dos principios u objetivos dignos de tomar en cuenta: mirar hacia atrás para aprender y llegar al futuro siendo mejor de lo que se es en el presente.

La calidad en educación está entrelazada con la mejora personal del profesor, de manera que los vínculos posteriores que establezca con sus alumnos, tendrá un efecto positivo en los aprendizajes. ‘Darse vuelta’ es una buena práctica que tiene como propósito aprender de lo andado. En el caso del docente el aprendizaje contiene una particularidad: lo adquirido no le añade habilidades le da mayor prestancia y precisión. Efectivamente, cada experiencia educativa con un alumno es inédita, original, no se repetirá tal cual pero lo ganado en paciencia, escucha, empatía, capacidad de corrección… le servirá – atendiendo a las circunstancias específicas – para ser más fino y efectivo con un posterior estudiante.

Si hacemos el firme propósito de mejorar las virtudes personales que ayudan a la calidad de nuestro vínculo con los alumnos, el 2017 será más focalizado en la demanda de esfuerzos y el optimismo será amigo fiel durante ese año: el empeño por ser mejores no se agota, siempre se puede ser un poquito mejor. Al tiempo, que nos confirma en los efectos de esa mejora: niños, niñas y jóvenes con nombre, historia y proyectos propios.

Algunas cosas no cambiarán: la visión mecanicista y utilitaria de la educación; el intento de muchos estados de que impere un ciudadano tipo con una visión uniforme de la vida; el atropello a la libertad de enseñanza y, el desplazamiento de la función educadora – primera – de los padres de familia. Pero como el acto educativo es un prodigio personal no debemos desesperar. Lo que importa es andar sin pausa pero sin prisa y con la convicción de que la docencia es la única profesión que permite escribir directamente en la biografía de cada alumno.

Después de cada siete años he querido hacer una ‘suerte de maquillaje’ a la presentación o formato de este blog. La línea editorial sigue y seguirá siendo la misma, así mismo la disponibilidad para responder a los comentarios y críticas que tan amablemente me hacen nuestros lectores. Espero que estos mínimos cambios sean amablemente acogidos de lo contrario, estoy abierto a sus sugerencias.

No quiero terminar este año sin agradecer a todos y cada uno de ustedes por la gentileza en abrir – ordinaria o extraordinariamente- este blog. Espero que los artículos propuestos estén a la altura de sus expectativas, de modo que, sigan contando con la amabilidad de su lectura.

GRACIAS Y FELIZ AÑO 2017

Relación Familia-Colegio

relacion-escuela-familia               Las presentes líneas no buscan otra cosa que hacer extensivas a los directores de colegio y profesores, algunas reflexiones conceptuales en relación a los comportamientos intervencionistas de las entidades públicas, que en su afán miope por defender a los padres de familia, termina lesionando su participación fundamental en la educación de sus hijos. La naturaleza de la acción educativa recusa cualquier sesgo mercantilista como modo de explicación y de tratamiento normativo. La actitud de los colegios no sólo debe limitarse a esgrimir argumentos legales como respuesta al intervencionismo – lo cual es legítimo y oportuno – además, se hace imprescindible que expliquen y defiendan ante los padres que los logros escolares de los alumnos son consecuencia de una relación confiable, cálida y objetiva. La desconfianza entre las partes conlleva a reducir la educación a lo estrictamente utilitario e instructivo.

