REPENSANDO LA EDUCACION PRIVADA

Edistio Cámere

1. Toda acción humana tiene un autor, es atribuible a una persona concreta con nombre y apellidos. En la medida en que es arrogada a un sujeto se le puede denominar: privada, personal, individual o particular; desde la óptica de la influencia, impacto o radio de acción no es privativa, es pública.

2. La educación llamada pública no es “gratuita”, su costo se paga indirecta y solidariamente a través de los impuestos; mientras que en la escuela privada los costes son asumidos por el padre de familia. Atendiendo a esa sola diferencia se corre el riesgo de etiquetar como social y humanitaria la una y exclusiva y elitista la otra. Cuando en verdad, el precio de la educación privada incluye el costo de la educación pública.

3. En una sociedad democrática, las opciones educativas deben ser variadas y diversas. La pluralidad de la oferta para que calce con la libertad de elección reclama que los colegios se distingan entre sí en mérito a su proyecto educativo, a su cultura y procedimientos que – conocidos con anticipación – permitan una acertada y justa elección. Un tipo único de escuelas no se condice con una sociedad plural y, en último extremo con las familias que cuentan con objetivos educativos diferentes.

4. La iniciativa privada en educación constituye el conjunto de actividades que se despliegan en orden al bien de la sociedad, nacen de las energías de personas y son sostenidas por personas. Lo suyo no es competir ni ser mejor que la pública. Su propósito es garantizar la vigencia de la pluralidad de ofertas educativas en de modo que exista libertad para fundar escuelas y decidir qué tipo de educación se desea para los hijos.

5. La educación pública tiene por objeto asegurar que nadie sea vea impedido, por razones de diversa índole, de recibir una buena educación; por tanto, el Estado no debe conformarse con facilitar la cobertura educativa, justamente porque sus usuarios no tienen alternativas para elegir, le corresponde – sobre todo – brindar un servicio educativo de alta calidad.

6. Un sistema democrático que hostiliza la iniciativa privada, imponiéndole el cumplimiento de trámites y procedimientos farragosos para su ejercicio, atenta contra los principios fundamentales, induce a la anomia social, entra en litigio con el sentido común y con la gramática de la realidad.

7. La libertad de enseñanza impide el pensamiento único digitado desde las esferas del poder de turno; a su vez permite que los padres de familia opten por la propuesta educativa que coincida con su filosofía u objetivos familiares.

8. En una escuela, el plexo de relaciones interpersonales predica que los docentes no solo se aplican al logro de metas objetivas y cuantificables. La escuela ofrece servicios difícilmente cuantificables, menos aún valorables. La educación es una tarea en que la ayuda es superior al servicio de enseñanza prestado. “Hay una neta diferencia conceptual entre servicio y ayuda en razón de su finalidad (…) En el servicio, el tomador es alguien que recibe el bien, y es por tanto un receptor pasivo. En cambio, en la ayuda, el destinatario es alguien reforzado en su propia acción, y dicho refuerzo es precisamente el bien que se ofrece; el ayudado es un agente activo” (Altarejos, F. 2003, 43)

9. A diferencia de la industria y del comercio, el quehacer educativo incluye “insumos intangibles” que operan al margen de las leyes del mercado. Son impagables, su valor no se puede tasar: el consolar a un alumno cuando está triste; alentarlo cuando arrecia el desánimo; corregirlo cuando yerra; orientarlo para mejor elegir; reconocer sus logros o simplemente escucharlo…

10. La neutralidad que caracteriza la relación entre un vendedor y un comprador cualquiera no se predica en la relación docente– discente. La dinámica de la convivencia, el trato personal, las manifestaciones propias de la edad de los alumnos, fecundan en la relación el afecto, la preocupación, y el cariño. Al componente afectivo -“insumo intangible”- no se le puede poner precio. Desde esta perspectiva, a la educación no se le puede entender exclusivamente con las claves del mercado.

 

Exigir: ¿un dilema para el docente?

