El acoso a la libertad de enseñanza Segunda Parte

Intervención ¿para qué

El intervencionismo estatal es una práctica de larga data. No obstante, en la actualidad el nuevo pretexto para continuar en su empeño controlista es luchar contra la corrupción, la informalidad y la baja calidad educativa. El Ministerio de Educación (MINEDU) al no contar con argumentos enjundiosos, ni con una gestión eficiente, menos con resultados que respalden sus políticas, ha optado por utilizar su poder de legislar pergeñando irregularidades, determinando sanciones y cuantificando multas. Este poder que ostenta el MINEDU ha devenido en coercitivo por tres razones: a) Es parcializado, su foco es la escuela privada, a la que con el sanbenito de lo informal o de lo mercantil, la cuestiona y sanciona; b) Los estandares de calidad a los que invoca para medir y multar ¿ los ha implementado con éxito en sus colegios ¿Sirven como modelo? De lo contario ¿con qué autoridad moral se arroga la idoneidad de evaluar a los colegios que no caen bajo su gestión?; y, c) Las sanciones pecuniarias constituyen ingresos propios y, si a ello le sumamos el aumento en la discrecionalidad del funcionario, la consecuencia es obvia: la vitalidad de la escuela privadas corre el riesgo de “secarse” por exacción.

Las multas no tienen como propósito el enseñar o el corregir. El legislador “tiene la certeza” de que “intencionalmente y con malicia” la escuela transgrede una norma; por tanto, el monto tiende a paralizar, a quebrar las defensas económicas de un centro educativo. El MINEDU es uno de los pocos ministerios que anualmente se le ha asignado mayor presupuesto. ¿Qué razón poderosa justifica que tenga el poder de inflar más sus arcas?

No satisfecho con su posición de dominio – ojalá fuera porque destaca en lo pedagógico, en la gestión, en la elaboración de documentos de estudio y de promoción de la investigación – ha entrado a competir deslealmente con la educación privada. Los medios de comunicación han dado cuenta de que el MINEDU ha incrementado los sueldos a sus docentes, lo cual es loable y lícito. No obstante, para que se equitativa y justa dicha medida, los privados deberían de tener la misma versatilidad para hacer lo propio con sus maestros. ¿Habrá olvidado el ministerio que en los colegios los privados los padres de familia pueden dejar de pagar las pensiones escolares todo un año lectivo, gracias a que cuentan con su apoyo? ¿Habrá olvidado también que las escuelas privadas para corregir sus precios – siquiera a nivel de la inflación – tienen que pedir la anuencia de la Instancias intermedias educativas estatales? En buen romance, la brecha salarial entre los docentes de las escuelas públicas y no estatales, la acentúa el MINEDU, dificulto – salvo que muden las reglas de juego – que los colegios particulares puedan cerrarla.

La sobrerregulación ejerce presión sobre la oferta. Salir airoso de una denuncia interpuesta por un ente estatal implica haber cumplido en exceso con todas sus reglas y superar “revisiones” maleables y, sin término porque se acomodan a la mirada y al ánimo del funcionario de turno. Así, entre trabas y multas, brindar un servicio o producir un bien se encarece, pero no solo en términos de mayores costos, sino en el tiempo y esfuerzo invertidos para cumplir con los interminables requisitos, lo que lleva a descentrar la atención en el corazón de la actividad para centrarse en evitar ser punible de sanción por desacato. Si la mejora del servicio o de la institución se castiga, ¿a quién se perjudica? El intervencionismo del Estado no se aparca en lo académico o económico, busca imponer su ideología, afectando la sana pluralidad. El legislador prefiere la uniformidad, instaurar un pensamiento único, pero lo quiere sin invertir dinero, sino violando los bolsillos de los padres de familia y de las escuelas particulares.

“La ley busca promover la calidad educativa; por tanto, quien se opone a ella, lo hace también con la calidad”. Formulada así esta proposición sabe a sofisma y, además, guarda matices de despotismo. La burocracia se apoderó de la calidad como idea y propósito. Como toda escuela quiere que la calidad distinga el servicio educativo que ofrece, objetar la ley supone, ponerse a contrapelo de lo moderno, de la innovación y de la eficiencia. ¿Con que autoridad el MINEDU determina el territorio de la calidad? ¿qué modelo de calidad propone a las escuelas privadas, para que pueden seguir sus pasos e imitarla? De otro lado, en la afirmación aludida: “si se rechaza la ley, se rechaza la calidad”, no solamente brilla la intolerancia sino que supone: a) desorden administrativo por falta de norte y desconocimiento de la pretensión de la norma; y, b) una estrategia preconcebida que utilizando lenguaje y formas convencionales busca cambiar la esencia de las cosas. El resultado sería que un ciudadano, con atuendo de playa, despierte un buen día en la proa de una lancha… pero encallada en medio del desierto rodeada de cardos.  Una norma debe conducir hacia el bien, procurando que, pacíficamente coexistan los intereses particulares sin subvertir el orden social. Desde esta perspectiva, el entramado de artículos e incisos de una ley señala como alcanzar la conducta esperada. Pero sí lo que rige la ley es la punición y la magnitud del monto de las multas, las escuelas privadas, algunas correrán el riesgo del cierre definitivo y no pocas, pagarán un alto costo en su recuperación por los daños causados: en lo económico, en el tiempo pérdido, en la moral corporativa y en su buen nombre. 

Cuando el espiritu de una ley toma como sinónimos: debilidad, ignorancia, mala fe y perversidad y, en todos los casos, la sanción es monetaria, el dinero se configura como parte de la solución. Quien actúa con malicia sabe cómo utilizar en su beneficio la discrecionalidad de un funcionario; la impotencia de quien por desconocimiento infringe la ley, se obliga a reordenar su presupuesto sobre la marcha para cumplir con el Estado. Conclusión no se ha producido aprendizaje; en ambos casos, la que se perjudica es la calidad en el servicio educativo ¿con qué ánimos o con qué recursos podría alguien invertir en mejorar su escuela si el Estado interviene como un tercero precario?

Por Edistio Cámere

El acoso a la libertad de enseñanza

Con la educación no te metas 

Primera parte

Con la educación no te metas dijo enfático un funcionario del gobierno peruano, retrucando a aquella otra  que reza con mis hijos no te metas, enarbolada por sendos colectivos que defienden la libertad de enseñanza. La primera es una expresión que emboza una amenaza. Su razonabilidad es mucho menor que la prepotencia que ostenta. La educación es un concepto y un derecho universal, por tanto, autoproclamarse  propietario y guardián de sus fronteras para impedir que sean franqueadas, sabe menos a celo que a un voluntarismo desmedido. Intentar poner rejas al curso de un manantial para que nadie abreve es tamaño despropósito. La educación es un bien difusivo: cada quien lo usufructúa con arreglo a sus propósitos. Los actores que intervienen en su transmisión y en los modos de educar son diferentes y múltiples siendo los principales, los padres y los profesores. Cabe destacar, finalmente, que esa advertencia esta irisada por la convicción de que la educación es patrimonio, responsabilidad y tarea del Estado, al extremo que cualquier acotación, conducta y crítica se considera como una afrenta y ataque al gobierno de turno.

Las democracias liberales son como los techos sol y sombra, dejan pasar los rayos luminosos a la libertad de expresión y la económica, pero oscurecen y sobreregulan la libertad de enseñanza y el  derecho de los padres a elegir el tipo de educación para sus hijos. En pleno siglo XXI se hace caso omiso a una verdad tamaño catedral: la educación no se impone, se propone a voluntades libres.
Hablando con propiedad, tiene más lógica y consistencia afirmar “con mis hijos no te metas”: ellos tienen una identidad y un origen. Sus progenitores pueden afirmar que por sus venas corre su sangre.  La paternidad incluye potestades y obligaciones referidas a su manutención, crecimiento, futuro, criterios educativos. Si bien los padres de familia, escogen – entre muchas- una escuela, no los exime de trasmitirles, cariño, valores, seguridad  y principios acordes con el estilo de la familia.

