El reconocimiento en la escuela: Apuntes

Edistio Cámere

¿Cuál es el objeto de la evaluación: el comprobar o el reconocer? El usuario de una escuela es un estudiante cuyo propósito es el aprender., por tanto, regladamente cabe comprobar si ha incorporado – en qué nivel, de qué modo y con qué profundidad – lo que se le ha enseñado durante un periodo de tiempo. De manera que, con arreglo a los resultados se puedan establecer las mejores estrategias para corregir, calibrar o incrementar los contenidos o la exigencia académica.

Las vivencias y experiencias de un estudiante no se agotan en el estudio y atención monocorde dentro del aula; también se configuran gracias a que crece, siente, quiere, piensa y, convive con sus pares quienes – como otros – realizan las mismas operaciones pero espoleadas y distinguidas por el modo determinado de contemplar el mundo ( [1]) y la escuela. La variedad y riqueza de las concepciones y de las interacciones personales, explican que la pura evaluación – sea numérica o por medio de letras- no alcanza para satisfacer la necesidad humana del reconocimiento.

Reconocer según la DRAE significa “admitir o aceptar que alguien o algo tiene determinada condición o cualidad, que lo distingue de los demás”, lo que implica primero: observar, interesarse para advertir lo que particulariza; y, segundo, mediante el cultivo de las relaciones personales, es posible llegar hasta lo más característico de la persona, con sus rasgos externos e internos ([2]) con miras a ponderarlo, potenciarlo y darle un sentido de aporte en favor del ámbito que lo cobija.

En la escuela, el reconocimiento no debería limitarse a un trato universal basado en la función que desempeña el niño y el adolescente. El respeto a sus derechos y el ejercicio responsable de sus deberes, son prerrequisitos necesarios para subir al siguiente peldaño: trascender la función y aparcarse en la persona que la lleva a cabo. Desde esa posición es factible reconocer aquello que caracteriza a un quién y puede expresarse de modos diversos: mediante palabras, gestos: elocuencia sin palabras y, ofreciendo oportunidades, tantas como la realidad y la gestión escolar lo permitan, para que los estudiantes puedan revelar, ‘poner’ con iniciativa e inventiva sus dones y cualidades al servicio de sus compañeros y de su colegio. Pero, ¿en virtud de qué o por qué razón se debe otorgar un reconocimiento? Ciertamente, no existe una respuesta única, tanto que Juan Cruz afirma que: actualmente el concepto de reconocimiento no se ha fijado a ningún modelo con cierta solidez, ni en el lenguaje cotidiano, ni el filosófico. De ahí la importancia de fundamentarlo en criterios morales, jurídicos, comunitarios, sociales, etc. En la escuela, el reconocimiento recibe su sustento del ideario y/o de los principios educativos. En ambos casos, la condición y dignidad de la persona es el pilar en el que descansa y alimenta el reconocimiento.

Lo que singulariza, lo que distingue no se expresa ni se otorga por obligación o por justicia, como podría hacerse con los bienes materiales o con los derechos inherentes a una función. Lo que distingue y precisa reconocer es dar lo que es debido, lo que es suyo. El agradecer como el brindar el propio tiempo, el ponderar el esfuerzo o escuchar con generosidad no son movimientos de la justicia: son modos de dar al otro lo que le es debido afirmando una particular condición de persona. También con los gestos, los ademanes y los adjetivos dichos de pasada, manifiestan que ‘el otro’ me importa, lo valora y reconozco. Cuando uno solicita un servicio o paga por un bien, lo justo es que se los reciba en buenas condiciones y al precio pactado. Que el dependiente salude, sonría o pondere el tiempo que le he dedicado, etc. no es su deber, ni tampoco un acto de justicia; es darme lo que me es debido: reconocer mi condición de persona, por ejemplo.

