ME DEJO AYUDAR

Edistio Cámere

El dejarse ayudar remite a dos características que matizan la relación interpersonal: la libertad y la autoridad. La libertad se encarna en la expresión “me dejo”. Sin el querer, sin la participación activa de la persona, la ayuda no produce frutos. La recta intención o la sabiduría del ayudador, a lo sumo llegan a los linderos de la puerta más no pueden flanquearla.

Los jóvenes suelen creer – quizá sea hasta un paradigma- que todo consejo o indicación que provenga de los adultos es una imposición. Desconocen que, salvo circunstancias en que efectivamente ameriten firmeza extrema, las indicaciones, las correcciones u advertencias son siempre proposiciones o convites. Su aceptación se lleva a cabo en la intimidad por propia decisión. Su rechazo se debe a que compromete, en el fondo, la propia conciencia que representa un importante papel en el acatamiento de las mismas.

El cumplimiento del deber es de suyo oneroso. El joven sabe que las tareas escolares, la atención en clase, el respeto a sus compañeros… forman parte de sus obligaciones, por eso el dejarse ayudar no se agota en la mera recordación de las responsabilidades, sino que implica una abierta disposición para permitir que el “otro” me acompañe, que vaya junto a mi (pero que no actúen por mí) en el empeño de remover los obstáculos que impiden cumplir cabalmente con los deberes debidos a mi condición de persona. En el esfuerzo compartido por quitar las trabas, a través de la adquisición de virtudes, la libertad se ejercita plenamente, es más, las virtudes se hacen personales precisamente porque se poseen desde la propia libertad.

Es bueno insistir que el dejarse ayudar no conduce a hipotecar la capacidad de autodeterminación, de elección. Más bien, la potencia en tanto que se ejerce mejor, cuanto mejores y más nítidas sean las alternativas entre las cuales decidir. Nadie es buen juez en causa propia: la subjetividad, las limitaciones en el conocimiento, las circunstancias y dificultades, que se las percibe inconmensurables por propias, oscurecen el camino del crecimiento personal.

La obediencia es inteligente cuando se pondera las indicaciones recibidas. La obediencia ciega es más bien reactiva porque – aunque parezca paradójico- “mira” a quien manda y no atiende a lo que dice. (…) el ordenar y el obedecer son alternativos: el que obedece emite también una orden. La orden nunca es unilateral, sino compartida. Por eso, la sociedad, éticamente, no se divide entre los que mandan y los que obedecen, sino que su consistencia se logra con la relación de los que emiten la orden y los que ordenan obedeciendo ¿Qué se ordena obedeciendo? La misma orden, porque si no se cumple bien, ello, se debe casi siempre a la orden emitida ([1]) Una orden es mal emitida por el modo o por su contenido. La intemperancia, la oportunidad y la ironía que veja, afectan su forma.  Una orden o proposición es razonable si contiene un bien educido gracias al conocimiento que se tiene de quien debe obedecer.

En cierto sentido, todo binomio ordenar-obedecer debería enmarcarse en una relación dialógica. Pues, en ese ámbito de reciprocidad, empedrado de afecto sobre el que se asienta el interés por ayudar, se apela a la inteligencia de quien obedece, iluminando el bien que se le propone como fin y, en simultaneo, se le muestra alternativas para su consecución. En sintonía con el fin, quien se deja ayudar obedeciendo, puede innovar sugiriendo otra u otras vías más consistentes y eficaces con su propia realidad. De este modo, la proposición se enriquece, reflejo de la autonomía, pero sin alejarse del circuito orden-obediencia. Sin embargo, donde se evidencia en todo su apogeo la libertad es en la acción subsiguiente a la decisión tomada. La elección y el mantenerse en el fin optado siempre será un acto inajenable por quien se deja ayudar.

La ejemplaridad y el dialogo, contribuyen mostrando rutas y alternativas a que la persona se autodetermine hacia su bien, pero sobre la base de la capacidad de pensar y obrar con criterios propios.

 

[1] Polo, Leonardo “Quién es el hombre” Universidad de Piura, Perú, 1993, Págs. 120-121

 

Exigir: ¿un dilema para el docente?

Edistio Cámere

 

La exigencia es una palabra usada con frecuencia en el lenguaje coloquial, pero con un significado prestado del campo jurídico. Desde esa perspectiva la exigencia connota una acción límite o extrema que se manifiesta cuando se niega o atropella algún derecho reputado como tal por quien reclama. En cierto modo, el sentido de exigir predica cierta presión, que intimida con el propósito de lograr una determinada conducta en una persona. El exigir se convierte en un derecho – de quien demanda – y una obligación de parte del exigido. Sin embargo, la acepción del termino exigir no puede extrapolarse sin atender el contexto en el que se pretende aplicar. Utilizado en el ámbito de la educación, la exigencia contiene matices que le otorgan un significado positivo en razón del por qué y el para qué, es decir, en virtud de su finalidad que al propio tiempo aquella se convierte en un deber para quien educa.

La educación no se resuelve exclusivamente en términos de instrucción, abarca a la persona como una unidad integral, por tanto, toda acción educativa propiamente dicha, es formadora de personas a través precisamente de la persona del profesor. Hecho que predica un doble compromiso: buscar el propio crecimiento junto con el procurar hacer crecer al alumno. El “ir por delante” incoa la conquista de la autoridad y del prestigio, cauce adecuado para el autoeducación del alumno.      

