Educación: La Dirección, más allá de un asunto de gestión

Por Edistio Cámeredirector-profesores

Atrás quedaron esas jornadas intensas, ajetreadas y también con buena dosis de reflexión de organización y planeamiento para el inicio del año lectivo. Hoy los colegios están a punto y han partido a velocidad de crucero. Es la velocidad que se acompasa con la rutina, con la dinámica y cadencia propias de la actividad escolar. Y es que el ritmo acelerado y febril no se condice con la naturaleza educativa ni con los periodos evolutivos de los alumnos. Hora a hora, día a día, semana a semana, marcan el compás para obtener los objetivos y las metas. Mediante la repetición se logran hábitos operativos buenos y eficaces, garantía de un aprendizaje permanente y continuo.

 

En cierta ocasión una buena amiga me confesó que “la labor del director transcurre en soledad”. Tan rotunda y cierta fue su afirmación que me quedó dando vueltas en la cabeza por varios días. La decisión final de un determinado asunto a él le compete. Un nuevo proyecto a implementar le reclama su concepción, su justificación y su proposición. Lo propio le ocurre frente a la adquisición de un bien o ante la suspensión a un alumno por haber infringido gravemente el reglamento.

 

Es cierto, antes de pronunciarse, dictaminar o proponer, un director está solo ante sus juicios, conocimientos y experiencia. De este estado no puede sustraerse ni menos ser reemplazado. Su labor no es despótica, que es lo propio del manejo de materiales y bienes. Es más bien política porque gobierna personas. Y su mejor acierto será posible en tanto y cuanto a esos momentos de suprema e intensa soledad les otorgue un sentido histórico y comunitario. No me aparto de una verdad inconcusa; sí afirmo que de las decisiones del director dependen la institución educativa, los padres de familia, docentes, alumnos y proveedores. En suma, la totalidad de la comunidad educativa.

 

El gobierno del director tiene como objetivo principal el facilitar que cada uno de los integrantes de su comunidad educativa se haga cargo de su proyecto de vida en consonancia con el Ideario o principios de su escuela, desplegando sus mejores condiciones en dirigir toda la organización siempre hacia una situación inmediata mejor y más eficiente. La capacidad administrativa, de gestión y ejecutiva tiene que armonizarse con el crecimiento y mejora de los profesores y, a través de ellos, de los alumnos.

 

Las actividades, la eficacia, la ejecución, la gestión tienen la propiedad del azúcar en el café: lo completa, le da ese sabor que combina proporcionadamente lo amargo y lo dulce. Contrariamente, el exceso de dulce convierte al café en una jalea; y su ausencia causa repulsa al paladar. No obstante, no se pierde la condición del buen café. El equilibrio entre la gestión y el pensar, entre la acción y la reflexión no es tarea fácil. La prudencia del director atendiendo la realidad de cada centro educativo será la mejor consejera para no aparcarse solo en una y en detrimento de la otra.

 

En rigor, debo corregir a mi apreciada amiga, pues la soledad no es una nota de la Dirección. Soledad suena a desierto, a incomunicación y, en cierto modo, hasta a tristeza. El director pasa mucho tiempo solo, es verdad, pero acompañado del contenido del proyecto educativo de su colegio, de las nobles inquietudes y anhelos de sus profesores, de las interrogantes de los padres de familia con relación al futuro de sus hijos y de los esfuerzos intermitentes, los miedos y los afanes de sus alumnos. Más aún, sus reflexiones son presididas o escoltadas por una responsabilidad acuciada porque tiene que asegurar que el perfil del alumno propuesto a la comunidad se encarne -con el apoyo incondicional de sus docentes- en cada uno de sus estudiantes.

 

Además, cuando la autoridad del director mira al servicio de los demás, cuando lo suyo es la búsqueda de la afirmación y de la promoción de los alumnos a través de los padres de familia y de los profesores, se recoje y en el silencio encuentra su apogeo. En los encuentros personales -que no son pocos- el silencio, que es sinónimo de acogida y de atenta escucha, le permitirá descubrir horizontes, dar esperanza, animar cuando el cansancio arrecia, exigir para que no se estanque en la mediania. En estos diálogos entrañablemente educativos, el director no solo forma a su interlocutor, también conduce y crea cultura.

 

A mi juicio, el director es un gestor de cultura. En primer lugar, le compete enhebrar todas las instancias, áreas o departamentos con el desarrollo institucional, de está manera logra la unidad que será el distintivo de su comunidad educativa. En segundo lugar, no menos importante, le corresponde dar razón de la filosofía, ética, valores y estética que sustenta el proyecto educativo de su escuela. En tercer lugar, es de su incumbencia proponer argumentos sólidamente sustentados cuando a un integrante del colegio le asaltan dudas o interrogantes con relación a su propia vida o frente a su futuro profesional o personal.

 

En tal sentido, ser gestor de cultura, implica reservar dentro de su apretada agenda un tiempo para el cultivo personal: el estudio, la lectura, la reflexión. Precisamente en la tensión hacia el crecimiento personal resplandece, se refleja esa autoridad que mueve corazones y deseos y cuya eficacia es tanto mayor cuanto más se tenga en claro que la educación no se impone, sino se propone a voluntades libres.


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