El imperio del consumo predica la conversión de alumno a  cliente, a quien se le tiene que complacer o crearles necesidades que sintonicen con la sensibilidad de sus  padres. Importa más el consentir que mantener la unidad y coherencia en los principios con el estilo de la escuela.  En cierto modo, su centro: la educación y formación se desplaza en procura de que el alumno la pase bien. Este desplazamiento afecta la identidad de la escuela y de la docencia. El aprendizaje requiere sistema, tesón, orden y respeto a los compañeros. Mas que divertidas las clases tienen que ser interesantes y el alumno no debería realizar lo que le apetece ni en el momento que se le antoja. El imperio del consumo, premia el “éxito”, el “status”, las mediciones, los resultados, la moda en la tecnología de punta, y los maratónicos procesos de competencia entre las escuelas; pero sanciona la eliminación del esfuerzo, compañero fiel del estudio y del aprendizaje. Exigir es un verbo a punto de extinguirse en una “escuela divertida”. Se alzan voces denunciando que afecta la estabilidad y libertad  del alumno, sobre todo si sí se pretende establecer unos límites mínimos en pro de la buena convivencia y aprovechamiento del tiempo.

El enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes se configura por la confluencia de corrientes de pensamiento asentadas en el corpus legal con miras a cambiar costumbres, estilos de comportamiento e intereses culturales. El “enfoque de derechos” torna difícil enseñar a un alumno que cada uno es responsable de sus propios actos y que es viable convivir con orden en libertad. Si la presencia de las instituciones, de la autoridad, de las normas son percibidas como enemigas de mi sentir, de mi individualidad, de mis apetencias, entonces, la convivencia, la fraternidad, la familia, la comunidad y la sociedad difícilmente podrán cumplir con sus fines. La acentuación e iluminación de los derechos y el oscurecimiento de los deberes termina por sobre dimensionar el individualismo a costa de las relaciones interpersonales y las relaciones con la comunidad y/o las organizaciones. Más aún, si mis quereres y sentires cuentan con el respaldo de las leyes, las sociedades intermedias pierden consistencia y unidad. Cuando una persona incumple con un deber contraído y, lejos de asumir su responsabilidad, con la anuencia legal, lo muda en un derecho vulnerado, el efecto es devastador para cualquier institución: si hoy fue ese deber, porque mañana no podría exigirle otros cambios, que miran a su propio beneficio. La morosidad aplaudida y permita en perjuicio de escuelas privadas, es una clara manifestación de este enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes.

El derecho a la educación representa un interés superior que debe conducir a concertar criterios entre el Estado, los padres –primeros educadores‒ y los colegios a fin de remover los obstáculos que impidan su cabal ejercicio. Si se invoca el derecho de la educación del niño, como principio y se interpreta antojadizamente, se inaugura un camino sin retorno de intromisión del Estado en relación a toda actividad educativa privada. Apelando a tan noble criterio, se podrá exigir y aplicar iniciativas que veladamente afecten derechos constitucionales de los ciudadanos: libertad de enseñanza, libertad contractual y/o económica y libertad para elegir el tipo de educación de los hijos. Esto ocurre en un país cuyo Estado se autoproclama democrático y con una educación privada en expansión y crecimiento. El interés es promover un pensamiento único, un ciudadano que cumpla con la emisión de su voto, pero sin capacidad para discernir. ¿Será que en el fondo, la férrea defensa del consumidor ‒tal y como está planteada‒ tiene por objeto el digitar, desde las altas esferas, cómo debe vivir y pensar el peruano?

Edistio Cámere

¿“Admiras a alguien líder”?

Edistio Cámere

El año 2017 se aplicó un cuestionario [1]a los alumnos de cuarto de secundaria de varios colegios de Lima Metropolitana y entre las preguntas formuladas figuraba la que titula esta nota. De un universo de 500 jóvenes de 15 y 16 años, el 55% manifestó no admirar a ningún líder, sea a nivel mundial como a nivel nacional. Por su parte, en las respuestas del 42.6% que admitió que, si admiraba a un líder, se encontró una alta dispersión y valor perdido en las contestaciones, lo que hace imposible identificar regularidades en las preferencias de los encuestados por algún líder que puntualmente admiran.

Los porcentajes reportados suscitan interrogantes y reflexiones. ¿Es necesario que los jóvenes tengan líderes a quienes imitar y aprender? ¿Qué un porcentaje significativo de jóvenes declaré que no admire a ningún líder, qué comunica y cómo debería interpretarse? ¿La dificultad esta en los jóvenes que, por estar inmersos en su propio mundo virtual, no miran hacia afuera? O ¿será que quienes deberían ser sus referentes no cumplen con su cometido? ¿Están creciendo los jóvenes sin referentes significativos y claros? ¿Son las figuras públicas – en los diversos ámbitos de la sociedad – las llamadas a ocupar el papel de modelos para los adolescentes? ¿Qué tipo o cómo debería ser el liderazgo que esperan los jóvenes?

El líder que influye no es el que necesariamente aparece en la portada de una revista o como protagonista en una serie cautivante de netflix sino con el quien uno coincide y se relaciona en un mismo ambiente. De lo contrario, ¿cómo podrían, los adolescentes aprender y/o confirmar el valor de la honestidad en la propia vida si no la ven encarnada en personas honradas en su entorno inmediato? El rastro y la huella que trasmite el líder con su ejemplo, no esporádico sino constante, va calando en los argumentos y comportamiento de un joven. “Sobre ética nos sobran homilías y sermones, y nos faltan testimonios, pasión, determinación, acciones y hábitos edificantes. En resumidas cuentas, referencias ejemplares”[2]

La condición relacional del liderazgo predica la presencia de vínculos. La neutralidad no es su atributo. Si caminando por la calle un desconocido nos detiene para darnos una indicación pertinente sobre el nudo de la corbata, lo último que uno hace es acomodárselo. Pero si el que te detiene es alguien conocido – ante la misma indicación – la respuesta es acatarla y cumplirla. El vínculo es capaz de dilatarse hasta tornarse en significativo, gracias a este atributo otorgado, la valoración de los argumentos y conductas es alta: es este momento cuando el adolescente califica a una persona como líder.

La carencia de líderes a admirar reflejada en los porcentajes aludidos líneas arriba, no se resolvería – sin duda, ayudaría – con la presencia ejemplar de personajes en todos los campos de la sociedad. A mi gustaría percibir en esa “carencia” una gran oportunidad para los padres de familia, para los profesores y, finalmente todos a quienes – de un modo u otro, por razones profesionales – alternan con adolescentes. Para que una relación se haga significativa es necesario que como padre se de lo que le es debido, es decir, ser integro, querer con obras, y dando ejemplo en casa y como profesor, preparando bien las clases, escuchando y orientando al adolescente. Como líderes relacionales, los padres y los docentes deberían procurar desembarazarse de la idea (¡prejuicio!) que pesa sobre ellos: los primeros la dejar de ser meros proveedores y los segundos meros instructores. Su propósito es intentar ser auténticos y creíbles para generar confianza y seguridad, pilares de todo liderazgo.

[1] Cámere, Edistio,  Opiniones y expectativas frente al futuro en alumnos de cuarto de secundario de colegios privados.  Lima, 2017 y 2007
[2] Álvarez de Mon, Santiago, Aprendiendo a perder: las dos caras de la vida, Plataforma Editorial, Barcelona,2012, p.164

Después del covid 19… ¿qué?