REFLEXIONES

1.- ¿El quehacer educativo puede ser considerado – en sentido estricto- como un bien o servicio mercantil? ¿Los padres de familia cara al colegio son clientes, son consumidores, son usuarios, son beneficiarios o son compradores? ¿Es meta de la escuela la satisfacción del cliente? ¿La eficiencia educativa de un colegio pasa por la reducción de costos y la mecanización de sus procesos? ¿Es el precio determinante en la elección de un colegio? ¿A mayor monto en la pensión menos alumnos y, por el contrario, a menor costo más alumnos? En suma ¿La educación puede reducirse a las claves del mercado?
2.- En una sociedad democrática, las opciones educativas para los padres de familia son variadas y diversas. La pluralidad de la oferta para que calce con la libertad de elección reclama que los colegios se distingan entre sí en mérito a su orientación y proyectivo educativo, a su cultura y procedimientos que – conocidos con anticipación – permitan una acertada y justa decisión por los padres de familia.
3 – El colegio no es una isla, para funcionar necesita proveerse de profesionales y recursos tangibles que se pagan y adquieren tan igual como lo hacen las organizaciones que operan en otros sectores. Requiere de una infraestructura que tiene que mantenerse; de docentes competentes remunerados adecuadamente; de equipos, y materiales técnico-pedagógicos…etc. cuya oportunidad, disponibilidad y calidad suponen unos costos que tienen que incluirse en el precio final del servicio educativo.
4. – A diferencia de la industria y del comercio, el quehacer educativo incluye “insumos intangibles” que operan al margen de las leyes del mercado, pero contribuyen decididamente en el aprendizaje. Son impagables, su valor no se puede tasar: el consolar a un alumno cuando está triste; alentarlo cuando arrecia el desánimo; corregirlo cuando yerra; orientarlo para mejor elegir; reconocer sus logros o simplemente escucharlo…, así se podría seguir abundando en hechos ‘in- apreciables’.
5.- La neutralidad que caracteriza la relación entre un vendedor y un comprador cualquiera no se predica en la relación docente– discente. La dinámica de la convivencia, el trato personal, las manifestaciones propias de la edad de los alumnos, fecundan la germinación del afecto, de la preocupación, y del cariño. Al componente afectivo –“insumo intangible”- no se le puede poner precio. Desde esta perspectiva, a la educación no se le puede entender exclusivamente con las claves del mercado.
6. – La axiología de un colegio compromete las mismas entrañas de su organización en su múltiple complejidad: cultura, procesos, normas, actividades, estilo didáctico, metodologías… Al tiempo que aquella reclama de adhesión de parte de los docentes. Por eso, la ejemplaridad es un elemento esencial en toda actividad educativa. En el comercio, en la industria, etc. se valora más la pura y simple eficiencia. En la educación la eficiencia viene condicionada por la ejemplaridad, porque la acción del maestro no se cumpliría correctamente si el alumno, descubriera en aquel los mismos vicios o defectos contra los cuales predica. (García Morente)
7. – La educación es un servicio de asistencia –se enseña al que no sabe- brindado por profesionales, utilizado con asiduidad por los padres de familia cuyos hijos se encuentran en edad escolar. En tanto que la educación es un proceso que requiere continuidad, a los padres de familia con respecto a los docentes y al colegio se les puede denominar propiamente: Clientes. Sin embargo, es inapropiado incluir a los alumnos dentro de la categoría de consumidores, primero porque la educación no es una mercancía y, en segundo lugar, porque sus efectos no se consumen, ni se extinguen, todo lo contrario perdura en el tiempo incorporada en el alumno.
8. – Los padres están comprometidos y participan activamente en la educación de sus hijos a tal punto que la dinámica familiar influye en sus logros. Su relación con el colegio no termina con su elección y el pago de la pensión escolar. Entre ambos se establece una alianza, objetivada en competencias y responsabilidades claramente distinguibles pero que concurren complementariamente en beneficio de la educación del alumno-hijo.
9. – La educación no se impone, se propone a voluntades libres. La libertad y el querer del alumno son datos esenciales, sin ellos no se califica como logrados o no los objetivos educativos.
10. – Se educa personas singulares e irrepetibles. Ante un mismo estímulo, las respuestas son diferenciadas y diversas, por tanto, en una escuela no se puede hablar de una uniformidad o estandarización sino de pluralidad en los logros o resultados educativos.
