DAR IMPLICA TENER

Edistio Cámere

 Esa noche, la garúa y el frío se confabularon para que decidiera – no era su costumbre – hacer un alto, camino a casa, para tomar un café. Sumido en sus pensamientos, revolvió el azúcar, se dispuso a tomar el primer sorbo, cuando escuchó su nombre. Dejó la taza sobre el plato. Levantó la mirada. Era un amigo que conocía desde la infancia.

  • ¿Qué haces a esta hora por aquí? le preguntó.
  • A casa han llegado unos parientes de mi esposa, de sorpresa. Sin  nada en la alacena corresponde comprar algo de comer para atenderlos. Y ¿tú?
  • Vengo de trabajar.
  • ¿Tan tarde? ¿Estás en campaña, cierre de mes o algo similar?
  • No, usualmente a esta hora regreso a casa. Tú conoces mi historia familiar, hemos crecido casi juntos así que me propuse trabajar con ahínco para darles a mis hijos lo que yo no tuve.
  • ¿Qué no tuviste?
  • Casa propia, comodidades, buen colegio y viajes… entre otras cosas.
  • ¡Caramba! Eso quiere decir que casi no ves ni estas con los tuyos.
  • Los domingos me dedico completamente a ellos. La posición, que tengo dentro de la empresa, me ha costado mucho alcanzarla, es muy demandante y, además nos evalúan por el cumplimiento de metas.
  • Cierto, pero….
  • Estoy seguro que cuando llegue a gerente general está situación cambiará sustancialmente. Mientras… creo que el sacrificio lo vale.
  • ¿Tu infancia ha sido infeliz?
  • En absoluto, guardo muy buenos recuerdos.
  • ¿Qué has tenido en tu niñez que puedas compartir?
  • La verdad, muchas cosas… no sé por dónde empezar. Lo primero que se me viene a la memoria es el sonido de la puerta del garaje, al escucharlo para mis hermanos y yo significaba que mi papá había vuelto a casa. Me preguntaba cómo me había ido en el colegio, reíamos con sus bromas, casi siempre las mismas. Le daba un beso cariñoso a mi madre. ¡A mí me gustaba mucho ese gesto! En mi casa había alegría, me sentía seguro, nos queríamos. Además, solía traer algún detalle para la cena que en familia lo disfrutábamos.
  • Entonces, ¿eras feliz? o ¿echabas en falta bienes o comodidades para serlo?
  • Que recuerde, nada. Teníamos lo necesario. Lo poco o mucho lo compartía con mis hermanos, creo que hasta la inventiva se aguzaba para entretenernos haciendo nuestros propios juguetes. Mi padre se divertía con nuestro ingenio. En Navidad pedía muchos regalos pero al final me contentaba con el que recibía, quizá porque mis papás los escondían tan celosamente que para nosotros representaba una odisea dar con ellos y, cuando lo lográbamos los aplausos y la algarabía familiar no se hacían esperar.
  • En todos los momentos entrañables que has evocado la presencia de tu padre ha sido significativa. Cosa que yo nunca saboree… mi padre falleció cuando cumplí dos años. En cambio, tú has tenido una sentida vivencia que se ha incrustado en tu memoria. No dejes que el ajetreo diario y lo “urgente” impida que tus hijos no gusten de la presencia de su padre. Me tengo que ir en casa mis invitados y los míos esperan.

         Intentó un sorbo. El café estaba frío. Llamó al mesero. Quería pensar… acompañado con una bebida caliente. La conversación había sido amena como intensamente sugerente. Ideas y sentimientos encontrados se le cruzaban por la mente y el corazón. Una vez más, el café lo encontró frío. Sonrío y pidió la cuenta. Encendió el motor de su auto e inició la marcha de retorno.

        En su casa, la luz de la entrada era la única que la iluminaba. Todos dormían, usualmente así encontraba a su esposa e hijos. Estacionó el automóvil en el interior de la cochera. No se apeó, se estuvo un largo rato dentro pensando. De pronto se dijo a sí mismo: ¿Por qué no intento seriamente en darle a mi familia, mi esposa e hijos, lo que yo tuve en casa de mis padres? ¿Vale la más acaso adelantar una gestión laboral que contemplar la sonrisa de mis hijos? ¿No es mejor posponer esa reunión con un proveedor que dilatar la conversación o esa salida con mi esposa? La jubilación o el cese truncarán mi carrera profesional, en cambio, nunca dejaré de ser padre o esposo. Entró a su habitación, permaneciendo igual, la luz de la luna le daba un matiz de novedad. De seguro que le costará concretar su propósito… por lo menos, con seguridad esa noche durmió bien con la conciencia de haber elegido el camino acertado.

 

CARACTERISTICAS DEL TRABAJO BIEN HECHO

EdistioCámere

En los colegios se suele estimular, encomiar y enseñar a que los alumnos realicen bien las tareas ([1]) que se les encomiendan. Por lo general, entre los docentes existen criterios implícitos que ayudan a calificar la bondad de un trabajo escolar: el cumplimiento en la fecha estipulada, la adecuación de las respuestas con lo explicado en clase, la presentación…etc. Las tareas tienen dos finalidades: a) próxima en tanto sirve para verificar el aprendizaje del alumno; b) remota en la medida en que modela un modo o estilo de encarar el futuro trabajo profesional y – a través de éste – la materialidad del aporte a la sociedad. En esta línea, se puede afirmar que la tarea escolar tiene más enjundia que la pura medición cuantitativa, la supervisión y como vehículo para conseguir buenas notas.

La actividad escolar, con todo lo que supone, es el ‘trabajo profesional’ del alumno, por tanto, el formarlo para que despliegue bien esa actividad debe ser un empeño docente trasversal que promueva la configuración de un estilo virtuoso, aunque en lo cotidiano el estudiante la pueda percibir con una visión cortoplacista: cumplir lo que se le encarga y conquistar resultados.

