FORJANDO VIRTUDES I

Fortaleza y perseverancia

 

Por Edistio Cámere

Se suele pensar que fuerte es aquella persona enérgica, que no habla sino vocifera y que su presencia intimida a los demás. Nada más lejano a la realidad. La fortaleza germina en los mismos senderos por donde trascurre la vida, precisamente para ayudar al ser humano a desplegar su particular proyecto vital. La vida es el principal bien que posee el hombre, sin aquella no podría ser ni obrar. Pero exige que incrustemos, lo más plenamente posible, bienes que nos hagan más y mejores personas.

El hombre no es un ser determinado; es decir, está abierto a muchas posibilidades. No vive en soledad, convive con otros en el marco de una sociedad que tiene sus leyes y costumbres. Tampoco es un ser desencarnado; se expresa a través de su cuerpo, que se autorregula y sus demandas, por ser más inmediatas, interfieren en el logro de metas más de largo plazo. Estos hechos de una misma realidad advierten que ser mejor persona es una tarea compleja que requiere decidir optando entre dos alternativas.

Decisión para elegir

Cuando se elige, la opción asumida involucra e incide en la conducta que la dispone a transitar por la ruta elegida. Disponer hacia algo no es lo mismo que conseguirlo; como es distinto partir que llegar. Entre ambos media buen trecho. Cuando uno decide disponerse hacia es porque entiende que lo que va alcanzar es un bien. Cuanto más inmediato es el bien menos empeño se requiere. Por el contrario, cuanto más entidad tiene el bien, su consecución exigirá de mayor esfuerzo.  

La fortaleza entra en acción más nítidamente en esta última situación. Si uno camina cien metros no se cansa. Mas si quiere andar veinte kilómetros, entonces sí habrá que soportar el calor, no ceder ante el cansancio, sortear los obstáculos que se encuentran en el camino y no claudicar a pesar de las molestias. Hay que ser fuerte en el sentido de no quejarse y seguir para adelante. Los bienes, cuanto más entidad tienen, son arduos en tanto que cuesta conseguirlos. Pero cuando se consiguen permanecen como parte de nosotros. En el camino a ellos pueden aparecen distractores que pretenden seducirnos; por tanto, se tiene que ser fuerte para oponerles resistencia.  

La fortaleza, el ser fuerte, también se entiende como “acometer, entregarse con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer grandes empresas”[1]. En ese sentido, ser fuerte implica asimismo intervenir en el curso de los acontecimientos proponiendo alternativas o entregándose al servicio de los demás en actividades que suponen esfuerzo y generosidad.

La perseverancia

A modo de sugerencia, quisiera centrarme sólo en dos aspectos que miran a la perseverancia. El primero relacionado con la meta. Es conveniente revisar, para actualizar y fundamentar, la importancia de ser estudiantes y los compromisos que por esa misma condición tienen cara a sí mismos, a sus padres y a su comunidad. El segundo está vinculado con la necesidad de exigirse para dejar de lado otras actividades quizá más entretenidas pero que desenfocan de la meta escolar.

Además, una señal clara y contundente para que los alumnos se mantengan en tensión y esfuerzo hasta fin de año, es que los profesores observen la puntualidad al iniciar clases; que el desarrollo de las actividades académicas sea completo y hasta la hora indicada; que con picardía no se dejen llevar por el natural cansancio de los alumnos, porque su exigencia los hará fuertes y los preparará para nuevos retos. 

Convertir las dificultades en retos

Convertir la dificultad en reto es, sin duda, un modo realista de responder a la vida. Dificultades las hay de todo tipo y tamaño, desde las que aparentemente son insolubles hasta las que simplemente colisionan con la comodidad o la indiferencia. Pero, por sobre todo, las dificultades suponen una especie de llamado: convocan a nuestra inteligencia y voluntad. Es una suerte de cotejo que entraña cierta tensión al momento en que se está ante una dificultad y que al enfrentarla -no digamos superarla- la tensión muda en satisfacción.