11. – Colegio y familia son instituciones completas e íntegras desde tanto el punto de vista del derecho natural como del civil. Coinciden en los fines. Uno de los fines del matrimonio – base de la familia – es la generación y educación de los hijos. El fin central de la escuela es la educación a través del proceso de enseñanza-aprendizaje.
12. – Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos, tienen el deber-derecho de hacerlo, del cual no pueden sustraerse ni menos se les puede arrebatar tal prerrogativa. Sin embargo, tienen la potestad de buscar y elegir – entre las que la sociedad provea – instituciones que les completen y complementen en su tarea. Estas instituciones ayudan porque pone el incremento allí donde ellos consideren necesario y, son calificadas porque ofrecen un servicio especializado, profesional e idóneo.
13. – Entre los centros educativos y los padres de familia – luego de la elección y satisfechos todos los procedimientos – se establece un vínculo jurídico cuyas partes son:
1. La materia: el hijo o hija en tanto educandos.
2. El objeto: la colaboración y voluntariedad de las partes para educar a un sujeto concreto, singular y con un ethos particular: el hijo.
3. El cuerpo: la coincidencia de los fines entre ambas instituciones que el colegio lo específica a través de su axiología y de su estilo educativo.
4. Contratantes: padres de familia y el colegio.
14. – La materia y el objeto son la razón y causa del vínculo jurídico. El pago de la pensión escolar – en el monto y modalidad acordada – impide que el vínculo devenga en nulo o se extinga en el corto plazo. Sin la oportunidad de los desembolsos, el colegio no podría adquirir ni contar con el personal, con los medios ni con los recursos adecuados para constituirse en una ayuda calificada idónea.
15. – La relación que el colegio establece es con cada familia. En razón de la materia y el objeto del vínculo, dicha relación no puede ni debe ser precaria, opuesta ni antagónica, si no buena y fluida, garantía de una diferenciada y mutua colaboración.
16. – Condiciones de una buena relación.-
a) Confianza
Los padres de familia confían en la idoneidad del cuerpo docente y en que sabrá conducir a su hijo teniendo como foco el perfil del alumno egresado que el colegio prometió (y que ellos aceptaron por coincidir con sus objetivos educativos familiares)
Para que la relación familias –colegio sea confiable conviene considerar que:
1. – Atribuir la responsabilidad de los problemas escolares de los niños a la otra parte, no es del todo cierto. Se tiene que aceptar que no existe un único responsable de los problemas que afectan a un niño.
2. – Los padres de familias no pueden observar directamente el comportamiento de su hijo durante la jornada escolar; los profesores no están dentro del ámbito familiar. Por tanto, para una mejor comprensión y toma de decisiones, ambos se complementan. No obstante, las versiones no siempre coinciden, la mutua y recíproca confianza ayuda a superar dicha limitación que es a su vez física y práctica.
b) Delegación de autoridad
La tarea de los padres no concluye con la elección del colegio ni menos con la matrícula. Es inherente al proceso educativo el delegar al colegio parte de su autoridad, el que a su vez la transfiere a los profesores para que puedan ejercer su quehacer académico y formativo. La autoridad no se agota en la conducción, también implica respaldo a las acciones educativas propuestas por la escuela. De ahí la importancia que la familia y el colegio coincidan en el cuerpo del vínculo.
El respaldo de los padres expresados en el acto de delegar su autoridad no es incompatible con el derecho que les asiste a solicitar correcciones o las explicaciones del caso. Lo capital es que aquellos derechos se orienten y dirijan a quienes puedan atenderlos y darles curso de solución.
c) Rectitud de intención
En una relación que apunta a un fin claramente definido la colaboración entre la partes reclama de una recta intención en el actuar. La escuela no puede garantizar infalibilidad e impecabilidad en sus actuaciones – como los padres tampoco- al fin y al cabo se trata de instituciones compuestas por hombres. Pero sí el colegio puede prometer acciones signadas con la intención de buscar el bien de cada uno de sus alumnos. En el marco de dicha atmósfera, padres y profesores podrán encontrar los mejores y más efectivos medios y criterios para zanjar presuntas desavenencias.

