AL COLEGIO CON EL INDECOPI

Edistio Cámere

Al colegio con el INDECOPI ([1]) es el lema con el cual se pone en guardia a los padres de familia en contra de los colegios privados. Sus funcionarios aducen que la campaña tiene por objeto cumplir con lo que la ley prescribe. Sin perjuicio de sus buenas intenciones, el modo como se ha planteado genera inseguridad y pocos beneficios; a mi modo de ver estas son algunas consecuencias:

1.- Definición del consumidor.- La defensa del consumidor es necesaria y  bienvenida cuando el servicio o bien que se recibe es deficiente en calidad y en oportunidad; además, cuando lo ofrecido no se condice con lo aceptado; y, finalmente cuando se advierte comprobada negligencia, un engaño o fraude. En esta línea, cualquier intervención de oficio o por solicitud de la parte interesada es muestra de una real y efectiva  preocupación por el consumidor. Sin embargo, no se entiende el concepto de consumidor que maneja INDECOPI pues interviene en su favor cuando recibe y utiliza un servicio a satisfacción pero de modo unilateral decide no pagar lo debido. Este tipo de injerencia desestabiliza el orden jurídico porque un organismo del estado promueve y avala conductas irresponsables de cara a las obligaciones contractuales contraídas.

2.- El incumplimiento contractual y su impacto en la escuela.- Basta que la norma deje un orificio a través del cual se resuelva en favor de la conducta del no-pago para que se genere inseguridad jurídica, entonces el incumplimiento deja de ser una eventual posibilidad para convertirse en práctica ordinaria. Asimismo, aquella termina por minar la autoridad y el orden en las instituciones. Cuando los acuerdos estipulados entre las partes no son vinculantes, la relación se establece sabiendo que se puede quebrar con relativa facilidad y habilidad. Se instaura, entonces, la cultura de la sospecha y de la desconfianza. Al punto que un proveedor ante el hecho de no recibir lo que es debido por un servicio prestado, se ve obligado a demostrar – con la asesoría de abogados – que se le vulnera un derecho y, asimismo, que ha actuado conforme a ley. De esta manera, se ha introducido un ingrediente pernicioso: la vía judicial como método para resolver las desavenencias escolares entre el colegio y los padres.

Como es lógico, la intromisión de tácticas  querellantes perjudica la mutua confianza entre el padre de familia y la escuela. Durante los trece años que dura, la relación no se limita al pago de la pensión, los padres participación activamente en el logro de los objetivos educativos de su hijo. Pero cuando la confianza se pierde la relación fluye por los meandros de la omisión. En efecto, omite el padre quien – al no estar al día en sus pagos – prefiere no asistir, no pedir, no apoyar ni aplicar las sugerencias para su hijo propuestas por la escuela. Por su parte, el colegio, también se ve forzado a omitir para evitarse demandas por algo que no le parece o le sienta bien al padre. El reclamo airado ha desplazado al dialogo. Se pierde la gran ocasión de sumar esfuerzos en bien del estudiante: ¡el aporte profesional del profesor!

3.- La sobrerregulación.- El empoderamiento del consumidor, corre el riesgo de convertirse en la dictadura del subjetivismo: lo que me afecta, lo que me parece, lo que me gusta…está por encima de la norma, de la realidad, del bien común y de la naturaleza de las cosas y, por tanto, el Estado y sus organismos deben velar para que la norma se me acomode y la autoridad se someta al imperio de lo que apetece.

Esta democracia de los consumidores presiona sobre la oferta. Esto se explica porque el modo de salir airoso de una denuncia venida de un ente estatal es haber cumplido en exceso con todas sus reglas, y superar ‘revisiones’ sin término y, por si fuera poco, maleables porque se ajustan al ánimo del funcionario de turno.  Un accidente, según el Diccionario de la Real Academia (vigésima tercera edición: 2014) es un suceso eventual que altera el orden regular de las cosas, o también lo define como acción de que resulta daño involuntario para las personas o cosas, no obstante, a causa de un infortunio un proveedor es castigado y sancionado pecuniariamente.

