La ética en la cultura escolar

PRIMERA PARTE 

Edistio Cámere

¿Es la ética solamente una materia que se imparte en las aulas? O ¿es un modo de actuar o de comportarse? Si se acepta que es un curso que se enseña, el mayor compromiso de una escuela recaería en su contenido, en la didáctica y en las evaluaciones, en suma, en que no haya reprobados. Desde esta perspectiva, no valdría la pena interpelarse acerca de la formación moral de los alumnos, la respuesta habría que buscarla por el lado de lo técnico- pedagógico. Un centro educativo que se aparcara en esta práctica ¿podría ufanarse de que promueve la ética como criterio de actuación? 

La ética, no admite una comprensión plana o lineal, tiene que ver con una actuación recta conforme a lo moral; con un conjunto de normas que rigen la conducta de una persona en los diversos ámbitos de su vida; y, por último, como parte de la filosofía que versa sobre el bien y del fundamento de los valores. “Toda labor educativa que trate de formar hombres va acompañada de una determinada concepción del hombre, de cuáles son su posición en el mundo y su misión en la vida (…)”  [1], sin duda, la cultura ética en un sistema educativo se ancla en la visión que se tenga de la persona humana a quien se educa. 

            Aquella opinión que circula oronda enfatizando que la educación escolar es sustancialmente pura instrucción, pragmática, utilitaria y, orientada, al éxito dentro del mercado laboral, tiene más seguidores que marcan “me gusta” que ideólogos que la apoyan. Desde esta perspectiva, la carga horaria de las materias científicas, expresivas y experimentales ahoga o minimiza la posición de la ética y, por tanto, la promoción y el cumplimiento de ciertos códigos y conductas alineadas con lo pragmático, el mercado y el exitismo permearían la cultura ética de la escuela. 

            En la acera del frente se encuentran aquellos doctrinarios que medran a costa y de paso alimentan a los gobiernos de turno. Ellos se arrogan “sabiduría” para definir qué estándares o indicadores de conducta debe cumplir un ciudadano y qué valores democráticos debería encarnar todo peruano. En términos educativos, aquellos teóricos – apoyados por la fuerza y parafernalia del Sector – marcan cuáles serían las normas de ética y las conductas que se deberían emitir para que luego de todo el proceso escolar, “aparezca” el tipo de persona prevista y ajustada a la ideología dominante en el Estado. 

El valor de la ética radica en la libertad de la persona, quien puede equivocarse, actuar en sentido contrario, omitir o “ir más allá de la norma”, en sentido positivo. Una conducta humana, predica dos elementos fundamentales: a) la libertad para emitirla y b) responsabilidad para pechar con sus consecuencias. La pretendida uniformidad o el socavamiento del pluralismo desde las altas esferas gubernamentales, mediante la imposición de un especifico modelo de conducta éticay de un tipo de pensamiento único, terminan atentando contra la condición esencial de la persona: elegir el bien o mal porque se quiere.

Alcanzar la cultura ética en una escuela es tarea de mucho fuste. No es simplemente “declamar” buenos deseos, ni fijar su posición en una propuesta educativa, ni tampoco, que el Ente Rector se arrogue el “deber paternalista” de decir cómo debería ser el comportamiento de un futuro ciudadano: ¿De qué ética se habla? ¿qué es el bien? ¿qué son los valores? ¿cuál sería la medida para señalar una conducta ética o no? ¿es razonable que el estado diga cómo se debe actuar? ¿la ética debería responder a los requerimientos que reclama el mercado laboral?, entre muchas más preguntas, deberían dar pábulo a los centros educativos, docentes, padres de familia y personas públicas interesadas en la buena educación para analizar, pensar y comprometerse con una real y efectiva educación moral de los alumnos. 

Las escuelas no son solamente credencialistas, es decir, otorgan pases para el ingreso a la educación superior. No son, ni deberían ser instrumentalizadas por quienes quieren forzar una división de la sociedad entre contribuyentes y consumidores. Las escuelas son verdaderos centros de formación de personas. Para que cumplan ese cometido, además de reflexionar con seriedad para alcanzar una sólida propuesta ética, una condición indispensable es el respeto a la dignidad de la persona, a la libertad de enseñanza y a la libertad de pensamiento. 


[1] Stein, Edith, Escritos antropológicos y pedagógicos, Tomo IV, 2003, Ed. Monte Carmelo, Madrid, p. 562


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