Oportunidades de reconocimiento

Una política de reconocimiento en la escuela, no se refleja en todo su apogeo, con la entrega de premios por rendimiento académico o por las preseas obtenidas al conquistar el sitial privilegiado en una justa deportiva. No todos los estudiantes ocupan los primeros puestos y, para competir por su colegio, seleccionan a pocos entre muchos. Con lo cual, un no reducido conjunto de alumnos, estaría a la expectativa para mostrar y ser reconocidos por su eminencia, en concepto feliz de García Hoz.

El alumno no pasa por la escuela. La habita. La ocupa procurando hacerla acogedora y capaz de ayudarlo en el despliegue de su vida y la de cada uno de sus pares, con quienes coinciden en su condición de estudiantes y entra en conexión intersubjetiva, con lo cual, el reconocimiento a lo propio y singular tiene que disponer de canales o medios desde los cuales pueda desarrollarse y aportar a los demás. La participación con acciones, gestos o iniciativas cuyo efecto sea hacer agradable al ser y al estar de sus pares, suele ser correspondido con una suerte de estimación social. Un grupo de operaciones que contribuyen al estar, son las que – entre muchas – realizan quienes tienes talentos deportivos, musicales, artísticos, quienes son serviciales, alegres, organizadores, graciosos… etc. Sin embargo, existe otro tipo de iniciativas cuya finalidad es la mejora –simultanea- del ser y del estar que gozan de una mayor estima personal y social. El servicio a un bien mayor que uno, implica intencionalidad tanto en el querer como en su preparación: diseño, organización y ejecución. El descubrimiento del yo y el despertar de los ideales se “confabulan” para que los adolescentes aprovechen los espacios en los que poniendo – lo que cada quien tiene de particular – puedan habitar su escuela.

La palabra, los gestos y las oportunidades otorgadas por la escuela con miras a promover el reconocimiento contribuyen a la forja de su identidad personal en los alumnos. La identidad se moldea en parte por el reconocimiento o por la falta de este ([3]), esta afirmación abre un interesante panorama tanto para los planes de estudio, para la relación profesor-alumno y como fundamento para la promoción de participación de los estudiantes.

 Los “otros significantes”

Una de las consecuencias de la judicialización y del excesivo énfasis en el rendimiento académico es la falta de o el falso reconocimiento. En el primer caso, el empoderamiento del alumno como cliente y la educación como derecho absoluto han subordinado al docente a los pareceres y/o quereres del padre de familia, al extremo que para evitar conflictos más allá de la escuela, el profesor se inhibe de corregir (poner recto) y de afirmar (reconocer) ante la expresión de alguna cualidad del alumno por temor a ser objeto de una querella por la malicia, mala interpretación o por capricho de un progenitor. Para el estudiante la opinión de su profesor tiene un peso específico y significativo que valora y, contribuye a moldear su identidad. La indiferencia – ante una acción o comportamiento – aniquila la satisfacción de su necesidad de ser reconocido por sus otros significantes.

En el segundo caso, más que falso habría que referirse a un reconocimiento segmentado o parcelado, que solamente ilumina y valora una en detrimento de las otras dimensiones del alumno. Con lo cual, el campo de su crecimiento se reduce De otro lado, si en la dimensión iluminada que forma parte del rol de ser alumno no se destaca, se corre el riesgo de producir una desconexión entre la autoconciencia y el reconocimiento intersubjetivo, que suele ocurrir cuando coinciden: por un lado, una escuela que privilegia y encarece el rendimiento; y, de otro, un alumno que no por mala actitud ni por falta de capacidad intelectual sino por inmadurez, por no coincidir con sus intereses, por falta de virtudes… no marche al ritmo del centro educativo. Este estudiante puede formarse un concepto erróneo de sí mismo, al extremo que lo paralice creyendo que sus pares lo reconocen como incapaz.

