La obediencia, virtud social*

Por Edistio Cámere

En el campo de la construcción, hoy en día, en punta a tenor de los grandes edificios que se levantan con admirable prisa, existe una lógica y mucho sentido común: sobre los cimientos, sobre las bases –sólidas y consistentes– se alzan piso tras piso… hasta llegar a alturas sorprendentes. Los constructores invierten buena cantidad de tiempo y esfuerzo en estructurar las bases, y a partir de ellas la estética, la permanencia y versatilidad de la edificación quedan aseguradas.

A ningún entendido en la materia se le ocurriría cambiar o modificar el encofrado sustituyendo alguno de sus elementos o colocando otros más vistosos pero para nada resistentes. Pues aquel sabe que si se vacía el contenido no habrá cimiento que resista el crecimiento sostenido y armónico de una ciudad o parte de ella. Sin embargo, en la vida social no ocurre algo similar. Lo fundamental, los conceptos pilares que estructuran la convivencia del hombre en la sociedad no mudan el nombre pero sí se les vacía el contenido añadiendo antojadizamente significados alejados de su propia naturaleza. Conceptos tales como amor, vida, paz, derechos, compromisos, obediencia, autoridad, familia, religión entre muchos otros, tienen acepciones más ligadas al ‘gusto del cliente’ que a lo que objetivamente implican.

La obediencia es uno de los conceptos –básicos para la convivencia– que ha sufrido un adelgazamiento o reducción importante. El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la define como: “Cumplir la voluntad de quien manda”. Esta definición a su vez, se relaciona con otras virtualidades humanas: Se cumple porque libremente se ha tomado la decisión de hacerlo; sin el propio consentimiento no se obedece, se somete a otro. La sumisión es un modo de renunciar a hacerse cargo de la propia vida.

También se puede cumplir, queriéndolo hacer pero sin que medie el aporte propio, sin diligencia ni inteligencia; esto es el cumplimiento pergeñado con desdén. Y es que la voluntad se vincula con el contenido de lo ‘mandado’. Cuando lo que se manda no busca el bien –puede ser no inteligible en el presente– ni apunta al crecimiento personal sino que, por el contrario, busca el propio beneficio o, peor aún, es opuesto a las buenas costumbres o a la ética, seguir los dictados de la conciencia es vivir la obediencia.

Por último, la autoridad se expresa en el ‘quién’ manda. El hombre es por naturaleza un ser social, se relaciona, interactúa con otros formando ‘cuerpos’ sociales que requieren de organización y estructura… y la jerarquía supone obediencia. Este hecho social no soslaya que el portador de la autoridad  tenga -en orden a la trascendencia de su función– que respetar tres condiciones: 1.- El ámbito de su jurisdicción; 2.- Su integridad personal; y, 3.- El modo como se ejerce.

Con el ámbito de la jurisdicción se hace referencia tanto a su contenido como al continente: Un padre de familia ‘manda’ en su casa y en aquello inscrito en la naturaleza de la relación paterno-filial. La ejemplaridad de su portador hace más creíble y atractiva la autoridad; por el contrario, el autoritarismo, la tiranía o la arbitrariedad son estilos de mando que afectan radicalmente la libertad. Por su parte, el paternalismo atenta contra la capacidad de iniciativa para resolver los propios quehaceres que tienen las personas. 

La obediencia no es solamente obstaculizada por quien manda: tono en que exige, falta de consideración, oportunidad; también por quien debe obedecer: soberbia, egoísmo, comodidad y pereza. A estas debilidades humanas se suman algunas actitudes pensantes hodiernas. Me refiero al voluntarismo y al individualismo, que en poco contribuyen a la construcción de ‘cuerpos sociales’ en donde prime la justicia y la búsqueda del bien común.  La obediencia, como virtud social, se hace viable y fuerte a partir de la renuncia a lo propio para ir en pos de lo mejor para la sana convivencia. 

*Artículo publicado en la revista Antesala Nº3- 2010


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