La dirección escolar: Hacia un nuevo paradigma

Por Edistio Cámere

Todo centro educativo se organiza y gobierna siguiendo el siguiente modelo que ha devenido en paradigmático: en el vértice superior el director; luego, el subdirector o subdirectores; jefes de nivel o de etapa; coordinadores de áreas académicas; profesores y, en la base, padres de familia y alumnos. Este modelo piramidal  enfatiza la gestión centrada en la función,  tarea y control de los recursos. Los subordinados, en consecuencia, están más atentos a las indicaciones venidas de las instancias superiores, al punto que no es insólito escuchar que “lo importante es que el directivo esté contento con mi desempeño”.Ciertamente, en toda institución sin distinción de su naturaleza o giro, tiene que existir un orden, una estructura que articule las capacidades y esfuerzos de todos y cada uno de sus miembros hacia unos mismos objetivos. La escuela, además, destaca por una característica significativa: opera a partir de unos principios educativos o criterios axiológicos que no sólo la destinan sino que a su vez deben crear -a  través de su estructura organizativa- las condiciones necesarias para que los alumnos los encarnen, los incorporen vitalmente, tanto durante su vida escolar como cuando sean ciudadanos. Una de esas condiciones es procurar que los profesores ([1]) los muestren con su comportamiento en el empeño de caminar junto con la escuela por el mismo sendero. 

Dicho de otro modo, la escuela se orienta -toda ella- hacia los alumnos con miras a su formación humana e integral sobre la base de proposiciones valóricas inscritas en su Ideario. Si esa es su finalidad, y dado que la concepción de un fin adecúa los medios, entonces su estructura organizativa debería acomodarse con el propósito de cumplir a cabalidad con dicha intención. Contrariamente a lo que sucede en las empresas comerciales o industriales, en las que quienes están comprometidos con la factura o transformación de un producto no se relacionan directamente con el usuario final, en la escuela la cercanía, el trato y la participación del docente es fundamental para que el alumno se eduque y se forme.

El profesor es el sujeto-agente que opera modificando a un sujeto-paciente: el discente. Junto a aquél los padres de familia desempeñan un rol de primerísimo orden en la educación del escolar. Desde esta perspectiva, la pirámide organizacional -funcionalmente hablando- debería configurar en la cúspide de la pirámideal alumno, inmediatamente después a los padres de familia, los profesores, las posiciones jerárquicas y en la base el director. Como podrá deducirse, no estoy promoviendo, ni por asomo, subvertir el orden de manera que el centro educativo sea gobernado por los estudiantes que, por cierto, sería contraproducente. Tampoco estoy sugiriendo que la escuela deba consentir o aplacar los gustos de los padres de familia. Más bien, quiero precisar lo proficuo de un sistema de gobierno capaz de conducir personas, medios y estrategias al servicio de las necesidades legítimas de crecimiento de los alumnos en tanto personas.

 

Función directiva

La tarea del director y de los demás ‘jefes’“no es mandar o dominar a quienes están debajo de ellos; su papel es más bien servir, que es la mejor manera de dirigir a quienes están más cerca de los alumnos para identificar y satisfacer sus necesidades legítimas. Su trabajo es quitar todas las obstrucciones que estorban a sus colaboradores en el serviciode sus alumnos(los subrayados son míos). Por desgracia hay demasiados ejecutivos que no sólo no quitan los obstáculos, sino que ellos mismos son un obstáculo permanente. Cuando vivía en ese medio solía referirme a ellos como ‘ejecutivos gaviota’. El ejecutivo gaviota sobrevuela periódicamente el área haciendo mucho ruido, ensuciando todo, se puede comer tu almuerzo y luego se va volando” ([2]).

A una escuela orientada hacia la persona del alumno le compete centrarse como requisito básico en sus profesores y en sus padres de familia, de lo contrario tal disposición restaría tan sólo en buenas intenciones. En sentido estricto, dado que la formación del discente está en manos de sus padres y docentes, es a ese nivel donde el esfuerzo directivo tiene que concentrarse para que -sobre todo los últimos- puedan ejercer sin cortapisas su labor educativa. Por eso, más que cifrar su quehacer en el cumplimiento de una carga impositiva basada en una suerte de reglamentarismo, es más significativo compartir con entusiasmo la filosofía educativa que anima la cultura e intenciones del colegio. Al profesor le asiste el derecho de conocer y comprenderla, de manera que, en pleno uso de su libertad, pueda hacerla propia e identificarse con la visión y principios de la escuela.

El profesor cuando comparte y hace suyas las mismas ideas e ilusiones, se convierte en socio; al querer lo propio de la escuela, no solamente se compromete con ella sino que también la enriquece desde su índole personal y por ello su contribución es original. Su aporte nace no solamente desde la vertiente instructiva sino, además, desde su condición de persona a través del trato personal, de tal forma que el alumno puede ser ayudado a humanizarse. ¿Qué otro nombre se le podría dar al acto o actos de fomentar el desarrollo de las facultades constitutivamente humanas, la inteligencia para conocer la verdad, la voluntad para querer el bien y la libertad para elegir acertadamente? Este cometido trascendental que cumple el docente reclama de la dirección una actitud que le corresponda en igual dimensión: la confianza.