Edistio Cámere

 

La exigencia es una palabra usada con frecuencia en el lenguaje coloquial, pero con un significado prestado del campo jurídico. Desde esa perspectiva la exigencia connota una acción límite o extrema que se manifiesta cuando se niega o atropella algún derecho reputado como tal por quien reclama. En cierto modo, el sentido de exigir predica cierta presión, que intimida con el propósito de lograr una determinada conducta en una persona. El exigir se convierte en un derecho – de quien demanda – y una obligación de parte del exigido. Sin embargo, la acepción del termino exigir no puede extrapolarse sin atender el contexto en el que se pretende aplicar. Utilizado en el ámbito de la educación, la exigencia contiene matices que le otorgan un significado positivo en razón del por qué y el para qué, es decir, en virtud de su finalidad que al propio tiempo aquella se convierte en un deber para quien educa.

La educación no se resuelve exclusivamente en términos de instrucción, abarca a la persona como una unidad integral, por tanto, toda acción educativa propiamente dicha, es formadora de personas a través precisamente de la persona del profesor. Hecho que predica un doble compromiso: buscar el propio crecimiento junto con el procurar hacer crecer al alumno. El “ir por delante” incoa la conquista de la autoridad y del prestigio, cauce adecuado para el autoeducación del alumno.      

El exigir que equivale a intervenir es consustancial al quehacer docente, máxime si los alumnos están en franco proceso de maduración y en ese intento reclaman ayuda y auxilio para hacerlos capaces de desarrollarse como personas. La exigencia no es sinónimo de imposición ni autoritarismo, tampoco implica un abuso de sanciones y castigos. Exigir es corregir, contener acciones que atentan contra la convivencia, por sobre todo entraña apelar, sugerir, proponer alternativas, en el marco de una relación donde el dialogo y el ejemplo predominan. El alumno necesita referentes, modelos, conductas que iluminen su caminar ofreciéndole huellas esculpidas a fuerza de compromiso y entrega y competencia, para avanzar seguros y firmes. “La única forma de comenzar a aprender cómo comportarse rectamente es ver cómo se comportan quienes me rodean y empezar a imitarles, atraído por el resplandor que la conducta recta lleva consigo” ([1])

En la medida que el docente asuma como oposiciones relativas, es decir, complementarias que se reclaman mutuamente, conceptos tales como docente-alumno, autoridad-potestad, autoridad-libertad, sabrá ubicarse prudente y eficazmente en su justo medio. Entonces, su intervención estará signada por el bien común del aula y el bien particular del alumno.

La exigencia o la intervención se hará más onerosa y engorrosa en la medida que su finalidad sea la propia complacencia. El interés propio es mal y desleal consejero, no transcurre mucho tiempo para traicionar. Más cuando aquellas se dirección al bien del alumno, el tiempo se torna en buen aliado, el resultado será su libre adhesión, antesala del autoeducación: el educando consentirá que el profesor escriba en su biografía. Así como para caminar se necesita apoyar los pies en el suelo, los alumnos para crecer requieren de límites, de ejemplo, de afecto y de un respeto e interés genuino.

La libertad que es el gozne en que se cifra la vida humana, se despliega en su real apogeo cuando el profesor es capaz de que al alumno se comprometa con su propia educación, considerando sus razones, argumentos y proposiciones. También crece la libertad cuando se le enseña a pechar las consecuencias de sus actos voluntarios.

El exigir no es un dilema funcional, es un dilema ético, cuya inhibición o exageración terminan por lacerar la finalidad de la educación.

 

[1] Llano, Alejandro, “La Vida Lograda”. Ariel, España, 2ª ED. 2002, Pág. 128

LOS OBJETIVOS EDUCATIVOS DE LA FAMILIA ¿CUENTAN?

 Edistio Cámere

            Roberto y Teresa están prontos a recibir a su primer hijo. Como buenos, ilusionados y previsores padres tienen todo planificado: el nombre, la clínica, los padrinos de bautismo, el color del ajuar, el médico pediatra… y un gran etcétera. No obstante, en sus miradas se colaban trazas de aflicción. ¿Qué les faltaba? La elección del colegio.

            En efecto, en los tiempos que corren elegir y encontrar cupo en un colegio se ha convertido en una estratégica y laboriosa ocupación paternal. La variedad de opciones a su disposición es un atributo de sociedades democráticas. Sin embargo, en algunas de esas sociedades campean, intentos por imponer un estilo o propuesta educativa única, digitadas desde las altas esferas de sus gobiernos. Suena a paradoja, no obstante, su contumacia, que, en un régimen democrático, a la capacidad de elección, extendida como un derecho en los padres de familia se oponga el voluntarismo educativo de un gobierno empoderado por el voto popular.