Así, entre trabas y multas, brindar un servicio se ha tornado gravoso por el esfuerzo y tiempo invertidos para destrabar una regulación, pero sobretodo porque constriñe a descentrar la atención en el corazón de la institución para centrarse en evitar sanciones. Si la mejora de una escuela o de un servicio se  castiga ¿a quién se perjudica? ¿Esta es la defensa del consumidor que busca el INDECOPI?

4.- Aplicación unilateral del ‘derecho a la educación del niño’.- El derecho a la educación del niño es incuestionable y representa un interés superior que debe conducir a concertar determinados intereses y medios entre el estado, los padres – primeros educadores-, y los colegios a fin de remover los obstáculos que impidan su ejercicio. No obstante, una interpretación perversa de ese derecho impone sobre los hombros de las escuelas privadas la obligación unilateral de aplicarlo. Más aún, esa interpretación inaugura un camino de intromisión del Estado sin retorno en la educación privada. Apelando a tan noble derecho, se podrá implementar iniciativas políticamente correctas que veladamente afecten: la libertad de enseñanza, libertad para contractual o económica y libertad para elegir el tipo de educación para los hijos, todos también derechos de los ciudadanos.

Por paradójico que parezca, la campaña del INDECOPI ocurre en un país que se proclama democrático y con una educación privada en expansión y crecimiento. ¿Será que en el fondo, la férrea defensa del consumidor tiene por objeto el digitar desde las altas esferas, cómo debe vivir y pensar el peruano?

 

 

 

[1] INDECOPI, Instituto Nacional de Defensa de Defensa y de la Protección de la Propiedad Intelectual, es un organismo público autónomo especializado del Estado Peruano, adscrito a la Presidencia del Consejo de Ministros.

El docente cabalga en una sociedad sin rastros

Un nuevo año escolar ha comenzado y, junto con él reaparecen los mismos viejos desafíos para el docente, pero con un nuevo sentido. Viejos porque los comportamientos y tendencias colectivas de los alumnos se repiten con asombroso parecido; novedosos porque cada alumno vivencia de modo particular sus experiencias escolares, toma sus propias decisiones ante situaciones que afectan a todos y, finalmente, nuevas porque cada día el estudiante reestrena su libertad para orientarse a crecer y ser mejor persona.

El docente interesado en educar o con una vocación bordada con trazos firmes no encuentra eco ni apoyo en la sociedad. Habrá que decirlo con todas sus letras: “Cuanto más trabada y descompuesta esté la sociedad mayor deberá ser el esfuerzo, entrega y creatividad del docente en el ejercicio de su quehacer”. Ciertamente, no me refiero a la enseñanza en sentido estricto (trasmisión de conocimientos), me refiero a que la función del docente también incluye la orientación; es decir, proponer un norte, una meta a la que el alumno pueda adherirse libremente, que tiene que ser acompañada por argumentos y modelos que, gracias a su coherencia y ejemplo hagan más atractivo y transitable el camino que lo lleva hacia ese norte.

Quienes por función, por encumbramiento, deberían mostrarse como guardianes de los valores, el orden y la justicia social, se convierten en paladines de la práctica del ‘fin justifica los medios’. Los errores, las equivocaciones, las faltas no son excepciones en la vida ordinaria: la debilidad y fragilidad humanas son sus causas. Frente a aquellos, bien cabe la comprensión y el respeto lo que no implica, desde mi perspectiva, contemporizar con el error.

Desde una óptica educativa es contraproducente que, ante una conducta impropia o un error, se le enseñe al alumno a ‘rasgarse las vestiduras’ sorprendido ante tamaña trasgresión como si los jóvenes fueran privilegiadamente impolutos o marcadamente ilusos, creyendo en la existencia de la bondad natural en el hombre. También contraviene a la formación que el alumno advierta que: a) las faltas que otros cometen quedan impunes; b) solamente son acusados ante el poder judicial cuando trasgreden la ley mayormente ciudadanos de a pie, mientras que quienes ostentan cargos públicos o socialmente reconocidos, suelen ser liberados por “falta de pruebas concluyentes”; c) estén comprometidos en casos de corrupción o involucrados en escándalos funcionarios de gobiernos locales, regionales y nacionales de quienes, por el contrario, se esperaría que promuevan el bien común en sus respectivas jurisdicciones; d) Si quienes tienen el deber sagrado de conducir al país hacia el desarrollo con paz, delinquen impunemente, la figura de la autoridad – por extensión – en todas las comunidades u organizaciones tiende a perder su sentido y finalidad, en consecuencia, la sociedad empieza un proceso de descomposición sin retorno; e) Sin referentes sociales que encarnen ideales o valores se torna menos creíble caminar por la vía de las “buenas costumbres” (“¿Si mis, autoridades lo hacen qué razones tengo yo para inhibirme de hacer – en mi entorno – lo mismo?”)