 

El querer en EDUCACIÓN

Estimado Jorge desde hace unos largos días estoy tentado a ponerte unas líneas. ¡Excusas!Las tengo y te las puedo presentar… Aun así aquellas no han abatido mi intención de escribirte. A propósito, es interesante hacer notar que entre el querer y el poder se definen muchas conductas. Yo quise pero no pude, es una versión socialmente aceptada aunque no sea cierta. Mientras que pude pero no quise, siendo verídica no es fácilmente digerible.

Desde el momento en que se me cruzó por la mente el escribirte, ¿en cuántas ocasiones no pude y en cuántas, en efecto, no quise? Ruboriza responder. El no-querer en un determinado momento no predica renunciar definitivamente a ejecutar lo planeado… digamos por un acto de rebeldía extrema. Lo ordinario – desde mi modesta opinión – es que el no-querer equivalga a postergar… a veces sine tempore. Lo postergado pierde fuerza ante la presencia de una nueva oferta. Ésta no siempre es mejor y más beneficioso, no obstante, tiene el ímpetu de apartar de la primigenia intención o compromiso. Ante una responsabilidad no cumplida uno puede justificarse insinuando: ‘me faltaron datos; creí que; pensé que; empero, la excusa no repone la acción no ejecutada y, ante el interlocutor, queda la sensación (¿la evidencia?) de que no ha querido cumplirla. ¿Confiarías nuevamente en esa persona? ¡Buena pregunta!

También podría darse el caso contrario, es decir, querer pero no poder, por falta de recursos técnicos, de habilidades o de tiempo. El querer está relacionado con la libertad y la capacidad de autodeterminación hacia algo valioso aunque suponga esfuerzo. El poder, por el contrario, conecta más con los medios o instrumentos, mismos que se pueden cambiar, intercambiar o modificar con vistas al fin perseguido.

Jorge entiendo que es propio de tu quehacer tener en mucho el querer del alumno: que quiera atender la explicación, que quiera estudiar, que quiera aprender, que quiera ser buen compañero… de su querer dependen, en gran medida, los logros educativos. Empero, también eres consciente de que activar el querer del alumno constituye uno de los retos que más acrisola la labor de todo docente. No me gustaría darte la impresión de ser anárquico – valoro el orden y la jerarquía en tanto respeten las instancias intermedias – pero no deja de llamar la atención que usualmente las opiniones de políticos, de empresarios, de funcionarios y de consultores enfatizan más “lo que se debería hacer en educación” para conseguir buenos resultados -obviamente, éstos se configuran con arreglo a su particular visión y posición dentro de la sociedad-. ¡El aparcarse en lo que se ‘debería hacer’ lo encuentro tan poco empático con la acción del docente y del discente! Jorge, tú y yo sabemos que la educación – esa que intenta iluminar la novedad de cada alumno – no se resuelve siguiendo a pie juntillas una receta, ya que, no es una tarea mecánica sujeta a leyes inexorables. Esa educación tiene de arte, de vocación y mucho de virtud. La docencia es un arte porque a través de sus operaciones propias manifiesta la actividad humana, la misma que encuentra su apogeo en ayudar al educando a descubrirse como persona en vía de crecimiento y a descubrir los hitos a colonizar en camino a esa perfección.

Para ayudar, sin reemplazar, se requiere de una vocación, misma que no remite necesariamente a la atracción que pueda ejercer la docencia como profesión. Diría que es una especie de don, de atributo que dispone al maestro a acompañar al discente en la búsqueda de su propio bien. Ese don tiene la propiedad de dilatarse tanto cuando el alumno solicita ayuda o cuando se acerca con firmeza a la meta acordada. En ese movimiento – el profesor- encuentra su complacencia, primero porque lo confirma en su quehacer y segundo porque lo capacita efectiva y afectivamente a distinguir y buscar el bien de cada uno de sus alumnos.

Te decía, líneas arriba, que la docencia, además de arte y vocación era virtud. No buenisimo-1únicamente porque el docente tenga que mantenerse, en positiva tensión, dispuesto a ayudar al alumno, con independencia de su estado de ánimo e intereses del momento. Por cierto, Jorge, el sostener en el tiempo una buena actitud de apoyo es más fecundo de lo que uno supone. Tampoco porque con generoso desprendimiento procure el bien de sus alumnos. La docencia es virtud puesto que lo suyo es convocar el querer del educando. A la libertad se le atrae con proposiciones razonables y encarnadas. Proposiciones razonables implica un cierto nivel de profundidad, de sabiduría y de reflexión; en palabras cortas: pararse a pensar antes de presentar una indicación o sugerencia. Las proposiciones encarnadas muestran, hacen patente la unidad entre el decir y el actuar del docente. Sin virtud personal – predicamento de la autoridad – la libertad del alumno corre el riesgo de quedar a expensas de solicitaciones cuya primicia es la de postergar las actividades de enseñanza-aprendizaje.