El exigir que equivale a intervenir es consustancial al quehacer docente, máxime si los alumnos están en franco proceso de maduración y en ese intento reclaman ayuda y auxilio para hacerlos capaces de desarrollarse como personas. La exigencia no es sinónimo de imposición ni autoritarismo, tampoco implica un abuso de sanciones y castigos. Exigir es corregir, contener acciones que atentan contra la convivencia, por sobre todo entraña apelar, sugerir, proponer alternativas, en el marco de una relación donde el dialogo y el ejemplo predominan. El alumno necesita referentes, modelos, conductas que iluminen su caminar ofreciéndole huellas esculpidas a fuerza de compromiso y entrega y competencia, para avanzar seguros y firmes. “La única forma de comenzar a aprender cómo comportarse rectamente es ver cómo se comportan quienes me rodean y empezar a imitarles, atraído por el resplandor que la conducta recta lleva consigo” ([1])

En la medida que el docente asuma como oposiciones relativas, es decir, complementarias que se reclaman mutuamente, conceptos tales como docente-alumno, autoridad-potestad, autoridad-libertad, sabrá ubicarse prudente y eficazmente en su justo medio. Entonces, su intervención estará signada por el bien común del aula y el bien particular del alumno.

La exigencia o la intervención se hará más onerosa y engorrosa en la medida que su finalidad sea la propia complacencia. El interés propio es mal y desleal consejero, no transcurre mucho tiempo para traicionar. Más cuando aquellas se dirección al bien del alumno, el tiempo se torna en buen aliado, el resultado será su libre adhesión, antesala del autoeducación: el educando consentirá que el profesor escriba en su biografía. Así como para caminar se necesita apoyar los pies en el suelo, los alumnos para crecer requieren de límites, de ejemplo, de afecto y de un respeto e interés genuino.

La libertad que es el gozne en que se cifra la vida humana, se despliega en su real apogeo cuando el profesor es capaz de que al alumno se comprometa con su propia educación, considerando sus razones, argumentos y proposiciones. También crece la libertad cuando se le enseña a pechar las consecuencias de sus actos voluntarios.

El exigir no es un dilema funcional, es un dilema ético, cuya inhibición o exageración terminan por lacerar la finalidad de la educación.

 

[1] Llano, Alejandro, “La Vida Lograda”. Ariel, España, 2ª ED. 2002, Pág. 128

EL LIDERAZGO DIRECTIVO

Edistio Camere

achievement-administration-adult-14891204El expositor, antes de iniciar su presentación, recorrió con la mirada el recinto fijándola en el equipo organizador del evento, en voz alta y sin siquiera probarlo, preguntó ¿funciona el micrófono? La demanda, obviamente, incomodó a los organizadores y sorprendió a los asistentes. La reacción no pasó a mayores porque el ponente, micrófono en mano, explico el motivo de su proceder: quería graficar un estilo de gobierno o de dirección. Sigue leyendo “EL LIDERAZGO DIRECTIVO”

Ambiente y competencia en educación

Edistio Cámere

El aprendizaje y la convivencia configurarán en el educando un modo peculiar de ser y reaccionar si se logra fomentar y generar un ambiente capaz de reflejar la calidad y el estilo educativo del Centro. Este ambiente se alimenta con la conducta y la actitud de todos y cada uno de los que integran el Colegio.  La palabra o el consejo tendrán efecto si detrás existe el sustento de las obras. Educar no es sólo dar. Es sobre todo, forjar, formar, hacer personas; por tanto, el educando al advertir, que todos los profesores viven la puntualidad, asumirá de modo natural que dicha virtud es importante y la hará propia sin presiones o imposiciones. Cuando esto no ocurre, el desorden que se produce, lleva como de la mano a las sanciones.

Conviene aprovechar con diligencia – en la atractiva gesta de construir un ambiente educativo – los momentos no dedicados al dictado de clase para “estar-presentes” y cercanos a los alumnos, que es la vía más directa para “encontrarse” con su mundo personal, que es en rigor lo que se educa.

El ambiente también se construye atendiendo, reflexionando para hacer propias las metas que el centro educativo propone para un determinado periodo lectivo. De este modo el cuerpo docente al actuar con unidad es más eficaz y efectivo ante el comportamiento deseado en los alumnos. La formación trasciende posturas deterministas e individuales. De ahí que el concurso de todos los docentes sea vital, ora aportando luces para mejorar el sistema, ora ayudándose mutuamen­te para ir mejorando cada uno en concreto.

Un ambiente que eduque y forme no anula la diversidad, la presupone. El docente actúa en orden a su manera de ser y a sus cualidades propias. Sin perder su singularidad apuntala el cumplimiento de los objetivos propios del centro educativo. Los objetivos, las normas son como autopistas, su presencia lejos de obstaculizar, facilitan el desplazamiento de los vehículos. La mayor o menor velocidad dependerá de la calidad de los automóviles o de la pericia de los conductores.