La alusión al trabajo bien hecho habla de una acción humana y de una calificación acerca de la perfección lograda. No es un deseo ni una promesa, por el contrario, es una muestra patente, cabal y evidente. ¡Una muestra! Pero ¿de quién? Sin duda de su autor, quien formaliza su existencia, al tiempo que le confiere su sello personal en la medida que vierte en el trabajo operaciones propias de su naturaleza. El atributo de bien hecho es resultado de lo que pone el productor y de lo que opone la materia en su acabamiento. El esfuerzo que reclama el trabajo en su confección no es solo debido al costo que supone incorporar sostenidamente las operaciones humanas: inteligencia (pensar) y voluntad (querer) sino también, a la resistencia que pudiera presentar la materia para dejarse dominar, formar o precisar. En este sentido, el vínculo que se establece entre el autor y su obra es de tal condición que mutuamente se influyen. El trabajador, al operar sobre una materia, no queda igual: adquiere experiencia, conocimientos, constancia, laboriosidad, creatividad… notas que, a su vez, influyen positivamente en la confección de la siguiente tarea o producto.

 El trabajo, todo trabajo, se puede definir como: “una acción humana que consiste en producir algo, es decir, proporcionar al ser una cierta perfección que antes no tenía” (J. La Torre: 1982). A tono con la definición se puede declarar que la existencia y la esencia de un trabajo son originadas por la persona. En este hecho va implicado que: a) que no hay trabajos más importantes que otros, su valía depende de cómo se realicen; b) tampoco hay dos iguales en tanto que los agentes son personas singulares y desde esa índole, autografían su trabajo; y, c) si el trabajo bien hecho, existe y es, entonces, es posible atribuirle las propiedades trascendentales que todo ser posee. Esto es, todo ser o ente tiene verdad, bondad, unidad y belleza que las tienen por participación del Autor del universo. Por analogía se puede decir que también el hombre, la persona, cuyo mandato es dominar y custodiar la tierra, retiene las particularidades y talentos convenientes para que, realizando un trabajo bien hecho, resplandezca las mencionadas propiedades trascendentales.

 1.- La Verdad:

Cuando nuestras afirmaciones concuerdan con la realidad las llamamos verdaderas. Cuando en la realización de un trabajo se despliegan al máximo las facultades, las aptitudes y las virtudes que se poseen, aquel se manifiesta como más verdadero. Un trabajo bien hecho muestra y demuestra lo uno es capaz de aportar. En la medida en que en la obra se actualizan las virtualidades del autor es más verdadero. Por el contrario, se falsea un trabajo realizado con mediocridad, hecho a medias, a la ‘criolla’, que si bien es un producto, no refleja cabalmente la participación de la persona, ésta participa a medias.

Cuando la persona ‘viaja saliendo de sí y se pone integralmente’ en su trabajo, éste se convierte en un gran conectivo social. No solamente redunda en beneficio del destinatario (s) concreto (s) sino que estructura dentro del plexo social relaciones basadas en la verdad y en la confianza.

Además, cuando se instala la verdad en el trabajo, el autor logra prestigio, lo buscan porque el resultado de su trabajo es bueno y mira a la satisfacción de las necesidades acabadamente; de otro lado, gana en autoridad, los resultados avalan sus opiniones y juicios. Con lo cual, sus colegas o los destinatarios de su actividad podrán recurrir a él no solo para absolver sus inquietudes materiales sino también para hacer lo propio con las personales.

 2.- La bondad:

Un trabajo es bueno en proporción al cumplimiento de su propósito o fin: satisfacer honradamente las necesidades de sus destinatarios. También se predica como bueno cuando se ofrece como un servicio que contribuye al crecimiento de las otras personas. Cuanto más incide en su desarrollo más bondad tiene, por tanto, es más perfecto. La bondad del trabajo es difusiva, es decir, se extiende e impacta en el bien común. Un producto confeccionado en beneficio exclusivamente del propio yo o mal elaborado afectará en algún tramo la cadena ‘laboral’ perjudicando a terceros. En este sentido, el aporte, se hace bueno, cuando se trabaja con la intencionalidad de querer hacer el bien, de ayudar a los demás satisfaciendo sus necesidades reales en atención a que el destinatario de ese trabajo no es un cliente sin más, es una persona concreta que lo demanda.

La bondad del trabajo recae en el mismo autor en tanto que al realizarlo asimismo crece como persona. Sirva el siguiente ejemplo para clarificar esta idea. Al tocar un instrumento no solo se ofrece una melodía, también se mejoran las habilidades comprometidas en su ejecución. De manera que la próxima vez dichas habilidades estarán en mejores condiciones de tocar mejor la misma melodía u otras de mayor fuste. Así sucesivamente. El crecimiento de la persona que trabaja es irrestricto no solamente crecen sus cualidades intelectuales o ejecutivas, también crece en el ámbito de las intenciones: siempre podrá querer buscar más y mejor el bien de los demás. A medida que lo intenta y lo va consiguiendo, su voluntad se reconfigura para estar mejor dispuesta para lograr el bien.

3.- La belleza:

El trabajo bien hecho no solamente satisface las exigencias teóricas y prácticas del entendimiento, también la sensibilidad encuentra regocijo al expresarse diciendo ¡Que buen trabajo! Es que un buen trabajo manifiesta belleza cuando combina con armonía el producto con la atención capilar a los detalles que lo completan y acompañan: la presentación, la puntualidad, el orden, la cordialidad, el buen trato con su destinatario, entre otros muchos más. En suma, el cuidado intencional de los detalles añade valor al producto y trasluce interés y respeto genuinos hacia las personas a quienes se dirige.

