LA COMUNICACIÓN EN LA RELACIÓN PROFESOR- ALUMNO

Edistio Cámere

                Me gustaría compartir algunas ideas, algunas a modo de preguntas y otros como simples enunciados, en torno a la comunicación profesor –alumno, con la idea se suscitar reflexiones personales y/o un amplio y fructífero coloquio sobre el particular.

1)      ¿La comunicación es solo un proceso de trasmisión de contenidos de las materias que se cierra con la recepción de los mismos?

2)      Es un acto de interpretación ¿qué interpreta el alumno? ¿El puro mensaje? ¿qué le dicen los gestos y el  comportamiento del docente? ¿Qué le dice su ‘presencia’?  ¿El docente es consciente que comunica también con su presencia? Su modo de estar en el aula  ¿se correlaciona con su ser?

3)      ¿Existe una comunicación personal entre el docente y discente? O más bien, ¿Es funcional, es decir,  convencionalmente pedagógica? ¿Fuera de esa convención se puede arribar al objetivo inherente en la enseñanza-aprendizaje? Más aún, ¿es posible superar la ‘función’ de alumno sin menoscabo de esa relación?

4)      Superadas ambas convenciones, ¿no se ingresa en el campo de la amistad, del compañerismo? Pero, ¿el estudiante va a la escuela a aprender y no a relacionarse? ¿Se aprende desde el rigor de la función, desde la ausencia de interacciones?

5)      No ‘aprende’ el alumno, aprende la persona que no solo es intelecto, es ‘más’. ¿Ese ‘más’ o ‘mucho más’ debe entrar en la relación con el profesor? ¿Qué tiene que hacer el docente para relacionarse con ese ‘más’ de cada uno de los alumnos que tiene en un aula? ¿Es cuestión de capacidad, de tiempo o de definir el territorio de ese ‘más’ que puede desplegarse en el aula?

6)      Ese ‘más’ personal distingue, diferencia no sólo en número también en propiedades o modos de ser, de manera que la recepción y/o reacción de los integrantes de un aula no es uniforme. Si no es uniforme ¿debería igualmente haber diversidad de estímulos? En la práctica pareciera que así no debería ser: los  alumnos comparecen ante un mismo estímulo – el docente – y ante un mismo mensaje – la materia que imparte; sin embargo, esta realidad de hecho no anula ese ‘más’, lo ‘propio’ de cada persona. ¿cómo compaginar ambas realidades  opuestas?

7)      Independientemente de la didáctica ¿Cómo es la relación del alumno con la materia recepcionada? De interés, de desafío, de tedio… dependiendo como sea se derivará también la disposición hacia ella. En consecuencia, el  signo de la interacción con la materia podría señalar también el signo de la comunicación con el docente. ¿Es esta una distorsión? ¿Dónde se ubica? ¿En el receptor? ¿En su capacidad para aprender? ¿En su motivación? ¿En su edad cronológica?

8)      Si no se toma en cuenta ‘el más’ del alumno ¿Se caería en un modelo mecánico de la comunicación? Es decir, ¿interesa más la recepción de los contenidos que sus efectos en el alumno? Será por eso que se tiende a privilegiar las evaluaciones, las mediciones, como un modo de comprobar si ha habido un feedback: la comunicación será exitosa si coincide con el mensaje trasmitido.

9)      La vida escolar se caracteriza por ser un plexo de relaciones que en lo cotidiano se configuran. No siempre se está en la tesitura de medir los efectos de la trasmisión, por tanto, en el modo de ser de los alumnos ¿Influye la comunicación con el docente?

10)  ¿El docente tan solo trasmite los contenidos de las materias que dicta? ¿No expresa también modos de vida, criterios, valores, y… la cultura propuesta por el centro educativo? Los efectos de está ‘trasmisión predican dos cosas: a) que estamos frente a una relación que va más allá de lo meramente ‘pedagógico’; y, b) que es difícil medir cuantitativamente sus frutos aún en su condición de positivos o de negativos.