A la competencia, se la debe entender como “ser competentes”, ser capaces, estar preparados para llevar a cabo con calidad las actividades del colegio. Por este camino, las energías se concentran en su interior, esto es, buscando promover el desarrollo, de las competencias directivas – que no son ajenas al quehacer docente – pero sobre todo de aquellas capacidades “distintivas” o que distinguen al colegio con arreglo a lo formulado en el ideario. Esto exige pensar en un plazo más largo que el que exige la reacción del mercado, porque esas competencias no se adquieren de la noche a la mañana.

Martínez Echevarría [i] afirma que sería erróneo reducir la competencia a una carrera por mejorar la eficiencia y reducir los costos y que, en cambio, la componente esencial de la competencia comienza más allá de la eficiencia, cuando las actividades escolares se integran de un modo que resulta inimitable. No que la eficiencia no sea importante, sino que hay que dar un paso más. La integración supone que las conductas y aportes, sin perder la riqueza de la singularidad de los docentes, se dirigen hacia un mismo fin. Cuanto más alto el fin mejor se disponen las capacidades personales para alcanzarlo. El modo o estilo resultante configurará el sello inimitable de la organización. Ese sello que caracteriza a las actividades y, en suma, a la escuela, es lo que atrae, lo que convoca a los padres de familia por la propuesta educativa del colegio. Entonces, no se compite, el colegio se distingue. Para lo cual es necesario aprender a convertir los fines inmediatos en medios pues, de este modo, se podrá optar por fines intermedios que a su vez serán medios para fines superiores. Por ejemplo, si el cuidado de recreos se advierte como una carga que constriñe, se dilapida oportunidades que contribuyan crecimiento institucional. Más si se percibe como un medio, permite alcanzar otros fines: velar por la seguridad y el orden durante los recreos, que, luego como medio se abre a un fin superior: conocer al alumno de modo más integral y completo… este modo de proceder sí que contribuye a fortalecer y mantener lo que tiene la escuela de inimitable: su unidad.

 

[i] Altarejos F. y otros “Retos educativos de la Globalización” EUNSA, Pamplona, España, 2003, Págs. 208

 

 

Pequeñas reflexiones (II)

                                                                                                                                      Edistio Cámere

 Los retos de la educación 

De lleno en el siglo XXI una pregunta se alza buscando respuesta ¿Qué retos tiene que enfrentar la educación? Ante esta interrogante aparece en la mente como acto reflejo, la comunicación virtual, la cibernética. En verdad la tecnología gravitará en el quehacer educativo. Pero sin proponérselo los educadores, el comercio ha logrado que los niños se inicien con presteza y éxito al mundo de la “virtualidad”. Los conocimientos previos de los alumnos- en este campo- asombran y facilitan el desarrollo de las clases. Se ve que en materia de destrezas y capacidad para dominar con arte la técnica, es poco el esfuerzo que tiene que hacer el sistema educativo.

Creo que el gran reto de la educación escolar para el presente milenio es el de generar – dentro de los centros educativos- espacios y opciones para que cada uno alumno pueda desarrollarse al máximo como persona. ¿Seremos lo suficientemente flexibles, creativos y arrojados como para abrirles horizontes, proyectos para sus vidas sin descuidar la relación enseñanza-aprendizaje?

Primacía de los principios 

Desde el punto de vista de la estrategia y de la eficacia, un colegio tiene que planificar, definir y prever el inicio de un nuevo periodo lectivo. Sin embargo, a pesar de ello, los verdaderos retos caen en el terreno de lo imponderable, donde se mide la calidad de una gestión. Para encarar con éxito lo no previsto, la novedad – propios de ámbitos plenos de relaciones humanas – se debe enfatizar en los principios, en los criterios, confiando su aplicación al caso, en la prudencia y a la discrecionalidad creativa de todos y cada uno de los docentes. Las situaciones nuevas se gobiernan estando sobre y no en ellas, lo que es posible gracias al conocimiento y el compromiso con los principios rectores de la escuela.

Las ideas, los principios, el sentido dan significado, perspectiva y sólida ubicación a la labor educativa. En el cine, las imágenes se suceden unas a otras, sin embargo, el espectador no ha mudado, sabe lo que tiene que hacer.

Cohesión y solidez institucional 

Lo importante, sin embargo, en un Colegio, hijo de este tiempo, es mantener y mostrar su cohesión y solidez institucional, de modo que sea un efectivo referente tanto para los alumnos como para sus padres. Tal presencia corporativa se logra, no sólo porque se mira a unos mismos principios educativos, sino porque también se simplifica y facilita el estar en el Colegio, a través de la información precisa y oportuna, del recibimiento atento y cordial, así como de la respuesta inmediata a una preocupación e inquietud de los alumnos y de los padres de familia.

Continuidad y Renovación

Reinventar la educación fue un titular que alcance a leer a vuelo de pájaro en un diario de circulación nacional. Me imagino que el contenido patrocinaría cambios en la estructura curricular, uso intensivo en tecnología y otras ideas de igual jaez, sin embargo, poco o nada se diría acerca de confiar más en el docente, de acompañarlo en su labor, de confirmarle en su autoridad. La educación descansa en un quién, en una persona: el docente.