La categoría clase, unificada por el acto de aprender, mueve a los alumnos a que se identifiquen entre ellos – no siempre de modo abierto- como carentes de conocimientos y necesitados de ayuda, lo que cual, les otorga una especie de seguridad afectiva en manifestación de sus tendencias, modos y comportamientos. Desde esta perspectiva, la aceptación entre el grupo de pares es, sin duda, un modo de reconocimiento que, con Charles Taylor, citando a Mead, se les puede incluir en la categoría de otros significantes, junto con sus padres y maestros. Es tan importante su opinión que una ante un mismo acto – social y juvenilmente valorado – la apreciación formulada por un padre de familia o un profesor tiene menos “impacto” que la expresada por un par, quien –como presunto protagonista del mismo – con conocimiento y experiencia tiene más valor y peso como para reconocer las cualidades o particulares especiales del autor para concretar la referida acción.

El reconocimiento en la escuela, siendo la enseñanza –aprendizaje el corazón de su actividad, lo académico no debería ser lo central para reconocer al alumno. Desde el convivir entre pares hasta la ejecución de proyectos en beneficio de los otros, pasando por la palabra acertada y los gestos acogedores de los docentes…representan un gran mosaico de oportunidades de reconocimiento, ciertamente sin dejar de, con arte y expertise, comprobar que el estudiante cumple con su principal tarea: aprender.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Charles Taylor, en https://seminariosocioantropologia.files.wordpress.com/

[2] En Esparza, Michael, El pensamiento de Edith Stein, EUNSA, Pamplona, 1998, p.102

[3] Juan Cruz, en www.leynatural.es/2014/04/22/que-significa-reconocimiento-y-ninguneo.

ME DEJO AYUDAR

Edistio Cámere

El dejarse ayudar remite a dos características que matizan la relación interpersonal: la libertad y la autoridad. La libertad se encarna en la expresión “me dejo”. Sin el querer, sin la participación activa de la persona, la ayuda no produce frutos. La recta intención o la sabiduría del ayudador, a lo sumo llegan a los linderos de la puerta más no pueden flanquearla.

Los jóvenes suelen creer – quizá sea hasta un paradigma- que todo consejo o indicación que provenga de los adultos es una imposición. Desconocen que, salvo circunstancias en que efectivamente ameriten firmeza extrema, las indicaciones, las correcciones u advertencias son siempre proposiciones o convites. Su aceptación se lleva a cabo en la intimidad por propia decisión. Su rechazo se debe a que compromete, en el fondo, la propia conciencia que representa un importante papel en el acatamiento de las mismas.

El cumplimiento del deber es de suyo oneroso. El joven sabe que las tareas escolares, la atención en clase, el respeto a sus compañeros… forman parte de sus obligaciones, por eso el dejarse ayudar no se agota en la mera recordación de las responsabilidades, sino que implica una abierta disposición para permitir que el “otro” me acompañe, que vaya junto a mi (pero que no actúen por mí) en el empeño de remover los obstáculos que impiden cumplir cabalmente con los deberes debidos a mi condición de persona. En el esfuerzo compartido por quitar las trabas, a través de la adquisición de virtudes, la libertad se ejercita plenamente, es más, las virtudes se hacen personales precisamente porque se poseen desde la propia libertad.

Es bueno insistir que el dejarse ayudar no conduce a hipotecar la capacidad de autodeterminación, de elección. Más bien, la potencia en tanto que se ejerce mejor, cuanto mejores y más nítidas sean las alternativas entre las cuales decidir. Nadie es buen juez en causa propia: la subjetividad, las limitaciones en el conocimiento, las circunstancias y dificultades, que se las percibe inconmensurables por propias, oscurecen el camino del crecimiento personal.

La obediencia es inteligente cuando se pondera las indicaciones recibidas. La obediencia ciega es más bien reactiva porque – aunque parezca paradójico- “mira” a quien manda y no atiende a lo que dice. (…) el ordenar y el obedecer son alternativos: el que obedece emite también una orden. La orden nunca es unilateral, sino compartida. Por eso, la sociedad, éticamente, no se divide entre los que mandan y los que obedecen, sino que su consistencia se logra con la relación de los que emiten la orden y los que ordenan obedeciendo ¿Qué se ordena obedeciendo? La misma orden, porque si no se cumple bien, ello, se debe casi siempre a la orden emitida ([1]) Una orden es mal emitida por el modo o por su contenido. La intemperancia, la oportunidad y la ironía que veja, afectan su forma.  Una orden o proposición es razonable si contiene un bien educido gracias al conocimiento que se tiene de quien debe obedecer.