Edistio Cámere

Se suele escuchar frases tales como: “la tecnología en las escuelas ha venido para quedarse”; “La educación ha cambiado, ya no será la misma” y, así otras frases de similar talante. Una cosa es cierta, para el educador los medios, los métodos o los instrumentos, son maleables, intercambiables, y operativos. La segunda razón da cuenta de que enseñar no es una acto mecánico ni monocorde: se ajusta a las condiciones de los discentes. La primera razón es porque la docencia no es mera repetición ni trasmisión neutra de conocimientos. Este ha sido el gran prejuicio que la ha estigmatizado. El docente no es un operador de la información. Su trabajo es intelectual. El saber lo incorpora vitalmente, por tanto, lo que trasmite tiene matices propios y un sello con su marca personal que enriquecen y diferencian su enseñanza. Precisamente, porque se está en el terreno de lo intelectual, de las ideas, de los conocimientos, en menos de un mes, la mayoría de los profesores en el Perú adecúo las plataformas virtuales a sus saberes. Por tanto, si después del COVID 19 se reconoce y respeta la docencia como una actividad intelectual, habremos iniciado el andar hacia la mejora en la educación. 

Una escuela no son solo sus directivos, ni sus docentes, ni sus alumnos o sus padres de familia. Tampoco es su infraestructura, ni sus medallas y logros académicos. Una escuela se configura con todas las partes mencionadas, pero es mucho más. Es vida, es convivencia, historia, unidad, el gran proyecto de la forja de personas, donde cada uno aporta solidariamente desde su índole más singular. La escuela es una institución que los agrupa, los integra y vincula a través de sus principios educativos, su cultura y tradiciones. Gracias a esos “intangibles” los colegios en el Perú pudieron organizar y funcionar como tales a pesar de que su comunidad educativa estaba, fisicamente cada quien en sus respectivas casas. Hoy en día, es la escuela la que “pasa” a través de las pantallas. Si se comprende que en el aula se enseña y en la escuela se educa, habremos dado un salto importante porque aprenderemos a valorar la unidad, el ideario, el trabajo cohesionado y a mirar la escuela toda ella como una gran situación de aprendizaje. 

Después del maltrato mediático infligido a la escuela en franca coalición con las autoridades gubernamentales, la tarea de recuperar la majestad, la autonomía y el respeto de la educación básica regular es irrenunciable. Sin confianza mutua, rectitud de intención y buena fe entre los padres de familia y la escuela como protagonistas, pero con funciones complementarias, los objetivos educativos y el desarrollo integral de los estudiantes no podría realizarse ni medianamente. Más aún, zarandeada y vapuleada la autoridad de las instituciones y de los docentes, precisamente porque el gobierno de turno no solo se entromete, sino que permite la intromisión de terceros en la escuela, dando indicaciones – muchas veces contrarias – o desacreditando a los docentes, las escuelas no cumplirían con su finalidad, ¿cómo aprenderían los alumnos a vivir los valores ciudadanos, las virtudes personales y sociales sino se les muestra con el ejemplo? Sin autoridad de palabra ni obra para convocar la inteligencia y la libertad de los alumnos difícil es formar ciudadanos comprometidos con su sociedad. La recuperación de la autonomía y autoridad de los colegios es deber ineludible después del COVID 19.  

Entre las variadas consecuencias de la emergencia sanitaria, me gustaría detenerme en dos que reclaman atención de las escuelas. La preponderancia y preocupación por la salud, sin duda, causa temor, recelo y reduce la expansividad de la vida social, al punto que recrudece el individualismo. De otra parte, no pocas personas que han redescubierto el valor de la familia y de las relaciones familiares: paternales, conyugales, fraternales y filiales. En ambos casos, la respuesta desde los colegios se traduce en atención y trato personal. Con los primeros, el soporte emocional junto con estrategias que los lleven a aceptar “al otro” como persona y no como agente trasmisor del virus. Con los segundos, la relación con los padres de familia implicará introducir un nuevo saber y quehacer en las escuelas ante el deseo expreso de esos padres de aprender sobre educación para involucrarse y participar en la formación integral de sus hijos. 

La “nueva normalidad” imagino que querrá una educación con distanciamiento, para lo cual la enseñanza – aprendizaje será unidireccional: el profesor trasmite a través de una plataforma virtual y el alumno se las arreglará como pueda. Sin el trato personal con el docente, sin el aporte – gracias a las singularidades en un aula- de los compañeros; sin la convivencia entre pares que ayuda al desarrollo de la personalidad, precisamente porque se aprende a respetar y reconocer “al otro”; sin las posibilidades del juego, los deportes, y la dimensión estética… la educación sufriría una reducción en su esencia. La tecnología, en si misma es un potente medio, a condición de que permita que el docente se acerca al sujeto de la educación: la persona. Pero sí comprime la función del docente a la trasmisión repetida de información o su tiempo – que debería ser formativo – lo consume en cumplimentar formularios y preparar reportes, entonces la tecnología ahogará y le quitará a la educación, lo que tiene de arte, de calidez y de humanidad. Después del COVID 19, queda claro que la perfección de los medios virtuales debe llevar a no perder de vista que en educación el centro es la persona: de los alumnos y de los profesores. 

EDUCACIÓN CON FAIR PLAY (2)

Edistio Cámere 

¿Los colegios son operadores tecnológicos?

Producida la suspensión de clases presenciales y el confinamiento social, como medida de salud preventiva, las comunicaciones de los padres de familia, son recibidas por una institución educativa cuya finalidad es educar y enseñar, actividad especializada en darle al  ‘conocimiento’  el  sentido pedagógico que respete las edades cronológicas y sus relaciones con otras áreas del saber. La emergencia sanitaria no ha cambiado la identidad de una escuela, que no es una empresa de tecnología cuyo propósito pueda ser lograr que sus usuarios naveguen por internet con celeridad y comodidad. Las plataformas o sistemas tecnológicos son instrumentos cuya metodología, protocolo de uso, entre otros, vienen dispuestos por quienes confeccionan los equipos y/o por quienes diseñan los programas y rutinas que permiten a la computadora realizar determinadas tareas. Toda una especialidad que requiere el sustento de conocimientos técnicos y científicos. Sin embargo, el saber prolijo y eficiente de un ingeniero de sistemas no lo acredita como educador.

A pesar de ello, la percepción, no verbalizada, que se va extendiendo con relación al servicio educativo es comparable a navegar por internet e ingresar a un buscador para que resuelva inquietudes o dudas, pero las que interesan, sin una finalidad pedagógica. Obviamente, bajo esta apreciación, cualquier pensión escolar será gravosa. El riesgo de esta emergencia sanitaria ha sido que a los colegios se les evalúe principalmente como ‘operadores tecnológicos’. Y, como tales, poco pueden argumentar a su favor. Sin embargo, no cabe duda que, los colegios se han visto espoleados a utilizar con experticia los medios tecnológicos. Queda y quedará un trecho aún que recorrer, es cierto, porque lo suyo es la educación presencial. ¡No han transcurrido ni dos meses desde que se postergó la fecha de retorno a las aulas y lo logrado, en cuanto a la utilización de entornos virtuales por los docentes, es encomiable!

