La convivencia en la vida escolar

Por Edistio Cámere

Las relaciones personales no son neutras; más bien, generan agrado- desagrado, inclinación-rechazo, afección-repulsa. Entre estos dos polos extremos se sitúa toda una gama de vivencias que constituyen los elementos principales del mundo emocional. El hombre se complementa en buena medida a través de la convivencia con los demás, la cual presenta obligaciones y beneficios: un dar y un recibir recíprocamente.  Y como ser libre puede renunciar a donar sus cualidades y bienes.

El comunicar buscando el bien de los demás no es un movimiento natural; exige de un intencional querer hacerlo -que no pocas veces se hace arduo porque implica poner entre paréntesis las propias necesidades, intereses y gustos-. Contribuir no equivale a ser el responsable único de hacer un ambiente de alegría y de paz. Sugiere, más bien, ayudar, auxiliar y aportar. Desde esta perspectiva es mucho lo que se puede realizar para hacer más agradable la vida a los demás en el ambiente en que cada uno se desenvuelve, cuidando los pequeños gestos y detalles. Más que hacer cosas extraordinarias, el hombre puede hacer grato su ambiente realizando extraordinariamente las cosas ordinarias.

El buen ambiente

Un clima de paz se logra: 1.- Evitando conflictos innecesarios -que casi siempre son causados por ‘chismes’-; 2.- Siendo sencillos ante una reacción inopinada de un compañero; 3.- Cuando no se está  excesivamente pendiente de uno mismo, de modo que no sólo se vea aquello que conviene o que satisface; 4.- Encarando con cariño cuando un amigo se equivoca, en vez de hablar a sus espaldas; 5.- Evitando poses y actitudes altaneras que ofenden y discriminan sin razón objetiva; y, 6.- Renunciando a pensar que por razones de notas, habilidades, condiciones sociales… etc. los ‘otros’ no son iguales que ‘uno’, por lo que deben reconocer ‘mi superioridad’ -alimento nutricio para mi ego-.  

Un ambiente grato y alegre se consigue si se sonríe; si se da las gracias cuando alguien nos hace un favor; si uno se complace con los triunfos de los demás; si se es capaz de deslizar una frase amable a quien se le ve triste o preocupado; si se ayuda al compañero que le cuesta entender un tema; si se pregunta con sincero interés por qué algún compañero o compañera no ha venido a clases; si se procura que el salón se mantenga ordenado y limpio; si se evita intervenciones destempladas y fuera de tono cuando alguien hace algo mal o que no gusta. En resumen, se contribuye a que haya alegría en el salón de clase cuando se conoce a todos los compañeros por su nombre, cuando se les respeta y se les trata de modo afable y amical. 

Tener presente a los demás no se reduce a una acción concreta y aislada. Implica una actitud de apertura, de atención, que supone pensar en el amigo para que la acción, la palabra o el gesto de ayuda sean eficaces; y hacer las cosas bien, precisamente porque se tiene en mente el bien de los demás. 

Respeto a las diferencias

La convivencia se encuentra matizada, por un lado, por el propio carácter que suele reaccionar ante situaciones o conductas que no agradan o con las que no se concuerda; y por otro, por las diferencias individuales de quienes comparten el diario vivir, sea en el colegio, en la casa o en el barrio. En la diversidad se encuentra como riqueza la variedad de talentos y cualidades que complementan la propia existencia. Sin embargo, también se advierte modos de ser, opiniones y gustos que, por distintos, suelen ‘chocar’ con los de uno.

Anhelar la igualdad absoluta en el pensar, en el sentir y en el actuar entre todos los hombres es desconocer la naturaleza humana. La convivencia implica empeño y aprendizaje: así como puede molestar la opinión de un compañero, podemos preguntarnos ¿qué  tiene uno de especial para que su opinión sea aceptada por todos? En verdad no hay razón objetiva alguna que aliente este modo de pensar.