En cierto sentido, todo binomio ordenar-obedecer debería enmarcarse en una relación dialógica. Pues, en ese ámbito de reciprocidad, empedrado de afecto sobre el que se asienta el interés por ayudar, se apela a la inteligencia de quien obedece, iluminando el bien que se le propone como fin y, en simultaneo, se le muestra alternativas para su consecución. En sintonía con el fin, quien se deja ayudar obedeciendo, puede innovar sugiriendo otra u otras vías más consistentes y eficaces con su propia realidad. De este modo, la proposición se enriquece, reflejo de la autonomía, pero sin alejarse del circuito orden-obediencia. Sin embargo, donde se evidencia en todo su apogeo la libertad es en la acción subsiguiente a la decisión tomada. La elección y el mantenerse en el fin optado siempre será un acto inajenable por quien se deja ayudar.

La ejemplaridad y el dialogo, contribuyen mostrando rutas y alternativas a que la persona se autodetermine hacia su bien, pero sobre la base de la capacidad de pensar y obrar con criterios propios.

 

[1] Polo, Leonardo “Quién es el hombre” Universidad de Piura, Perú, 1993, Págs. 120-121

 

Grandes temas … pequeñas reflexiones

Edistio Cámere

                                                                                                                                                               01

         Es verdad que el mundo entero se conmociona con un atentado terrorista. Pero dolor desgarrador, radicalmente humano y misterioso, sólo lo experimenta, en toda su intensidad, la familia de las víctimas. Porque para aquella, la pérdida de uno de sus integrantes, es irremplazable. En la familia, la persona vale por lo que es. Sólo en aquella se conoce la historia, los amores, las ilusiones, los planes, las alegrías y las penas del papá, de la mamá, de la esposa, del esposo y de los hijos. Sólo la familia hará que la obra y el recuerdo de cada uno de ellos continúe con vida a través de las sucesivas generaciones.

                                                                                                                                                               02

“Sin poder ser acogido en su singularidad en el seno de una familia… ¿Qué le queda al hombre de hoy?.. Las plazas para gritar, los casinos para olvidar, los estadios para desahogarse, la actividad para evadirse, la política para soñar despierto y, el fin de semana para la soledad”

                                                                                                                                                               03

       La violencia extrema vocifera arbitrariamente: “tu vida me es indiferente al punto que mi ideal, mi deseo o mi capricho, valen mucho más”. ¡Desgraciada proporción!. Pero el llegar a ese límite, supone haber transgredido demarcaciones intermedias, soslayando en todos los casos sus consecuencias. Por eso, viene bien cuidar en mucho las relaciones interpersonales, sobre todo aquellas que tienen que ver con el binomio jefe-subordinado, padre-hijo, profesor-alumno, gobernante-ciudadano. Cuando un padre de familia impone – por capricho o por ira – a su hijo una norma, cuando no se interesa por sus logros o preocupaciones… ¿ Ese padre no está acaso siendo violento con su hijo? La cortesía, los buenos modales, el respeto, la afabilidad… son efectivos muros de contención contra cualquier insinuación de violencia.

 

AL COLEGIO CON EL INDECOPI

Edistio Cámere

Al colegio con el INDECOPI ([1]) es el lema con el cual se pone en guardia a los padres de familia en contra de los colegios privados. Sus funcionarios aducen que la campaña tiene por objeto cumplir con lo que la ley prescribe. Sin perjuicio de sus buenas intenciones, el modo como se ha planteado genera inseguridad y pocos beneficios; a mi modo de ver estas son algunas consecuencias:

1.- Definición del consumidor.- La defensa del consumidor es necesaria y  bienvenida cuando el servicio o bien que se recibe es deficiente en calidad y en oportunidad; además, cuando lo ofrecido no se condice con lo aceptado; y, finalmente cuando se advierte comprobada negligencia, un engaño o fraude. En esta línea, cualquier intervención de oficio o por solicitud de la parte interesada es muestra de una real y efectiva  preocupación por el consumidor. Sin embargo, no se entiende el concepto de consumidor que maneja INDECOPI pues interviene en su favor cuando recibe y utiliza un servicio a satisfacción pero de modo unilateral decide no pagar lo debido. Este tipo de injerencia desestabiliza el orden jurídico porque un organismo del estado promueve y avala conductas irresponsables de cara a las obligaciones contractuales contraídas.