AUTORIDAD Y LIBERTAD

Edistio Cámere  

          En días pasados me tocó la delicada tarea de discurrir – frente a un auditorio compuesto por padres y sus hijos de 12 años – acerca de la importancia de la autoridad y de la libertad.  Menuda faena la mía porque si inclinaba la balanza hacia uno de los lados, tendría – sin duda – un considerable número de oyentes con los ojos en el expositor pero la mente entretenida en otros afanes.

          La primera estrategia consistió en dirigirme a los niños: ¿Recuerdan algo de geografía? Su reacción fue de sorpresa… aunque alcance a oír tímidos ‘síes’ que me dio entrada para añadir: “me imagino que todos ustedes han visto un río, ¿cierto?”  Un río está conformado por la unión de un cauce y del agua. Ambos elementos son distintos pero se complementan.  ¿Se han puesto a pensar qué sucedería con el agua si no tuviera un cauce que la contuviera? Entre otras cosas, se derramaría, perdería fuerza, se desviaría, no llegaría a su destino, y más aún no formaría parte de un río.  Ahora, consideremos, ¿Qué sucedería con el cauce  si no hubiera agua? Luciría estéril, no conduciría nada, sería inútil, no habría vegetación en su paso y tampoco sería parte de un río. Cómo podrán advertir ambos elementos, son diferentes pero se necesitan uno del otro y se complementan, precisamente porque juntos logran conformar un río: gran objetivo.

          Uno de ustedes – en representación del agua – podría decir: no quiero cauce porque me limita  y corta mi libertad.  ¿Es cierta, tal afirmación? Veamos que ocurre con el agua en su recorrido. De seguro, encontrará periodos calmos, apacibles y serenos; piedras pequeñas y grandes que tendrá que modificarán su velocidad; se enfrentará situaciones de turbulencia y de rápidos e incluso lluvias torrenciales que podrán hacer salir de madre al agua. En general, el agua se podrá topar con realidades que no son originadas por el cauce, sino más bien que son parte de su curso, pero gracias al cauce llegará a su destino final.

          Ustedes, alumnos, son como el agua y sus padres como el cauce.  Llegar a la adolescencia y pensar que es momento de librarse del cauce, significa perder ricas y variadas oportunidades para llegar a buen puerto. La verdad es que no se pierde la libertad cuando uno se deja conducir, porque cada persona tiene una vocación, una misión que tiene que descubrir y engrandecer por sí mismo, tarea que nadie la puede suplantar ni falsificar.

          Padres pensar que sus hijos ya son adolescentes, por tanto, para no complicarse la vida relajan su función de ‘cauce’ es ponerse de espaldas de cara a sus necesidades.  Cuando se conduce, cuando se ‘dice que no’ la paternidad no se pierde, se hace fuerte y confiable.

         En general, se relaja el ‘cauce’ o la autoridad porque los adultos hemos perdido la seguridad y la capacidad de definir qué queremos ofrecer como modelo a nuestros hijos. El mantenimiento de los valores y de los rasgos clásicos se ha transformado en un formalismo, basados en rutinas e imposiciones políticamente correctas que debilitan la autoridad. En este sentido, el único camino alternativo consiste en vivir lo que se cree valioso y atractivo del pasado; o bien ese camino vivirlo de tal modo que constituya una alegría para nuestros hijos  formar parte de él. Las tradiciones no se perpetúan con la enseñanza y el aprendizaje sino a través de los ejemplos.

          Son ustedes parte de un equipo que tiene ‘funciones distintas’ pero empeñado en un mismo fin: como padres y como hijos ser personas de bien.

 

Acción formativa del encuentro interpersonal

Por Edistio Cámere

    La formación es un proceso de ayuda en el perfeccionamiento de la inteligencia y la voluntad con el objeto de que el educando se oriente hacia la búsqueda de la verdad y se autodetermine hacia el bien mediante el correcto ejercicio de su libertad.