 Las fricciones o los cambios de pareceres son recurrentes en la convivencia. “Chocas con el carácter de aquel o del otro… Necesariamente ha de ser así: no eres moneda de cinco duros que a todos gusta. Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irás perdiendo las puntas, aristas o salientes -imperfecciones, defectos- de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección? Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues no te santificarías”[1]. Cuando se frota dos trozos de madera o dos piedras entre sí, el resultado no es el esquivarse o rechazarse sino más bien llamas de fuego cuya utilidad es invalorable. Toda fricción entre dos cuerpos produce calor y chispas luminosas. Algo bueno que sin ese contacto no aparecería.

 Hacer las paces es el bálsamo que guarda el calor y aviva las cenizas. Dependiendo del carácter, las reacciones pueden ser inmediatas y fuertes, cuyas consecuencias no se controlan; o las reacciones pueden ser menos primarias, más ‘pensadas’; por eso afectan y duelen más. Sea como fuere, el reconocer y pedir disculpas es señal de hidalguía, de lealtad, de respeto y de sencillez. El pasar por el trance de reconocer el error, sin duda, ayuda mucho para alcanzar la serenidad. Frente a un mismo hecho que ofende es mejor decir las cosas en otro tono, sin ira. Entonces, el raciocinio ganará fuerza y sobre todo no se ofenderá a los  compañeros, a los amigos, a los hermanos o a los padres… y menos a Dios.

 Objetividad y generosidad

 Alegrarse con los logros de los demás no es sólo facilidad para aplaudir o felicitar; es, sobre todo, señal de madurez porque se acepta y valora que las capacidades y méritos están distribuidos generosamente entre las personas que nos rodean. No es que uno no sea capaz de obtener resultados felices, es que no somos los únicos en lograrlos y esta certeza hay que celebrarla. Aquí encontramos dos puntos a tener muy en cuenta: generosidad y objetividad.

 Objetividad para captar las formas, los colores, las profundidades y las cimas de la realidad tal y como son, para no inclinar nuestras percepciones hacia los subjetivos y personales puntos de vista y emociones. Cuando se mira el entorno desde la particular óptica, pueden ocurrir dos extremos: ser muy exigentes y precisos en reconocer los cambios y mejoras porque no se ajustan a ‘nuestros exquisitos estándares de calidad’; o ser poco comprensivos asumiendo tal perfección en los demás que no se acepta que puedan equivocarse o que no se estimule el esfuerzo realizado. Ser objetivos implica abrirse a la realidad que, en su mostrarse tal y como es, permite captar lo bueno y sus posibilidades de mejora. Y las cosas que no marchan bien, lejos de pasarlas por alto, hay que tratar de corregirlas. De esta mirada responsable nace la iniciativa y la solidaridad.

 Generosidad para compartir con simpatía y sano orgullo las conquistas de los amigos y compañeros, evitando ser tanto mezquinos como empalagosos con las palabras de aliento. El silencio predica cierta envidia y la lisonja es opuesta a la sinceridad.  Cuando se dice: “¡Felicitaciones!” o “¡Qué  gusto me da!”, no solamente se hace alusión al resultado, también se incluye todo el proceso previo para conseguirlo. Por eso, quien recibe una felicitación por lo general sonríe y agradece.

 El reconocimiento generoso no termina en quien lo escucha. Construye un ambiente sano de competencia, de deseos de mejora. Motiva en ese sentido a emular al amigo o al compañero: “Si él puede, ¿por qué yo no?”. Más aún, cuando el esfuerzo o el cansancio arrecian, la sola idea de que los demás van a aquilatar mis logros constituye un acendrado estímulo para seguir en la brega. Si uno es objetivo y generoso con los logros de los demás, también podrá serlo con los cambios y mejoras de este país nuestro que es el Perú, adolescente aún, pero necesitado de jóvenes que quieran hacerlo adulto y maduro.


[1] Escrivá, Josemaría: Camino. Punto 20.


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