Autoridad y gobierno

Confiar es fiarse de que el profesor pondrá todos los medios a su alcance para desplegar sus capacidades tanto humanas como profesionales, alineadas con su encumbrada misión: educar al alumno. También supone poner en práctica el principio de subsidiariedad, de manera que, en el ámbito de su competencia, tome las decisiones que el contexto aconseja con la seguridad que recibirá el respaldo institucional, el mismo que no hace sino trasferir al docente la necesaria autoridad ante los alumnos y padres de familia. Un profesor con autoridad -propia y delegada- podrá gobernar mejor su aula y ser más asertivo con sus proposiciones y recomendaciones porque goza de credibilidad ante quienes están en el ámbito de su influencia.   

La autoridad, sin embargo, no sólo se detenta, se fragua con su ejercicio y se acrisola con el prestigio personal que refulge gracias a la integridad y mejora personal. Desde esta perspectiva, atañe al director (…) nunca conformarse con la mediocridad, o con la chapuza: la gente necesita que se le anime a llegar a ser lo mejor posible. Puede que no sea eso lo que desee, pero el líder (el directivo)debería estar siempre más pendiente de las necesidades que los deseos”([3]).Si el docente forma y educa a través de lo que muestra y demuestra con su conducta, el tiempo invertido en dialogar con aquel es una importante función de los directivos, tanto para conocer sus inquietudes, sus proyectos personales e iniciativas profesionales, como para confirmarlo en su vocación y mantener encendida su ilusión profesional. Con la escucha comprometida y sincera se promueve con acierto la participación activa de los profesores en el gobierno y en la vida institucional. La tarea educativa no es una empresa que se acometa fraccionadamente: de una lado los profesores y de otro las instancias directivas. Es, más bien, una obra que exige de la contribución concertada y cohesionada de ambas partes. 

Precisamente porque a la escuela le interesa el profesor, es su competencia “señalar cualquier desajuste que pueda darse entre el estándar establecido y el trabajo realizado pero no hay por qué darle un cariz emocional” ([4]).Corregir no implica sanción ni malos tratos. Es un acto -que debe efectuarse en privado- con el que se busca restaurar el modo de hacer una tarea para reintegrarla al curso de la actividad. Con la corrección se enseña y forma aunque su ejercicio no siempre es sencillo, sea para quien la realiza como para quien la recibe. No obstante, es de capital importancia para el buen gobierno; primero, porque es una muestra clara de valorar la presencia y aporte del docente; segundo, porque cuando se omite se torna en un modo sibilino de restar autoridad y competencia al maestro al quedar en evidencia ante sus colegas y sus alumnos; y, tercero, porque la escuela, al corregir, hace al docente parte de la solución al tiempo que se le restituye la confianza apostando por su continuidad.

La calidad en una escuela no tiene por qué sesgarse hacia la pura eficacia. La calidad de un centro educativo nunca es menor o mayor que la de sus docentes. La índole de un docente no debería medirse por su eficacia sino por su fecundidad. “La eficacia busca cubrir las deficiencias o lograr objetivos; la fecundidad, expandirse en frutos” ([5]). La actividad educativa en una escuela resplandece cuando en sus alumnos germina y crece echando raíces en su interior los principios educativos o criterios axiológicos que la destinan. Por tanto, será fecundo el ámbito escolar si el trato personal del directivo al profesor y de éste al alumno es su nota fundamental. El trato y la atención personal tienen la virtud de lograr el bien alineado con las necesidades, características y vocación de cada sujeto. En otras organizaciones prima el “criterio de la generalidad o magnitud, que se enuncia así: el bien es mayor en la medida que se extienda a más personas, y el mal es mayor cuanto mayor sea el número de los individuos afectados por él. En la escuela, por el contrario, debería más bien predominar el criterio axiológico de la proximidad e incidencia: el bien es mejor en la medida  que beneficie más profundamente a la persona, y el mal peor cuanto más la perjudique” ([6]).El más próximo al directivo es el profesor, por tanto, él es su primera preocupación y ocupación.Sostenido y acrecentado en su ser personal, podrá trascender hacia el encuentro del bien propio de todos y cada uno de sus alumnos. Esto es una actividad educativa fecunda, por cierto, y desde fuera se lucirá como calidad docente.


[1]  Esa condición también alcanza a los padres de familia, cuya fundamentación la omito en el presente trabajo por razones de espacio. Será, en todo caso, materia de una próxima entrega.

[2] Hunter, James, “La Paradoja”, Ed. Urano, España, 1999, pág. 67.

[3] Hunter J. ob. cit. pág. 69.

[4] Hunter J. ob. cit. pág. 103.

[5]  Llano, Carlos, “Viaje al centro del hombre” Ed. Rialp, España, 2010, pág. 95.

[6]  Ibíd. págs. 85-86.


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