    Esta definición pone el énfasis en la acción educativa, que desde fuera procura que el estudiante cultive y ejercite su mente para abrirse y nutrirse de la realidad en su anchura y profundidad. A este fin concurren eficazmente las estrategias cognitivas, pero hay que dar un paso más: el diálogo interpersonal, que facilita que el alumno descubra y haga suya la verdad. Entre tantas ventajas del método socrático, la formación del criterio destaca sobremanera. Por eso, preguntarse es, no pocas veces, más provechoso que el mero escuchar respuestas.

    Cada persona tiene un modo particular de llegar a la verdad: unos lo harán induciendo, otros deduciendo, no pocos mediante la intuición y algunos mediante el rigor especulativo. No faltarán aquellos que la acepten por el afecto o admiración que profesan a quien se la propone. En la línea de formación de la inteligencia, en mucho contribuyen los encuentros interpersonales. “La persona humana está llamada a ser dialogante, pero no hay diálogo sin verdad. Por eso es importante el lenguaje (…) El empobrecimiento del lenguaje es el decaimiento de la sociedad” (G. Castillo). ¡Cuánto se gana con el diálogo y la conversación!

    Pero el hombre se realiza no solo con el conocer sino también con el actuar. Su imperativo ético es crecer, optimizarse. El fin de su crecimiento es el bien y llegar a él supone doble movimiento: dirigirse ‘hacia’, es decir, identificarlo; y adquirir las virtudes necesarias para conseguirlo. No solo reconociendo o aceptando el bien permite queel educando se haga bueno. El bien se incorpora adquiriendo hábitos, que supone una buena dosis de motivación y convencimiento para renunciar a bienes inferiores en pos de los superiores.

    Es cometido de los educadores, mediante la exigencia cordial y el ejemplo, no solamente conseguir la libre adhesión al ‘bien’sino que el alumno lo incorpore y lo haga suyo en el tiempo. La formación del carácter y la promoción de las virtudes humanas en la escuela -como institución y comunidad- contribuyen significativamente al logro de ese objetivo yde ese fin.

    Por tanto, la acción del docente guarda para sí el privilegio de ser siempre y en todo momento‘perfeccionadora perfectible’. Una palabra, un gesto, una mirada y hasta una simple sonrisa contienen una superabundante dosis formativa porque facilitan el contacto y el diálogo. Son matices del afecto, de cuya importante presencia en el acto educativo estoy más que persuadido. Sin embargo, precisamente en razón de ese afecto es que para los educadores -padres de familia y maestros – el crecimiento del alumno se torna también en un imperativo ético.

    El cariño no es patente de corzo para la concesión, ni para la omisión. Todo lo contrario, tiene que ser el estímulo para que los educandos, entre lo bueno y lo mejor, elijan lo ‘mejor’. Apostar por lo mejor, sin duda, requiere, para no dar un salto en el vacío, que los educandos -también incluyo a los hijos- perciban que lo mejor es posible porque los adultos lo buscan con no menos pasión en su vida cotidiana. Esta es la clave para educar y formar bien a las nuevas generaciones.

El ‘tuteo’ en el trato profesor-alumno

Por Edistio Cámere

“La relación entre el profesor y el alumno, por tanto, es opuesta pero complementaria: ambos se necesitan para cumplir a cabalidad con sus roles”.

“Oye, Coco, ¿podrías explicar de nuevo que no he entendido? (…)   Profesor, ¿podría repetir, por favor? No he entendido”.

El fondo,  lo que se pide en estas dos expresiones es lo mismo. Pero es en la forma de decirlo donde se aprecia la diferencia. Tutear o no tutear es, sin duda, un asunto controversial. Hay quienes están a favor del ‘tuteo’ y no ven inconvenientes que sea utilizado como modo ordinario en la relación profesor-alumno. 

A favor del tuteo se esgrime el hecho de que se privilegia cierta horizontalidad en las relaciones que configura un clima más distendido dentro del aula y, en consecuencia, el alumno sentirá mayor confianza para acercarse al profesor. Otro argumento da cuenta que cuando el educando llama al profesor por su nombre de pila, el trato se torna más informal, más espontaneo, todo lo cual contribuye a que el alumno esté más dispuesto a ‘contar sus asuntos personales’.

