La mujer, la familia y la vida ordinaria a la luz de la Navidad

Por Edistio Cámere

Han transcurrido más de dos mil años. Es fácil decirlo, pero llegar a esta distancia de tiempo ha supuesto vidas, épocas, culturas, epopeyas, descubrimientos, crisis, tragedias, alegrías, penas, marchas y contramarchas en las que estaban comprometidas millones y millones de personas de distintas naciones, razas y edades. Ordinariamente, con el paso inflexible del calendario van quedando en el olvido sucesos y hechos que en su momento fueron el centro de la atención para dar paso a otros, y así sucesivamente. En el mejor de los casos no pocos quedan en el recuerdo como hitos que caracterizaron una determinada época o periodo. Pero con el Nacimiento de Cristo, que se hizo presente en la historia de la humanidad, no ocurre así.

Hoy, como ayer, la Navidad se vive y se celebra con igual intención y significado aún a pesar de las diferencias históricas y culturales. Definitivamente, la venida de Cristo trasciende al calendario porque usualmente solo se celebra y festeja el cumpleaños de una persona que vive y está con nosotros.

Fue el  Papa San Telésforo quien estableció la festividad de la Navidad (128-139 d.C.), y fue el Papa Julio I quien fijó la celebración para el 25 de diciembre (siglo IV). La Navidad es hoy celebrada por cristianos y no cristianos. No resulta nada raro que personas no creyentes en Cristo se saluden por las fiestas navideñas, armen su árbol en casa y compren regalos. En efecto, ya no solo en la Europa cristiana o en Latinoamérica, sino en el  Japón o la India, la palabra ‘Navidad’ inunda los paneles publicitarios todo el mes de diciembre y Papá Noel se pasea como en su casa. ¿Mérito  de la globalización que privilegia el consumo? Creo que no. El comercio aprovechó una condición natural de toda celebración: las expresiones materiales vinculadas a su espíritu o a su significado.

Sin embargo, un riesgo es latente. Al romperse el vínculo entre las manifestaciones externas y su significado se pierde la dimensión de la Navidad: uno termina más ocupado en comprar regalos que en prepararse para vivir con Cristo su nacimiento. En fin, lo cierto es que con el advenimiento de cada Navidad algo ocurre de bueno en el mundo. El espíritu navideño nos hace más propensos a perdonar, a ayudar a los más necesitados, a expresar cariño y hasta ser más comprensivos. Dios, al hacerse presente, se hace notar. ¡Cuántos milagros personales ocurren! ¡Cuántos cambios de conducta! ¡Cuántas conversiones! Son tantas que difícilmente se podrían contar o escribir. Con la misma sencillez del pesebre, Jesús actúa con eficacia en cada persona.    

Tres estrofas

El nacimiento de Cristo es una gran canción con muchas estrofas. ¡Qué difícil de abarcarla! Pero a pesar de correr el riesgo propio de no elegir correctamente, merece la pena considerar tres estrofas.

1.- El valor de la mujer.- Es verdad que a lo largo de la historia la mujer ha sufrido postergaciones en su calidad de ciudadana y ha sido limitada en el desarrollo de sus capacidades, pero en su condición de persona-mujer ha tenido el más alto sitial de toda la humanidad. Dios, para cumplir su promesa de redimir el hombre, pudo utilizar muchos caminos. Ninguno de ellos le estaba vedado porque Él podía hacerlo. Sin embargo, eligió uno: hacerse hombre. Aún así podía asumir nuestra condición, apareciéndose como tal.  Pero eligió a una mujer como madre. El gran portento radica en que entra en la historia de la humanidad a través de una mujer. ¡Qué entraña bendita tienes mujer, en ella se germinó la Vida y a través de ella continúas dándola!

No es que el varón o las leyes reconozcan y enfaticen la grandeza de la mujer. Es el mismo Dios que la reconoce explícitamente haciéndola su Madre, y que además respeta su condición de persona. Él, que podía imponer su voluntad, apela a su inteligencia y a su querer. Y María responde dando el sí con libertad y responsabilidad. La mujer no tiene que demostrar nada.  Con la Virgen María tiene una dignidad igual que la del hombre, pero también una grandeza querida expresamente por Dios.  

2.- El valor de la familia.- Jesús nace en el seno de una familia.  Crece en edad y en sabiduría al amparo de sus padres.  Sus rasgos físicos los hereda de la Virgen.  De José -su padre putativo- adquiere modos, gestos y dichos y aprende las habilidades propias de un buen artesano. Dios, al hacerse hombre naciendo de mujer y viviendo en el seno de una familia, suscribe -valga la expresión- su trama y su dinámica. Es en esa cadencia existencial, del día a día, donde Jesús se prepara en lo humano para cumplir con su misión redentora. No se quiso sustraer a las experiencias de ningún solo día, pudiendo haberlo hecho.

Cada hijo es expresión del amor de sus padres que lo mantienen con esa misma singularidad hasta el fin de sus vidas.  Los cuidados, los desvelos, la atención, la guía, la corrección, manifestaciones -entre otras-  del amor paternal, facilitan que el hijo vaya creciendo e incorporando convicciones y modos de comportamiento.  La educación, habida cuenta de su trascendencia para la vida del hombre, tiene como escenario insustituible la familia. Primero, porque a sus miembros se les trata y aprenden a ser personas. Segundo, porque están unidos por lazos de amor. El educar es tarea ineludible de los padres, pretender desligarse de esa misión es violentar la misma esencia de la familia. La proximidad biológica y la cercanía afectiva, por tanto, son pilares para una educación centrada en la singularidad e irrepetibilidad de la persona.

3.- El valor de la vida ordinaria.-  La historia familiar se va tejiendo, se  va trenzando con las vivencias y experiencias cotidianas y ordinarias. No se fragua con sucesos extraordinarios, que por otro lado no es lo propio de la familia.  Los detalles de cada día van dejando poso en sus miembros, afirmando su relación, dándole matices especiales con arreglo a la edad y al tiempo transcurrido juntos.

Construir una historia no significa observar juntos como los años pasan, significa darle a esos años un sentido comunitario  especial, pues contiene lo peculiar de cada uno y lo singular de los esposos en el marco de complementarse y hacerse uno. Apostar a la historia familiar es un modo radical de amar, pues el amor no se detiene en aceptar a la persona, también acepta sus circunstancias. Cuando se afirma que el matrimonio es para toda la vida es porque los esposos juntos tienen que buscar la felicidad que como personas y como pareja les conviene. Hasta donde se sabe, el camino a la felicidad no es corto, no es disperso y tiene nombre propio: el del otro cónyuge.


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