Mientras dure la emergencia sanitaria, la educación tendrá que valerse de lo virtual para cumplir con sus objetivos y metas propuestas. Para comprender la denominada educación virtual, la incógnita que se tiene que despejar para calificarla es el sustantivo: educación, y, por extensión ¿quién educa y a quien se educa?  Precisamente porque se tiene una identidad, una misión, un fin, un saber, una cultura, unos valores…, los colegios y sus profesores han sido largamente capaces de remontar el reto de la tecnología. Y han sido capaces porque su apuesta y la de sus colegios ha sido y es su preparación personal y profesional, de manera que “cuanto más sepamos de una materia concreta, cuanta más rigurosidad y perfección logremos, cuanto más dominemos el oficio, cuanto mejores profesionales seamos, el uso inteligente de las nuevas tecnologías en provecho del ser humano será una feliz realidad”[1].

Insisto, la sustancia de la educación sigue siendo la misma, los instrumentos o canales han cambiado y merecen nuestra atención pero sin subordinarlos al fin. El juego es una activa forma educativa y de esparcimiento sin par para los niños. Estimula la socialización, la imaginación, la creatividad, el desarrollo corporal, la espontaneidad, el ingenio. Hoy en día, nadie obsequiaría a su hijo o hija un triciclo, bicicleta o scooter, por más que los considere necesarios para su crecimiento. Serían más recomendables los mecanos, las muñecas, los rompecabezas, los legos, entre otros, que consiguen que el niño juegue y desarrolle otras habilidades. La finalidad se mantiene, el instrumento cambia.

La educación escolar

La justa apreciación y calificación a la escuela tiene que ser la misma que antes de la emergencia sanitaria: como un lugar que educa y forma a niños y jóvenes. La educación escolar no es una aventura fragmentada; menos aún, una serie de acciones, actividades o movimientos inconexos y realizados al azar. Más bien, es un proceso temporal, concatenado y con la intencionalidad de ayudar al desarrollo de sus alumnos en sus facultades más humanas: la inteligencia, el querer y el elegir, ajustándose a sus necesidades, a sus dimensiones y a sus características evolutivas. Sin finalidad, objetivos ni sentido no se abona ni se siembra en favor del aprendizaje.

La educación escolar -aun en esta situación de emergencia sanitaria– presenta tres notas que la particularizan:
1.- La relación enseñanza-aprendizaje se sostiene porque lo que ‘pone’ el alumno y lo que ‘pone’ el docente guarda un equilibrio. El estudiante aporta sus capacidades, su interés, su disposición y su estudio. Mientras que el docente, desde fuera, ‘pone’ en común la verdad de una materia que domina con el propósito de que alumno se apropie e incorpore, respetando sus condiciones, de ese conocimiento. Ese intercambio de aportes se lleva a cabo porque el docente –al margen de los medios que deba utilizar– configura con versatilidad situaciones de aprendizaje que reclaman ‘trabajo de estudiante’; es decir, atención, concentración y su querer. En esta línea, “la adquisición del saber es un trabajo no solo porque supone el ejercicio de la razón para conquistar la verdad con esfuerzo, sino también porque se desarrolla en situaciones de trabajo”[1].   La presencia del docente no solamente configura, con criterio e intencionalidad, variedad de situaciones que armonicen el interés con lo interesante, sino que ofrece a la inteligencia del alumno el camino y la meta hacia dónde dirigirse, de manera que no se disperse y logre su incremento sistemático. “El más abrumador de los pesos para el alma es no saber qué es lo que hay que hacer”[2]. En efecto, en el colegio, su finalidad y sus profesores eliminan ese peso que abruma como consecuencia de andar a la deriva en materia de aprendizajes.
Concretamente, el rol que desempeñan los docentes se advierte en cuatro aspectos.
a) Ante la inmensidad, anchura y profundidad de los saberes o conocimientos, aquellos los acotan, los ordenan secuencialmente, los gradúan con arreglo a las dificultades, los hacen comprensibles y trasmisibles a las edades escolares.
b) Evitan la despersonalización en la recepción del conocimiento. Mas bien, procuran que el aprendizaje se ajuste a las necesidades, capacidades e intereses de cada alumno.c) Sin guía ni conductor que le señale el camino, el modo de andar, que gradúe los avances y priorice su ritmo, el alumno caerá en las fauces de la dispersión y el desánimo.
d) En la escuela, todo lo que llega al alumno pasa por la persona del profesor. El vínculo que se establece entre ambos es básico para el aprendizaje. El docente no simplemente traslada conocimientos al alumno, le comunica su relación personal, su esquema mental, su reflexión, análisis y síntesis, su forma de conocer y apropiarse de los conocimientos; todo ello le abrevia tiempo al alumno en la búsqueda y en el encuentro con su propio modo de conocer y de estudiar.
e) La relación con el docente tiene la virtud de verticalizar la instrucción. Atiende y dialoga acerca de los coloquios íntimos que tiene un alumno con una determinada materia, la que le descorre el velo de su atractivo y misterio.  El docente le descubre cualidades que, enunciadas ante sus compañeros, le incrementa su estima y confianza en sí mismo. En la relación alumno-docente, se cuelan miradas sobre el futuro, penas que se comparten, retos que se resuelven, correcciones oportunas, etc. En suma, en la educación escolar, el profesor ayuda al alumno en el discernimiento de su vocación futura. El docente –en palabras de Steiner, G.– enseña a ser cómplice de una posibilidad trascendente: la de crecer como persona.

2.- La escuela es un ecosistema del crecimiento personal.  Un alumno, desde que ingresa hasta que concluye su etapa escolar, está en constante crecimiento. Junto con el desarrollo de su cuerpo, facultades y cualidades, también crece su dimensión interior, el conocimiento y su afectividad. La naturaleza ha dispuesto con exquisita sabiduría lo que el niño puede y debe aprender y hacer en cada etapa de su vida. Por lo general, a los seis años se inicia con éxito la lectoescritura. Empezar no implica dominio; es, simplemente, una suerte de cortejo con las palabras. Nombrarlas y relacionarlas entre sí es el comienzo del proceso. Acompañar al niño en esta odisea es estimularle el gusto por aprender. Mientras que exigirle más allá de lo que naturalmente puede realizar es poner distancia entre el estudio y el desarrollo de su personalidad. Esta es una de las razones por la que la educación es un proceso que tiene que ser gradual en sus objetivos y metas, sistemático, con propósitos alcanzables en el tiempo y sensible a las características evolutivas y personales del estudiante. Todo proceso recepciona y considera la dinámica del crecimiento: “somos lo que somos en el momento presente, pero también lo que hemos sido y, en cierto modo, lo que debemos ser” (Redondo, E. 1999).

3.– Desde esta óptica y en atención al contexto de la emergencia sanitaria, la priorización curricular no resulta una mutilación al plan de estudios ofrecidos; todo lo contrario, implica un ajustarse a la realidad y por eso mismo un cambio de estrategia. Conviene enfocarse en el hoy y el ahora con miras a descubrir los nuevos aprendizajes que suscita la cuarentena en los alumnos. Trabajar la flexibilidad y la adaptación a nuevos escenarios junto con la fortaleza para descubrir y encarar nuevas oportunidades.
Pedirle resultados inmediatos a la educación bajo la especial circunstancia que estamos viviendo es desconocer que quien aprende es una persona que piensa, quiere, decide, se cansa, tiene defectos, gustos e ideales. También, implica olvidar que el hombre es un ser no terminado, que va logrando sus perfecciones en el tiempo, con avances y retrocesos. De aquí la necesidad de una ayuda exterior que lo sostenga, anime y enseñe. Esta realidad antropológica se ha pasado por alto -en esta emergencia sanitaria- porque, gracias a los rezagos del paradigma de los logros, se pretende que los colegios muestren resultados como consecuencia de la aplicación de los entornos virtuales. Cuanto más se insista en resultados que midan lo que el adulto quisiera y no lo que el niño sea capaz de alcanzar, el aprendizaje se mirará como una acumulación de conocimientos y no cómo un modo también de desarrollo de su personalidad.



