ME DEJO AYUDAR

Edistio Cámere

El dejarse ayudar remite a dos características que matizan la relación interpersonal: la libertad y la autoridad. La libertad se encarna en la expresión “me dejo”. Sin el querer, sin la participación activa de la persona, la ayuda no produce frutos. La recta intención o la sabiduría del ayudador, a lo sumo llegan a los linderos de la puerta más no pueden flanquearla.

Los jóvenes suelen creer – quizá sea hasta un paradigma- que todo consejo o indicación que provenga de los adultos es una imposición. Desconocen que, salvo circunstancias en que efectivamente ameriten firmeza extrema, las indicaciones, las correcciones u advertencias son siempre proposiciones o convites. Su aceptación se lleva a cabo en la intimidad por propia decisión. Su rechazo se debe a que compromete, en el fondo, la propia conciencia que representa un importante papel en el acatamiento de las mismas.

El cumplimiento del deber es de suyo oneroso. El joven sabe que las tareas escolares, la atención en clase, el respeto a sus compañeros… forman parte de sus obligaciones, por eso el dejarse ayudar no se agota en la mera recordación de las responsabilidades, sino que implica una abierta disposición para permitir que el “otro” me acompañe, que vaya junto a mi (pero que no actúen por mí) en el empeño de remover los obstáculos que impiden cumplir cabalmente con los deberes debidos a mi condición de persona. En el esfuerzo compartido por quitar las trabas, a través de la adquisición de virtudes, la libertad se ejercita plenamente, es más, las virtudes se hacen personales precisamente porque se poseen desde la propia libertad.

Es bueno insistir que el dejarse ayudar no conduce a hipotecar la capacidad de autodeterminación, de elección. Más bien, la potencia en tanto que se ejerce mejor, cuanto mejores y más nítidas sean las alternativas entre las cuales decidir. Nadie es buen juez en causa propia: la subjetividad, las limitaciones en el conocimiento, las circunstancias y dificultades, que se las percibe inconmensurables por propias, oscurecen el camino del crecimiento personal.

La obediencia es inteligente cuando se pondera las indicaciones recibidas. La obediencia ciega es más bien reactiva porque – aunque parezca paradójico- “mira” a quien manda y no atiende a lo que dice. (…) el ordenar y el obedecer son alternativos: el que obedece emite también una orden. La orden nunca es unilateral, sino compartida. Por eso, la sociedad, éticamente, no se divide entre los que mandan y los que obedecen, sino que su consistencia se logra con la relación de los que emiten la orden y los que ordenan obedeciendo ¿Qué se ordena obedeciendo? La misma orden, porque si no se cumple bien, ello, se debe casi siempre a la orden emitida ([1]) Una orden es mal emitida por el modo o por su contenido. La intemperancia, la oportunidad y la ironía que veja, afectan su forma.  Una orden o proposición es razonable si contiene un bien educido gracias al conocimiento que se tiene de quien debe obedecer.

En cierto sentido, todo binomio ordenar-obedecer debería enmarcarse en una relación dialógica. Pues, en ese ámbito de reciprocidad, empedrado de afecto sobre el que se asienta el interés por ayudar, se apela a la inteligencia de quien obedece, iluminando el bien que se le propone como fin y, en simultaneo, se le muestra alternativas para su consecución. En sintonía con el fin, quien se deja ayudar obedeciendo, puede innovar sugiriendo otra u otras vías más consistentes y eficaces con su propia realidad. De este modo, la proposición se enriquece, reflejo de la autonomía, pero sin alejarse del circuito orden-obediencia. Sin embargo, donde se evidencia en todo su apogeo la libertad es en la acción subsiguiente a la decisión tomada. La elección y el mantenerse en el fin optado siempre será un acto inajenable por quien se deja ayudar.

La ejemplaridad y el dialogo, contribuyen mostrando rutas y alternativas a que la persona se autodetermine hacia su bien, pero sobre la base de la capacidad de pensar y obrar con criterios propios.

