Conocer a la persona, parte de la acción docente

  

 

Por Edistio Cámere

Aproximarse intelectualmente a la persona en su esencia y mismidad no es tarea reservada a los filósofos. Debería ser una práctica entre quienes tienen el encargo de configurar personas. Una correcta y realista concepción de la persona alejan la tentación de considerar a los alumnos como divididos en compartimentos o secciones; lo cual, si bien tiene la ventaja de ser ‘eficiente’ por lo limitado del campo que se trata, no se percibe y atiende al alumno como tal y se corre el grave riesgo de ser poco exigente y más bien superficial. Por último, también será menos comprometida la relación con ellos en la práctica.

Viene a bien unas líneas del joven Schelling: “… El hombre se engrandece en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza.  Proveed al hombre de la conciencia, de lo que efectivamente es, y aprenderá de una vez lo que ha de ser; respetadlo teóricamente, y el respeto práctico será una consecuencia inmediata (…) el hombre ha de ser bueno teóricamente para llegar a serlo también en la práctica” [1].  

Sin ánimo de entrar en profundas disquisiciones conceptuales, ni caer en simplismos dentro de este campo, queremos llamar la atención sobre tres supuestos fundamentales que deberían informar  y orientar, de modo práctico, el quehacer del docente para que sea lo más objetivo y realista posible en orden a lograr el fin de la educación: la mejora personal del alumno.  

a.- Las facultades superiores   

El ser humano posee entendimiento y voluntad. Gracias a ellos puede conocer, querer y decidir. Estas facultades hacen del hombre un sujeto de respeto, que se sustenta en su capacidad de orien­tar y determinar su existencia ‘por sí mismo’.  Lo que equivale a decir que la actividad humana es indeterminada en cuanto a  la ejecución, forma y fin que el hombre elige libremente.  

La actividad  que  el  hombre  explicita  en un determinado momento resulta de su particular modo de conocer y querer. La inteligencia identifica un bien al cual se adhiere la voluntad. El hombre al elegir una actividad u operación se compromete y responsabiliza de ella y con ella. Precisamente, en su libertad de elegir y en su responsabilidad radica el privilegio de ser él mismo causa de su ‘autodeterminación’ y de la realización cotidiana de su proyecto vital. Este privilegio no puede ser enajenado.  

En este ámbito de las facultades superiores encuentra su verdadero sentido la educación de los valores, que al ser encarna­dos por el educando se actualizan en beneficio de él mismo y de su entorno.  

b.- Las diferencias individuales   

El hombre es un ser individual, porque es uno en sí mismo y distinto de los otros hombres. Es distinto, no por su naturaleza o esencia, sino en función de las cualidades recibidas que particularizan su existencia. Todos los hombres participan de las mismas facultades superiores; empero, la actualización en toda su potencialidad no se desarrolla de igual modo en todos los hombres.   

Las diferencias individuales se dan no por oposición o contraste, sino en virtud del distinto grado de receptividad de cada naturaleza humana ante cualidades o potencias específicas y singulares. El mayor o menor grado de receptividad no alimenta o justifica el establecimiento de clases o categorías humanas; más bien, remite a la conformación singular de la existencia de cada hombre y hace viable la cooperación mutua y recíproca.  

Esta variedad entre los hombres pone de relieve la libertad,  base de la riqueza en el desarrollo social. La libertad no excluye las tendencias generales; pero encuentra su máxima expresión en las elecciones particulares. Estas elecciones responden a la percepción de la realidad de cada hombre, y en función de la cual planea y decide sobre sus propias actividades u operacio­nes.  

c.- Las deficiencias del hombre   

A poco que se ahonde en la naturaleza humana se advierte sus limitaciones y deficiencias que, por otro lado, conviven con las grandezas y posibilidades del hombre.  “El hombre -como afirma Sheed- es él mismo cuando toma sus propias decisiones a la luz de la realidad tal como él mismo la ve. Pero a fin de cuentas, el hombre es  deficiente. No ve la realidad totalmente como es, y en caso de que lo haga, no siempre toma sus decisiones a  la luz de lo que ve”.  

Las  limitaciones y defectos ciertamente dificultan el desarrollo personal, la convivencia y la ayuda mutua. Corresponde, por tanto, al mismo interesado conocer dichas limitaciones y defectos, querer corregirlos y lograr superarlos. Pero esta acción no es incompatible con una influencia exterior -autoridad en el sentido más lato del término- en un dinamismo interno del que sólo puede hacerse cargo la misma persona de una manera cabal. Uno acaba siendo lo que decide ser, aunque para ello también necesite la ayuda de los demás.  

La deficiencia del hombre es un dato fundamental que debe aceptarse y considerarse en los planes y gestión educativas, pues la educación no crea nuevos seres, se apoya en la propia naturaleza para completarla, para llevarla al acabamiento que le corresponde.  

García Hoz, afirma que los efectos del proceso educativo no están en la aparición de nuevos seres sino que están en la aparición de nuevas formas, de nuevos modos de ser en el hombre. El hombre es un ser perfectible y, por ello, es susceptible de adquirir nuevos modos, nuevas maneras -cada vez mejores- de ser persona humana. Las  nuevas formas que adquiere en virtud de la educación van comple­tando las posibilidades de su ser, es decir, van perfeccionándolo. Por eso cada docente debe conocer a sus alumnos, de tal forma que el proceso de formación y aprendizaje pueda ser más efectivo y eficiente.  


  

[1] Fundamentos Antropológicos de Ética Racional, Antonio Orozco.


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