El compromiso del educador

Por Edistio Cámere

Emprender viaje por los caminos de la vida intelectual, a través de la educación, es tener la certeza de que uno secamino recorrido topará con inusitados y apasionantes parajes que al seducir avivan el empeño por continuar. Como en todo peregrinar, uno encuentra -como un alto en el camino- mesones, posadas y ventas que sirven para reparar fuerzas y también para ‘hacerse cargo’ de que el trecho recorrido es trayecto poseído.

Pero esas estaciones ni son neutras ni pálidas, más bien convocan y atraen, tentando al viandante al punto que puede tornarse sedentario o postergar sin fecha su marcha. Al igual, partir en el tren de vida intelectual supone no dejarse arrobar por destellos luminosos que resplandecen por el camino ni menos aún apearse para ir en pos de ellos. No sea que, entretenido en tal afán, el tren reemprenda su periplo, o jadeante lo alcance con la talega rebosante de fruslerías que la hacen pesada.

Ciertamente, el horizonte de la vida intelectual tiene un destino, una finalidad. Discurrir, pensar, reflexionar y analizar son destrezas que en su mero ejercicio no encuentran su virtud, más bien la hallan cuando tienen un sentido que las induce a un despliegue cada vez más intenso. No cabe duda de que si la inteligencia se abre a la realidad, la actividad que de aquella se desprende tenderá a la búsqueda de la verdad.

‘Buscar’ predica una acción esforzada, quizá hasta violenta, porque es necesario remover obstáculos, tanto los propios como los próximos. Se busca lo que inmediatamente no está al alcance de los sentidos. La verdad está pero no aparece clara y distinta. Por eso, “es preciso primero aprender a mirar” [1], que no es curiosear como lo hacen los conductores ante un accidente automovilístico: disminuyen la velocidad, miran y siguen de largo. Mirar es desplazar el ‘yo’ hacia el objeto mirado, señal que ha impactado y llamado la atención.

Con cierto desencanto el Obispo de Hipona afirmaba “(…) Mi rostro veía las cosas iluminadas, pero él se quedaba sin iluminar” [2]. Es verdad, a veces uno se deja arrobar por la forma, por los colores, por la presencia, no obstante la desazón emerge de inmediato ante la inconsistencia de lo que hay tras el fenómeno. ¿Qué ilumina, entonces, al rostro? Lo que asombra, lo que se admira, lo que interpela, lo que afecta como novedad provocando una respuesta que implica afectivamente y que, al mismo tiempo, lleva como de la mano a la interrogación. El interrogarse es un modo cabal de búsqueda, pues descubre la condición de indigencia ante lo ya conocido por prácticas defectuosas y por las limitaciones personales.

La inteligencia no se posa, más bien se podría decir que se asocia con la verdad, de tal manera que aquella le reclama mayor participación: la inteligencia no va ni opera por libre. La búsqueda se hace consistente cuando se convierte en vida intelectual y la propia vida es objeto de reflexión y de trabajo que entraña un cultivo personal diligente y paciente. A la verdad se aproxima mediante el ejercicio cognoscitivo, pero se la posee cuando se subordina la propia vida a su encanto y rigor. Cuanto más se la conoce más se la ama, a tal punto que ya no será el conocer sino el amor el que mueva hacia su encuentro, pero con una condición: llegar no siendo como ahora, sino mejor.

El crecimiento personal es la condición que marca la misión para quien se dedica a la educación. Primero, porque el contenido de su reflexión trasmitida es “su efectivo modo de vivir y pensar” [3]. En segundo lugar, porque al enseñar muestra alternativas para que el alumno decida autodeterminarse hacia su desarrollo como persona. Al decir alternativas no solo se hace referencia a proposiciones razonables, se hace hincapié en el esfuerzo y lucha que libra por crecer él mismo como persona. La propia dinámica tensional por ser mejor, al adquirir virtudes o corregir defectos, incide en la calidad de sus aportes y en la percepción real y comprensiva de los demás.

El propio movimiento por crecer se convierte en patrimonio personal, que como hecho experimentado se torna en actitud de servicio: procurar que ‘el otro’ sea mejor que uno. Servir es proponerse como medio para que ‘el otro’ logre sus fines. Finalmente, la autoridad no nace de una retórica o prosa exquisitas, más bien, es consecuencia de la unidad de vida y de la integridad personal. En educación no basta la palabra aunque revele el esfuerzo vivido, es imprescindible que se testimonie la palabra encarnada.

El amor a la sabiduría que “no solo concierne al pensamiento sino que sobre todo afecta a la vida” [4] no es mero embeleso ni medalla conquistada, por el contrario, es una permanente invitación a abrirse a la verdad con la convicción de que es factible ensayar diferentes modos de conocerla; y con sencillez, para recomenzar cuando los errores pesan. La verdad es un bien no atribuible como propiedad a quien se dedica intelectualmente a ella. Precisamente, el amor que el educador le profesa explica su deseo de comunicar y extender la verdad, como un preciado bien. Quedarse con ella como alimento a la propia vanidad es un despropósito, “la verdad es un cuerpo vivo que crece y está abierto a la contribución de todos” [5] y se podría añadir que: la verdad puede ser conocida y amada por todos. 

Comunicar la verdad no es tarea antojadiza ni menos pretenciosa. Requiere de quien se consagra a la vida educativa e intelectual, además de madurez personal, formalizar su forma de pensar: reflexión, rigor y creatividad. No menos importante es perfilar su expresión: cuanto más señor sea de su propia lengua más podrá transformar sus disquisiciones en ideas radicadas y atractivas para la acción.      


[1] Nubiola, Jaime El taller de la filosofía”, EUNSA, 3ra edición, Pamplona, 2002, pág. 23.

[2] San Agustín, Confesiones”, Publicaciones CETA, Lima, 1986, pág. 80.

[3] Nubiola, J. ob.cit. pág. 29.

[4] Nubiola, J. ob.cit. pág. 47.

[5] Nubiola, J. ob.cit. pág. 45.


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