2.- El incumplimiento contractual y su impacto en la escuela.- Basta que la norma deje un orificio a través del cual se resuelva en favor de la conducta del no-pago para que se genere inseguridad jurídica, entonces el incumplimiento deja de ser una eventual posibilidad para convertirse en práctica ordinaria. Asimismo, aquella termina por minar la autoridad y el orden en las instituciones. Cuando los acuerdos estipulados entre las partes no son vinculantes, la relación se establece sabiendo que se puede quebrar con relativa facilidad y habilidad. Se instaura, entonces, la cultura de la sospecha y de la desconfianza. Al punto que un proveedor ante el hecho de no recibir lo que es debido por un servicio prestado, se ve obligado a demostrar – con la asesoría de abogados – que se le vulnera un derecho y, asimismo, que ha actuado conforme a ley. De esta manera, se ha introducido un ingrediente pernicioso: la vía judicial como método para resolver las desavenencias escolares entre el colegio y los padres.

Como es lógico, la intromisión de tácticas  querellantes perjudica la mutua confianza entre el padre de familia y la escuela. Durante los trece años que dura, la relación no se limita al pago de la pensión, los padres participación activamente en el logro de los objetivos educativos de su hijo. Pero cuando la confianza se pierde la relación fluye por los meandros de la omisión. En efecto, omite el padre quien – al no estar al día en sus pagos – prefiere no asistir, no pedir, no apoyar ni aplicar las sugerencias para su hijo propuestas por la escuela. Por su parte, el colegio, también se ve forzado a omitir para evitarse demandas por algo que no le parece o le sienta bien al padre. El reclamo airado ha desplazado al dialogo. Se pierde la gran ocasión de sumar esfuerzos en bien del estudiante: ¡el aporte profesional del profesor!

3.- La sobrerregulación.- El empoderamiento del consumidor, corre el riesgo de convertirse en la dictadura del subjetivismo: lo que me afecta, lo que me parece, lo que me gusta…está por encima de la norma, de la realidad, del bien común y de la naturaleza de las cosas y, por tanto, el Estado y sus organismos deben velar para que la norma se me acomode y la autoridad se someta al imperio de lo que apetece.

Esta democracia de los consumidores presiona sobre la oferta. Esto se explica porque el modo de salir airoso de una denuncia venida de un ente estatal es haber cumplido en exceso con todas sus reglas, y superar ‘revisiones’ sin término y, por si fuera poco, maleables porque se ajustan al ánimo del funcionario de turno.  Un accidente, según el Diccionario de la Real Academia (vigésima tercera edición: 2014) es un suceso eventual que altera el orden regular de las cosas, o también lo define como acción de que resulta daño involuntario para las personas o cosas, no obstante, a causa de un infortunio un proveedor es castigado y sancionado pecuniariamente.

Así, entre trabas y multas, brindar un servicio se ha tornado gravoso por el esfuerzo y tiempo invertidos para destrabar una regulación, pero sobretodo porque constriñe a descentrar la atención en el corazón de la institución para centrarse en evitar sanciones. Si la mejora de una escuela o de un servicio se  castiga ¿a quién se perjudica? ¿Esta es la defensa del consumidor que busca el INDECOPI?