Un trabajo testifica belleza cuando el autor ha sido capaz de conseguir en su obra el apogeo de lo inteligible, esto es, que se pueda entender, que sea simple en su comprensión, que sirva efectivamente, en orden al origen de su confección; y cuanta más participación de su persona haya puesto en su producción. De tal manera que, al combinar ambas acciones, en la composición alcance que su trabajo cause agrado en tanto, que el usuario, al recibirlo, también pueda contemplarlo.

4.- La Unidad

La unidad se advierte cuando no existe división entre el trabajo y su autor. Cuanto más fiel sea con relación a si mismo y a la misión que le compete desempeñar, a través de su trabajo, en la sociedad, la intención y la factura puestos en aquel, tendrán el mismo comportamiento coherente, independientemente del lugar donde se esté o de a quien se dirija la obra.

La unidad en el trabajo es la propiedad que mira directamente a la justicia al dar a cada uno lo que le es debido. El destinatario tiene unas expectativas y unos compromisos que honrar derivados de la obra que espera. Desde esta perspectiva un trabajo se hace corrupto cuando se los perjudica por capricho: deteniéndose con dilación en lo que place y agrada, en los elogios que pudiera recibir, mientras que, lo que corresponde – el deber – se termina a medias o se entrega a destiempo; también se afecta al destinatario cuando para recibir lo que le es debido tiene que recurrir a recomendaciones de terceros, a lisonjas, a suplicas conmovedoras y, al extremo, ofrecer dádivas que perjudican su economía.

La unidad predica coherencia entre la acción humana y el sentido del trabajo en función del bien y desarrollo social. El trabajo devenga, sin duda, dinero, pero también es un servicio que contribuye a la mejora de quien lo recibe. Por su parte, el autor no solamente se hace más experto también madura en su personalidad cuando realiza un trabajo bien hecho, de manera que, su aporte que será de calidad tendrá, además, su sello personal e irrepetible. Desde el colegio se puede incidir en el progreso de la sociedad, incentivando la tarea bien hecha.

 

 

 

 

 

[1]  Entiendo como tarea toda acción solicitada por el docente al alumno: exámenes, monografías, informes, pasos, resolución de problemas, deberes para la casa, dibujos… etc. Por cierto, me refiero a toda las materias escolares.

TUTORÍA Y FORMACIÓN CIUDADANA

Edistio Cámere

Balconear, baladrar, balbucear son tres verbos que, manifiestan formas de comportamiento que se van extendiendo e instalando en la sociedad actual. No intento formular una suerte de tipología social. Me interesa más poner a consideración de los tutores, a modo de reflexión en voz alta, las implicancias que en la vida social tienen esas actitudes. La escuela es el ámbito pertinente para rescatar y fundamentar la condición de la persona como ser social, al valor de la convivencia que vincula e invita a la solidaridad y al respeto de normas y principios que acogen al ‘otro’ en cuanto igual en dignidad y en derechos y deberes.

Balconear. Desde el balcón se tiene una panorámica de la situación o pasaje observado que incluye intersecciones, relaciones y no pocos detalles. Mirar no es lo mismo que ‘estar’. Otear de lo alto como hábito deviene en un mero curiosear. Se está al tanto de lo que ocurre en el radio de la mirada, pero es un conocer que no mueve ni a la acción reflexiva ni a la ejecutiva. No lo hace no porque lo que conocido sea inútil o neutro sino porque el sujeto que conoce prefiere la cómoda postura de mantenerse como espectador: mira para entretenerse o simplemente para fisgonear.

Quien balconea como práctica se muestra indiferente ante el curso que toma la sociedad. Estar al tanto de lo que ocurre no significa ni tomar partido ni comprometerse con lo que ocurre. Ha renunciado a ser agente activo y aportante en la configuración de la trama social para establecerse confortablemente en los reducidos linderos del individualismo. Para quien balconea, la sociedad es útil en cuanto satisface sus necesidades básicas y genera hechos y situaciones que complacen su condición de espectador.

Baladrar. De primera impresión quien baladra pareciera que está metido de lleno y le importa la sociedad. Sin embargo, quien vocifera, grita, alborota o chilla no tiene la intención de construir o de aportar. Grita aquel que se descontrola porque determinada situación no es de su agrado, porque no ha tenido el curso que quería o porque desea cambiarla a su antojo. ¿Acaso se puede dudar que las cosas pueden ser de otro modo al que uno piensa o anhela? Más aún ¿se puede dudar del valor y legitimidad de los puntos de vista ajenos? Quien suele baladrar ante que algo no le parece, pronto caerá en las fauces de la violencia; atenazado por el enojo, quien grita, pierde objetividad y serenidad para corregir o formular razonablemente sus propuestas, escuchar contrapropuestas, de modo que se pueda tender puentes de acercamiento y conciliación con otras posiciones.

El respeto a las personas no significa que coincida con sus opiniones, pero me obliga a que las escuche y las valore, les presente las mías con el ánimo de lograr un ajuste que, sin maltratar la verdad, satisfaga a ambos. Lo importante es que los derechos y deberes no se enajenan se corresponden recíprocamente. Por el contrario, quien baladra acumula para sí todos los derechos… total es deber de los otros el complacerlo si es que no quiere que vocifere. Sin duda, es una expresión de un individualismo a ultranza.

Balbucear: Aquel que baladra muestra lo que pretende, trasparenta su malestar. Mas quien murmura, farfulla, cuchichea o habla entre dientes oculta su respuesta. Queda la duda si afirma o niega: habla para sí mismo. Su real sentir lo comunica a otro u otros, cuando media distancia con su inicial interlocutor. La mirada esquiva anuncia que en cuanto uno se da vuelta, quien balbucea, astutamente siembra minas: no se notan pero explotan furiosamente. Asiste, escucha, anota, conversa con su compañero pero no comunica su posición. Quien dirige la reunión está persuadido que la proposición presentada cuenta con su anuencia. Error de apreciación. No solamente, no está de acuerdo sino que propaga un rumor contrario que genera desconfianza. De modo que, el balbuceo termina siendo un ataque sutil pero artero al bien común.

