LA ESCUELA Y LA EXPERIENCIA PROFESIONAL

Edistio Cámere

La experiencia profesional tiene relación con la memoria. La primera vez que se realiza una tarea no se cuenta con rastros validados contra los cuales confrontarla. El territorio de la primera vez está conformado por la novedad, por el estreno. Con el paso de los días y la repetición, la memoria evoca indicios tanto de forma, de fondo o de contexto referidos a tareas pasadas que al cotejarlas con la del presente facilita que su ejecución sea más rápida y eficiente. De modo que con el tiempo, la experticia, la confianza y la seguridad configurarán su condición y valía profesional.

La experiencia que adquiere un docente no es exclusivamente resultado de la relación que establece con sus tareas: aquella como institución le confiere especiales atributos. Primero, el centro educativo es el ámbito en el que se fragua su crecimiento personal y profesional gracias a la presencia de las relaciones objetivas que establece con las personas con quien labora. A nivel formal coordinando, participando, proponiendo y aportando ideas, sugerencias e iniciativas ya sea integrando equipos de trabajo o directamente a las autoridades del centro educativo. A nivel informal, se abre el amplio campo de las relaciones interpersonales que con ocasión del estar en un mismo ambiente se suscitan: amistad, compañerismo, aprendizaje gracias a la convivencia, solidaridad…

Segundo, dado que la escuela no es un lugar neutro ni vacío, sino articulada por unos principios y una visión que informan su estructura orgánica y jerárquica; esta realidad no solo la contextualiza sino que imprime su huella en la experiencia adquirida. Desde esta óptica, las tareas o acciones desplegadas por el docente tienen que entrelazarse entre sí y relacionarse con la visión del centro de lo contrario no aportarían a la unidad. A su vez, se puede buscar la convergencia e integración con los demás componentes de la escuela, pero si el vehículo para conseguirlo, es decir, las tareas o acciones, son mediocres, impuntuales o deficientes la unidad de la organización no se sostendrá en el tiempo. La experiencia es competente en la medida que sea capaz de alinearse simultáneamente con los objetivos del centro, con la finalidad del arte de educar y con los propios del docente.

El docente, en la realización de sus tareas descubre y crea atajos inéditos – que componen modos singulares en su desempeño – que le permiten ejecutar en menor tiempo y con mayor eficacia las tareas que se le encomiendan. No obstante, si descuida en fin de la educación corre el riesgo de que los beneficios obtenidos por el propio método introduzcan distancia con el destinatario de su quehacer; cuanto mayor sea la distancia se torna más imprecisas las necesidades de aquel. Por ejemplo, cuando un alumno es solicitado de su clase – para alguna otra actividad- puede percibirlo como una afectación al posterior avance de su curso y, no como una necesidad a atender al alumno en otra dimensión de su persona.

La experiencia profesional no se define tanto por el ‘hacer’ –el puro ‘hacer’, aunque eficiente, a lo sumo nos convierte en diestros y especialistas – cuanto por el comprender y descubrir la conexión del hacer con lo esencial y medular de una escuela. Más aún, el sentido de la experiencia se perfila mejor con la disponibilidad para adherirse y la capacidad para contribuir a la unidad que distingue el servicio educativo que ofrece el centro educativo. Cuando el docente no se alinea con la red – medios y fines – de la escuela, corre el riesgo de absolutizar la propia tarea. Dos consecuencias se desprenden de esta actitud. Cara al futuro, la experiencia profesional adquirida carecería del sello institucional; en el presente aprecia que las demandas de la escuela obstaculizan su desempeño, es decir, los insumos o iniciativas de la misma cuando no afectan su programación, retrasan el avance de la materia que imparte. Su aporte a la escuela estaría sesgado hacia las iniciativas que coincidan con sus intereses y su particular visión del quehacer educativo. Por último, el esfuerzo desplegado para conseguir los objetivos institucionales sería desproporcionado. Esta disparidad sería vista por sus colegas como prebenda, favoritismo o injusticia.


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