            El derecho a elegir se ejerce en la medida que existan alternativas no solamente en número sino también en características y contenido. Esta pluralidad y pluralismo se sostiene y dinamiza gracias al acceso y aporte de la iniciativa privada, tanta como el emprendimiento y compromiso social de sus agentes y como la normativa vigente lo permita. En educación, por el contrario, las escuelas públicas no pueden predicar ni pluralidad ni diversidad; entre otras razones, porque su promotor es el Estado y, porque el servicio que brindan mira más a la justicia. Lo suyo es atender a familias pobres o extremadamente pobres, quienes matriculan – en un porcentaje significativo- a sus hijos precisamente por razones de estrechez económica, por tanto, en atención a su reducido margen de libertad, las escuelas públicas poseen atributos similares entre ellas, pues, en atención a su reducido margen de libertad, el estado debe mostrar un fino respeto a los objetivos y estilos educativos diferentes de las familias vinculadas a sus escuelas. El deber sería que el estado les garantice la gratuidad de la enseñanza, al tiempo, que les permita elegir el tipo de educación que desean para sus hijos mediante la entrega de los denominados cheques o bonos escolares.

            La sola mención a educación privada remite a pensar en términos de lucro. ella única y exclusivamente en términos lucrativos. La artillería ideológica para que cumplió con su cometido. No obstante, en la vida real, la educación privada no se reduce a lo económico. Tiene muchos más predicamentos que mostrar. Si el dinero fuera una barrera, las escuelas privadas estarían agonizando por la carencia de relevos en sus estudiantes, y la pública superada largamente por la ingente demanda. Por el contrario, en el caso peruano, las escuelas de gestión no estatal se han incrementado significativamente y, por ende, los alumnos. Explicaciones varias. Prefiero pensar que los padres confían y tienen la esperanza que – estando en ellas – sus hijos ‘tendrán un buen futuro personal y profesional.

La presencia de la educación privada estimula y vitaliza la cultura de un país.

  1. Cada matrimonio, constituido por un hombre y una mujer irrepetibles y singulares, funda una familia y pone un hogar marcado por sus personalidades en constante fusión, valores y estilos educativos familiares distintos, en su suma, configuran una cultura que se perfila como continente y contenido de la crianza de sus niños. ¿Por qué obligar a que está variedad y riqueza natural y reconocida, desaparezca ante la presencia de un solo tipo de educación?
  2. La libertad se ejerce en la medida que existan alternativas u opciones educativas, sin embargo, para elegir acertadamente, considerando que cada estudiante habita trece años en una escuela, ambos, colegio y padres tiene que conocerse, hacerse cargo de lo que se ofrece y si esa oferta se está dispuesta a secundarla. La calidad se consigue, si se es sincero y veraz con lo que se oferta y con lo que se quiere y se está dispuesto a asumir.
  3. Lo variopinto de las propuestas escolares es interpretado por los padres atendiendo lo que las distingue. Existen escuelas cuyo énfasis recae en los idiomas, otras en los deportes, no pocas en lo artístico-musical, algunas en las ciencias, en la formación religiosa, en el liderazgo… Con lo cual se está educando a futuros ciudadanos con habilidades e intereses distintos, los mismos que, a través de la división del trabajo, generaran aportes complementarios al desarrollo de un mismo país.

De otra parte, cada colegio está convencido – como tiene que serlo – de que su propuesta o proyecto educativo es el más completo o que incuba los mayores beneficios, por lo tanto, innova, aprende y mira al futuro. Si los colegios vuelan como águilas sus alumnos llegarán más alto montadas en ellas… siempre y cuando el estado no les ponga grilletas a las escuelas.

 

 

Competencias del docente y la educación del futuro

Edistio Cámere

1° Es bueno imaginarse escenarios que revelen anticipadamente el futuro en educación. Yépez Ricardo (1993) filósofo español, fallecido en la cresta de su producción, solía comentar acerca del futuro: a) que suele ser más atractivo que el presente, si no fuera así, uno se quedaría anclado en él gozando de sus comodidades; y, b) al futuro se tiene que llegar mejor de lo que uno es en el presente. Dicho esto, ¿Qué se debe entender por educación del futuro? ¿Solo la trasmisión de conocimientos? ¿el modo que se aprende? ¿La formación del alumno? ¿La educación multidimensional o integral del alumno? ¿La educación centrada en la persona?

