No al “guachito” en las escuelas

Edistio Cámere

En muchos países se juega la lotería. No todos compran el “entero”: apuestan con un guachito. El guachito tiene su origen en la palabra quechua wakcha que significa pobre, desnudo, y huérfano. ([1]) En el lenguaje coloquial quedarse guachito hace referencia a estar solitario, huérfano de vínculos significativos. En cierto sentido, la carencia de relaciones, el no importar, el existir invisiblemente para quienes – se supone – nos quieren, no solamente implica una suerte de desarraigo al no contar con la posibilidad de completarse y complementarse ni de ser arropado afectivamente, también es señal pobreza pura y dura.

En la región andina, los recursos materiales –insumos para el desarrollo socio-económico- escasean, por tanto, la pobreza ronda y acucia sin pausa, pero la soledad, la orfandad no es una condición extendida ni gravemente ostensiva; la comparecencia de la institución familiar y de la comunidad,  satisfacen las necesidades de pertenencia, identidad y afectividad.

En los tiempos que corren, la pobreza material – lamentablemente – sigue existiendo aunque ha disminuido con respecto a épocas de antaño. Sin embargo, a contrapelo los grupos primarios (familia, comunidad, barrio…) se han debilitado ([2]) ya no acogen, ni valoran tanto a una persona por ser quien es, tampoco el tiempo les alcanza para curar y aliviar las magulladuras y heridas abiertas por el diario trajinar.

La competencia, en el afán de revestirse de una identidad existista más  la incontinencia en el consumo, bajan la bandera del partidor para dar inicio de una carrera galopante y sin término en busca de tener, acumular y ser reconocido –  megalotimia, diría Fukuyama (2019) –  a través de la adquisición de bienes o servicios, con los cuales no necesariamente se obtiene esa pretensión y menos aún contribuyen a la realización personal. El consumismo se ha convertido en una especie de carrusel que gira sin cesar, tanto que los que estan subidos no pueden apearse y los que pugnan por montarse no lo consiguen. Por si fuera poco a todo esto, se suma la confluencia de ideologías que alientan y subrayan la superioridad del yo con respecto al curso y necesidades de los demás, al punto que dicha primacia subjetiva, pretende obligar a los otros a subordinarse a sus criterios, deseos y caprichos, en suma, es la instalación del feudo de lo individual, del individualismo.

         Desde la escuela

Ante la pregunta a escolares de secundaria escoge la alternativa que se corresponda con la peor cosa en la vida, el año 2012, el 20,0% de la muestra opto por el “estar solo”, y ante la misma indicación, el año 2017, el “estar solo” fue elegido por el 16, 2% ([3]). Igualmente, llamó la atención conocer que el 16.0% de los alumnos (2012) y el 13,0% (2017) estaban solos en los recreos. Estar “guachito” en una escuela debería ser como una cizaña en un gran campo de trigo, no es su hábitat y su presencia debe ser transitoria.

La educación se lleva a cabo en escuelas donde confluyen niños y jóvenes desde varios lugares, con distintas edades y coinciden especialmente en un aula. La enseñanza – ordinariamente – es social y relacional. Un alumno no se vincula con su profesor ni solamente con la materia a aprender. Coincide con otros iguales que también se relacionan con el mismo profesor y con las mismas materias, la misma función de alumnos, el horario y las actividades…  Estas coincidencias son un gran tesoro que es preciso articular, dotarlas de significados y darles una intención educativa, con el propósito de convertirlas o mudarlas en insumo para generar vínculos, comenzando por revestir relacionalmente el concepto de compañero, de compañerismo, a partir del cual se estructuran lazos amicales y se distancian de la mera condición de conocidos.

La escuela y el docente deben establecer estrategias para superar el que los alumnos se conecten como “conocidos de un aula”. Su condición social y relacional, el compartir intereses y tener características en común, entre otros aspectos que añaden un matiz y valor a la función de alumno, es fundamento para dar un paso adelante en promover el descubrimiento y respeto al tu, en tanto no-yo, pero con igual entidad y dignidad. La formalización intencionada del conocimiento de los detalles personales, la preocupación y ocupación efectiva por el compañero; así como la habituación de los gestos de cortesía y afabilidad, no deberían esperar la “hora de tutoría”, más bien, al formar parte de la cultura escolar su manifestación tendría que ser una práctica ordinaria compartida por todos los docentes.

Elegir con quien interactuar es una decisión libre, pese a ello, la disposición y las habilidades para hacerlo pueden ser enseñadas y aprendidas. Contribuye a ese fin ahogar todo viso de obstrucción y de irrespeto cuando un alumno ante sus compañeros se expresa compartiendo sus opiniones. Pedro Laín Entralgo ([4]) propone cuatro momentos estructurales de la relación amistosa: benevolencia, benedicencia, beneficencia y benefidencia, de los cuales, me gustaría sugerir dos que ayudarían a despertar el interés por el compañero. La benevolencia, es querer su bien y, añadiría buscarlo, aunque el otro pueda no ser amigo. Las posibilidades para fomentarla en el colegio van desde explicar a quien no ha entendido, invitarle a jugar, acompañarlo cuando algo le preocupa, cederle el paso…etc.; hasta facilitar que el profesor dicte sin disrupciones para que sus compañeros tengan las mismas condiciones de aprender.

La benedicencia, que no es otra cosa que hablar bien del compañero o amigo presente y más todavía si estuviera ausente. Laín afirma al respecto: “Hablar bien de otra persona que no es amiga y lo merece, exige el cumplimiento de tres deberes, uno de veracidad, otro de sinceridad y otro de respeto”. Son tres deberes sociales que bien asimilados, permitirán a los jóvenes ser prudentes al momento de referirse a un compañero o un amigo. Mas aun, con la benedicencia se pone a buen recaudo a los alumnos con respecto a la triste y corriente usanza de estos tiempos de demoler, de criticar acremente a quien no piensa como uno o ha cometido una falta. El calificar al otro, distancia e impide verlo como un tu, un no-yo con entidad y dignidad.

En las escuelas, sin renunciar a su misión universal: la enseñanza-aprendizaje, se puede y debe fomentar los beneficios y obligaciones que comporta el vivir con otros, el vivir en sociedad. Una acción educativa con visión de futura es incrementar el número de detractores del individualismo.  La edad, la docilidad, el afecto, el optimismo y sobre todo la ausencia de experiencias negativas se convierten en gran predicamento para formar futuras generaciones que valoren la presencia y dignidad de los demás. La formación del carácter y estimular la buena amistad son dos claves educativas que permiten las relaciones personales. El carácter es necesario fortalecerlo porque un tu es libre, tiene ideas, sentimientos y gustos diferentes… y defectos que se tienen que escuchar y comprender. Desde la escuela hay que decirles no a los guachitos.

[1] Recuperado de traductor. Babylon-software.com el 14/03/2020

[2] Peña Carlos, en Mercurio Peruano, Santiago de Chile, 15-2-20

[3] Cámere Edistio et. Al. “Estudio sobre convivencia escolar en Lima metropolitana 2012 en una muestra de 2400 alumnos de colegios privados y públicos. Estudio sobre convivencia escolar en Lima metropolitana 2017 en una muestra de 1000 alumnos solo de colegios particulares”

[4] Laín E. Pedro “Tres reflexiones éticas” Isegoria, Revista filosófica y moral, Madrid, N° 13, año 1996, pp. 99-117


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