4.- Aplicación unilateral del ‘derecho a la educación del niño’.- El derecho a la educación del niño es incuestionable y representa un interés superior que debe conducir a concertar determinados intereses y medios entre el estado, los padres – primeros educadores-, y los colegios a fin de remover los obstáculos que impidan su ejercicio. No obstante, una interpretación perversa de ese derecho impone sobre los hombros de las escuelas privadas la obligación unilateral de aplicarlo. Más aún, esa interpretación inaugura un camino de intromisión del Estado sin retorno en la educación privada. Apelando a tan noble derecho, se podrá implementar iniciativas políticamente correctas que veladamente afecten: la libertad de enseñanza, libertad para contractual o económica y libertad para elegir el tipo de educación para los hijos, todos también derechos de los ciudadanos.

Por paradójico que parezca, la campaña del INDECOPI ocurre en un país que se proclama democrático y con una educación privada en expansión y crecimiento. ¿Será que en el fondo, la férrea defensa del consumidor tiene por objeto el digitar desde las altas esferas, cómo debe vivir y pensar el peruano?

 

 

 

[1] INDECOPI, Instituto Nacional de Defensa de Defensa y de la Protección de la Propiedad Intelectual, es un organismo público autónomo especializado del Estado Peruano, adscrito a la Presidencia del Consejo de Ministros.

CORAZÓN INTELIGENTE

Edistio Cámere

En cierta ocasión un amigo me dijo: “participación, liderazgo, paz, justicia, servicio,… promovidas desde la escuela suena bonito pero con una sociedad como la actual contraria y difícil, casi casi se convierten en fantasía o en trama de un videojuego y de terror”. Comentarios similares suelen hacerse presente cuando una persona – joven, adulta o anciana – propone una iniciativa que modifica el statu quo del entorno o del interlocutor. Las respuestas suelen ser lógicas pero tienen una particularidad acentúan los ‘oscuros’ de tal manera, que al omitir los ‘claros’ la realidad asoma inmodificable y como tal, se abren dos caminos: la pasividad o la quimera de los cambios estructurales sin el aporte de los hombres en lo cotidiano.

Sin duda, comentarios como ese desaniman por sus consecuencias, más todavía si quienes lo escuchan son los hijos o los alumnos. Sin embargo, una cosa es cierta. Entre el hombre y la realidad existe una conexión originaria, posible gracias a esencial apertura de la persona y a la condición inelegible y la bondad de la realidad. En otros palabras, la realidad se comunica con su ser-así y el hombre le responde desde su índole racional. El entorno o realidad no está compuesto solo por cosas materiales también y sobre todo, por personas, por lo tanto, los cambios – en atención a su conexión originaria con la realidad – tienen que ser invitados a participar. Lo interesante es que en pleno ejercicio de la libertad no pocos se excusarán, otros sí se sumarán. Las alternativas y las elecciones no representan un defecto de la sociedad: la libertad es una misteriosa cualidad de la persona que tiene que ser eficazmente gobernada.

Así las cosas, aun escuchando voces agoreras, buscar lo central hará que aquellas no nos desanimen. Salomón fue un rey que gobernó con arte y sabiduría al pueblo de Israel. Cuando fue ungido monarca era joven e inexperto. En cierta ocasión, Dios se le apareció y le dijo: ‘pídeme lo que necesites que yo te lo concederé’. Salomón consciente de su realidad le solicita que le conceda un corazón comprensivo para juzgar y para saber discernir entre el bien y el mal. Pudo requerir: la derrota de sus enemigos; quizá abundantes riquezas; muchos años de vida; copiosas cosechas… ¿Eran estás demandas centrales para gobernar? ¡Imagínense un rey caprichoso y tirano que viva 100 años! Salomón pidió un corazón para escuchar, acoger, comprender y querer pero también solicitó inteligencia para conocer la realidad, a las personas y decidir con sabiduría y prudencia: le fue concedido un corazón inteligente para gobernar.

Aun podemos encontrar un consejo más del sabio rey. No solicitó solamente un gran corazón: consecuencias, un gobierno sellado por la emotividad, el capricho, la vanidad, el permisivismo; tampoco, se inclinó por la pura inteligencia: el signo de su mandato hubiera sido, el autoritarismo, la soberbia, el desdén y el rigor de la ley.