El uso del tuteo presenta algunas implicancias que también vale la pena considerar. Dado el periodo evolutivo en que se sitúan sobre todo los púberes y adolescentes -los niños suelen decir: “Profesor, tú… o Miss, tú…” que en la práctica es lo mismo que decirusted’el tuteo puede tornarse en una señal equívoca: el docente la entiende como expresión de confianza, sin embargo el alumno puede interpretarla subjetivamente: ‘el profesor es buena gente así…’. Además -pongo por caso- ante una llamada de atención, el ‘tú’, que encierra ciertas licencias en el trato, permite reacciones, gestos o dichos que se inhibirían de mediar el ‘usted’.

Pero el tuteo puede afectar la imparcialidad en la relación. En cierto modo, el anteponer el ‘tu’ establece una distinción, es una suerte de permiso para ir más allá de lo protocolar en el trato personal. Y sí además convenimos que toda relación interpersonal es un estreno, porque quienes interactúan son singulares e irrepetibles, entonces cada alumno -con arreglo a su modo de ser- dará una lectura distinta a la respuesta del profesor, matizada a su vez por ese modo de ser. En tanto el discente perciba o sospeche preferencias en la relación del docente con sus compañeros, el clima en el aula podrá enrarecerse.

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La palabra y la ejemplaridad en el trato personal

Por Edistio Cámere

La educación, a través de sus planes y procesos, tiene como meta al educando en tanto persona. Las tendencias predican las coincidencias; pero las diferencias obligan al trato personal como estrategia para contribuir a formalizar las relaciones personales inéditas que establece el alumno con el proyecto educativo propuesto por la escuela, ya sea a través de su ideario o de los contenidos curriculares. De hecho, toda acción educativa tiene la virtud de modificar al educando. Pero para que ese cambio sea significativo en la biografía del alumno, es menester procurar su participación activa y deliberada, ya que de otro modo no revestiría carácter definitivo.

Conseguir que el niño o joven sea protagonista de su desarrollo no es fácil. Pero sería más difícil y oneroso si no mediara el trato personal. Y cuando se habla de trato personal se está bien lejos de presentarlo como una suerte de interrelación gravosa o demandante, que sustrae al profesor del cumplimiento de otros deberes y obligaciones. Es que el trato personal tiene que enmarcarse dentro de la ordinaria relación que se establece entre el docente y el educando. 

En primer lugar, habría que decir que la disposición y la confianza del alumno hacia el docente no representan una cima que hay que conquistar. Simplemente se da. En segundo lugar, los roles y funciones están debidamente perfilados, razón por la cual, en primera instancia, el alumno es dócil a la acción del docente. Y, en tercer lugar, la relación se establece entre dos personas ubicadas en diferentes estadios de madurez y experiencia, lo que permite, entre otras cosas, que la valoración de lo que se comunica -sin que esto implique ningún viso de menosprecio- está estrechamente vinculada a ‘quien’ lo hace.

Dicho de otra manera, el alumno reconoce autoridad en el profesor en virtud de lo cual lo que éste dice, aunque sea breve, constituye para aquél algo importante. Por tanto, la eficacia del trato personal radica en la palabra y en la ejemplaridad del profesor. Esta autoridad que tiene de suyo el maestro, tiene que acrecentarla con obras y siendo consecuente. De lo contrario, el acercamiento al alumno no pasaría de ser una mera relación formal.  

Cómo llegar al alumno

La palabra es fundamental para intentar educar la interioridad del alumno. El contacto o trato con la interioridad exige respeto, que es una actitud educativa básica por parte del educador. Además, reclama de encuentros, momentos o espacios, cuya atmósfera facilite que efectivamente el alumno descorra el cerrojo de su mundo interior. “Para ayudar a un sujeto, primero necesita ser comprendido. La comprensión de los jóvenes viene a través de escuchar, escuchar y escuchar” (García Hoz). 

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¿Es posible conocer a nuestros alumnos?

