Un diálogo orientador: en defensa de la identidad del alumno

Por Edistio Cámere

Un alumno no había cumplido con la tarea encomendada, a pesar de la ampliación del plazo de entrega. Hecho que puso en aprietos a su grupo de trabajo y enfadó al docente, quien para “reconvenirlo” adjetivizó de su conducta, cuidando de hacerlo ante sus compañeros. El buen alumno acusó la corrección, aunque no pudo explicar la razón de su proceder. Más tarde, en un pasillo de la escuela se encuentra con su tutor, que al notarlo cabizbajo, le dice: “¿qué te sucede? La reacción inmediata del joven: “- No me pasa nada”. La experiencia responde – “ El día esta bonito, ¿qué tal si caminamos un poco? Luego de unos pasos y de un mesurado silencio, el dialogo comienza:

– “Mi autoestima está por los suelos. Soy flojo, no estudio, tengo malas notas, no destaco, me castigan. Hasta mis padres están entre molestos y decepcionados conmigo”.
– “No eres flojo. Eres una persona. Al afirmar “soy flojo” – sin quererlo – te incluyes, mejor, te asocias a una idea o a un valor general que construyes al publicar que los flojos tienen una manera de ser en común que los identifica. Si te das cuenta, lo que has hecho es objetivarte, enfatizando ‘el qué’, en vez que en ‘el quien’. En tal sentido, como el quien- tu yo – no estaba en el foco de tu atención quedo sumergido en el desconcierto; entonces, objetivarte, calificarte como flojo, fue una salida para no encontrarte sólo, si no formando parte de un conjunto de individuos que tienen en común la pereza”.

– ¿Siempre eres flojo?
– “No”.
– Entonces, no eres flojo.
– “¿Qué? Me confundes”.
– “Cuando te califico como flojo afirmo un hecho que es cierto en una parte si y en otra parte no. Me explico. Por ejemplo, cuando estudias química la flojera puede contigo, pero cuando de organizar actividades se trata, todo esfuerzo es poca cosa”.

– “Bueno, planteado así”
– ¿Nos vamos aclarando? Sigamos.
– “Si alguna actividad no te atrae, la flojera está en potencia que se actualiza al momento de disponerte a realizarla. Por el contrario, cuando algo te apetece, la flojera no está en potencia ni luego en acto. Más bien, se ponen en marcha otros hábitos operativos que te conducen con éxito hacia tu objetivo”.


– “Entonces, ¿la flojera es esencial para tu identidad? ¿No te parece, por el contrario, que es un modo ser accidental en ti? Puedes no tenerla si te lo propones”.
– “Ah, sí ¿cómo?”
– “Modificando tus hábitos operativos relacionados con esa conducta. De tres maneras. Primera, determinando las situaciones en las que potencialmente está la flojera. Segundo, descubriendo motivos que den sentido al esfuerzo que entraña luchar contra la flojera; y, tercero, repitiendo los hábitos operativos hasta que se constituyan en la virtud contraria a la flojera. Un detalle. ¿Por qué luchar? Porque cuando la pereza está en acto, se establece una oposición que te priva: a) de actuar con laboriosidad y diligencia; b) de los frutos resultado de una acción; c) acrecentar tu libertad.”
– “Finalmente, no olvides que lo que te identifica es que eres una persona única e irrepetible; de lo que se sigue que un modo de ser accidental no tiene porqué afectar tu propia identidad. La misma que sin cambiarla, no obstante, la puedes incrementar porque en ella siempre cabe más la virtud, que se logra precisamente al luchar contra lo que no es ella, es decir, las conductas accidentales. Al mismo tiempo, al tratar de mejorar como persona no te objetivas, al no hacerlo comprenderás que tus padres, profesores y amigos te quieren independientemente de tus resultados. En correspondencia a ese cariño, tendrás un motivo consistente para adquirir la virtud de la laboriosidad”. ¡Animo!.
– “Gracias, profesor”.


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