Teniendo la ocasión de aportar a la sociedad, el que balbucea como práctica, elige sus motivos pero actúa soterradamente para conseguirlos. Ciertamente el individualista sea que balconee, baladre o balbucee no se compromete ni con su entorno primario ni con el extenso, pendiente de sí no repara en su condición de ser social y, en caso que lo haga, le costará mucho incluir en los latidos de su corazón la praxis y la gramática del tú, del nosotros, del de ustedes y del de ellos.

LOS RESULTADOS EN EDUCACIÓN

Edistio Cámere

            En cierta ocasión un profesor, ante un grupo de colegas, comentó entusiasmado el reto que le representaba asumir un nuevo grado de primaria. Cada cual, con la carga horaria en la mano, manifestaba sus opiniones y expectativas con relación a sus inmediatos destinos como docentes. De pronto el primero añadió: “me preocupa que en el grado que me corresponde, precisamente en este año, el Ministerio de Educación vaya a aplicar una evaluación nacional, por tanto, desde ya estoy medio tenso porque tengo que obtener buenos resultados”. Su entusiasmo inicial se apagó y con el ceño fruncido se retiró.

            Obtener resultados es un objetivo legítimo pero debe ser el último de la lista de las pretensiones del docente. Los resultados expresados en guarismos o en porcentajes suelen ser epidérmicos. Una nota alta no refleja efectivamente que el estudiante haya aprendido y una baja no siempre es señal de un mal aprendizaje. Si el foco se centra en los resultados las actividades previstas se reducen a ese fin perdiendo su riqueza y posibilidades para lograr un ambiente propicio para la participación activa de los alumnos.

               De otro lado, también es importante advertir que en educación los resultados no obedecen a principios mecánicos. De un input como A no se sigue necesariamente un output como A’. Los alumnos son personas libres que tienen sus propias motivaciones, intereses, cansancios y limitaciones. En efecto, los resultados no son consecuencia única y exclusivamente de la acción personal del profesor, además del propio estudiante influyen sus compañeros, los colegas y el ambiente familiar.

            Los resultados en educación deben procurarse a través del crecimiento del docente tanto como persona como profesional. La medida del crecimiento propio es la medida del crecimiento de los alumnos. Crecer implica abrirse a la realidad y circunstancias del grupo y de cada cual: los alumnos son como son y no como nos gustarían que fueran, en todo caso pueden ser mejores si las estrategias didácticas y las actividades se ajustan a sus necesidades y características. El esfuerzo desplegado para ese fin supone aplicar la inteligencia y el querer para lograr bienes en los alumnos.

            Cuando los resultados cuantitativos se buscan por sí mismos, el docente no contento consigo mismo, al no conseguirlos, se congoja o se frustra. Los resultados también son oportunidades de aprendizaje cuando ‘no son los esperados’. Los imponderables, la libertad de los estudiantes, las decisiones tomadas ante determinadas situaciones y cuyas consecuencias no se previeron… son variables que acompañan al quehacer docente y tienen la propiedad de operar cambios en el profesor que lo ayudan a crecer y a adquirir experiencia profesional.

            Para lograr resultados en educación me gustaría proponer seis pasos:

  1. Enseñar con pasión. El entusiasmo contagia y atrae.
  2. Divertirse. El buen humor, la alegría y la paciencia generan un clima distendido que invita a participar y preguntar.
  3. Ser buen profesor. Un profesional a carta cabal.
  4. Valorar el trabajo de los colegas que enseñan en el mismo grado.
  5. Aprender para crecer.
  6. Obtener resultados. Es la gran consecuencia de los anteriores.

A las autoridades educativas les asiste la potestad de solicitar resultados. A la implementación de las políticas le sigue el control y la supervisión. Sin embargo, su aplicación, en modo alguno tiene porque opacar ni hacer perder de vista el foco principal de la actividad educativa: el crecimiento profesional y personal del docente. El alumno aprende gracias a su esfuerzo, que es estimulado cuando en la interacción con su maestro advierte que es atendido en sus dudas, acogido en su realidad e incentivado a mejorar. Ese tipo de interacción será posible cuando el profesor tenga la libertad de desplegar su arte en la enseñanza y centrarse en el alumno. Los resultados en educación no deben ser el punto de partida sino consecuencia de la pasión del docente por enseñar y formar personas.

LA FAMILIA: HABITAT DE LA PERSONA

Edistio Cámere

En verano, el mar es protagonista principal. Sin embargo, en la inmensidad, belleza y armonía rítmica de sus olas, el hombre no ha tenido participación. Le cabe el privilegio de embelesarse tanto cuando el sol lo ilumina como cuando el sereno atractivo del atardecer paulatinamente se apropia del firmamento.

En los zoológicos – que no son su hábitat natural – la vista se topa con animales típicos de su especie, cada ejemplar encandila por lo logrado de su figura. La cebra con sus franjas, en el tigre resplandece su color amarillo al son de la plasticidad de sus movimientos y el elefante asombra por lo macizo de su porte, la blancura de sus colmillos y la gracilidad de su trompa. Cada animal retiene su propio encanto que lo diferencia de otro, sin embargo, en su constitución tampoco el hombre ha participado, en algunos casos los domestica para sus propios fines y, en otros se limita a cuidarlos y contemplarlos.

Si nos trasladamos al reino vegetal, la variedad y vistosidad de la flora no tiene parangón. Basta mirar una rosa para que el espíritu vibre con su fragancia, con su color y la delicadeza de sus pétalos. La rosa tiene la virtud de superar a la palabra cuando el corazón quiere dar noticia de las emociones y sentimientos que en su seno anidan. El hombre tan solo se deja arrobar ante su índole y su hermosura porque en ellas no ha participado.