Continuidad y renovación van de la mano. Un árbol sin tronco no es árbol y uno sin ramas languidece sin poder cumplir su misión. La renovación se alimenta de la creatividad, de la disposición y de la profesionalidad de todos y cada uno de los integrantes de un colegio; y al mismo tiempo con dicho aporte se garantiza su continuidad. La renovación nace de dos fuentes: una autónoma y otra sugerida. Gracias a la primera se reflexiona, se revisa y se actualiza el propio quehacer para realizarlo siempre con mayor eficiencia. La segunda hace referencia a las propuestas sugeridas por el colegio, que conviene aplicar para medir su eficacia. Puede ocurrir que dichas indicaciones afecten los propios criterios y costumbres de trabajo; también puede suponer un mayor esfuerzo no previsto; y, finalmente, se puede emitir un juicio de valor. Sea como fuere, lo profesional y apropiado es facilitar y permitir su aplicación.

Las innovaciones son siempre bienvenidas a condición de que no nos aparten de nuestra misión pero si que nos acerquen más al docente. Creo que estamos en ese camino. Más que reinventar la educación lo que hay que hacer es repersonalizarla, procurando que en su organización y en sus procesos prime la persona.

 

 

LA ESCUELA Y LA PUESTA EN VALOR

Edistio Cámere

Educar es poner en valor lo que el educando trae consigo. ¿Qué trae consigo? Lo que la naturaleza le ha concedido y la aportación cultural y afectiva de su familia. Lo que porta está en él pero como posibilidad, aptitud y perspectiva de hacerse y especificarse. ¿De qué dependerá que su actualización? De sus decisiones, de sus experiencias, de los conocimientos adquiridos, de los modelos que imita, de las relaciones interpersonales y del aprendizaje, etc. a condición de que su entorno sea rico y diverso en oportunidades, en estímulos, en ejemplos, en calidad e intensidad de retos y situaciones interesantes. ¿La escuela puede ser un entorno apto para actualizar las posibilidades que trae el alumno?

Desde una perspectiva antropológica corresponde a la escuela remover en el educando la ignorancia y promover la formación de su carácter. Gracias a la enseñanza de las materias escolares el estudiante es habilitado para insertarse e integrase en la vida y cultura de la sociedad. De la mano del docente adquiere criterios para emitir juicios, va configurando una cosmovisión y apreciando – a través del asombro – los contrastes y comparaciones que componen la belleza de las cosas sensibles. Mediante las materias trasmitidas y bien recibidas, conoce y al conocer se apropia y domina la realidad, es capaz de comprenderla, darle un sentido y descubrir territorios inéditos que los explica con la originalidad de su condición de irrepetible.

La formación del carácter tiene que ver con lo que pone el docente mediante su ejemplo. Si el carácter es la personalidad valorada, éste se muestra de modo natural en el diario vivir. El maestro comunica de dos maneras: explícitamente lo que enseña e implícitamente lo que modela con su manera de ser, con su carácter; por su parte la calidad de la respuesta a lo ‘explicito’ dependerá de lo que retenga, de cómo le afecta y tome de lo ‘implícito’ el alumno.  El autodominio, la serenidad, la paciencia y la autoexigencia… junto con la coherencia y la integridad serán la raíz y fundamento de su autoridad. La misma que, fraguada con el esfuerzo y tensión personal para delinear la personalidad valorada, será doblemente eficaz: las proposiciones del docente tendrán el respaldo de su prestigio personal, y sabrá ser comprensivo con quien con energía intenta cambiar una determinada conducta, así como estimular al alumno que está en proceso o sugerir nuevas rutas o alternativas a quien está a punto de desistir en su empeño.  El ir por delante tiene esa virtualidad.

También tiene relación la formación del carácter con la convivencia con los pares con quienes guarda similitudes pero también diferencias que son las que, no pocas veces, hacen difícil el vivir con otros. La convivencia es una riqueza para el desarrollo personal y no origen de conflictos. Justamente la formación del carácter es condición para abrirse a la experiencia de las relaciones interpersonales, para no aparcarse en detalles irrelevantes que pueden incomodar por no ser del propio agrado sino trascenderlos para ir en pos del intercambio de pensamientos, sentimientos e ideales, de la colaboración mutua y de la realización de proyectos comunes.

La escuela debe promover entre los alumnos programas de participación en el que todos y cada uno puedan desplegar y comunicar sus talentos con miras a generar un ambiente que propicie la convivencia, la solidaridad y el apoyo mutuo. Preocuparse y ocuparse por el crecimiento de los demás a través de proyectos en los que tienen autonomía en el diseño y en las decisiones, propicia una cultura cooperativa y abre espacios donde los alumnos sirviendo a sus compañeros vean a su colegio como un mosaico de oportunidades para su desarrollo integral.

 

 

LA TRIADA DEL DOCENTE

Además de una muy buena didáctica (capacidad de enseñar) y un buen gobierno de aula, considero que el querer, el afirmar y el corregir terminan por definir la categoría de un maestro.

1) El querer puede interpretarse válidamente de múltiples formas. Así, una de ellas se relaciona con la resolución, la motivación o disposición para educar. Desde esta perspectiva, querer tiene el sabor de ‘fidelidad’ porque no se contenta con asistir sino que se centra activa e ilusionadamente en el despliegue cotidiano del quehacer docente. Muy cercana a esta acepción aparece aquella conectada con la toma de decisiones y su inmediato correlato: la puesta en acción. La educación no es dejada a la amplia, difusa y miscelánea influencia del medio sino que el docente la direcciona y conduce en determinado sentido alineado al conocimiento del alumno y la visión de la escuela.