De otro lado, Jorge considera que por ser libre el querer es indeterminado: se puede querer muchas cosas y por motivos distintos; precisamente por eso la determinación de querer algo entraña un querer querer. Con esta forma duplicativa busco subrayar el compromiso e involucramiento del yo personal – la persona como titular- cuando decide querer o no querer. Cuando el alumno quiere el bien propuesto como suyo las conexiones virtuosas se multiplican en beneficio de su mejora personal. Pero… y ¿si no quiere? Algunos podrían decir: “se le motiva”. ¿Cómo? ¿Al estilo dado un estímulo se obtendrá la respuesta esperada? No dudo que los programas motivacionales funcionen en las empresas, tengo mis reservas sobre su eficacia en las escuelas. Por ejemplo, un adolescente no quiere por diferentes razones: porque la pereza le gana, porque busca actuar a su aire para ser popular, porque está desanimado, triste, molesto con sus padres, con su mejor amigo, porque la chica que lo entusiasma ni de soslayo lo mira, y un largo etc. El no querer del alumno se manifiesta, se hace notar en la conducta o en la relación con sus compañeros. La virtud del docente radica en no perder la serenidad para dar a cada quien lo suyo: orden y dictado de la materia a la clase y, atención – sin concesiones – al alumno aludido.

En el aula, el profesor sabe quiénes son sus estudiantes, sin embargo, el conocer a cada uno para ayudarlo a que quiera, es un serpenteado o empinado camino que se recorre a base de virtud. Es verdad, te podrías limitar a cumplir con las indicaciones recibidas y así te aseguras una buena valoración de tu jefe; Jorge, me consta el tiempo que insume, el cumplimentar documentos y registrar las notas de todas las evaluaciones aplicadas – tantas más si el paradigma que impera es el de los resultados cuantificables- las reuniones de programación, amén de otras prácticas o procedimientos derivados de la condición reglada y social de la educación. De seguro, convendrás conmigo que cumplir con las operaciones descritas y ganarse el querer del alumno, en el trato personal, solo es posible desde la virtud del docente.

Si estamos de acuerdo en que la clave educativa reside en el querer del profesor y del alumno, entonces la acción educativa, aquella que efectivamente opera un cambio, se resuelve gracias a la libertad que se revela y ejercita en la toma de decisión. Es tan vital la relación docente-discente que basta que una de los extremos no quiera hacer la parte que le corresponda para que las políticas y medidas procedentes de las altas esferas queden sin efecto. No te parece más sensato, Jorge, que en vez de gastar tiempo, dinero y energías en la confección y difusión de reglamentos e instrucciones regulatorias, se aplicaran en promover y facilitar que el docente quiera. Para que quiera es preciso que pueda. Con poder me refiero no solamente a contar con los medios e instrumentos mínimos para desempeñar su quehacer con eficacia sino a contar con el tiempo y espacio necesarios para dedicarse al trato personal, ya que a través del cual se corona el acto educativo. Asimismo, el querer del docente se estimula confiando en su capacidad y criterio profesionales, de modo que ante terceros, las decisiones por asumidas y aplicadas por él sean respaldadas.

Jorge, mientras impere una visión economicista y cuantitativa de la educación, la labor del docente se retacea o se reduce a nivel de mero trasmisor casi compitiendo – en desventaja, obviamente – con los aparatos tecnológicos. Nada más lejos de la realidad. Soy un convencido, que la educación es una actividad manifestativamente humana: la dignidad, la singularidad y la fragilidad de quienes educan y son educados se muestran en toda su condición de personas. No es un mostrar sin sentido. Al revelar-se el alumno siendo-así, la ayuda del docente – siendo-así- será la precisa para su mejora personal. La figura del docente es compartida por un grupo de alumnos, no obstante, el modo de ser profesor es distinto para cada cual. La relación es personal e irrepetible, como también será el cómo o el qué de la acción de mejora que tendrá que emprenderse, por tanto, la ayuda que recibe el educando es personalizada, a su medida.

Finalmente, una cosa me gustaría que no olvides: si logras que un alumno quiera ser mejor persona – aunque en el intento se le vaya la vida – ten por seguro que ese alumno será una tea que alumbre en los ámbitos en que se desenvuelva. La formación de una persona hace la diferencia. ¡Cuánto bien puedes hacer tú a la historia de tu país…comenzado por cada alumno!