 Por Edistio Cámere

 ¿Es posible conocer a mis alumnos si en el aula tengo más de treinta? Es ésta una pregunta que el profesor se formula con arreglo a su propia circunstancia y con sincera preocupación. Obviamente, el conocimiento pleno y profundo de todos y cada uno de los alumnos es un ideal alcanzable sólo si la convivencia se extendiera también a los otros ámbitos naturales donde el alumno se desenvuelve cotidianamente, cosa que físicamente es imposible. 

Sin embargo, el tiempo en la escuela, distribuido entre las clases, los recreos, los encuentros informales y otras actividades, es el necesario y conveniente –si el docente lo busca intencionalmente– para conocer al alumno. Para lograr dicho cometido, el docente tiene que actuar con rectitud de intención, averiguar la naturaleza de la persona en cuanto tal;  percibir al sujeto como distinto de todo lo que no es él;  y  tener trato y comunicación con el alumno. 

La educación, aquella que busca trascender el ‘hacer’ del alumno para instalarse en su ser-persona, es un acto humano relacional  por excelencia. Es acto, porque la educación debe realizarse ‘con’ conciencia y ‘en’ conciencia; y con un expreso deseo de querer hacerla. También es acto porque la educación implica un cambio o movimiento en el ser: la posibilidad se concreta especificándose.

Pero la educación también implica lo humano, porque los actores son personas; y con un añadido particular: los actores se encuentran en estadios diferentes de madurez y desarrollo. Aquí nace la fundamental consideración de que el medio fundamental para educar es la persona del docente. Y por último, es relacional, porque la educación se logra teniendo como base el establecimiento de un vínculo significativo que garantiza cierta correspondencia entre los protagonistas.  

Rectitud de intención

Conviene en primer lugar tratar de modo separado ambos conceptos: rectitud e intención.  La intención o intencionalidad es un vocablo que expresa la acción y efecto de tender ‘hacia’ algo. Tender, de suyo habla de movimiento. Pero paralelamente excluye el mero moverse de cualquier manera. Predica la tensión de ir hacia algo específico. La  tendencia por la tendencia implica, en cierto modo, una intención deficitaria. El movimiento hacia algo habla de un objeto o sujeto externo con relación a quien se mueve. Pero otro punto que se relaciona con este tender hacia algo es el ‘querer’ hacerlo, lo cual predica una acción de la voluntad. En resumen entonces, la intención se puede definir como la tendencia constante de la voluntad hacia su objeto formal que es el ‘bien’.  En el ámbito educativo el agente que tiende o se mueve es el docente y lo hace hacia el alumno. 

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La relación profesor-alumno en el aula

Por Edistio CámereEN CLASE

El aula es, sin duda, el medio fundamental donde el docente despliega sus recursos personales y didácticos para cumplir con su labor, que tiene como eje medular la relación con el alumno. Y como toda relación humana, posee unas características implícitas y explícitas que le imprimen un sello y dinámica particular. No obstante, la relación profesor-alumno en el aula presenta algunas configuraciones que la hacen especialmente diferente de cualquier otra interpersonal:

1.- La relación entre el profesor y el alumno no se establece sobre la base de simpatía mutua, afinidad de caracteres o de intereses comunes. Más bien, se funda en una cierta ‘imposición’: están ahí sin consulta o consentimiento previos, lo cual genera -sobre todo en los comienzos de cada periodo lectivo -expectativas mutuas que se confirman o no con arreglo al desempeño del profesor y del alumno como tales. 

2.- Es una relación -bipolar de ida y vuelta- que se establece entre personas de diferente edad y grado de madurez. A la intensidad, variedad e irracionalidad de las reacciones, de los comportamientos, de las actitudes y de las motivaciones de los alumnos, el profesor debe responder con paciencia, ecuanimidad, prudencia y exigencia en su actuar, en sus juicios y en las manifestaciones de su carácter.   

3.-  La relación de docencia es una relación interpersonal pero no amical. Primero, porque la relación amistosa se establece entre dos personas en su concreta individualidad, es decir, conociéndose mutuamente. Segundo, esa relación estrictamente personal consiste en un mutuo querer y procurar, cada uno, los fines personales e individuales  del otro. 

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