AUTONOMÍA y toma de DECISIONES en la ESCUELA

Aquel tutor recibía –una y otra vez– quejas acerca del comportamiento que Roberto mostraba durante las clases, quien no solamente no impedía su normal desarrollo, sino que también molestaba a sus compañeros. Que zanjara el problema elevándolo a la dirección era urgido por sus colegas. No obstante, el tutor optó por conversar personalmente con Roberto para conocer las razones y motivos de su conducta. La reunión no fue fácil. Las respuestas monosilábicas, cuando no silencios prolongados, marcaron su dinámica. El tutor, al agotar todas sus cartas persuasivas y afectivas, tuvo que echar mano del reglamento escolar: “si no cambias el riesgo de la expulsión es inminente”. Roberto alzó la vista, se lo quedó mirando – con esa mirada de apariencia dura pero que agrupa emociones encontradas de ayuda, de rebeldía, de rabia, de tristeza y de afecto – y lacónicamente respondió: “yo soy así”. Acto seguido, se puso en pie y salió de la oficina.

El tutor permaneció sentado con la cara entre las manos pensando: “Estoy entre dos frentes. ¿Qué hago ahora? Si lo reporto a dirección, saldrá del colegio y reinará paz y orden en su aula. Además, mis colegas quedarán complacidos. Pero, ¿Qué sucederá con Roberto? Sí no lo reporto a instancias superiores podré conectar con él y alentarlo a que quiera cambiar de actitud. ¿Si no lo consigo…? La presión aumentará, el director se verá obligado intervenir sin solicitar mi concurso… creo que habremos perdido una buena ocasión para aprender. En fin…

El quehacer educativo es más que trasmitir conocimientos con arte y carisma: con frecuencia se tiene que decidir entre alternativas que mejor contribuyan al bien del alumno. La relación docente-alumno es la que determina el continente y el contenido de las decisiones a tomar. En dicha relación los actores tienen nombre y características propias, lo cual significa: a) un quién es el decisor y otro quién es el concernido. No es el sistema o el reglamento el que resuelve; b) Conocer los motivos de una conducta es misión de primer orden: el propósito de la acción educativa es la formación y no la sanción. Un comportamiento se particulariza y, se hace imprevisible merced a la libertad, es decir, no es consecuencia inexorable de leyes fijas o mecánicas: una conducta puede variar de un día para otro, incluso ante un mismo estímulo, de manera que, como puede ser de otro modo, su trato tiene que ajustarse concreta y específicamente a la efectiva situación presente, materia sobre la que se tiene que enjuiciar; y, c) Las percepciones, modos de ser y pensar del tutor también matizan las decisiones.

En el ámbito de la relación con el alumno se inscribe la zona de autonomía del tutor. La potestad de intervenir –y, por tanto, de decidir– no viene conferida explícitamente en la normativa del Centro ya que es un atributo inherente a la vocación docente que se exterioriza en una acción que intencionadamente aspira a auxiliar al alumno en orden a su crecimiento. Ante el acontecer de un incidente –positivo o negativo– corresponde al docente actuar. Primero, porque la proximidad al hecho, fuerza a responder, es decir, genera el compromiso de promover el bien y evitar el mal de los más próximos; y, segundo, su intervención manifiesta interés por el alumno ([1]), abre un apreciado espacio para escuchar razones o motivos, da pie a la rectificación o confirmación, por último, zanja el incidente evitando mayores consecuencias.

Se abandona la zona de autonomía cuando el docente no interviene y si lo hace no decide; cuando traslada el problema a instancias superiores sin siquiera apostillarlo. Puede ocurrir que el docente por incapacidad –porque no puede o no sabe– no intervenga, solo en este caso, atañe al superior inmediato reemplazarlo. No obstante, la acción del directivo debe ser transitoria y vinculada a la incapacidad mostrada que, una vez removida la razón del no poder o del no saber –mediante dialogo personal– reafirma y fortalece la autonomía que por la naturaleza de su quehacer educativo le compete.

Volviendo al caso de Roberto. Si el tutor lo reporta es porque supone que la sanción sería el mayor bien que puede hacer puesto que beneficiaría a más personas. En esa decisión reposa un criterio cuantitativo. Restaría, con todo, una pregunta: ¿Esa medida efectivamente solucionaría el problema?   La que lo tranquilizaría: el problema se solucionó eficazmente. ¿Era la única vía de solución? Cortar una rama no significa eliminar el árbol. De acuerdo, pero es que hay alumnos que… en esos casos, solamente cuando agotados todos los medios para recuperarlos, continúan abiertamente con su mal comportamiento, entonces, el criterio cuantitativo debe primar. Los casos extraordinarios requieren medidas extraordinarias.