 

[1] Polo, Leonardo “Quién es el hombre” Universidad de Piura, Perú, 1993, Págs. 120-121

 

LA ESCOLARIZACIÓN DE LA FAMILIA

Edistio Cámere

          La relación familia- colegio mantiene un curso de complementariedad en la medida que el colegio no ‘escolarice’ a la familia y ésta no ‘familiarice’ a la escuela. No es tarea fácil, pues el alumno forma parte de los por una gran porción de tiempo. Lo interesante es procurar que cada cual realice su particular y propia tarea y relacionarse en aquello que atañe directamente a cada estudiante.

        El colegio debe evitar caer en las siguientes conductas  que según Brinkmann  ([1]) tienden a ‘escolarizarla’:

  1. Desplazamiento en la relación padre-hijo.- Primacía del tema “escuela” en la comunicación basada en el rendimiento y en las calificaciones, olvidando los contenidos educativos, las relaciones maestro-alumno, entre los mismos alumnos, clima escolar, experiencias personales y logros cotidianos.
  2. Agobio de las tareas escolares.- En general, existe la tendencia que aquello que no “logran” los profesores a través de la enseñanza –no importa la razón – lo trasladan a los padres; y, convierten la vida familiar, en vida “escolar” cotidiana y prolongada.
  3. Puntos de referencia y los límites de la familia y escuela.-   Se confunden cada vez más.  La familia pierde cara al niño, en cuanto a su problemática y en claridad del papel, frente a la escuela.
  4. La acción educativa se reduce a algunas influencias externas o en zonas periféricas del ser humano, premios, castigos, logros de conducta sin error tipificadas o previamente diseñadas.

          También la relación debe valorar y reconocer lo que ofrece la familia. Aquella brinda protección y apoyo emocional con independencia del rendimiento al alumno, tan sólo por pertenecer a ella. La asistencia de sus hijos al Colegio a su debido tiempo, en buenas condiciones y capaces de rendir y trabajar. La familia es el lugar donde se vierten las frustraciones y en el que deben asimilarse. Los trabajos que aporta la familia en pro de la escuela, según su índole y alcance, parecen ser más complejos que el output de rendimiento de la escuela a favor de la familia. De las materias que el niño aprende en la escuela, la familia obtiene, como tal, poco o ningún beneficio.

         En la relación familia-colegio debe constar con objetividad lo que los padres no delegan y que forma parte de su derecho como primeros educadores. Ellos deben velar para que las ideas y criterios que los hijos adquieren en las materias no sean contrarias al tipo de educación deseada. La promoción de las virtudes que sus hijos deben desarrollar con ocasión de los estudios. El control en el uso del tiempo libre. Aprovechar recursos de la familia y del ambiente familiar con respecto a los estudios. Adquirir nociones adecuadas acerca de qué es el estudio y qué es un buen estudiante. Y, por último ser conscientes de cómo está influyendo el ambiente familiar en la disposición de los hijos en los estudios con el fin de hacer las correcciones oportunas y lograr así un buen clima de estudio.

         Si se advierte que el estudio no es simplemente un vehículo para instruirse en unas determinadas materias o para que ser sólo buenos alumnos, sino que además, es un medio para la mejora total como personas, entonces, el estudio es una oportunidad educativa que enlaza directamente con la familia.  En la medida en que ser buen estudiante y aprender a ser personas están íntimamente relacionados, los padres tienen un papel importante, dado que la familia es el hábitat natural y el entorno más adecuado para nacer, crecer y morir como personas.


[1] WILHELM BRINKMANN.  Familia y escuela. Vol. 53 año 1996, Págs.  79-89

Acción formativa del encuentro interpersonal

Por Edistio Cámere

    La formación es un proceso de ayuda en el perfeccionamiento de la inteligencia y la voluntad con el objeto de que el educando se oriente hacia la búsqueda de la verdad y se autodetermine hacia el bien mediante el correcto ejercicio de su libertad.