Esta situación que caracteriza al sector más influyente de la sociedad, que contamina y afecta su dinámica, deja entre paréntesis a los colegios, sin norte, porque cuestiona de cuajo sus principios educativos. Sin embargo es esta misma sociedad la que, a través de sus instancias oficiales, se mantiene impertérrita exigiendo resultados en infraestructura y en el uso intenso de tecnologías al margen de la educación de los valores y la búsqueda del bien y la verdad.

La escuela no es un coliseo al que acuden los alumnos para ejercitarse ‘mecánicamente’ con miras a mejorar mi ‘marca’. No. El colegio es un lugar donde se trasmite conocimientos, se forma el criterio y se ayuda a bien querer mediante una acertada toma de decisiones.

Tenemos que alzar la voz exclamando: ¡profesor no te des por vencido!. No es fácil educar en este tramo del siglo. Con la gracia, la creatividad y el profesionalismo que te adornan – usando, además, con solvencia los espacios que permite el currículo oculto- formarás alumnos que no solo sepan discernir lo bueno de lo malo, sino que también sabrán determinarse hacia el bien, sin perder de vista la importancia de la comprensión y del afecto con quienes se equivocan.

Edistio Cámere

LA COMUNICACIÓN EN LA RELACIÓN PROFESOR- ALUMNO

Edistio Cámere

                Me gustaría compartir algunas ideas, algunas a modo de preguntas y otros como simples enunciados, en torno a la comunicación profesor –alumno, con la idea se suscitar reflexiones personales y/o un amplio y fructífero coloquio sobre el particular.

1)      ¿La comunicación es solo un proceso de trasmisión de contenidos de las materias que se cierra con la recepción de los mismos?

2)      Es un acto de interpretación ¿qué interpreta el alumno? ¿El puro mensaje? ¿qué le dicen los gestos y el  comportamiento del docente? ¿Qué le dice su ‘presencia’?  ¿El docente es consciente que comunica también con su presencia? Su modo de estar en el aula  ¿se correlaciona con su ser?

3)      ¿Existe una comunicación personal entre el docente y discente? O más bien, ¿Es funcional, es decir,  convencionalmente pedagógica? ¿Fuera de esa convención se puede arribar al objetivo inherente en la enseñanza-aprendizaje? Más aún, ¿es posible superar la ‘función’ de alumno sin menoscabo de esa relación?

4)      Superadas ambas convenciones, ¿no se ingresa en el campo de la amistad, del compañerismo? Pero, ¿el estudiante va a la escuela a aprender y no a relacionarse? ¿Se aprende desde el rigor de la función, desde la ausencia de interacciones?

5)      No ‘aprende’ el alumno, aprende la persona que no solo es intelecto, es ‘más’. ¿Ese ‘más’ o ‘mucho más’ debe entrar en la relación con el profesor? ¿Qué tiene que hacer el docente para relacionarse con ese ‘más’ de cada uno de los alumnos que tiene en un aula? ¿Es cuestión de capacidad, de tiempo o de definir el territorio de ese ‘más’ que puede desplegarse en el aula?

6)      Ese ‘más’ personal distingue, diferencia no sólo en número también en propiedades o modos de ser, de manera que la recepción y/o reacción de los integrantes de un aula no es uniforme. Si no es uniforme ¿debería igualmente haber diversidad de estímulos? En la práctica pareciera que así no debería ser: los  alumnos comparecen ante un mismo estímulo – el docente – y ante un mismo mensaje – la materia que imparte; sin embargo, esta realidad de hecho no anula ese ‘más’, lo ‘propio’ de cada persona. ¿cómo compaginar ambas realidades  opuestas?