La admiración que produce la elegancia de los ejemplares de cada uno de los reinos naturales, no es capaz de esquivar el hecho de que el ser humano es el ser más perfecto de la naturaleza. Su prelación y jerarquía radica en su índole racional, en su querer y en su libertad.

El ser humano no aparece, no brota ni crece al amparo de las estaciones climáticas. Para que exista, la participación activa de un hombre y de una mujer es fundamental. En efecto, trasmitir la vida es un privilegio no avocado sino con-cedido que no es solo mera acción: la persona se implica en su florecimiento. Pero esa implicación no resulta de un hecho forzado, aséptico o al extremo brusco exento de voluntariedad. Todo lo contrario, nace del sortilegio que produce la atracción del sexo opuesto que invita a un acercamiento transubjetivo que trasparenta la riqueza biográfica de cada persona. Cuando se descubre el mundo interior, se revela lo propio, lo singular, aquello que se destaca sobre los demás, que el hombre o la mujer quiere – en exclusiva – para sí como parte de su proyecto vital. Pero en un solo acto no se posee a la persona; su grandeza reclama, tiempo para coexistir; solo siendo-con-otro, es posible aportar y recibir desde la condición de peculiar e irrepetible. La coexistencia se despliega en plenitud cuando se decide juntos “apagar y prender la luz” independiente del clima que acompañe ese día porque se comparte el hogar que, al habitarlo con lo propio y la fusión de cada uno, se forja un clima fecundo para el advenimiento de nuevas vidas. Este es el derrotero que concluye con la participación del ser humano en la generación de otros seres humanos.

El hombre y la mujer unidos en alianza matrimonial materializan y prolongan su amor en los hijos. El hombre no nace en serie ni dentro de un colectivo informe. Viene al mundo especialmente recibido por sus padres quienes se dedican a él respetando su exquisita singularidad la que solo puede ser acogida desde la vertiente del amor entre ellos que, potenciado envuelve y da seguridad al hijo. En la familia se consagra el derecho fundamental: de nacer, crecer y morir como persona. La naturaleza es sabia, sin duda, el amor humano encuentra su apogeo en el seno y dinámica familiar.

 

 

 

 

SENTIDO DE PERTENENCIA EN LA ESCUELA

Edistio Cámere

 El alumno y la escuela no se oponen, más bien se complementan. Guardan entre sí mutua dependencia y está destinado el uno para el otro. La escuela recaba su naturaleza en razón de la presencia del alumno y éste alcanza lo propio en virtud de la escuela. Sin escuela no habría alumnos y sin estos tampoco florecería aquella. Esta dependencia no es condición forzosa para la fundación de una escuela determinada ni para el desarrollo educativo del niño, el mismo que puede ser estimulado en otros ambientes. Más bien alude a un tipo de relación mutua en la que las acciones de uno producen efectos distintos en el otro. La escuela, en tanto agente, transmite conocimientos y cultura (enseña); el alumno, en tanto sujeto final, las asimila (las aprende).

 Enseñar causa un efecto distinto de su acto propio: perfecciona al alumno. Por su parte, lo aprendido produce un efecto diferente en el enseñante: lo reta para mejorar su didáctica, presentar nuevos tópicos o ampliar sus conocimientos para hacer más interesante la materia que imparte. Esta relación mutua que se asienta en la libertad -en proceso y madura, del alumno y del docente, respectivamente- puede debilitarse o hacerse precaria de no mediar la autoridad como condición básica. Y es que la escuela garantiza: a) Un clima tal que permita una convivencia pacífica; b) Que el objeto de la relación -enseñanza-aprendizaje- se realice con eficacia y sostenidamente; y, c) Que pueda mostrar un norte definido en su proyecto educativo. Con una autoridad de esta índole es posible configurar las condiciones que tanto la escuela y el alumno consigan, lo que les es debido en orden a su naturaleza y función.

 Ciertamente, se convierte en una tarea de primer orden el cuidado y cultivo de la relación mutua entre la escuela y el alumno, que no se agota en las paredes de un aula. La dimensión social, el ‘estar’ y la participación del estudiante están también implicados en esa relación. Una relación débil o precaria se proyecta conformando una estela que se extiende difusamente por el ámbito escolar y que el alumno desde su posición interpreta. Toda persona razona, elabora, enjuicia y actúa sobre la base de los datos que le suministran los sentidos. Por eso, la experiencia sensible, la percepción o apreciación que se tenga de la escuela determinará el curso de la participación de los estudiantes.

 Si es percibida como una amenaza a la integridad física o emocional porque campea sin coto el acoso, si es vista como voluble porque carece de un norte definido y más bien se acompasa con los requerimientos de todos, es decir, consiente más que educa, o, por el contrario, si su rigidez y excesivo control secan la fuente de vitalidad en sus alumnos, esa escuela será estimada como un mero lugar al que no queda más remedio que asistir para ser instruido. Reducida a ese nivel, no pinta como un ámbito relacional cargado de posibilidades de intercambios ni propicia para la creación de encuentros interpersonales; en consecuencia, su condición de instancia de perfeccionamiento tanto individual como social se diluye.

 Cuando la relación del alumno con la escuela nace de una buena percepción, “la participación es un vehículo para el desarrollo de sentimientos de pertenencia”[1]. El saberse perteneciente no resulta únicamente del estar-en un grupo, ni siquiera entrar y salir a su antojo; la pertenencia se incoa cuando la persona tiene ocasión de aportar al grupo a través de la encomienda y realización de tareas o ‘encargos’. Sentirse-parte es saberse incluido en un todo en el que se es protagonista y no un mero seguidor. “El ser humano desarrolla su capacidad de iniciativa y su sentido de responsabilidad a través de los distintos cargos que tiene acceso en cada grupo”[2]. Es una suerte de relación mutua: el grupo me asegura ‘ubicación’, el estar dentro, y yo reafirmo esa consideración contribuyendo a mantenerlo en aquellas tareas que se me ha encomendado. Sin participación el sentido de pertenencia es efímero.