    Esta definición pone el énfasis en la acción educativa, que desde fuera procura que el estudiante cultive y ejercite su mente para abrirse y nutrirse de la realidad en su anchura y profundidad. A este fin concurren eficazmente las estrategias cognitivas, pero hay que dar un paso más: el diálogo interpersonal, que facilita que el alumno descubra y haga suya la verdad. Entre tantas ventajas del método socrático, la formación del criterio destaca sobremanera. Por eso, preguntarse es, no pocas veces, más provechoso que el mero escuchar respuestas.

    Cada persona tiene un modo particular de llegar a la verdad: unos lo harán induciendo, otros deduciendo, no pocos mediante la intuición y algunos mediante el rigor especulativo. No faltarán aquellos que la acepten por el afecto o admiración que profesan a quien se la propone. En la línea de formación de la inteligencia, en mucho contribuyen los encuentros interpersonales. “La persona humana está llamada a ser dialogante, pero no hay diálogo sin verdad. Por eso es importante el lenguaje (…) El empobrecimiento del lenguaje es el decaimiento de la sociedad” (G. Castillo). ¡Cuánto se gana con el diálogo y la conversación!

    Pero el hombre se realiza no solo con el conocer sino también con el actuar. Su imperativo ético es crecer, optimizarse. El fin de su crecimiento es el bien y llegar a él supone doble movimiento: dirigirse ‘hacia’, es decir, identificarlo; y adquirir las virtudes necesarias para conseguirlo. No solo reconociendo o aceptando el bien permite queel educando se haga bueno. El bien se incorpora adquiriendo hábitos, que supone una buena dosis de motivación y convencimiento para renunciar a bienes inferiores en pos de los superiores.

    Es cometido de los educadores, mediante la exigencia cordial y el ejemplo, no solamente conseguir la libre adhesión al ‘bien’sino que el alumno lo incorpore y lo haga suyo en el tiempo. La formación del carácter y la promoción de las virtudes humanas en la escuela -como institución y comunidad- contribuyen significativamente al logro de ese objetivo yde ese fin.

    Por tanto, la acción del docente guarda para sí el privilegio de ser siempre y en todo momento‘perfeccionadora perfectible’. Una palabra, un gesto, una mirada y hasta una simple sonrisa contienen una superabundante dosis formativa porque facilitan el contacto y el diálogo. Son matices del afecto, de cuya importante presencia en el acto educativo estoy más que persuadido. Sin embargo, precisamente en razón de ese afecto es que para los educadores -padres de familia y maestros – el crecimiento del alumno se torna también en un imperativo ético.

    El cariño no es patente de corzo para la concesión, ni para la omisión. Todo lo contrario, tiene que ser el estímulo para que los educandos, entre lo bueno y lo mejor, elijan lo ‘mejor’. Apostar por lo mejor, sin duda, requiere, para no dar un salto en el vacío, que los educandos -también incluyo a los hijos- perciban que lo mejor es posible porque los adultos lo buscan con no menos pasión en su vida cotidiana. Esta es la clave para educar y formar bien a las nuevas generaciones.

La docencia como virtud

Edistio Cámere

A propósito del día del maestro, que en Perú se celebra cada 6 de julio, vale la pena pararse a reflexionar acerca del quehacer docente como virtud, que es la calificación que mejor conviene a su actividad, pues cuando los docentes educan “no está en juego su propio desarrollo ni son los padres de las criaturas” [1]. La educación no recaba -en sentido estricto- para quien se dedica a ella ningún rédito  personal. El docente ya está formado y, en caso que tenga que hacerlo, su empeño obedece más a los beneficios que reportará para sus estudiantes, con quienes, a su vez, no guarda relaciones afectivas fundadas en lazos de sangre o de parentesco.

Las características exigidas al docente y las demandas propias de los alumnos son tales que su cumplimiento no encuentra cabal compensación por la vía salarial. Sin restar en absoluto su importancia, la justificación eficiente y eficaz de su quehacer anida en la calidad de su vocación, que de manera patente se despliega en su actuación cotidiana como docente y se muestra como virtud ante sus alumnos.