El arte de gobernar, no se limita a los funcionarios públicos o a los CEO de grandes corporaciones; ese arte alcanza a todos que tienen la responsabilidad de otras personas: papás, profesores, policías, enfermeros…y un gran etcétera. Bajo la consigna No uno sino muchos líderes, el corazón inteligente es bandera para mover al cambio.

Conclusión: primero, orden en las ideas, en las necesidades y en los recursos; Segundo: abrirse a la realidad para conocerla y advertir lo bueno que tiene; y, tercero, escuchar, acoger, tener paciencia y motivar con quienes compartimos, solo así lograremos ir en pos de ideales junto con otros. De la atenta escucha se constata la riqueza, la singularidad y las iniciativas de las personas con la que se integra el mismo ámbito y deseos.

 

Detenerse a pensar

Por Edistio Cámere

Thomas Welch da cuenta de dos hombres que dedicaron un día entero a cortar leña.Uno de ellos trabajó sin detenerse a descansar, y juntó una pila de leños bastante grande. El otro lo hizo durante lapsos de cincuenta minutos, con otros intercalados de diez minutos en los que descansó. Al terminar, sin embargo, tenía una pila de leños mucho mayor.

-“¿Cómo pudiste cortar tanta leña?”, le preguntó el hombre que trabajó sin descanso.

-“Es que mientras descansaba, afilaba el hacha”, respondió.

    ‘Afilar el hacha’ –en este texto– es una figura que me sugiere dos interpretaciones. La primera la conecto con el estudio en casa. A un estudiante durante una jornada escolar habitual se le enseña, se le explican varias materias; es más, el profesor se asegura a través de estrategias didácticas que las haya comprendido. Pero para que el conocimiento se haga pensamiento es necesario el trabajo intelectual que no puede alcanzarse sin el estudio personal. Es el acto en el que la inteligencia se apropia, hace suyo el saber para incorporarlo como haber, base para nuevos aprendizajes.

    En el momento en que se está frente a un texto o a unos ejercicios, aquello que hasta ese entonces estaba medianamente distante en comprensión, gracias al despliegue de sus operaciones, la razón se va acercando en la medida que desentraña su sentido, sus relaciones y sus fundamentos. Dicho de otro modo, en la medida en que la inteligencia convierte el saber impersonal en un saber pensado, lo pensado es tal en cuanto que los conceptos o ideas se han tratado, se les ha dado vueltas hasta llegar al punto en que se poseen como propias.

    La posesión no solamente predica tenencia, sino dominio; lo que se domina puede presentarse de maneras diversas pero siempre originales porque contiene lo singular de quien ha pensado. El estudio personal en casa es, sin duda, un medio de primerísimo orden de ‘afilar el hacha’ para que los contenidos recibidos en el aula gracias a su participación activa se incorporen como patrimonio permanente en el alumno.

    La segunda anotación es que vivimos en una sociedad en donde el ruido, no solo derivado de los crujientes y trepidantes bocinazos sino de los múltiples estímulos producidos por los variados aparatos tecnológicos, distrae poderosamente nuestra atención. Las noticias, los rumores y chismes que con ocasión o sin ella proponen lo medios masivos de comunicación, así como el acoso de la publicidad que no cesa de percibirnos como presuntos consumidores, también hacen lo suyo. Tampoco se puede soslayar como otra nota social la actividad vertiginosa, la prisa por conseguir en el plazo inmediato las metas trazadas.

    Frente a esta situación el ‘afilar el hacha’ transita por el camino de la reflexión, de la escucha atenta y de la serenidad. El pararse a pensar para comprender la verdadera dimensión de los acontecimientos y mirarlos en una perspectiva más global e integral. Mirar lo importante de las situaciones sin exagerarlas ni minimizarlas contribuye a configurar un estado de ánimo sereno. La serenidad, por ello, favorece para hacer un alto en el trajín diario para atender asimismo a quienes están próximos, a través de la escucha. Y para escuchar conviene saber estar en silencio, sin ruidos externos e internos que impidan abrirnos al insondable, rico y original mundo de cada persona.