En la anécdota referida hay un detalle de no poca monta, que llama la atención: las quejas constantes de los profesores de Roberto a su tutor. La queja –dicho sea en sentido coloquial y a título personal– se caracteriza porque: a) hace notar que ‘algo’ no funciona o no satisface; y, b) cabalmente no depende de uno darle solución. Más teniendo la capacidad o potestad de remover su causa, se opta por la inacción, el objeto de la queja permanece, crece y se expande afectando a los círculos concéntricos con los que se conecta. Una conducta se hace intemperante en tanto no se extingue en sus primeros brotes. El abandono de los profesores de su zona de autonomía en cierto modo, ha confirmado a Roberto en su comportamiento con las consecuencias sabidas. El problema que ha ‘subido’ a tutor se puede tipificar como una inconducta habitual. Con lo cual, la sanción no solucionaría el problema real. ¡Cuántos Robertos se estarán gestando por la renuncia de los docentes a ejercer su autonomía! Asimismo, el cuerpo directivo perdería una gran oportunidad para promover una política de respaldo y confirmación de las decisiones que cada profesor asume en el marco de su relación con el alumno. En una organización educativa la falta de confianza en los profesores puede ser motivo para que éstos decidan no intervenir ni decidir cuando les compete hacerlo.

Si el tutor, más bien, decidiera no elevar a la Dirección el caso de Roberto, obraría persuadido de que un bien es mejor cuanto más hondamente afecta a una persona y un mal es mayor cuanto más profundamente también le afecte. En este sentido, el principal perjudicado por su mal comportamiento es la propia persona, por tanto, el tutor tendría que abocarse a reestablecer el bien en Roberto, de manera que sea el soporte de sus futuras acciones. El trato personal es la vía más efectiva para convocar su libertad y activa participación. En ese dialogo interpersonal no solamente se escucha, se acoge y se comprende a la persona, también se clarifican las ideas, se señalan alternativas, se formulan propósitos y se toman decisiones, una de las cuales es dejarse ayudar. El reconocer que la conducta puede ser de otro modo, franquea el proceso de un cambio, pero dejarse ayudar es admitir que el itinerario de ese proceso no estará exento de dificultades ni de marchas y contramarchas, por tanto, junto con el empeño y esfuerzo requeridos, el auxilio de una mano que sostenga y aliente es señal de querer efectivamente un cambio de comportamiento.

El cambio esperado supondría la adquisición de un bien que al calar en lo profundo del interior, las acciones movidas por el bien conquistado serían buenas y precisamente por ser tales tendrían por efecto la mejora personal. A su vez, como destinatario de un bien profundo, Roberto estaría en condiciones de difundir ese bien entre sus compañeros. El efecto multiplicador de un cambio en la conducta de un alumno promueve un clima abona en favor del crecimiento del grupo.

En una escuela, el trato personal se complementa con la participación de los demás profesores de un grado. El tutor –guardando las reservas del caso– les informa y juntos establecen las estrategias pertinentes que al ser aplicadas al unísono contribuirán a apoyar –sin ceder– a Roberto. De esta forma el tutor no solamente ayuda a una persona en concreto, también lo hace con el colegio al facilitar que sus colegas retomen el ejercicio de su autonomía en la relación con los estudiantes.

En la acción educativa, el trato personal que busca el bien que abarque a toda la persona debe mantenerse como punto clave de la dinámica organizacional, de lo contrario las relaciones se despersonalizan, es decir, pierden su carga ética. Ésta reside en la persona.

[1] Pasar por alto una actuación del alumno comunica indiferencia, actitud que puede generar rebeldía embozada o resentimientos.


3 thoughts on “AUTONOMÍA y toma de DECISIONES en la ESCUELA

  1. Completamente de acuerdo. Es interesante saber lo que el trato personal puede hacer. Imagínese el siguiente nivel, que es el de gestión personal. Donde podriamos decir que es el trato con el plus del mejoramiento continuo y el compromiso de ser aditivo al desarrollo social. Es por esa razón, algunas empresas hablan de Gestión del talento reconociendo nuestra inteligencia innatacomo aqulla que nos aproximará a nuestra a plenitud.

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