  1. Álvarez de Mon, Santiago, Aprendiendo a perder: Las dos caras de la vida, Plataforma Editorial, Barcelona, 2012,  p.163.
  2. Castillo, Gerardo, Los padres y la educación de sus hijos, EUNSA, Pamplona, 1990, p.16.
  3. Guitton, Jean, “El trabajo intelectual” Ed. Rialp, Madrid, 1981. p. 48.

 

 

EDUCAR CON FAIR PLAY (1)

Edistio Cámere

Como toda emergencia, la incertidumbre, el temor y el cambio de usos y comportamientos, hicieron su aparición sin que medie un horizonte temporal de esperanza. Así las cosas, la escalada del coronavirus jalonó e influenció en toda la dinámica de la sociedad. El ingreso abrupto o disruptivo de la ‘emergencia sanitaria’ sorprendió a las familias, sin tener preparada su casa para adaptarse a esta ‘vuelta al hogar’.
Curiosamente, los ministros de los sectores productivos apuraban fórmulas y estrategias con el próposito de paliar los daños que podían causar los efectos de la cuarentena e inmovilización social. Sin embargo, en el caso de la educación, el Ministerio respectivo optó por enfrentar a los padres de familia con las escuelas, determinando que la principal solución a la pandemia era la reducción de las pensiones escolares. Esta situación, qué duda cabe, agravada por inapropiada acción del Ministerio de Educación, ha colaborado para que algunas personas o grupos exacerben sentimientos de verdadera frustración y enfrentamiento.
La perspectiva del Ministerio de Educación y sus adláteres, me hizo recordar a una fábula hindú que explica el sentido de su normativa. En cierta ocasión, seis personas ciegas tuvieron la oportunidad de tocar un elefante. Al retornar a su pueblo, les preguntaron: “¿Cómo es un elefante?”. El primero, que tocó el pecho, respondió: “El elefante es como un enorme y fuerte muro”. El segundo hombre, que cogió el colmillo, afirmó: “El elefante es pequeño y robusto, suave al tacto y con una extremo afilado, más parecido a una lanza que a un muro”. El tercero, que palpó la oreja, apuntó: “El elefante es como una enorme hoja hecha de lana que se dobla con el viento”. El siguiente, que puso su mano sobre la trompa, dijo: “Yo les aseguro que el elefante es como una serpiente gigante”. El quinto hombre, que había tocado una de las piernas, respondió: “El elefante es como una especie de poste corto y grueso. Finalmente, quien había montado al elefante por algunos minutos, dijo resuelto: “¡El animal es como una montaña movediza!” (Fuente: Todomail).
La moraleja es simple: Para calificar, evaluar o decidir acerca de una situación o persona, es preciso observar el paisaje completo: la atención y la combinación de las partes le da consistencia e integridad a la percepción y al juicio. Por tanto, esta mirada estatal ha afectado –y, en algunos casos, roto- la confianza mutua entre quienes complementariamente por vocación, educan y forman futuras generaciones, como son las familias y las instituciones educativas. También ha minimizado la historia, el prestigio, los logros académicos de los alumnos y el saber de los docentes: en estos dos meses desde el inicio del año académico, a la escuela se le percibe y aprecia como ‘operador tecnológico’, cuando lo suyo es la educación.

Superposición de actividades en el hogar

Un efecto muy visible de la cuarentena ha sido la vuelta al hogar, no en sentido afectivo sino en el sentido de ‘permanecer y estar’ intensamente en casa, en la mayoría de casos, sin tener preparado el ambiente para esta ‘vuelta al hogar’ y su conversión en el lugar donde se desplegarían simultáneamente la vida laboral, de estudio, recreativa, de tareas del hogar, etc. La simultaneidad, sin duda, ha generado una especie de nudo gordiano que hasta ahora cuesta desatar, pero no por falta de capacidad o buena voluntad sino porque la persona requiere, normalmente, de distintos espacios y ámbitos en los que desarrollarse y extender sus posibilidades y virtualidades. Al mismo tiempo, cada ámbito tiene definidas ciertas funciones, deberes y responsabilidades a cumplir.
La persona, “tanto desde el punto de vista antropológico como social, necesita de situaciones y contextos que le permitan actuar y relacionarse con otros ejercitando su libertad” (Bernal, 2005, p. 172). Así, hoy día, mientras los adultos están centrados febrilmente en los afanes que el día a día impone, detrás marchan los niños, chicos inquietos, prontos al juego, despreocupados y metidos de lleno en las cosas propias de su edad. ¡Qué diferentes son las dimensiones de las cosas que ocupan a los niños y a los padres!
En suma, sin colegios que acojan a sus hijos, los padres han tenido que lidiar con las consecuencias de los cambios abruptos en los usos y estilos de vida personal y familiar. Y exactamente la misma situación enfrentan los maestros, para quienes, además, el uso de nuevos métodos ha supuesto largas horas de trabajo sumadas a sus obligaciones familiares y domésticas.   El estremecimiento ha sido fuerte.

Aprendizajes en casa
Un alto costo de la cuarentena ha sido la permanencia en casa impuesta a un niño o joven cuando, por razones evolutivas, los suyo es crecer, socializar y jugar con su grupo de pares, tanto en el ámbito escolar como en el familiar, social y amical. La variedad de espacios en los que se desenvuelven, contribuye a que niños y jóvenes aprendan a “estar” con solvencia; es decir, aportando y asumiendo los compromisos que generan los diferentes ambientes.
Sin embargo, como no hay alternativa, conviene también mirar cualés pueden ser las posibilidades que la situación ofrece. La primera da cuenta de la ocasión brindada para reaprender a ‘saber estar’ y ‘mirar el hogar’ con aquella mirada en la que “el corazón hace un recorrido desde el interior para posarse en la pupila para tomar contacto directo con las supremas realidades sobre las que reposa toda la existencia humana: la vida (la persona) y el amor” ([1]).
Estos días, en apariencia iguales, enseñan a mirar las cosas con otros ojos: a apreciar aspectos desatendidos o atenderlos con la intención de comprenderlos en su real dimensión. Así, en esta especie de volver a casa, en frase feliz de Rafael Alvira, se descubre que el amor -verbo majestuoso y grandielocuente en boca de poetas, literatos y filósofos- prefiere, sin perder un ápice de su categoría, mostrarse y expresarse en la trama de la vida cotidiana, con signos tan sencillos pero arrebatadores como una sonrisa, un beso, un abrazo, la atenta escucha, un espaldarazo ante una díficil decisión.
Para los padres, se han ampliado las posibilidades educativas en casa; por ejemplo, cuesta establecer el arco del tiempo libre necesario para descansar, para trabajar, para saber estar juntos. Las actividades laborales, de estudio, sociales, etc. en tiempos normales, se despliegan en otros espacios de manera que, al filo de la jornada, al regresar a casa se abre el ‘tiempo libre’ y el ‘estar en familia’. Hasta hace poco, al regresar de la escuela, el estudio, el aseo, el descanso, ocupaban buena parte del tiempo del hijo. Hoy, los padres tienen que remontar el aburrimiento, ‘el costo de hacerse un horario propio’, el aprender a hacer actividades caseras, hobbies, cultivar lo cultural, lo artístico, retomar la comunicación virtual con los amigos…
La casa es un espacio que acoge, protege y da seguridad a los miembros de la familia. Por ello, un modo para que nuestro hijo valore el ‘recinto hogareño’ es responsabilizarlo del cuidado y mantenimiento de su ‘rincón privado’ y procurar que, con generosidad, participe en la organización y tareas de las actividades familiares que se programen. La colaboración en casa, además que perfila destrezas y cualidades, es una manifestación de afecto porque busca hacer más agradable la estancia en casa de las personas con las que se conviven en la familia.
Por último, a pesar de la superposición de lugares, las relaciones familiares: paternales, fraternales, filiales y conyugales, continúan activas e intensas, por lo que, promover la conversación ayuda a que el niño o joven desarrolle su inteligencia, aprenda a expresarse y manifestar sus sentimientos en un ambiente de respeto y acogida. También, que ejercite su iniciativa, autonomía y toma de decisiones. El hogar, bajo la supervisión de los padres, constituye un espacio pródigo en oportunidades y alternativas para que, a los hijos, desde pequeños, se les estimule a que se hagan cargo de su vida como una tarea y sean autores de su propia biografía.