7)      Independientemente de la didáctica ¿Cómo es la relación del alumno con la materia recepcionada? De interés, de desafío, de tedio… dependiendo como sea se derivará también la disposición hacia ella. En consecuencia, el  signo de la interacción con la materia podría señalar también el signo de la comunicación con el docente. ¿Es esta una distorsión? ¿Dónde se ubica? ¿En el receptor? ¿En su capacidad para aprender? ¿En su motivación? ¿En su edad cronológica?

8)      Si no se toma en cuenta ‘el más’ del alumno ¿Se caería en un modelo mecánico de la comunicación? Es decir, ¿interesa más la recepción de los contenidos que sus efectos en el alumno? Será por eso que se tiende a privilegiar las evaluaciones, las mediciones, como un modo de comprobar si ha habido un feedback: la comunicación será exitosa si coincide con el mensaje trasmitido.

9)      La vida escolar se caracteriza por ser un plexo de relaciones que en lo cotidiano se configuran. No siempre se está en la tesitura de medir los efectos de la trasmisión, por tanto, en el modo de ser de los alumnos ¿Influye la comunicación con el docente?

10)  ¿El docente tan solo trasmite los contenidos de las materias que dicta? ¿No expresa también modos de vida, criterios, valores, y… la cultura propuesta por el centro educativo? Los efectos de está ‘trasmisión predican dos cosas: a) que estamos frente a una relación que va más allá de lo meramente ‘pedagógico’; y, b) que es difícil medir cuantitativamente sus frutos aún en su condición de positivos o de negativos.

LA ESCOLARIZACIÓN DE LA FAMILIA

Edistio Cámere

          La relación familia- colegio mantiene un curso de complementariedad en la medida que el colegio no ‘escolarice’ a la familia y ésta no ‘familiarice’ a la escuela. No es tarea fácil, pues el alumno forma parte de los por una gran porción de tiempo. Lo interesante es procurar que cada cual realice su particular y propia tarea y relacionarse en aquello que atañe directamente a cada estudiante.

        El colegio debe evitar caer en las siguientes conductas  que según Brinkmann  ([1]) tienden a ‘escolarizarla’:

  1. Desplazamiento en la relación padre-hijo.- Primacía del tema “escuela” en la comunicación basada en el rendimiento y en las calificaciones, olvidando los contenidos educativos, las relaciones maestro-alumno, entre los mismos alumnos, clima escolar, experiencias personales y logros cotidianos.
  2. Agobio de las tareas escolares.- En general, existe la tendencia que aquello que no “logran” los profesores a través de la enseñanza –no importa la razón – lo trasladan a los padres; y, convierten la vida familiar, en vida “escolar” cotidiana y prolongada.
  3. Puntos de referencia y los límites de la familia y escuela.-   Se confunden cada vez más.  La familia pierde cara al niño, en cuanto a su problemática y en claridad del papel, frente a la escuela.
  4. La acción educativa se reduce a algunas influencias externas o en zonas periféricas del ser humano, premios, castigos, logros de conducta sin error tipificadas o previamente diseñadas.

          También la relación debe valorar y reconocer lo que ofrece la familia. Aquella brinda protección y apoyo emocional con independencia del rendimiento al alumno, tan sólo por pertenecer a ella. La asistencia de sus hijos al Colegio a su debido tiempo, en buenas condiciones y capaces de rendir y trabajar. La familia es el lugar donde se vierten las frustraciones y en el que deben asimilarse. Los trabajos que aporta la familia en pro de la escuela, según su índole y alcance, parecen ser más complejos que el output de rendimiento de la escuela a favor de la familia. De las materias que el niño aprende en la escuela, la familia obtiene, como tal, poco o ningún beneficio.