La actividad educativa esconde los ribetes de los logros espectaculares, no refulge como primicia mediática y tampoco es tópico de agenda para una sesión de ministros. Lo suyo es el esplendor de la mirada del alumno al descubrir que uniendo letras compone una palabra con sentido; es la algarabía que estalla al sonido de la campana señalando el inicio del recreo; es el mal momento que pasa el docente cuando tiene que reconvenir por alguna conducta inadecuada; es, en suma, el apogeo de lo cotidiano, de las cosas pequeñas que se hacen grandes y perennes a fuerza de que el alumno las haga suyas y aprenda.

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El necesario respeto a la labor docente

Por Edistio Cámere

 “En un examen alguien diseñó algo que podríamos denominar ‘superchuleta’. El invento consistía en colocar entre los carteles de las paredes del aula grandes papeles con definiciones de conceptos sobre los que se iba a examinar, con la esperanza, que se demostró fundada, de que el profesor de turno no iba a descubrir el truco. Se realizó el examen y sólo después se descubrió la superchería. La decisión que el equipo de profesores tomó fue la de suspender con un cero a toda la clase. Las protestas fueron apocalípticas. Primero se argumentó, con el respaldo de las familias en muchos casos, que sólo pudieron copiar los que se sentaban en las primeras filas (…) El siguiente argumento fue el consabido recurso a la injusticia que supone que paguen todos por la conducta de unos pocos, olvidando que semejante conducta fue tolerada por todos y que ninguno renunció, por tanto, a la posibilidad de aprovecharse de ella. La clase y los pasillos se poblaron de carteles como los siguientes: ¡No al cero!,  ¡No a la injusticia! ¡Revolución!… Y pensar que la Revolución ha quedado para pedir que no le suspendan a uno con un cero…” [1] 

La anécdota reportada es tan solo un botón de muestra de lo sensible y cada vez más complejo que resulta en una escuela sancionar cuando se infringe el reglamento. No solo los reclamos de los alumnos:  “No es justo… por qué a mí si a Pedro no le dijo nada…”; o los reclamos de los padres de familia:  “Mire profesor, mi hijo está pasando un mal momento porque su papá está de viaje… qué colegio tan estricto, no es nada grave, no exageren…”; sino también tenemos esa práctica extendida de los alumnos de hacer un frente común encerrándose en un desafiante silencio en vez de reconocer al autor de la falta cometida. Esta complicidad grupal termina por afectar la buena disposición de quienes les interesa aprender: la impunidad los desalienta y desmotiva. Actitudes y expresiones como las descritas, y otras similares, minan el talante y la autoridad de las escuelas.

Al centro educativo -que tiene una naturaleza propia, una estructura organizada y profesionales con roles y tareas diferenciadas- le compete retener para sí la debida discrecionalidad y autonomía para cumplir con su cometido fundamental: educar y formar personas en proceso de madurez. La tarea educativa se vincula menos con lo que los ‘alumnos quieren y más con lo que efectivamente necesitan para su crecimiento personal’.

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¿Es posible conocer a nuestros alumnos?

 Por Edistio Cámere

 ¿Es posible conocer a mis alumnos si en el aula tengo más de treinta? Es ésta una pregunta que el profesor se formula con arreglo a su propia circunstancia y con sincera preocupación. Obviamente, el conocimiento pleno y profundo de todos y cada uno de los alumnos es un ideal alcanzable sólo si la convivencia se extendiera también a los otros ámbitos naturales donde el alumno se desenvuelve cotidianamente, cosa que físicamente es imposible. 

Sin embargo, el tiempo en la escuela, distribuido entre las clases, los recreos, los encuentros informales y otras actividades, es el necesario y conveniente –si el docente lo busca intencionalmente– para conocer al alumno. Para lograr dicho cometido, el docente tiene que actuar con rectitud de intención, averiguar la naturaleza de la persona en cuanto tal;  percibir al sujeto como distinto de todo lo que no es él;  y  tener trato y comunicación con el alumno. 