Querer también predica afecto cuya manifestación se evidencia, se valora e interpreta en la presencia o en el modo de estar. Lo ‘interior’ se externaliza en los gestos, en las miradas, en las inflexiones de voz, en la postura… con el cuerpo se comunica emociones, afectos también como respuesta a lo que el ‘otro’ suscita. El querer, no obstante, se expresa sólido y contundente en los actos de escuchar y sonreír. Escuchar, es centrar la atención en un quien, valorarlo y atribuir empáticamente la misma importancia a la narrativa que trasmite o cuenta. Sonreír, es comunicar, compartir el gozo que edifica el encuentro, el trato con una persona determinada; y, a nivel de grupo, la sonrisa revela ‘un estar a gusto’, de estar en el lugar – que por muchas razones – es el más importante en el que se tiene que estar para aportar con sentido y a largo plazo.

Por último, este marco en el que se encuadra el querer, para que sea educativo debe tener un claro destino: buscar y querer el bien. Esta benevolencia se nutre del tiempo, del intercambio personal y del conocimiento que se recaba del educando, en tanto implicado y participante de las actividades escolares curriculares programadas. Querer el bien significa procurar ‘ese’ bien particular propio de una persona, que es posible descubrirlo en una relación personal y capilar, pues sobre el bien universal de la enseñanza o de inserción en la cultura de la sociedad – concernientes de toda escuela – cada alumno tiene uno específico que –, en el tiempo, puede mudar de acuerdo a variables de todo tipo y cualidad- reclama de un preciso camino, de un arte en el andar y apoyo para conseguirlo. Por el contrario, una visión utilitaria que solo busca resultados, presume que existe un único bien para todos, por cierto, no es un enfoque errado, es estrecho.

2.- El acto de querer es condición para activar la práctica del afirmar. Su inicio es el reconocimiento, no el que deriva de la ejecución de una buena acción o de la obtención de un logro, sino de aquel que cala en el alumno al saberse y sentirse que ‘importa’, que no es uno más en la ‘lista’ o en la ‘fila’. Un factor que incide negativamente en el aprendizaje es la indiferencia y el trato pálido y gris en la relación docente-alumno.

El educando suele esperar aprobación, que lo ponderen pero sin que sea adulado usando ‘frases redondas’ que suenan bien pero que tienen el defecto de ser definitivas y uniformes. Definitivas porque no admiten la posibilidad de mejora ni la comprensión cuando se retrocede o se equivoca. “Al hombre no le es posible desarrollar todas sus potencias simultáneamente y en igual medida al igual que tampoco puede actualizar todas a la vez (…) El hombre se revela como un todo unitario en continuo proceso de hacerse y transformarse” ( ) precisamente esta realidad aboga en contra del uso de calificativos que no estiman la capacidad de autodeterminarse, del movimiento y de la progresión en el crecimiento de la persona.

El reconocimiento, la afirmación no se reduce a otorgar o no calificativos, también se expresa eficaz en esa mirada ‘cómplice’ que anima; en esa ‘palmada’ en el hombro señal que se confía en el educando; en esa conversación que se le descubre talentos o nuevos ideales; y, cuando más allá del mero reporte de las evaluaciones el docente es consciente que “el modo de ser propio de una persona se expresa también en formas que pueden seguir existiendo separadas de ella: en su letra (…) en todas sus obras, y también en los efectos que ha producido en otros hombres” y, por tanto, el docente tiene como tarea principal “comprenderlos: penetrar en la individualidad por medio del lenguaje de esos signos” ( )

La afirmación como ejercicio es siempre relevante, sin duda alguna. Pero su incidencia – profunda y omniabarcante – en toda la persona está en directa relación con la ascendencia. La autoridad y el prestigio del docente tienen la certeza de la credibilidad y el atractivo de la inspiración.

3.- El corregir no es una práctica buscada ni gustosa, se le omite o se le escamotea sin mayor rubor. Su fuente de inspiración está en la benevolencia. Con la corrección no se busca satisfacer las demandas, deseos ni gustos, tampoco los propios del docente, sino las necesidades realizando actos que promuevan el crecimiento y desarrollo del educando. Poner orden cuando sea menester y ‘rectas’ las conductas, es una manera precisa y concreta de mostrar afecto. ¿De qué otro modo se puede llamar al hecho de correr el riesgo de recibir por respuesta una mala cara, unas palabras hirientes o un afilado silencio, tan solo para buscar lo mejor para el otro?

El docente que corrige es magnánimo respecto al proyecto vital del alumno, porque cree en sus posibilidades y capacidades y, en lo que a él le competa pondrá todos los medios para que aquel no sea menos de lo que puede llegar a ser. Corregir implica creer y apostar. Al señalar una equivocación o un mal comportamiento, se ilumina la inteligencia al proporcionar argumentos o razones que expliquen la validez de su inhibición; se modela modos y se amplían nuevos horizontes para hacer las cosas bien; se le permite reivindicarse ante sí y ante los demás, es como si se diera la oportunidad de ubicarlo de nuevo en el partidor para volver a intentarlo. Sin duda, el corregir es un acto que mira al futuro del alumno y al bien común de la sociedad.

Si para afirmar se pedía ascendencia, la corrección solicita del docente coherencia que no impecabilidad, sino el patente esfuerzo desplegado en actuar y pensar en concordancia.