 Por tanto, se torna en un reto atractivo para la escuela el procurar que sus alumnos satisfagan su sentimiento de arraigo o de pertenencia. “Cada ser humano tiene necesidad de tener múltiples raíces. Tiene precisión de recibir casi la totalidad de su vida moral, intelectual, espiritual, por intermedio de los ambientes de los que naturalmente forma parte”[3]. Existencialmente, cuando un alumno no se siente y no se sabe radicado en su comunidad educativa, “pierde el bien más profundo (…) el lazo misterioso y cordial con las cosas de su mundo por el que estas se hacen valiosas para él y otorgan arraigo y sentido a su vida”[4]. Es sintomático que cuando un alumno se encuentra ajeno o fuera de contexto tiende a reemplazar sus vínculos personales por objetos o sucedáneos quiméricos.

 

 

 

 

 

[1] Frigerio, Graciela, et al., “Las instituciones educativas: cara y ceca”, Ed. Troquel, Argentina, 6ta Ed. 1996, pág. pág. 104.

[2] Sacheri, Carlos, “El orden natural”, IDEP, Lima, 1981, pág. 158.

[3] Cfr. Vallet de Goytisolo, Juan, “Fundamentos y soluciones de la organización por cuerpos intermedios”, pág. 993 en http://www.fundacionspeiro.org/verbo/1969/v-80-P979-995PDF..

[4] Ibídem, pág. 994.

 

 

FELIZ DÍA MAESTRO

Edistio Cámere

 No solamente el clima que juega estos días malas pasadas porque no termina de definirse. También hay una ‘atmosfera’ que envuelve, fatiga y desconcierta el quehacer cotidiano del docente. Me refiero a la crítica que no construye, a las denuncias mediáticas que generan zozobra en la comunidad y a la incesante tendencia de calificar la educación mediante cifras. Mientras que toda esta suerte de “comentarios” circula, el mundo educativo real – colegios y profesores – continúa sin renunciar a sus obligaciones.

Sin duda, ni las circunstancias ni el ambiente en que se desarrolla la labor educativa son ideales. Sin embargo, aquella tiene que realizarse porque esta firmemente anclada y enlazada a la realidad de la persona. Lo ordinario en el quehacer docente es que esté compuesto de claros (situaciones luminosas, rutilantes y alegres) y oscuros (momentos tristes, desconcertantes y contradictorios) que hacen de la vida un proyecto indeterminado cuya concreción diaria reclama de creatividad, de flexibilidad, de interpretación y sobre todo, decisiones personales.

La niña indispuesta, el niño distraído, la adolescente melancólica, el joven desmotivado, el profesor cansando, la profesora con el hijo enfermo, el ambiente adverso…. son hechos de los que el docente no puede sustraerse no obstante, confieren un sello radicalmente humano al acto educativo, pues en él están comprometidas su libertad y su responsabilidad, que lo habilitan para trascender, llenando de humanidad la circunstancia inmediata.

“Dios no elige dotados, dota a los elegidos”, esta frase mirada desde la óptica del quehacer docente alienta, da confianza y seguridad. No sólo porque reafirma al profesor en la elección asumida en su juventud sino porque da esa sabiduría para atinar con el consejo específico, con la metodología apropiada, con la corrección afectuosa y con la solución menos onerosa. En la labor del docente no hay días iguales, por tanto, la mera técnica no siempre tiene respuestas singulares. El trato con personas en franco proceso de crecimiento y formación, llega a su cenit en logros porque Dios ha dotado a los maestros. La condición es que como el arquero hay que tener la vista puesta en el objetivo, de modo tal que cuando dispare acertará en el blanco. Si se afina en la búsqueda del objeto central del propio quehacer, la acción educativa resultante será consecuencia de un movimiento interior y por ello mismo más efectiva y eficaz.

Cuando el docente se aplica de lleno en su trabajo siempre tiene la sensación de que el tiempo transcurre velozmente y sin retorno. Es consciente que en la educación el tiempo es un valor que no se acumula por tanto es necesario aprovecharlo al máximo. Se educa hoy con la mirada puesta en el mañana. En este sentido, ni los colegios ni los docentes pueden desviarse de su centro dejándose afectar por toda esa retahíla de comentarios y críticas venidas desde fuera desde distintas posiciones. La respuesta, la única respuesta válida es seguir trabajando con entusiasmo y empeño para lograr los propósitos planteados de cara a los alumnos al inicio de año. Vale la pena no cejar en la aventura educativa que espolea las mejores dotes y condiciones adheridas a la vocación como docentes. El alumno, con nombre propio y la sociedad, son más importantes que la oleada de críticas hacia la educación. Estas con el paso del tiempo se desdibujan en cambio, lo que el docente escribe en la biografía de su alumno, el tiempo le añade valor y le otorga además un sentido histórico.

LA DIVERSIDAD EN LA EDUCACIÓN

Edistio Cámere

¿A qué se hace referencia cuando se alude a diversidad? ¿A variedad?, ¿a diferencia? , ¿A distintos?  ¿A los otros? ¿A multiplicidad?  En rigor no hay variedad de hombres  como si variedad de flores; no se advierte distintos hombres como si se hace en el reino animal: el tigre es muy distinto a la tortuga y ¡que decir entre el elefante y la hormiga!