[1] Pieper, Joseph, Teoría de la Fiesta, Ed. Rialp, Madrid, 1974, p. 16.

 

¿QUÉ PROFESORES PARA EL SIGLO XXI?

Edistio Cámere

Imaginar cómo debería ser profesionalmente el docente es una mirada al futuro y una buena práctica de gobierno. Sin embargo, conviene tener en cuenta que el futuro – por las expectativas y la gestación de proyectos o emprendimientos, es más atractivo que el presente si no lo fuese quedaríamos atrapados y regodeándonos en el ahora, pero el gran reto que plantea el futuro es llegar siendo mejores que en el presente, con lo cual, es tarea imperativa no descuidarlo ni desaprovecharlo.

¿A quien compete imaginar la educación en el futuro? ¿Quién debería leer las necesidades de los alumnos, las demandas del mercado o los resultados de las investigaciones? ¿Le corresponde a la academia, a los expertos, a los analistas, a los consultores, a los gremios, al Ministerio de Educación, entre otros, a definir el perfil del docente? Sin desmerecer un ápice, su importante ayuda creo, que la llamada a precisar el tipo de docente que querrá es la misma escuela. Primero, porque la formulación general y universal de un perfil o tipo profesional tiene que especificarse, que concretarse en orden al quehacer o función que aquella espera que desempeñe. En una escuela, el futuro se convierte en presente.

Segundo, en el aula se enseña, pero en la escuela se educa. Por tanto, el perfil del docente se dibujará en relación con lo que ponga y proponga la escuela para trazarlo: su ideario, sus políticas, su cultura y su visión corporativa de la docencia. Tercero, el docente no es un verso suelto en el poema de la educación ni un quijote lidiando solo en la intemperie contra los factores que la amenazan. En el marco de un enfoque institucional o corporativo, la escuela reconoce al maestro como pieza fundamental, conformando parte de un claustro dentro del cual se multiplican y potencian sus capacidades. Cuarto, lo propio del profesor es aportar a la educación haciendo circular entre sus alumnos- mediante la trasmisión de conocimientos y de su expertise didáctica – la cultura del colegio. Por último, el modo de ser y la filosofía de un centro educativo señalan, por un lado, las cualidades profesionales que debería tener y/o adquirir un docente; y, de otro lado, el patrimonio personal que trae y porta consigo el docente, en términos de visión, valores y virtudes, los tiene que priorizar, perfilar y alimentar con el saber, tradiciones, políticas y cultura de la escuela.

Con el propósito de conocer cómo sería la educación en el futuro el año 2018 ([1]) se aplicó un cuestionario a 300 jóvenes profesionales, entre 25 y 35 años para intentar conocer su visión, expectativas, recuerdos y deseos… acerca de la escuela que querrían en el caso que tuvieran sus hijos en edad escolar. Se cuidó que cumplieran con ese requisito, precisamente para que las respuestas fueran menos subjetivas.

Ante la pregunta: ¿cuáles son las 3 mejores cosas que tenía tu colegio?  El 41.3% dijo que los profesores. El 34% señaló la infraestructura y, un 24.3% la formación académica. En cierto modo, el 65.60% de la muestra considera al docente como lo mejor de su colegio, si se toma en cuenta el porcentaje de la formación académica en la que aquel tiene un rol protagónico. En un segundo análisis si quiso saber – con más detalle – razones personales de dicha elección. Las respuestas más repetidas fueron: “docentes capacitados, buenos, con valores, con prestigio y con altos estándares y con paciencia”. En resumen, los encuestados no aprecian que el docente sea un mero instructor o trasmisor de conocimientos, que sea distante, que este metido en su mundo sin escuchar a sus alumnos y que mida tan solo sobre la base de estándares. Valoran, más bien del docente sus aptitudes profesionales, como persona y su modo de relacionarse con sus alumnos, entre otras cualidades.

¿Qué profesores para el futuro? Las escuelas deberán buscar y formar profesores que sean: buenas personas, capaces de inspirar ideales, iluminar inteligencias, acoger a cada alumno en su condición de singular, tener una visión corporativa de la educación y tener posesión de una amplia gama de alternativas didácticas. El profesor del futuro tendrá que ser mejor como persona y profesional que el del presente, el cambio comienza por quienes  están hoy en la escuela.

[1] Cámere y otros, “Encuesta a jóvenes profesionales”, Estudio cuantitativo, inédito/ Mayéutica Consultores, Lima, 2018

 

Querer lo mismo

Edistio Cámere

Lo vivido, las experiencias, los aprendizajes, las relaciones, etc. dejan sendas huellas en el interior de cada persona y, por extensión, en las capacidades y facultades utilizadas. El tiempo así expresado permanece. El hombre no puede detener el tiempo ni su vivir, mientras acepte vivir su vida, podrá sacarle partido al tiempo del que dispone.

La gradualidad en la realización personal y el ritmo temporal conversan, armonizan y se complementan, tanto es así que los actos que el hombre ejecuta: adquirir conocimientos, adiestrarse en nuevas prácticas, emprender proyectos, o establecer relaciones interpersonales, implican que en esas operaciones intervienen capacidades y disposiciones que al ser confrontadas o exigidas al inicio, durante y al final de una acción, son conmovidas al punto que en ellas, se introduce una suerte de novedad: la primicia de su mejora. Precisamente, gracias a esa mejora, dichas capacidades se reconfiguran, de manera que, están en presencia aptas y sincronizadas para abordar nuevas, similares o distintas operaciones con mayor eficiencia, pertinencia y celeridad, con lo cual, se consigue con mayor éxito aprovechar y hacer rendir el tiempo.

Aprovechar el tiempo supone la formulación libre y personal de objetivos, propósitos y finalidades que no remiten ni se aparcan en la acción. Sin un impulso o un sentido subjetivo o trascendente la perfección alcanzada por las capacidades podría estacionarse en la mera complacencia con los elementos que prohíja lo meramente útil o placentero. Un por qué, o un sentido es capaz de hacer sincronizar en la acción la presencia en acto de las cualidades requeridas en el tiempo del que imperiosamente se dispone.

La persona, en su condición de unidad autónoma determina sus propios objetivos y pretensiones, pero como no vive en solitario se nutre por afinidad, por imitación o por convicción de “otros” o de instituciones que le ofrecen la ocasión de desplegar sus capacidades y concretar sus objetivos. Es interesante advertir que, si bien, el trabajo dispone a la realización personal, tiene una clausula: no puede ser en cualquier lugar ni, de cualquier forma. ¿El salario percibido es suficiente? Su importancia no se minimiza, sin embargo, el dinero es un medio que remite a otros fines de distinta índole, que por lo general se satisfacen fuera del ámbito donde se consiguió.

