FORJANDO VIRTUDES III

Oír o escuchar a los demás

Por Edistio Cámere

Escuchar es importante para el cultivo de la amistad y al mismo tiempo predica que con el compañerismo se encuentra en dimensiones distintas. Precisamente desde la vertiente de la escucha se tiene que cotejar y revisar si el aprecio por  la amistad y las actividades concomitantes que se promueven no terminan exclusivamente en ‘pasar un buen rato en compañía’.  

Ciertamente, el hacer cosas juntos, el pasarla bien, el coincidir en intereses similares, el afecto y la simpatía… son prolegómenos de toda amistad. Llegar al corazón o núcleo de la misma es sólo posible a través del intercambio de subjetividades, de intimidades. Lo íntimo, lo propio, como los pensamientos, los sentimientos, las creencias, las opiniones, los  gustos, sólo se expresan porque se quiere.

 Escuchar no es solo oír y asentir; es atender, mirar, comprender y para hacerlo hay que saber recibir a la otra persona desde su intimidad. Si se ‘pasa de largo’ ante cualquier encuentro interpersonal, las oportunidades de descubrir amigos se reducen. Para la amistad la prisa, el ruido, el orgullo y la brusquedad son enemigos a los que conviene hacerles frente.

No es tarea fácil. Hablar de lo propio halaga y se busca no pocas veces desmedidamente. Poner freno al ‘yo’ para que no irrumpa y opaque es el inicio de la amistad, que solicita reciprocidad, de modo que en el intercambio cada amigo se enriquezca y crezca redundando en la calidad y solidez de la amistad.  Cuando se busca genuinamente un ‘tú’ las etiquetas, la función o el rol se desvanecen para dar paso al nombre propio con unas características e historia únicas e irrepetibles. 

Con los compañeros se coincide en un espacio y en unas actividades. Con la amistad, además, se crece juntos ayudados por la palabra y el ejemplo mutuo. El compañero comparte la efervescencia, la euforia y la diversión. El amigo también se hace cargo del dolor, la preocupación, las alegrías, la corrección y del estar juntos en los buenos y no tan buenos momentos. La escucha al amigo es como esa mirada de la madre que capta con precisión y profundidad cuando a su hijo le aqueja algún problema. La amistad es un tesoro que debe cuidarse e incrementarse.

Relación con los demás

Las relaciones personales no son neutras; más bien, generan agrado- desagrado, inclinación-rechazo, afección-repulsa. Entre estos dos polos extremos se sitúa toda una gama de vivencias que constituyen los elementos principales del mundo emocional. El hombre se complementa en la medida que se relaciona con los demás. Dicha relación, que se establece en el marco de la convivencia, presenta obligaciones y beneficios, un dar y un recibir recíprocamente.

El hombre es un ser libre y como tal puede renunciar a donar sus cualidades y bienes. El comunicar buscando el bien de los demás no es un movimiento natural, exige de un intencional querer hacerlo que no pocas veces se hace arduo porque implica poner entre paréntesis las propias necesidades, intereses y gustos. Contribuir no equivale a ser el responsable único de hacer un ambiente de alegría y de paz. Sugiere más bien ayudar, auxiliar y aportar. Desde esta perspectiva es mucho lo que se puede realizar para hacer más agradable la vida a los demás en el ambiente en que cada uno se desenvuelve, cuidando los pequeños gestos y detalles. Más que hacer cosas extraordinarias, el hombre puede hacer grato su ambiente realizando extraordinariamente las cosas ordinarias.

Un clima de paz se logra evitando conflictos innecesarios casi siempre causados por ‘chismes’; siendo sencillos ante una reacción inopinada de un compañero; cuando no se está excesivamente pendiente de uno mismo, de modo que no sólo se vea aquello que conviene o que satisface; encarando con cariño cuando un amigo se equivoca, en vez de hablar a sus espaldas; evitando poses y actitudes altaneras que ofenden y discriminan sin razón objetiva; y, por último, renunciando a pensar que por razones de notas, habilidades, condiciones sociales… etc. los otros no son iguales que uno por lo que ‘deben reconocermi superioridad’ -alimento nutricio para mi ego-.

Un ambiente grato y alegre se consigue si se sonríe; si se da las gracias cuando alguien nos hace un favor; si uno se complace con los triunfos de los demás; si se es capaz de deslizar una frase amable a quien se le ve triste o preocupado; si se ayuda al compañero que le cuesta entender un tema; si se pregunta con sincero interés por qué algún compañero o compañera no ha venido a clases; si se procura que el salón se mantenga ordenado y limpio; si se evita intervenciones destempladas y fuera de tono cuando alguien hace algo mal o que no gusta. En resumen, se contribuye a que haya alegría en la clase cuando se conoce a todos los compañeros por su nombre, cuando se les respeta y se les trata de modo afable y amical. 

Tener presente a los demás no se reduce a una acción concreta y aislada. Implica una actitud de apertura, de atención que supone: a- Pensar en el amigo para que la acción, la palabra o el gesto de ayuda sean eficaces; y b- Hacer las cosas bien, precisamente porque se tiene en mente el bien de los demás.

Celebrar los cambios positivos

Alegrarse con los logros de los demás no es sólo facilidad para aplaudir o felicitar, es sobre todo señal de madurez porque se acepta y valora que las capacidades y méritos están distribuidos generosamente entre las personas que nos rodean. No es que uno no sea capaz de obtener resultados felices, es que no somos los únicos en lograrlos y esta certeza hay que celebrarla. Aquí encontramos dos puntos a tener muy en cuenta: generosidad y objetividad.

Objetividad, para captar las formas, los colores, las profundidades y las cimas de la realidad, tal y como son, para no inclinar nuestras percepciones hacia los subjetivos y personales puntos de vista y emociones. Cuando se mira el entorno desde la particular óptica pueden ocurrir dos extremos: ser muy exigentes y precisos en reconocer los cambios y mejoras porque no se ajustan a ‘nuestros exquisitos estándares de calidad’; o ser poco comprensivos asumiendo tal perfección en los demás que no se acepta que puedan equivocarse o que no se estimule el esfuerzo realizado. Ser objetivos es abrirse a la realidad que, en su mostrarse tal y como es, permite captar lo bueno y sus posibilidades de mejora. Y las cosas que no marchan bien, lejos de pasarlas por alto, hay que tratar de corregirlas. De esta mirada responsable nace la iniciativa y la solidaridad.

Generosidad, para compartir con simpatía y sano orgullo las conquistas de los amigos y compañeros, evitando ser mezquinos como empalagosos con las palabras de aliento. El silencio predica cierta envidia y la lisonja es opuesta a la sinceridad.  Cuando se dice: “¡Felicitaciones!” o “¡Qué gusto me da!”, no solamente se hace alusión al resultado, también se incluye todo el proceso previo para conseguirlo. Por eso, quien recibe una felicitación por lo general sonríe y agradece.

El reconocimiento generoso no termina en quien lo escucha. Construye un ambiente sano de competencia, de deseos de mejora. Motiva en ese sentido a emular al amigo o al compañero:“Si él puede, ¿por qué yo no?”.  Más aún, cuando el esfuerzo o el cansancio arrecian, la sola idea de que los demás van a aquilatar mis logros constituye un acendrado estímulo para seguir en la brega. Si uno es objetivo y generoso con los logros de los demás, también podrá serlo con los cambios y mejoras de este país nuestro que es el Perú, adolescente aún, pero necesitado de jóvenes que quieran hacerlo adulto y maduro.


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