La educación, aquella que busca trascender el ‘hacer’ del alumno para instalarse en su ser-persona, es un acto humano relacional  por excelencia. Es acto, porque la educación debe realizarse ‘con’ conciencia y ‘en’ conciencia; y con un expreso deseo de querer hacerla. También es acto porque la educación implica un cambio o movimiento en el ser: la posibilidad se concreta especificándose.

Pero la educación también implica lo humano, porque los actores son personas; y con un añadido particular: los actores se encuentran en estadios diferentes de madurez y desarrollo. Aquí nace la fundamental consideración de que el medio fundamental para educar es la persona del docente. Y por último, es relacional, porque la educación se logra teniendo como base el establecimiento de un vínculo significativo que garantiza cierta correspondencia entre los protagonistas.  

Rectitud de intención

Conviene en primer lugar tratar de modo separado ambos conceptos: rectitud e intención.  La intención o intencionalidad es un vocablo que expresa la acción y efecto de tender ‘hacia’ algo. Tender, de suyo habla de movimiento. Pero paralelamente excluye el mero moverse de cualquier manera. Predica la tensión de ir hacia algo específico. La  tendencia por la tendencia implica, en cierto modo, una intención deficitaria. El movimiento hacia algo habla de un objeto o sujeto externo con relación a quien se mueve. Pero otro punto que se relaciona con este tender hacia algo es el ‘querer’ hacerlo, lo cual predica una acción de la voluntad. En resumen entonces, la intención se puede definir como la tendencia constante de la voluntad hacia su objeto formal que es el ‘bien’.  En el ámbito educativo el agente que tiende o se mueve es el docente y lo hace hacia el alumno. 

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Educación: La Dirección, más allá de un asunto de gestión

Por Edistio Cámeredirector-profesores

Atrás quedaron esas jornadas intensas, ajetreadas y también con buena dosis de reflexión de organización y planeamiento para el inicio del año lectivo. Hoy los colegios están a punto y han partido a velocidad de crucero. Es la velocidad que se acompasa con la rutina, con la dinámica y cadencia propias de la actividad escolar. Y es que el ritmo acelerado y febril no se condice con la naturaleza educativa ni con los periodos evolutivos de los alumnos. Hora a hora, día a día, semana a semana, marcan el compás para obtener los objetivos y las metas. Mediante la repetición se logran hábitos operativos buenos y eficaces, garantía de un aprendizaje permanente y continuo.

 

En cierta ocasión una buena amiga me confesó que “la labor del director transcurre en soledad”. Tan rotunda y cierta fue su afirmación que me quedó dando vueltas en la cabeza por varios días. La decisión final de un determinado asunto a él le compete. Un nuevo proyecto a implementar le reclama su concepción, su justificación y su proposición. Lo propio le ocurre frente a la adquisición de un bien o ante la suspensión a un alumno por haber infringido gravemente el reglamento.

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¿Qué pasa en el Perú? una pregunta que puede responderse desde la escuela

Por Edistio Cámere

  

 

 

levantando-la-manoUna mano se levanta a mitad del salón. El profesor espera la pregunta pertinente a la materia impartida. El alumno sorprende: “¿Qué pasa en el Perú, profesor?”. Silencio en el aula. Luego, murmullo general; el tema interesa al grupo. El docente respira hondo, mientras juguetea con la tiza entre sus dedos mira al reloj que, obediente a su fin, no adelantará sus manecillas. Los estudiantes lo observan expectantes. El dilema está planteado: continuar o responder.

 

Continuar con lo planificado es una actitud formal respetable, pero tiene la desventaja de desperdiciar una muy buena oportunidad para hacer docencia formando el criterio. El escolar está sometido a una avalancha de información, ora virtual, ora visual, ora auditiva que le impide discriminar lo fundamental de lo aleatorio, la interpretación ideológica del hecho específico, la sensación como comentario del análisis reflexivo. Los alumnos no están desconectados con lo que sucede en su entorno, aunque se saben que no son protagonistas de lo que ocurre en su país. 

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