2° El escenario que se construya con respecto al futuro educativo puede ser universal en su proposición, pero matizable en su aplicación pues la acción educativa requiere sistematicidad, continuidad y una organización que solo pueden ser brindadas por instituciones especializadas. Desde esta perspectiva, en una sociedad plural y democrática, son las escuelas las llamadas no solamente a dibujar los escenarios educativos sino a realizarlos, entre muchas razones, porque así lo han ofrecido públicamente a los padres de familia.

3° Es ya lugar común el cargar sobre los hombros del docente la tarea de revestirse de competencias para educar con miras al futuro. ¿Cuáles competencias? Dependerá del experto. Por ventura ¿estamos ciertos que los resultados alcanzados en una escuela, obedecen a la acción de solo un profesor? Aun así, contar con un conjunto de profesores investidos de modernas competencias pero que actúen sin norte y cada quien, por libre no garantiza la consecución de objetivos dentro de una escuela.

4°   En el aula se enseña, pero en la escuela se educa. A tenor de esta premisa, forma parte constitutiva de una escuela, sus los principios educativos, el ideario, el plan de estudios, su estructura organizativa… en suma, su cultura. Por tanto, compete a los centros educativos, visualizar y modelar el futuro, luego definir qué competencias se les debe pedir – o formar – a los docentes. Lo propio de la escuela, es su aporte a la educación en términos de su visión y su cultura; lo propio del docente es aportar a la educación, haciendo circular, a través de su expertise pedagógica, la cultura de la escuela.

Poco sentido tendría exigir que un docente domine tecnologías de última generación cuando la escuela tiene serios problemas de conectividad; si la cultura del centro no prioriza el trato personal, ¿se podrá sancionar al docente que no lo práctica? o ¿sorprender por la significativa rotación del profesorado por no encontrar coincidencias con su preparación? Por último, ¿el nivel de exigencia académico depende de los docentes de una escuela? No exclusivamente. También se requiere, la definición de las metas a alcanzar; que exista orden y predictibilidad en la organización; apropiado número de horas de dictado de las materias …y, otras políticas que en su conjunto constituyan el saber o saberes específicos de la escuela.

5° Asentada la importancia de los colegios en la demanda de competencias y, si se me pidiese definir las habilidades del docente del futuro – en el escenario que de ellos dependiera exclusivamente los resultados académicos – daría dos condiciones y una competencia. Las condiciones: a) aquilatada vocación por el servicio educativo y b) integridad, se educa como persona. La capacidad: ser un gran comunicador, observable en varias facetas. Primero, comunicar eficaz y eficientemente los contenidos de las materias que enseña. Segundo, trasmitir, comunicar su pasión por el saber, pensar, descubrir innovar. Tercero, comunicar con asertividad las indicaciones, normas y explicaciones, de manera que logre un buen gobierno del aula. Cuarto, comunicar al estudiante, a través de la escucha atenta y pausada, ¡qué bueno que estés con nosotros! y así, confirmarlo en su singularidad. Quinto, comunicar las posibilidades y virtualidades del estudiante a su tutor, a sus padres y a él mismo cuando sea necesario, igualmente y, con la misma sencillez comunicar aquello en lo que debe mejorar. Y, por último, comunicar con su conducta los bienes y virtudes contenidos en la cultura de la escuela.

EL LIDERAZGO DIRECTIVO

Edistio Camere

achievement-administration-adult-14891204El expositor, antes de iniciar su presentación, recorrió con la mirada el recinto fijándola en el equipo organizador del evento, en voz alta y sin siquiera probarlo, preguntó ¿funciona el micrófono? La demanda, obviamente, incomodó a los organizadores y sorprendió a los asistentes. La reacción no pasó a mayores porque el ponente, micrófono en mano, explico el motivo de su proceder: quería graficar un estilo de gobierno o de dirección. Sigue leyendo “EL LIDERAZGO DIRECTIVO”