Edistio Cámere

 

 

 

Capacitación y Formación Docente

capacitacion-docenteLa formación de los integrantes del claustro de docentes – incluyendo directivos – es clave en una escuela, pero para nuestros propósitos conviene distinguirla de la capacitación. Ésta apunta más al incremento de la suficiencia técnico-pedagógica, que representa el ‘patrimonio’ con el cual el docente se presenta y ejerce su quehacer en un colegio. A mi juicio, el centro educativo tiene que alentar y promover la capacitación más no debe ‘reemplazar’ sino más bien acoger y patrocinar a quienes muestran interés. Un modo en que se revela la ilusión profesional es precisamente la motivación mostrada por capacitarse. Capacitarse, sin embargo, no supone la asistencia a centros de estudios superiores ni la acumulación de títulos universitarios – por cierto, que obtenerlos no es cosa de poca monta – es más bien, una actitud de estudio y análisis frente a las situaciones ordinarias que el ejercicio de la profesión conlleva. ‘Pararse a pensar’ frente a un suceso o conducta implica: a) romper con la rígida práctica del ‘siempre se hizo así’; b) la configuración y cierre de un círculo virtuoso: la teoría se ajusta a la situación y/o a la persona; c) la experiencia incorporada como consecuencia de los resultados obtenidos es rica, flexible y diferenciada; y, d) esta forma de proceder avoca de los directivos confianza en el docente y respaldo en las decisiones asumidas.

La formación, en cambio, se entronca con la visión, principios y valores (Ideario, también se suele denominar) que tiene la escuela y, con el hecho patente que con ocasión de la relación enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno. La reflexión de las implicancias teórico-prácticas de franquear esa función o ese rol no tiene que ser tarea solitaria del docente, es competencia de la escuela conducirla y abonarla con argumentos. De otro lado, a toda escuela le puede interesar configurar un estilo, un talante que la distinga de las demás o de sus más cercanas competidoras. El modo de ser se forja mediante la adhesión libre de los docentes a los principios de su escuela, de tal manera que en su habitual comportamiento y con respeto a la singularidad de cada uno, manifiestan ante los alumnos lo ‘fundamental’ del centro educativo. “La eficacia de un centro no proviene solo de la eficiencia de uno de sus componentes, sino de un equipo integrado, en el que mutuamente se potencian sus componentes” (1) Sí como decíamos líneas arriba, con ocasión de la enseñanza-aprendizaje comparece la persona del alumno, ahora, tendremos que decir que, con ocasión de la conducta y actitud del docente comparece ante el alumno el ideario del colegio.

El docente trasmite conocimientos pero no agota su dimensión educativa en la enseñanza, se dispone a educar desde su ser personal, por tanto, la formación, también debe conducir al crecimiento y despliegue de sus talentos. Los talentos por tener un carácter social se orientan al crecimiento recíproco: aportan al crecimiento de los otros y, a su vez, los talentos de aquellos contribuyen a la propia mejora. El incremento de las propias capacidades depende de los demás: 1) En tanto que sus limitaciones y dimensiones se perciban como oportunidades para descubrir nuevos matices o perspectivas en los talentos propios; 2) En la medida en que se recibe un bien del que se carece y que es suministrado por otra persona que posee un talento mediano o al no tenerlo cuando la ocasión lo amerita, acicatea para ser adquirido o a mejorar su despliegue.

La unidad de una escuela no radica en ‘hacer todos, las mismas cosas y del mismo modo’, más bien, la unidad reside en querer los mismos principios educativos, expresados máximamente en procurar la mejora del alumno como persona. Lo cual se logra a través de una cálida, atractiva y sustentada formación docente.

Edistio Cámere

(1 )Mañu, Manuel, 1999, Equipos directivos, Rialp, Madrid, pág. 79

Darse vuelta para aprender y mejorar

A pocas horas de terminar este año 2016, quizá lo que primero se nos venga a la cabeza y al corazón sea mirar hapulgar-arriba-y-abajo-cuerdacia adelante pergeñando nuevos planes y proyectos. ¡Qué duda cabe: el ser humano camina inexorablemente hacia el futuro! Puede hacerlo de muchos modos o maneras. Pero hay dos principios u objetivos dignos de tomar en cuenta: mirar hacia atrás para aprender y llegar al futuro siendo mejor de lo que se es en el presente.

La calidad en educación está entrelazada con la mejora personal del profesor, de manera que los vínculos posteriores que establezca con sus alumnos, tendrá un efecto positivo en los aprendizajes. ‘Darse vuelta’ es una buena práctica que tiene como propósito aprender de lo andado. En el caso del docente el aprendizaje contiene una particularidad: lo adquirido no le añade habilidades le da mayor prestancia y precisión. Efectivamente, cada experiencia educativa con un alumno es inédita, original, no se repetirá tal cual pero lo ganado en paciencia, escucha, empatía, capacidad de corrección… le servirá – atendiendo a las circunstancias específicas – para ser más fino y efectivo con un posterior estudiante.

Si hacemos el firme propósito de mejorar las virtudes personales que ayudan a la calidad de nuestro vínculo con los alumnos, el 2017 será más focalizado en la demanda de esfuerzos y el optimismo será amigo fiel durante ese año: el empeño por ser mejores no se agota, siempre se puede ser un poquito mejor. Al tiempo, que nos confirma en los efectos de esa mejora: niños, niñas y jóvenes con nombre, historia y proyectos propios.