La victoria no siempre acompaña, aunque el solo hecho de enfrentar la dificultad reditúa en el crecimiento personal. En cambio, no abona a su favor, se diría más bien que lo entorpece, cuando se le esquiva o se le encara con medianía o ramplonamente. En ambos casos, las cualidades que supuestamente deberían activarse y ejercitarse pierden potencia para responder eficazmente ante situaciones nuevas y demandantes. Dicho de otro modo, las dificultades no se hacen difíciles en razón de su naturaleza cuanto por la falta de preparación personal.

En rigor, no se trata de convertir la dificultad en un desafío, que tiene que ver con la competencia, la oposición, el juego… El amor propio puede ser un acicate efectivo para pararse delante de una dificultad pero es un motivo espurio. El enfrentar una dificultad, más que un reto, es una tarea cuyo sentido más acendrado es su aporte al perfeccionamiento personal.

Toda actividad que el hombre realiza no discurre por senderos idealistas, se tropieza con variables internas y externas que le dan la categoría de humana. En nuestro caso, como educadores, las dificultades no son excepciones. Todo lo contrario, son de ordinaria administración. Gran parte de ellas no son sino consecuencia de que educamos a personas libres que ante una sugestión o indicación pueden optar por seguirlas o hacer caso omiso. También tenemos dificultades que provienen del ambiente social, de las propias familias y de los medios de comunicación y no pocas veces se originan por el cansancio, el estado de ánimo, las preocupaciones, los malos entendidos o porque no se comparte plenamente con la indicación sugerida.

Conocer las causas de las dificultades es un buen comienzo. Quedarse en ellas como excusa para no actuar es perder buenas oportunidades y crecer profesionalmente. En verdad, la educación es un continuo reto que desafía las mejores cualidades de todo docente. La vía más eficaz para gobernar las dificultades en la educación se compone de cuatro elementos: el propio crecimiento personal, el ejemplo, el diálogo y la prudencia en la toma de decisiones. Sin descuidar, obviamente, la buena práctica de alimentar la propia vocación como docente.

Enfrentar el cansancio

El cansancio es un estado del cuerpo que aparece como resultado luego de haber realizado intensamente una determinada actividad o un conjunto de tareas incluidas en el campo de las propias obligaciones. El cansancio de quien no hace nada no es cansancio, es apatía, es hastío, es aburrimiento. Quien se mueve sin norte, sólo por moverse, no se cansa: se agobia, se agita, se estresa.

Propiamente dicho, el cansancio no es negativo sino, por así decirlo, un obsequio cortés de la naturaleza mediante el cual nos recuerda nuestra condición dual: de un lado, la debilidad y la limitación que acompañan el vivir; y, de otro, la libertad que apela al pensar y al querer para remontar la propia fragilidad. Aceptar el cansancio nos pone a buen recaudo del desaliento, al que se le percibe como un dato que hay que manejar y no como un obstáculo que sorprende como si fuera una trampa furtiva puesta por un cazador. Aquello que se puede manejar se puede administrar, y se administra sobre lo que se tiene potestad.

Vencer el cansancio, a pesar que sus huellas se inscriban en el cuerpo, es posible y viable. La contienda no es fácil: a veces se gana y otras se pierde, sobre todo si se plantea oponiendo la misma fuerza contraria: “Estoy cansando/tengo que descansar”. Pero si se diseña la batalla desde la vertiente de la libertad que se orienta a un fin, el resultado será otro. El fin no elimina el cansancio, pero dispone a gobernarlo al punto que a pesar de aquel continuamos o acometemos nuevas responsabilidades propias de nuestro deber. Desde el ámbito de la libertad el cansancio puede vencerse, pero sin la virtud de la fortaleza no se puede renovar activa e ilusionadamente el empeño de hacer las cosas bien.

Ello es una prueba fehaciente del señorío que tiene la persona sobre sí misma en tanto se dispone para abrazar ideales y metas. Cuando se percibe, por ejemplo, que el estudio no es una suerte de ‘imposición’ sino una actividad que ayuda a desarrollar la personalidad, es más fácil poner los medios para no dejarse  aprisionar por las huellas del cansancio. Ideales y fuerza de voluntad son los pilares para gobernarlo.


[1] Isaacs, David, ‘Educación de las virtudes humanas’, Eunsa, Pamplona, España, 10 edición, 1991, pág. 86.


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