LAS INSTITUCIONES Y EL BIEN COMÚN

Edistio Cámere

Las encuestas no califican positivamente la actuación de las instituciones del Estado.  Ciertamente éstas no tienen categoría de verdad, sin embargo, muestran señas que “algo” en aquellas no funciona, en tres aspectos generales: a) simplemente, no actúan; b) actúan contrariamente a su propia naturaleza; y, c) no actúan con arreglo a su función social.                                                                                                                                                 Cuando se analiza el comportamiento de una institución sobre la base de su productividad, se focaliza su eficiencia en materia de la calidad y la cantidad de sus servicios. Si se la examina desde la perspectiva de las relaciones públicas, se hace hincapié en su capacidad para atender y recibir a los usuarios. Finalmente, si nos detenemos en su representatividad, se alude entonces, al cumplimiento, en todos los casos, de lo solicitado por los ciudadanos. El discurrir por estos senderos, aunque ciertos, nos desviarían del fondo de la cuestión y se caería en el lugar común propio de la oposición o de los que se desilusionan porque se creían sujetos de privilegios. Que una institución tutelar no cumpla con su función, tiene repercusiones graves para la marcha de una sociedad.

LIMITARSE A LO  “QUE SE HACE”

 El objeto del Estado es velar por el bien común y el bienestar de todos los ciudadanos.  Para cumplir a cabalidad con ese fin, la sociedad le delega poder para que administre (Ejecutivo), legisle (Congreso) y arbitre (Poder Judicial). Cuando el Legislativo promulga leyes administrativas que miran al beneficio de grupos, o cuando se entrampan en extensas e infructuosas discusiones que encubren intereses, subalternos, no está cumpliendo con su fin, aunque aparentemente su accionar febril así lo demuestre. El trabajo del Parlamento, es eficiente cuando es capaz – interpretando la realidad – de promulgar normas que estimulen y dinamicen el desarrollo de la sociedad. La fuerza, la creatividad y el empuje social deben ser canalizados a través de cursos seguros, precisos y alentadores. Por eso, afirmar que el Congreso no funciona porque produce pocas leyes, es hacerle un beneficio: la crítica se limita al “qué hace”.  Administrar justicia es dar a cada uno lo suyo. Pero cuando quien debe hacerlo no actúa con autonomía, serenidad e imparcialidad, el ciudadano se ve obligado a buscar “padrinos” o a preferir un “mal arreglo”, pues se da cuenta que la ley se aplica con arreglo al mejor ‘postor’: dinero o poder, y, no en “dar lo que es debido”.

¿QUÉ TIPO DE SOCIEDAD…?    

Las consecuencias del deterioro de las Instituciones pueden especificarse en:  Primero. – ¿Si el mayor no cumple con sus fines y obligaciones, por qué el menor tendría que hacerlo en su ámbito? El amor a la patria es un sentimiento que se nutre del ejemplo de quienes les corresponde, por deber, demostrarlo con obras. La sociedad se vertebra con arreglo a sus líderes, que están a su servicio. ¿Es lícito, después sorprenderse por la atomización de la sociedad o de su anomia, cuando ellos buscan su bien particular? Segundo. – Se anula la libertad social, es decir, la capacidad que tiene el ciudadano de asociarse para decidir acerca de las cuestiones que le afecten directamente. Razón por la cual, el estado debería promover las asociaciones o grupos intermedios y no solamente tolerarlas movido más por el qué dirán democrático que por el convencimiento de que son expresión auténtica de la condición social de la persona.  Tercero. – Cuando se cercena la libertad social -propia de una democracia representativa- el ciudadano se encuentra solo, aislado y desnudo de defensa frente al estado; y, cuando se reúne con otros, lo hace más para defenderse que para crear. Cuarto. – Cuando el estado no establece un marco jurídico preciso que, de seguridad y firmeza a las creaciones, proyectos sociales, los ciudadanos se atribuyen el derecho de responder a las injusticias o de hacer prevalecer sus derechos.  En esta situación los débiles y marginados llevan la peor parte.  A esto se llama privilegiar el individualismo a ultranza.   Quinto.- La autoridad se ostenta cuando la justicia se pone al servicio de los ciudadanos. Una correcta administrarla protege al individuo de los abusos de los grupos de presión, de las demasías de una libertad mal entendida o de los desvaríos de una torpe política.

 Si el Estado permite que sus instituciones más representativas no funcionen con eficiencia y con la mira al bien común, habrá entonces que preguntarse ¿Qué tipo de sociedad quiere, por qué y para qué?