Algunas cosas no cambiarán: la visión mecanicista y utilitaria de la educación; el intento de muchos estados de que impere un ciudadano tipo con una visión uniforme de la vida; el atropello a la libertad de enseñanza y, el desplazamiento de la función educadora – primera – de los padres de familia. Pero como el acto educativo es un prodigio personal no debemos desesperar. Lo que importa es andar sin pausa pero sin prisa y con la convicción de que la docencia es la única profesión que permite escribir directamente en la biografía de cada alumno.

Después de cada siete años he querido hacer una ‘suerte de maquillaje’ a la presentación o formato de este blog. La línea editorial sigue y seguirá siendo la misma, así mismo la disponibilidad para responder a los comentarios y críticas que tan amablemente me hacen nuestros lectores. Espero que estos mínimos cambios sean amablemente acogidos de lo contrario, estoy abierto a sus sugerencias.

No quiero terminar este año sin agradecer a todos y cada uno de ustedes por la gentileza en abrir – ordinaria o extraordinariamente- este blog. Espero que los artículos propuestos estén a la altura de sus expectativas, de modo que, sigan contando con la amabilidad de su lectura.

GRACIAS Y FELIZ AÑO 2017

El querer en EDUCACIÓN

Estimado Jorge desde hace unos largos días estoy tentado a ponerte unas líneas. ¡Excusas!Las tengo y te las puedo presentar… Aun así aquellas no han abatido mi intención de escribirte. A propósito, es interesante hacer notar que entre el querer y el poder se definen muchas conductas. Yo quise pero no pude, es una versión socialmente aceptada aunque no sea cierta. Mientras que pude pero no quise, siendo verídica no es fácilmente digerible.

Desde el momento en que se me cruzó por la mente el escribirte, ¿en cuántas ocasiones no pude y en cuántas, en efecto, no quise? Ruboriza responder. El no-querer en un determinado momento no predica renunciar definitivamente a ejecutar lo planeado… digamos por un acto de rebeldía extrema. Lo ordinario – desde mi modesta opinión – es que el no-querer equivalga a postergar… a veces sine tempore. Lo postergado pierde fuerza ante la presencia de una nueva oferta. Ésta no siempre es mejor y más beneficioso, no obstante, tiene el ímpetu de apartar de la primigenia intención o compromiso. Ante una responsabilidad no cumplida uno puede justificarse insinuando: ‘me faltaron datos; creí que; pensé que; empero, la excusa no repone la acción no ejecutada y, ante el interlocutor, queda la sensación (¿la evidencia?) de que no ha querido cumplirla. ¿Confiarías nuevamente en esa persona? ¡Buena pregunta!

También podría darse el caso contrario, es decir, querer pero no poder, por falta de recursos técnicos, de habilidades o de tiempo. El querer está relacionado con la libertad y la capacidad de autodeterminación hacia algo valioso aunque suponga esfuerzo. El poder, por el contrario, conecta más con los medios o instrumentos, mismos que se pueden cambiar, intercambiar o modificar con vistas al fin perseguido.

Jorge entiendo que es propio de tu quehacer tener en mucho el querer del alumno: que quiera atender la explicación, que quiera estudiar, que quiera aprender, que quiera ser buen compañero… de su querer dependen, en gran medida, los logros educativos. Empero, también eres consciente de que activar el querer del alumno constituye uno de los retos que más acrisola la labor de todo docente. No me gustaría darte la impresión de ser anárquico – valoro el orden y la jerarquía en tanto respeten las instancias intermedias – pero no deja de llamar la atención que usualmente las opiniones de políticos, de empresarios, de funcionarios y de consultores enfatizan más “lo que se debería hacer en educación” para conseguir buenos resultados -obviamente, éstos se configuran con arreglo a su particular visión y posición dentro de la sociedad-. ¡El aparcarse en lo que se ‘debería hacer’ lo encuentro tan poco empático con la acción del docente y del discente! Jorge, tú y yo sabemos que la educación – esa que intenta iluminar la novedad de cada alumno – no se resuelve siguiendo a pie juntillas una receta, ya que, no es una tarea mecánica sujeta a leyes inexorables. Esa educación tiene de arte, de vocación y mucho de virtud. La docencia es un arte porque a través de sus operaciones propias manifiesta la actividad humana, la misma que encuentra su apogeo en ayudar al educando a descubrirse como persona en vía de crecimiento y a descubrir los hitos a colonizar en camino a esa perfección.

Para ayudar, sin reemplazar, se requiere de una vocación, misma que no remite necesariamente a la atracción que pueda ejercer la docencia como profesión. Diría que es una especie de don, de atributo que dispone al maestro a acompañar al discente en la búsqueda de su propio bien. Ese don tiene la propiedad de dilatarse tanto cuando el alumno solicita ayuda o cuando se acerca con firmeza a la meta acordada. En ese movimiento – el profesor- encuentra su complacencia, primero porque lo confirma en su quehacer y segundo porque lo capacita efectiva y afectivamente a distinguir y buscar el bien de cada uno de sus alumnos.

