El valor de la palabra y del ejemplo

Por Edistio Cámere

Mafalda, disfrazada de vaquero: “Mamá, voy con los chicos hasta la plaza a jugar a los cowboys”. La mamá responde: “Bueno. Pero cuidate, ¿eh?”. Junto al nene y al televisor encendido, la mamá piensa: “¡Esta Mafalda! Tan pronto le da por la bondad, el pacifismo y qué se yo…” al tiempo que en la pantalla de televisión se escucha: “Colabore con ALPAP en su humanitaria labor” y aparece “Asociación, Lucha, Pro amor, Al, Prójimo”. La mamá continúa con sus cavilaciones: “… como por jugar a la violencia, los tiros y los demás”. La televisión reanuda su programación: “Sigamos ahora viendo Commando 217”. La mamá de Mafalda concluye: “Realmente los chicos de hoy son díficiles de entender”. Entre tanto, en la pantalla del televisor una escena en la que un soldado por la espalda mata a otro la copa completamente.

CBR001949La educación basa su eficacia en la simultaneidad de la palabra con el ejemplo. ¿De qué otro modo se aquilata lo que se dice, si no es con las obras? Las palabras, al señalar el norte, iluminan el camino, pero para transitarlo en pos de la meta es necesario modelos o referentes que, sin volver la vista atrás, muestren que vale la pena mirar hacia delante.   

Más que prolongados y encendidos discursos y recomendaciones al pueblo, a los subordinados, a los alumnos o a los hijos, la educación y el gobierno de personas se resuelven  al comunicar con los propios actos que el prójimo interesa o que las normas afectan a todos por igual, y que por lo tanto cumplirlas beneficia a todos. Los actos o acciones del hombre son como los signos matemáticos: su lectura no admite ambigüedades.

Suele ocurrir que quienes tienen responsabilidad de gobierno o de educar están convencidos que aquellos que están dentro de su jurisdicción tienen la oblicación de ‘cumplir’ con lo que ellos dicen sin tomar en cuenta lo que ‘hacen’. Tal planteamiento, amén de sembrar la desconfianza y el descrédito en razón de una extremada incoherencia, pervierte la naturaleza esencial de la educación y de la tarea de gobierno de personas: ¿Cómo conducir a la realización de una persona si no existe compromiso con el norte, los medios, las estrategias y menos con las normas?

El líder, en cualquier campo en el que se desenvuelva: gubernativo, empresarial, familiar, universitario, escolar…, no puede enajenar una condición ineluctable: la de ser referente, modelo o ejemplo. Aquí radica su gesta, entendida: 1) Como proeza, como lucha… en tanto esfuerzo desplegado por adquirir y mantenerse en el bien propuesto o señalado para los demás; y 2) Como producir o gestar en los otros ese bien que al verlo encarnado libremente lo hacen propio. Es el testimonio junto con la palabra lo que acredita al educador, al padre o al estadista.   

Miguelito pregunta: “Decime, Mafalda, ¿Antes de nacer nosotros existía realmente el mundo?” –“¡Mirá que sos tonto, Miguelito! ¡Claro que existía!”. Luego de pensar un momento, Miguelito pregunta: “¿Y para qué?”. 

Dejando el lado egocéntrico de la intervención de Miguelito, el ser humano tiene que hacerse cargo de la realidad que le circunda. Gracias a su inteligencia es capaz de conocer y comprender el mundo que le rodea. Al conocer, nombra las cosas a través del lenguaje, las humaniza dándoles un sentido personal que, hasta ese entonces, no lo tenia.  El niño con respecto al mundo es un descubridor y un conquistador. Sin duda, las cosas existían, estaban… mas al entrar en contacto, aquellas -en cierto modo- pierden su condición de universal: se hacen parte, se dejan apropiar, y sólo en este sentido se establece una relación que opera de ida y vuelta. Es decir, las cosas que rodean al sujeto le modifican de alguna manera y, al hacerse cargo, su propio ser se enriquece. Por eso se puede afirmar que una forma pacífica de dominio es el conocer, “que es un cierto hacerse con lo conocido”.

El acto de conocer -la relación entre quien conoce y lo conocido- es inédito, es novedad y es estreno que no sería posible si el hombre no fuera racional ni originario. La vida de un hombre o una mujer no comienza de cero, en cierto sentido se ‘monta’ sobre la herencia constituida por la vida vivida por sus congéneres que le han precedido en la tarea de vivir. El patrimonio cultural y la lengua, expresión del vínculo social con otros hombres, se reciben y se trasmiten directa, dosificada y exclusivamente por la propia familia. A través de la educación familiar participáis en una cultura concreta, participáis en la historia de vuestro pueblo o nación. El vínculo familiar significa la pertenencia común a una comunidad más amplia que la familia, y a la vez otra base de identidad de la persona (…) El concepto de “patria” se desarrolla mediante una inmediata contigüidad con el concepto de “familia” y, en cierto sentido, se desarrolla el uno dentro del ámbito del otro” ([1]).

La familia como institución juega un papel preponderante en la memoria e identidad de las personas y por tanto, de los pueblos. La historia, compuesta por las gestas biográficas de los antepasados, las costumbres, las tradiciones, creencias se atesoran de generación en generación y desde ese mismo modo se van trasmitiendo. El hombre supera el paso del tiempo al retenerlo a través de la memoria. El tiempo lo vive sucesivamente pero lo recuerda de modo simultáneo. La memoria familiar soporta el presente del hijo en su camino hacia el futuro, no sólo porque lo entronca con la cultura sino porque en ella fundamenta y descubre su identidad.

Las raíces, la memoria, la cultura… trasmitida por la familia activan el conocimiento del entorno, definen la personalidad y forma ‘hijos’ de la patria. La familia no es solamente una relación entre dos personas que deciden formarla, ellas crean una institución que los trasciende -tiene una dinámica propia-  y se integra dentro del gran plexo social, cultural e histórico que es un pueblo o una nación.  

En la familia se aprende a ser persona, se muestra la intimidad que es lo que distingue y singulariza, a la par que también se aprende a abrirse y trascender al mundo. De modo gradual y rodeado de afecto, el hombre -gracias a su familia- se hace con el mundo que le rodea. 

Hace un tiempo un diario daba cuenta de una ley congresal: los trámites para la sentencia de los divorcios se realizarían con mayor celeridad… Dos ideas se me vinieron a la mente. El divorcio es -para los esposos- una historia a medio hacer o un proyecto truncado. Los hijos se quedan sin retener el pasado familiar que les dio origen, lo que por cierto afecta también su identidad que es sustento de la estima personal. Sin una habitada, expresa  y neta experiencia filial ¿podremos luego quejarnos de la falta de cariño a la nación, de la obediencia a la  autoridad  y del respeto mutuo?

En las actuales sociedades democráticas se advierte una flagrante paradoja: la inclusión de las minorías -tarea por otro lado inaplazable- y la exclusión de las mayorías. ¿De qué otro modo se puede entender que siendo mayor el número de matrimonios que luchan por mantener su familia no exista una sola ley que los incentive en su propósito? Un sencillo modo de no excluirlos sería, por ejemplo, que se pueda deducir del impuesto a la renta anual los gastos en educación y salud de los hijos. De cómo sean las familias será la calidad de un país. Apostar por el futuro es decidirse abiertamente a favor de las familias. ¿Lo entenderán los Estados?


[1] Juan Pablo II, Carta Apostólica a los jóvenes, 1985.


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