APRENDIZAJE EN TIEMPOS DE CUARENTENA (Primera parte)

Edistio Cámere

Primera parte

El  mundo se ha visto sacudido por un pequeño e insignificante animal, no inteligente y, en perfección bastante lejos de otros seres vivos y ni que decir del hombre. No obstante, este virus ha puesto en vilo a la humanidad, al extremo que los jefes de Estado han desplazado a los científicos en la información y conducción de esta crisis sanitaria. Se respira desconcierto e incertidumbre. No se sabe su evolución, su duración, ni el número cierto de víctimas… El hombre no tiene respuestas, no sabe cómo actuar y duda de las decisiones a tomar. Desde luego, somos criaturas dependientes y frágiles, a pesar de las imponentes conquistas y descubrimientos tecnológicos, hay y habrá muchas interrogantes en espera de respuesta por el hombre. Aceptarlo lo dispondrá con sencillez a abrirse y aceptar la realidad con-su-ser-así-y-no-de-otra-manera.

Al evidenciarse nuestra índole de necesitados y frágiles ¿perdemos en humanidad o dignidad? De ninguna manera. Más bien, tras las funciones, las categorías sociales y las diferencias individuales descubrimos que somos personas que coexisten en la intemperie, ora ateridos de frío, ora abrasados por los rayos solares, ora atemorizados por los rugidos y movimientos teluricos y ora amenazados por seres que por sus efectos se sabe de su existencia.

Los enemigos cuando acechan suelen atacar de noche o por un flanco desatendido, sin embargo, tan pronto se advierte la magnitud de los efectos de su presencia, emergen fuerzas, actitudes y liderazgos capaces no solo de resistirlos sino de vencerlos. En estos días, de diverso modo e intensidad se han decantado manifestaciones genuinamente humanas, la fraternidad, la gratitud, la generosidad, la pertenencia, la capacidad de renuncia y la preocupación por los otros.

Toda sociedad ante el embate de una calamidad, guarda el privilegio de contar con personas que aparecen lejos de las cámaras de televisión y de los protagonismos artificiales, pero cercanas a quienes necesitan socorro con el propósito de atender sus necesidades porque los mueve la solidaridad, el afán de ayuda y la vocación de servicio, que en situaciones críticas más brillan. En una coyuntura incierta y dura, ellos toman posición en los establecimientos estratégicos, pues con su talante profesional dejan una estela de eficiencia, disposición, entrega y conocimiento y con su presencia infunden seguridad, entereza y calma.

Gracias a su conducta, se aprende que el trabajo humano recusa ser percibido exclusivamente como un factor que añade valor e incide en la economía: evidencia interdependencia y la complementareidad entre los hombres. Las profesiones u ocupaciones que cada quien desempeña – elegida o aceptada – contribuyen al bienestar y el bienser de los otros. La valoración del trabajo no se satisface con el pago que se recibe. El trabajo bien hecho, con oportunidad y aderazado con una sonrisa, con serenidad y con la intencionalidad de ayudar  predica que no solamente es una operación o resultado lo que se entrega sino la decisión y la donación personal de aportar al bien de los demás y al desarrollo de su país.

La historia avanza impertérrita acumulando acontecimientos, experiencias y sabiduría, sin embargo, a pesar de su prolongada y rica andadura, para el hombre de hoy, sigue siendo un misterio el sufrimiento y el dolor suscitado por acción de la naturaleza, de las enfermedades o por la muerte, más si son seres cercanos y queridos quienes fallecen. El mismo hombre movido por sus pasiones o ambiciones puede causar sufrimiento a sus semejantes. Esta fatal coyuntura muestra el sufrimiento de quienes son presa del coronavirus y el dolor agravado de quienes lo saben y por más que quieran, no pueden acompañarlos en la enfermedad ni en sus últimos momentos. Creo que esta es una vivencia fuerte y inédita de sufrimiento.

Pareciera que en esta pandemia el sufrimiento se ensañara más con las personas vulnerables. Las estadisticas – hasta la fecha – dan noticia de que el porcentaje de contagiados y fallecidos se concentra más entre los adultos mayores. Los medios de comunicación, asimismo, dan cuenta de cómo la cuarentena, aprieta y aflige mayormente en las zonas marginales, precisamente por carecer de servicios básicos y de ingresos económicos sostenidos. Podemos convenir que el coronavirus no buscó directamente a estos colectivos, sin embargo, sí que desnudó dejaciones, indiferencia y dimisiones de los gobiernos de turno.

Durante su apogeo el servicio a domicilio, conocido también como “delivery” se convirtió en una suerte de lámpara mágica, bastaba activarla con el celular para que un deseo se cumpliera. Es un servicio útil pero corría el riesgo de tornarse en meramente placentero. No obstante, con la cuarentena el “delivery” encontró su proporción. Con restricciones para salir de casa, con el tiempo de circulación limitado, con la saturación de pedidos, las posibilidades de obtenerlos a tiempo y completos, se tornaron remotas. De manera que, el comprar se convirtió en un proceso, que se piensa, se prioriza, se conversa y se toman acuerdos previos antes de “enviar la lista” al proveedor. El acto de comprar se dilata, se aplazan las gratificaciones y se aprende a diferenciar entre lo básico y lo accesorio, pero sobre todo, se aprende a valorar a quien habitualmente hace de la compra un arte porque es capaz – en simultaneo- de conseguir que cada miembro de la familia satisfaga sus necesidades y, ajustar la oferta al dinero que se dispone.

 


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