En el ser humano se advierten diferencias que nacen de su condición de persona: digna, única, irrepetible e insustituible. Pero al mismo tiempo, se observa semejanzas cifradas precisamente en aquello que las diferencia: toda persona es única, digna, irrepetible e insustituible. No existen dos personas iguales: Juan es único, María lo propio, Roberto igual y Teresa es única. Cada una tiene una intimidad ‘original’ que la hace singular ([1])  Ahora bien, toda persona posee una patrimonio inicial: la vida, la genética, un cuerpo, inteligencia, voluntad, libertad…que luego, gracias a sus experiencias, situaciones de vida pero sobre todo a sus decisiones personales, lo modifica ya sea incrementándolo  o no.  La forma cómo se dispone o decide sobre el patrimonio recibido configura el modo de ser, del cual depende el modo de actuar, que revela el ‘estado actual’ de una persona. ([2]) Como la persona se manifiesta a través de su modo de ser, de su actuar –aunque, vale la pena recalcarlo, la persona no es su modo de ser ni su actuar, más bien: tiene un modo de ser y una forma de actuar  – la manera de aproximarse a ella es conociendo los aspectos relevantes de ese modo de ser, que no encajan a una férrea tipología psicológica, sino que derivan de una acendrada singularidad y exquisita libertad.

La diversidad es un hecho antropológico, por tanto, su atención y trato no debería derivarse ni limitarse al nivel de la tenencia, de la cultura o del estatus económico, sino en la dignidad y condición de ser persona. Aquellas características no determinan la diversidad, a lo más dejan su impronta en el modo de ser o en la personalidad, por consiguiente, en educación el reto no es atender la diversidad sino la singularidad. ¡Esto sí que es ardua tarea porque no solamente interesan aquellos alumnos que exceden la norma tanto por arriba como por abajo, sino todos sin excepción, con el agregado que siendo irrepetibles también lo serán sus motivaciones, expectativas, intereses, capacidades, ideales, deficiencias,… y en el ejercicio de su libertad y decisiones! Para lo cual es fundamental procurar conocer y tratar a cada uno de los estudiantes desde su condición de personas.

Cuando se insiste en demasía en la diversidad basada en signos ‘externos’ se corre el riesgo de no reparar en las semejanzas ([3]) que tienen las personas: la coexistencia: la persona es una intimidad que es una apertura radical;  la libertad: que es la capacidad de autodeterminarse hacia la verdad y el bien. Dichas características hacen posible el abrirse a un tú, el encuentro y la acogida al ‘otro’, tan persona como yo, con quien puede relacionarme simultáneamente con singularidad y las diferencias en su modo de ser, dibujado con el pincel de su libertad, para complementarme como persona. La persona gracias a su apertura- coexistencia- y a su libertad puede donarse y aportar. Donarse desde su núcleo íntimo a otros semejantes –personas- en la amistad o en el amor personal. Aportar desde su condición de singular e irrepetible es contribuir con novedad a la sociedad mediante el trabajo, siendo solidarios en el logro del bien común.  Todas las personas están llamadas a la donación y el aporte personal. Las diferencias en su modo de ser y de actuar – la educación contribuye a remover los obstáculos antropológicos: la ignorancia y la falta de carácter que impiden la plena manifestación de su ser persona – los enriquecen y valoran.

 

[1] Como apunta Yépez: “La persona está detrás de sus manifestaciones, en un núcleo íntimo y oculto, a donde a primera vista no es fácil llegar… La persona está más allá de lo que muestra, de lo que dice y de lo que hace” en Alcázar, Manuel, Las decisiones directivas, Tesis Doctoral, UNAV, España, 2010, págs. 199-200
[2] “La esencia´ humana – mi modo de ser, del cual depende mi modo de actuar – es el estado actual de mi ‘humanidad’ modificada – para mejor o para peor – a través de las acciones, de la vida vivida” Ibíd. Pág. 207
[3]“En lugar de levantar acta de lo que el vecino puede tener de diferente, quizá sea más oportuno buscar lo que tenemos de común con él. Porque existen entre todos los hombres, por muy alejados que estén los unos de los otros en la geografía o en la historia, puntos de coincidencia intelectuales o morales que los hacen menos desiguales de lo que con frecuencia imaginan (…) Un francés puede sentirse muy diferente de un hombre de Patagonia en materia de costumbres o de vivienda, pero un patagón y un francés que se estrechan la mano hablan la misma lengua, y esto es, precisamente, lo que hay que dedicarse a practicar, mucho antes que eso del ‘derecho a la diferencia’ ”. Frossard, André, El hombre en preguntas, Ediciones Dolmen, Colombia, 1995, pág. 61

NOTAS DE LA PERSONA A QUIEN EDUCAMOS

Edistio Cámere

 Santo Tomás, citado por Alejandro Llano, afirma : El estudio de la filosofía no se ordena a saber lo que pensaron los hombre sino a conocer cuál es la verdad de las cosas. ¿Qué verdad? ¿Es posible conocerla? ¿Está en mi mente o en el ser de las cosas? Cuando hablamos de la verdad, decimos de la certeza, de la opinión, del error, de la duda… del eceptisismo, del relativismo, de la subjetividad, de la objetividad. Pero también se predica de quién conoce; distinto de algo que conoce. ¿Quién conoce? El hombre a través de su entendimiento, de su inteligencia y de sus operaciones. En rigor conoce la persona, el hombre es un ente genérico, pero persona es un alguien concreto, específico y singular. ¿Es sólo inteligencia? Es más, mucho más. Es libre, quiere y es afectada por su entorno. Es intimidad y apertura. Es cuerpo y alma. Es un espíritu encarnado, diría Polo. Siempre debe lo que quiere o quiere sin vincularse con lo que debe. Es libre, de qué o para qué. ¿ Elige ordinariamente con acierto? ¿En base a que decide?  Las decisiones del hombre lo marcan, lo definen o se mantiene neutral, aséptico de las consecuencias de sus decisiones. La convivencia, la coexistencia anula su libertad o requiere de ella para realizarse.

 Cómo se relaciona con otros, mediante la simpatía, la amistad, el amor,.. Son lo mismo. Si son lo mismo, puede existir diferencia entre el Eros y el ágape. Es el amor algo puntual o predica continuidad en las relaciones. ¿El amor se expresa o manifiesta de igual forma en el varón que en la mujer? El amor es pasividad o llama a la actividad. El amor crea y produce lazos y obras. El trabajo bien entendido es amor, es dar a luz un producto que antes no existía en cuanto tal, no que el hombre lo cree de la nada sino que lo componga armoniosamente sellándolo o informándolo con lo propio singularizante.