Te decía, líneas arriba, que la docencia, además de arte y vocación era virtud. No buenisimo-1únicamente porque el docente tenga que mantenerse, en positiva tensión, dispuesto a ayudar al alumno, con independencia de su estado de ánimo e intereses del momento. Por cierto, Jorge, el sostener en el tiempo una buena actitud de apoyo es más fecundo de lo que uno supone. Tampoco porque con generoso desprendimiento procure el bien de sus alumnos. La docencia es virtud puesto que lo suyo es convocar el querer del educando. A la libertad se le atrae con proposiciones razonables y encarnadas. Proposiciones razonables implica un cierto nivel de profundidad, de sabiduría y de reflexión; en palabras cortas: pararse a pensar antes de presentar una indicación o sugerencia. Las proposiciones encarnadas muestran, hacen patente la unidad entre el decir y el actuar del docente. Sin virtud personal – predicamento de la autoridad – la libertad del alumno corre el riesgo de quedar a expensas de solicitaciones cuya primicia es la de postergar las actividades de enseñanza-aprendizaje.

De otro lado, Jorge considera que por ser libre el querer es indeterminado: se puede querer muchas cosas y por motivos distintos; precisamente por eso la determinación de querer algo entraña un querer querer. Con esta forma duplicativa busco subrayar el compromiso e involucramiento del yo personal – la persona como titular- cuando decide querer o no querer. Cuando el alumno quiere el bien propuesto como suyo las conexiones virtuosas se multiplican en beneficio de su mejora personal. Pero… y ¿si no quiere? Algunos podrían decir: “se le motiva”. ¿Cómo? ¿Al estilo dado un estímulo se obtendrá la respuesta esperada? No dudo que los programas motivacionales funcionen en las empresas, tengo mis reservas sobre su eficacia en las escuelas. Por ejemplo, un adolescente no quiere por diferentes razones: porque la pereza le gana, porque busca actuar a su aire para ser popular, porque está desanimado, triste, molesto con sus padres, con su mejor amigo, porque la chica que lo entusiasma ni de soslayo lo mira, y un largo etc. El no querer del alumno se manifiesta, se hace notar en la conducta o en la relación con sus compañeros. La virtud del docente radica en no perder la serenidad para dar a cada quien lo suyo: orden y dictado de la materia a la clase y, atención – sin concesiones – al alumno aludido.

En el aula, el profesor sabe quiénes son sus estudiantes, sin embargo, el conocer a cada uno para ayudarlo a que quiera, es un serpenteado o empinado camino que se recorre a base de virtud. Es verdad, te podrías limitar a cumplir con las indicaciones recibidas y así te aseguras una buena valoración de tu jefe; Jorge, me consta el tiempo que insume, el cumplimentar documentos y registrar las notas de todas las evaluaciones aplicadas – tantas más si el paradigma que impera es el de los resultados cuantificables- las reuniones de programación, amén de otras prácticas o procedimientos derivados de la condición reglada y social de la educación. De seguro, convendrás conmigo que cumplir con las operaciones descritas y ganarse el querer del alumno, en el trato personal, solo es posible desde la virtud del docente.

Si estamos de acuerdo en que la clave educativa reside en el querer del profesor y del alumno, entonces la acción educativa, aquella que efectivamente opera un cambio, se resuelve gracias a la libertad que se revela y ejercita en la toma de decisión. Es tan vital la relación docente-discente que basta que una de los extremos no quiera hacer la parte que le corresponda para que las políticas y medidas procedentes de las altas esferas queden sin efecto. No te parece más sensato, Jorge, que en vez de gastar tiempo, dinero y energías en la confección y difusión de reglamentos e instrucciones regulatorias, se aplicaran en promover y facilitar que el docente quiera. Para que quiera es preciso que pueda. Con poder me refiero no solamente a contar con los medios e instrumentos mínimos para desempeñar su quehacer con eficacia sino a contar con el tiempo y espacio necesarios para dedicarse al trato personal, ya que a través del cual se corona el acto educativo. Asimismo, el querer del docente se estimula confiando en su capacidad y criterio profesionales, de modo que ante terceros, las decisiones por asumidas y aplicadas por él sean respaldadas.

Jorge, mientras impere una visión economicista y cuantitativa de la educación, la labor del docente se retacea o se reduce a nivel de mero trasmisor casi compitiendo – en desventaja, obviamente – con los aparatos tecnológicos. Nada más lejos de la realidad. Soy un convencido, que la educación es una actividad manifestativamente humana: la dignidad, la singularidad y la fragilidad de quienes educan y son educados se muestran en toda su condición de personas. No es un mostrar sin sentido. Al revelar-se el alumno siendo-así, la ayuda del docente – siendo-así- será la precisa para su mejora personal. La figura del docente es compartida por un grupo de alumnos, no obstante, el modo de ser profesor es distinto para cada cual. La relación es personal e irrepetible, como también será el cómo o el qué de la acción de mejora que tendrá que emprenderse, por tanto, la ayuda que recibe el educando es personalizada, a su medida.

Finalmente, una cosa me gustaría que no olvides: si logras que un alumno quiera ser mejor persona – aunque en el intento se le vaya la vida – ten por seguro que ese alumno será una tea que alumbre en los ámbitos en que se desenvuelva. La formación de una persona hace la diferencia. ¡Cuánto bien puedes hacer tú a la historia de tu país…comenzado por cada alumno!