FELIZ DÍA MAESTRO

Edistio Cámere

 No solamente el clima que juega estos días malas pasadas porque no termina de definirse. También hay una ‘atmosfera’ que envuelve, fatiga y desconcierta el quehacer cotidiano del docente. Me refiero a la crítica que no construye, a las denuncias mediáticas que generan zozobra en la comunidad y a la incesante tendencia de calificar la educación mediante cifras. Mientras que toda esta suerte de “comentarios” circula, el mundo educativo real – colegios y profesores – continúa sin renunciar a sus obligaciones.

Sin duda, ni las circunstancias ni el ambiente en que se desarrolla la labor educativa son ideales. Sin embargo, aquella tiene que realizarse porque esta firmemente anclada y enlazada a la realidad de la persona. Lo ordinario en el quehacer docente es que esté compuesto de claros (situaciones luminosas, rutilantes y alegres) y oscuros (momentos tristes, desconcertantes y contradictorios) que hacen de la vida un proyecto indeterminado cuya concreción diaria reclama de creatividad, de flexibilidad, de interpretación y sobre todo, decisiones personales.

La niña indispuesta, el niño distraído, la adolescente melancólica, el joven desmotivado, el profesor cansando, la profesora con el hijo enfermo, el ambiente adverso…. son hechos de los que el docente no puede sustraerse no obstante, confieren un sello radicalmente humano al acto educativo, pues en él están comprometidas su libertad y su responsabilidad, que lo habilitan para trascender, llenando de humanidad la circunstancia inmediata.

“Dios no elige dotados, dota a los elegidos”, esta frase mirada desde la óptica del quehacer docente alienta, da confianza y seguridad. No sólo porque reafirma al profesor en la elección asumida en su juventud sino porque da esa sabiduría para atinar con el consejo específico, con la metodología apropiada, con la corrección afectuosa y con la solución menos onerosa. En la labor del docente no hay días iguales, por tanto, la mera técnica no siempre tiene respuestas singulares. El trato con personas en franco proceso de crecimiento y formación, llega a su cenit en logros porque Dios ha dotado a los maestros. La condición es que como el arquero hay que tener la vista puesta en el objetivo, de modo tal que cuando dispare acertará en el blanco. Si se afina en la búsqueda del objeto central del propio quehacer, la acción educativa resultante será consecuencia de un movimiento interior y por ello mismo más efectiva y eficaz.

Cuando el docente se aplica de lleno en su trabajo siempre tiene la sensación de que el tiempo transcurre velozmente y sin retorno. Es consciente que en la educación el tiempo es un valor que no se acumula por tanto es necesario aprovecharlo al máximo. Se educa hoy con la mirada puesta en el mañana. En este sentido, ni los colegios ni los docentes pueden desviarse de su centro dejándose afectar por toda esa retahíla de comentarios y críticas venidas desde fuera desde distintas posiciones. La respuesta, la única respuesta válida es seguir trabajando con entusiasmo y empeño para lograr los propósitos planteados de cara a los alumnos al inicio de año. Vale la pena no cejar en la aventura educativa que espolea las mejores dotes y condiciones adheridas a la vocación como docentes. El alumno, con nombre propio y la sociedad, son más importantes que la oleada de críticas hacia la educación. Estas con el paso del tiempo se desdibujan en cambio, lo que el docente escribe en la biografía de su alumno, el tiempo le añade valor y le otorga además un sentido histórico.

LA DIVERSIDAD EN LA EDUCACIÓN

Edistio Cámere

¿A qué se hace referencia cuando se alude a diversidad? ¿A variedad?, ¿a diferencia? , ¿A distintos?  ¿A los otros? ¿A multiplicidad?  En rigor no hay variedad de hombres  como si variedad de flores; no se advierte distintos hombres como si se hace en el reino animal: el tigre es muy distinto a la tortuga y ¡que decir entre el elefante y la hormiga!