 El trabajo pero más la convivencia crea cultura, modos, costumbres en el habitar en casa o en el coincidir en las ágoras, en las calles, en los barrios… en la patria, en el mundo.

 El entorno, la realidad que circunda a ese hombre existente es aplastante, forzosa o simplemente una escenografía que adorna su vivir sin más contacto que como mero fondo ornamental. La naturaleza tiene sus reglas independientes de uno, pero el hombre es libre ¿para cambiarlas? ¿Para aceptarlas? o para extraer de ellas posibilidades que las podrá convertir en disponibilidades encaminadas a su desarrollo. En esa realidad también hay otros, que se cruzan, que apretujan, que empujan, que ayudan y que buscan lo mismo: realizarse. Cómo se hace compatible lo uno con lo otro, es decir, cómo mi realización no obstaculiza la del otro.

 El hombre también se vivencia como carente, limitado y finito. No siempre consigue lo que pretende; los seres queridos mueren, sufre moralmente y también en el cuerpo. El dolor es la trama y el drama de su existencia. El dolor se incrusta en sus entrañas, no puede distanciarse a lo más debe encontrarle un sentido, un por qué, de otro modo, cae en el absurdo y en el pesimismo.

 Aun así puede ser feliz. La felicidad no es una utopía tamaño catedral. Puede convivir con el dolor y con su finitud. Tantos afanes, luchas, aspiraciones para terminar en ser para la muerte. La felicidad es un acto, sucesión de actos o un estado como consecuencia de las decisiones asumidas. Tal es el hombre que reclama comprensión y conocimiento, máxime si nuestro quehacer apunta a su formación en pleno apogeo de la vida, donde parece que el tiempo es interminable y el futuro una apelación constante.

¿QUE ESPERA EL DOCENTE DEL DIRECTIVO?

Edistio Cámere

Concluida una dinámica, cordial e interesante reunión de intercambio de opiniones entre profesores de escuelas públicas y privadas – a la que asiste como simple escucha – tres ideas me quedaron grabadas con respecto a lo que los docentes esperan de sus directivos.

La Confianza.- Confiar significa creer en las capacidades y en la disposición del docente con relación al desempeño de su quehacer. Hacerse cargo de que como profesional de la educación aportará a los fines de la escuela. La confianza predica respeto a su autonomía y jurisdicción en el ámbito de su aula. A su vez se hace cargo del querer (libertad) mediante la cual el docente procurará intencionadamente que el alumno aprenda y de su responsabilidad que en buena cuenta implica ‘el responder’ por el encargo recibido y por las consecuencias derivadas de su ejercicio docente.

Confiar direcciona la relación profesional hacia una suerte de ‘sociedad’: directivos y docentes se asocian para que cada cual desde su propio saber, contribuyan a un mismo fin. Esta complementariedad recaba el conocimiento de la misión externa, valores y el saber específico de la escuela a través de programa de formación a los docentes –grupal e individual – más que en la capacitación técnico-pedagógica de los mismos: es ese su patrimonio profesional a partir del cual aportan – pero desde su condición personal- a la escuela.

Confiar también significa delegar aceptando que el docente logrará el objetivo incorporando la originalidad de su aporte y creatividad. Se trata de llegar a la misma meta no de hacer lo mismo para alcanzarla.

La confianza libera al docente de los temores y de las excusas para aventurarse por el camino de la innovación, del cambio y de las sugerencias que, recibidas por los directivos, se constituyen en un importante y valioso modo de gobernar conjuntamente. Al permitir, no solamente aplicar una política sino que en su aplicación se la corrige o se le ratifica, que es el modo de hacer escuela en la que todos los actos son protagonistas principales.

La Previsibilidad.- Es como un árbol: mudan las hojas pero el tronco permanece. La estabilidad del tronco permite que las hojas y/o frutos florezcan cuando el clima sea propicio y se replieguencuando es contrario. En ambos casosel árbol sigue enhiesto cumpliendo su misión. En la escuela la previsibilidad no implica rutina ni menos se opone a la innovación, más bien, promueve que el docente establezca una relación personal y profesional con el proyecto educativo, de manera que estará en condiciones de conocerlo en todas sus dimensiones y desde esta perspectiva proponer mejoras puntuales en su ejecución. ‘Tener posesión’ de lo que la escuela busca en el mediano y largo plazo le da seguridad al docente. Los cambios intempestivos generan desasosiego que impide un despliegue eficiente de su desempeño.

La previsibilidad también alude a la importancia de contar con reglas claras, concisas y razonables, no sujetas al estado de ánimo ni al capricho de los directivos. Cuando las normas son precisas y objetivas contribuyen decididamente a crear una buena y positiva convivencia en la escuela.

El buen trato.- La relación entre el directivo y el docente es doble: a) simétrica pues se establece entre dos personas capaces de conocer, querer y decidir libremente; y, b) asimétrica porque el primero tiene que lograr objetivos institucionales pero contando con el conocimiento, el querer y la libertad del segundo. El buen trato reclama que la función no anule a la persona, es ésta la que da relieve a aquella. Aceptar al docente desde su condición radical de persona implica reconocer la valía de su aporte aderezado con su particular modo de ser y actuar. Es desde esta aceptación que la escucha atenta encuentra su mejor argumento. Se escucha a un ‘quien’ único e irrepetible empeñado en realizar su vocación docente, con iniciativas, ganas y conocimientos pero que a veces la institución o su modo de ser se lo impiden. Entonces, la palabra que estimula, el ejemplo que arrastra o la remoción de algún inconveniente organizacional se tornan en tarea irremplazable del directivo.