De otro lado, cumplir una labor siguiendo a pie juntillas los manuales, los procesos o las rubricas instadas por una organización no parece encajar con la composición que configura acerca de desempeñarse en un puesto de trabajo atractivo y gratificante. Cuando no empatan – en lo sustancial, siempre existen divergencias – mis propósitos con los de la organización, el conflicto interior al inicio se esboza, con el tiempo se convierte en un cuadro en el cual el trabajar por dinero exclusivamente o repetir sin ilusión mecánicamente la misma tarea diariamente lo pintan con colores oscuros y grises y pocas sombras claras.

En la escuela

Querer lo mismo y rechazar lo mismo es la traducción de la máxima latina: “Idem velle, idem nolle” usada como expresión de sintonía: un pensar y desear en común, puede ser entre amigos, entre cónyuges, con un ideal, con un partido político, con una institución…etc. Precisamente, una que trasmite, que ‘contagia’ conocimientos, estilos de vida, juicios morales, criterios estéticos, valores, ideales y futuros pensados, relaciones interpersonales, y, un largo etcétera, es la escuela. Por tanto, el quehacer docente no sea agota en lo operativo y procedimental, en todo caso, ellos son una suerte de pértigas que lo lanzan hacia territorios macizamente humanos: las ideas, el pensamiento, el querer, el decidir, los ideales, las convicciones, los afectos y, sobre todo la libertad para autodeterminarse.

La relación profesor- alumno no predica neutralidad como, en rigor, ninguna relación interpersonal: en el extremo inferior se produce un intercambio de presencias y en el superior, un encuentro de intimidades. La edad del alumno y la recurrencia en el trato personal adiciona a la relación con el profesor el afecto, en sus distintas manifestaciones: cariño, admiración, benevolencia, simpatía…

Una relación que prohíja tales condiciones, sin duda, facilita la comunicación, acoge y centra su atención en la persona del alumno a la par que procura respetar su exquisita singularidad y libertad. Sin embargo, para que prospere y se mantenga en el seno de un centro educativo, sin menoscabo de las habilidades que de partida cuente un docente, debería ser formulada como política educativa, introducida en el plexo organizativo como cultura y, fundamentada con razones que: a) Tengan la fuerza y el cariz teórico como para iluminar la inteligencia, de modo que estructure convicciones, inferencias y pensamientos; b) que sea capaz de mover a la acción … y que en cadena atraiga con el ejemplo, actuar a otros ; y, c) que tengan el vigor para impulsar cuando el cansancio, la rutina y otras particularidades cotidianas afecta la intención y finalidad del quehacer docente. Dicho en modo educativo. El ideario o la visión que anima la escuela debería de ser de tal fuste, que un docente, mediando la materia que dicta, lo trasmita – con naturalidad y sin poses artificiales – con la palabra y con la conducta.

Para que el profesor quiera y rechace lo mismo tiene que existir coincidencia, no ciertamente en el modo de dictar una materia sino en los grandes objetivos que animan a la escuela y al propio docente. Con el desencuentro se corre un doble riesgo: afecta el propósito de realización personal del docente y, por defecto su labor profesional; y, del lado de la escuela, la continuidad y la vigencia vigorosa de su ideario o visión educativa. Desde esta perspectiva, el éxito de un colegio no solo debería medirse por los resultados cuantitativos: estos se obtendrán con creces si los docentes quieren lo mismo que la escuela.

La estrategia y el esfuerzo en la capacitación y formación de los docentes debería residir en el intento de asociarlos, de hacerlos coparticipes en el ideario. El tiempo invertido en discutir, reflexionar y comprender su contenido será valioso en tanto que, al hacerlo propio, con la versatilidad y expertise de la docencia podrán trasmitirlo y “contagiarlo” a sus alumnos. Querer lo mismo implica un compromiso profesional y personal que libremente se asume porque tácitamente se ha establecido una alianza en pro de un objetivo común. La búsqueda compartida de un mismo propósito premia al quehacer docente para que con autodeterminación profesional pueda reflexionar y decidir entre los medios que dispone para alcanzar los objetivos previstos. Y a la escuela la premia con la unidad de convicciones y quereres que la impulsan corporativamente.

 

 

LA ESCUELA: RETOS NO MENORES

Edistio Cámere

En apretada sintesis, la escuela que valora la unidad y consistencia de su propuesta educativa enfrenta, hoy en día, tres retos que, en solitario, mas tarde y mediante alianzas o confederaciones, mas temprano, tendrá que resolver.

1.- El imperio del consumo predica la conversión de alumnos en clientes, a quienes se les tiene que complacer en lo que soliciten o crear necesidades acordes con la sensibilidad de los padres. Importa más el consentir que mantener la unidad y coherencia en los principios y en el estilo de la escuela.  En cierto modo, su centro: la educación y formación se desplaza a procurar que el alumno la pase bien. Este desplazamiento afecta la identidad de la escuela y de la docencia como profesión. Su finalidad es enseñar – con arte y gracia – para que el alumno aprenda. El aprendizaje requiere sistema, tesón, orden y respeto a los compañeros. Mas que divertidas las clases tendrían que ser interesantes y el alumno no debería realizar lo que le apetece ni en el momento que se le antoja. El imperio del consumo, sanciona que el esfuerzo, compañero fiel del estudio y del aprendizaje, tiene que morigerarse. Y la exigencia por obsoleta eliminarla porque según sus defensores afecta la estabilidad y libertad del alumno.
El consumo ofrece “éxito” “status”, mediciones, resultados, tecnología de punta, y maratónicos procesos de competencia entre las escuelas … para ello se tiene que recurrir – entre otras opciones – a las acreditaciones, a las franquicias, a los convenios internacionales, a los viajes de intercambio, a veces, a costa de poner a un lado, aspectos más centrales de la propuesta educativa. Obviamente, encarece el servicio educativo porque la escuela tiene que formar consumidores y contribuyentes: léase, ciudadanos que nutran al estado y al mercado.

2.- La intervención del Estado es una práctica ordinaria y de larga data. En la actualidad so pretexto de luchar contra la corrupción, la informalidad y la baja calidad educativa, el Ministerio de Educación (MINEDU) pretende impulsar e implantar una visión y un pensamiento único y uniforme, contrariamente a lo que predica una sociedad democrática y plural. Sin embargo, al no contar con argumentos enjundiosos, ni con una gestión eficiente, menos con resultados que respalden sus políticas, ha optado por utilizar su poder de legislar pergeñando irregularidades, determinando sanciones y cuantificando multas.
Ese  poder normativo que ostenta el MINEDU ha devenido –a  mi juicio – en coercitivo y, por tres razones: a) Es parcializado, su foco es la escuela privada, a la que con el sanbenito de lo informal o de lo mercantil, las cuestiona y sanciona; b) Los estandares de calidad a los que invoca para medir y multar, ¿los ha implementado con éxito en sus colegios? ¿Sirven como modelo? De lo contario ¿con qué autoridad moral se arrogan la competencia de evaluar a los colegios que no caen bajo su gestión?; y, c) Las sanciones pecuniarias (cf. DU. 002- 2020) constituyen ingresos propios y, si a ello le sumamos el aumento en la discrecionalidad del funcionario, la consecuencia es obvia: la vitalidad de la escuela privadas corre el riesgo de “secarse” por exacción.
Las multas no tienen como propósito el enseñar o el corregir. El legislador “tiene la certeza” de que “intencionalmente y con malicia” la escuela transgrede una norma; por tanto, el monto tiende a paralizar, a quebrar las defensas económicas de un centro educativo. El MINEDU es uno de los pocos ministerios que anualmente se le ha asignado mayor presupuesto. ¿Qué razón poderosa justifica que tenga el poder de inflar más sus arcas?
No satisfecho con su posición de dominio – ojalá fuera porque destaca en lo pedagógico, en la gestión, en la elaboración de documentos de estudio y de promoción de la investigación – ha entrado a competir deslealmente con la educación privada. Los medios de comunicación han dado cuenta de que el MINEDU ha incrementado los sueldos a sus docentes, lo cual es loable y lícito. No obstante, para que se equitativa y justa dicha medida, los privados deberían de tener la misma versatilidad para hacer lo propio con sus maestros. ¿Habrá olvidado el MINEDU que en los colegios de su competencia (los privados), los padres de familia pueden dejar de pagar las pensiones escolares todo un año lectivo, gracias a que cuentan con su apoyo? ¿Habrá olvidado también que las escuelas privadas para corregir sus precios – siquiera a nivel de la inflación – tienen que pedir la anuencia de la Instancias intermedias educativas estatales? En buen romance, la brecha salarial entre los docentes de las escuelas públicas y no estatales, la acentúa el MINEDU, dificulto – salvo que muden las reglas de juego – que los colegios particulares puedan cerrarla