         En la relación familia-colegio debe constar con objetividad lo que los padres no delegan y que forma parte de su derecho como primeros educadores. Ellos deben velar para que las ideas y criterios que los hijos adquieren en las materias no sean contrarias al tipo de educación deseada. La promoción de las virtudes que sus hijos deben desarrollar con ocasión de los estudios. El control en el uso del tiempo libre. Aprovechar recursos de la familia y del ambiente familiar con respecto a los estudios. Adquirir nociones adecuadas acerca de qué es el estudio y qué es un buen estudiante. Y, por último ser conscientes de cómo está influyendo el ambiente familiar en la disposición de los hijos en los estudios con el fin de hacer las correcciones oportunas y lograr así un buen clima de estudio.

         Si se advierte que el estudio no es simplemente un vehículo para instruirse en unas determinadas materias o para que ser sólo buenos alumnos, sino que además, es un medio para la mejora total como personas, entonces, el estudio es una oportunidad educativa que enlaza directamente con la familia.  En la medida en que ser buen estudiante y aprender a ser personas están íntimamente relacionados, los padres tienen un papel importante, dado que la familia es el hábitat natural y el entorno más adecuado para nacer, crecer y morir como personas.


[1] WILHELM BRINKMANN.  Familia y escuela. Vol. 53 año 1996, Págs.  79-89

La Escuela: una mirada desde la experiencia docente

 

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Por Edistio Cámere

La escuela es más que un lugar de enseñanza de materias que se imparten ordenada y sistemáticamente. En ella se tejen otras configuraciones que van más allá de la activa intervención del alumno en el aula. La concurrencia simultáneamente de actores con diferentes grados de madurez y de edad, de relaciones interpersonales que se especifican con arreglo esas características, de diferencias individuales innatas y derivadas de las propias familias, de normas y costumbres, de la convivencia entre pares que no siempre discurre por cauces de armonía y solidaridad y que reclama del dominio de códigos para una eficaz adaptación, de los objetivos y metas grupales, de la amistad y el compañerismo, del esfuerzo y del trabajo escolar, del dolor y del sufrimiento originado en el colegio o en la casa, de las actividades deportivas y de esparcimiento, de las fiestas… expresan de manera categórica que sea la vida misma, con sus matices y tonalidades, la que se despliega en el escenario escolar dándole un especial relieve y connotación. La escuela es, por tanto, una historia en la que se entrecruzan biografías personales en continuo desarrollo.

Primacía de los principios

Desde el punto de vista de la estrategia y de la eficacia, un colegio tiene que planificar, definir y prever cada inicio de un periodo lectivo. Sin embargo, a pesar de ello, los verdaderos retos caen en el terreno de lo imponderable, donde se mide la calidad de una gestión. Para encarar con éxito aquello no previsto, la novedad -propios de un colegio pleno de relaciones humanas- se debe enfatizar en los principios y criterios confiando su aplicación en la  prudencia y en la creatividad de todos y cada uno de los docentes. Las situaciones nuevas se gobiernan estando sobre’ y no ‘en ellas’, lo que es posible gracias al conocimiento y el compromiso con los principios rectores de la escuela.

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La paz, los valores y la escuela

Por Edistio Cámere

Entre las proposiciones ‘establecer la paz’ y ‘establecer una cultura de paz’ media una distancia significativa. ‘Establecer la paz’ sigue a una acción contraria previa y no se extiende a cómo sería un después. Es simplemente un cese de hostilidades. Mientras que ‘establecer una cultura de paz’ hunde sus raíces en el cómo de las relaciones entre los diversos actores sociales. El conjunto y el cómo de las relaciones entre todos los miembros de una sociedad configuran para bien o para mal la denominada convivencia.

paz y valores escuelaLas diferencias entre los hombres no son casuales, más bien predican su singularidad e irrepetibilidad. En esencia y dignidad todos somos iguales, pero precisamente por tener libertad las opciones, decisiones y acciones son distintas, diferentes. La pluralidad es la riqueza de la sociedad. Pero esa riqueza tiene que encauzarse, orientarse para que todos puedan aportar, en la medida que también cada persona pueda crecer y desarrollarse. Es necesario, por tanto, construir ‘estructuras’ que ordenen las relaciones entre los hombres, pues en el desorden campea el individualismo, preludio de la ley del más fuerte. El hombre tiene que abrirse a la realidad para advertir que en la naturaleza reina un orden y armonía a pesar de las diversas especies y seres que en ella existen.

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