3.- El enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes se configura por la confluencia de corrientes de pensamiento asentadas en el corpus normativo de una sociedad con miras a cambiar costumbres, estilos de comportamiento e intereses culturales. El “enfoque de derechos” torna difícil enseñar a un alumno que cada uno es responsable de sus propios actos y que es viable convivir con orden en libertad. Si la presencia de las instituciones, de la autoridad, de las normas son percibidas como enemigas de mi sentir, de mi individualidad, de mis apetencias, entonces, la convivencia, la fraternidad, la familia, la comunidad y la sociedad difícilmente podrán cumplir con sus fines.
La acentuación e iluminación de los derechos y el oscurecimiento de los deberes termina por sobre dimensionar el individualismo a costa de las relaciones interpersonales y las relaciones con la comunidad y/o las organizaciones. Más aún, si mis quereres y sentires cuentan con el respaldo de las leyes y de los políticos y funcionarios, las sociedades intermedias pierden consistencia y unidad. Cuando una persona incumple con un deber contraído previamente con una institución, lejos de asumir su responsabilidad, muda ese deber en un derecho vulnerado, con la anuencia legal del Estado. El efecto es devastador para cualquier institución: si hoy fue ese deber, porque mañana no podría exigir cambios – que miran al propio beneficio – al interior de aquella. La morosidad es un claro ejemplo de esta actitud: enfoque de derechos sin una perspectiva de deberes.
En conclusión, la escuela privada tiene el gran desafío de luchar por preservar su prestancia, unidad y autonomía institucional. Las amenazas descritas la afectan, pero no al extremo de que desista o se desvié de su naturaleza o finalidad. Su presencia y vigencia garantiza la variedad y pluralidad de propuestas educativas, para que el padre de familia opte por la que más se acompase con su visión educativa familiar. A la escuela le compete la promoción de la cultura occidental-cristianos, ofrecer un visión realista, viable y esperanzadora del país, para que sus hijos se comprometen a hacerlo crecer, sin descuidar los valores de la peruanidad, de la solidaridad, de la justicia y de la paz.
La educación privada sigue en aumento y no precisamente por estimulo del Estado. Este fenómeno tiene que evaluarse con sinceridad y sencillez. Por lo pronto, es motivo para que el MINEDU en vez de mirar la paja en el ojo ajeno, ponga las barbas en remojo.

 

En defensa de la Escuela

Edistio Cámere

La Comisión de Educación del Congreso de la República puso en el asador este pasado 3 de junio– aprobado por unanimidad – un dictamen mediante el cual determina los procedimientos para poner coto a la morosidad – en creciente alza-  en el pago de las pensiones escolares. Digo en el asador porque la educación, como todo lo que hace referencia a lo más consumado del hombre, es un concepto equivoco: sus diversas interpretaciones, visiones o actividades no hacen sino enriquecer su trascendencia. Pero esa apacibilidad conceptual se mal usa cuando se la coloca entre bandos contrarios: derecho-deber; libertad-responsabilidad; gratuidad- no gratuidad; control del estado- autonomía; pensamiento único- pluralidad de opciones; creencias religiosas- laicismo; el colegio- los padres de familia; el estado- los ciudadanos, etc… Mientras se aticen las brasas de lo antagónico, de la dialéctica, de los opuestos, los acuerdos y soluciones a los que se lleguen serán frágiles o impuestos por grupos de poder o por un Estado impersonal.

Los colegios privados han implementado unas buenas y razonables prácticas – sistema de becas o reducción en el monto de la pensión – conforme a las cuales los padres de familia que por motivos económicos estructurales o por el número de hijos no pueden pagar el monto pactado. Además, en virtud de la promulgación de la ley N° 23585 del 28/02/1983, los colegios y universidades privadas están obligadas a otorgar becas completas ante el fallecimiento del padre o del tutor. Solo una mente malintencionada es capaz de construir la figura de un director que categórica y malintencionadamente se niega escuchar y apoyar a unos padres que atraviesan una situación crítica. ¡Pensar en colegios descarnados e indolentes suena a mero prejuicio!

Si las escuelas ofrecen alternativas que permiten la continuidad de los estudios de los alumnos cuyos padres atraviesan criticas situaciones financieras, ¿cómo se debe interpretar la morosidad? ¿cómo un estilo de vida? o ¿será que responde a una efectiva insolvencia pecuniaria? Si fuera insolvencia ¿en el mercado ningún proveedor se mantendría en pie? Usualmente, la puntualidad es mayor que la morosidad. La honra y el cumplimiento de las obligaciones es superior que la deslealtad con los compromisos. Por tanto, una ley que premia la morosidad perjudica esencialmente a los servicios educativos. En primer lugar, es una medida populista. Quienes cumplen con sus pagos, a la vez que subsidian a los incumplidos, reciben servicios mediocres: por tanto, entre el usuario y el proveedor se establece una relación precaria, quien los presta no tiene cómo mejorarlos y, quien los paga no los recibe en condiciones óptimas ni menos puede exigir un mínimo de calidad, porque los primeros se excusan aduciendo que no le pagan.

En segundo lugar, termina subyugando a la escuela a intereses particulares.  Si el usuario de un servicio educativo advirtiera que un superior – en este caso el Estado – lo exonera de la responsabilidad de su contraprestación, no solamente se sentiría confirmado sino alentado para incursionar en otras regiones de la escuela para acomodarlas a su particular provecho. Si hoy día es el dilatar los desembolsos, mañana puede ser la modificación de una nota o la remoción a un docente…etc.  En tercer lugar, la suma de las dos anteriores da como resultado la quiebra, la fractura de un centro educativo. Al no contar con la majestad de la unidad, con la autonomía institucional y con los recursos económicos, se le condena contravenir con la naturaleza, propósito u esencia que anima su existencia. El populismo conmina a las instituciones a transitar por la medianía.

Por último, conviene desmontar la teoría que aduce en favor de la morosidad, el derecho a la educación. Esa prerrogativa no está en tela de juicio ni se pretende vulnerar. El derecho a la educación en los niños y jóvenes supone el deber de ejercitarlo. Sin embargo, ese deber – irrenunciable – por naturaleza y por la ley es competencia de sus padres. Las escuelas se constituyen en ayudas calificadas. Aquellos son quienes tienen que velar para que sus hijos inicien y culminen sus estudios escolares. Por tanto, despojémonos de eufemismos y de frases políticamente correctas, para que con recta intención, razonables normativas y mucho respeto al sentido común, quienes prestan el servicio y quienes tienen deber que sus hijos gocen su derecho a educarse, encuentren soluciones no precarias sino duraderas.