En el ser humano se advierten diferencias que nacen de su condición de persona: digna, única, irrepetible e insustituible. Pero al mismo tiempo, se observa semejanzas cifradas precisamente en aquello que las diferencia: toda persona es única, digna, irrepetible e insustituible. No existen dos personas iguales: Juan es único, María lo propio, Roberto igual y Teresa es única. Cada una tiene una intimidad ‘original’ que la hace singular ([1])  Ahora bien, toda persona posee una patrimonio inicial: la vida, la genética, un cuerpo, inteligencia, voluntad, libertad…que luego, gracias a sus experiencias, situaciones de vida pero sobre todo a sus decisiones personales, lo modifica ya sea incrementándolo  o no.  La forma cómo se dispone o decide sobre el patrimonio recibido configura el modo de ser, del cual depende el modo de actuar, que revela el ‘estado actual’ de una persona. ([2]) Como la persona se manifiesta a través de su modo de ser, de su actuar –aunque, vale la pena recalcarlo, la persona no es su modo de ser ni su actuar, más bien: tiene un modo de ser y una forma de actuar  – la manera de aproximarse a ella es conociendo los aspectos relevantes de ese modo de ser, que no encajan a una férrea tipología psicológica, sino que derivan de una acendrada singularidad y exquisita libertad.

La diversidad es un hecho antropológico, por tanto, su atención y trato no debería derivarse ni limitarse al nivel de la tenencia, de la cultura o del estatus económico, sino en la dignidad y condición de ser persona. Aquellas características no determinan la diversidad, a lo más dejan su impronta en el modo de ser o en la personalidad, por consiguiente, en educación el reto no es atender la diversidad sino la singularidad. ¡Esto sí que es ardua tarea porque no solamente interesan aquellos alumnos que exceden la norma tanto por arriba como por abajo, sino todos sin excepción, con el agregado que siendo irrepetibles también lo serán sus motivaciones, expectativas, intereses, capacidades, ideales, deficiencias,… y en el ejercicio de su libertad y decisiones! Para lo cual es fundamental procurar conocer y tratar a cada uno de los estudiantes desde su condición de personas.

Cuando se insiste en demasía en la diversidad basada en signos ‘externos’ se corre el riesgo de no reparar en las semejanzas ([3]) que tienen las personas: la coexistencia: la persona es una intimidad que es una apertura radical;  la libertad: que es la capacidad de autodeterminarse hacia la verdad y el bien. Dichas características hacen posible el abrirse a un tú, el encuentro y la acogida al ‘otro’, tan persona como yo, con quien puede relacionarme simultáneamente con singularidad y las diferencias en su modo de ser, dibujado con el pincel de su libertad, para complementarme como persona. La persona gracias a su apertura- coexistencia- y a su libertad puede donarse y aportar. Donarse desde su núcleo íntimo a otros semejantes –personas- en la amistad o en el amor personal. Aportar desde su condición de singular e irrepetible es contribuir con novedad a la sociedad mediante el trabajo, siendo solidarios en el logro del bien común.  Todas las personas están llamadas a la donación y el aporte personal. Las diferencias en su modo de ser y de actuar – la educación contribuye a remover los obstáculos antropológicos: la ignorancia y la falta de carácter que impiden la plena manifestación de su ser persona – los enriquecen y valoran.

 

[1] Como apunta Yépez: “La persona está detrás de sus manifestaciones, en un núcleo íntimo y oculto, a donde a primera vista no es fácil llegar… La persona está más allá de lo que muestra, de lo que dice y de lo que hace” en Alcázar, Manuel, Las decisiones directivas, Tesis Doctoral, UNAV, España, 2010, págs. 199-200
[2] “La esencia´ humana – mi modo de ser, del cual depende mi modo de actuar – es el estado actual de mi ‘humanidad’ modificada – para mejor o para peor – a través de las acciones, de la vida vivida” Ibíd. Pág. 207
[3]“En lugar de levantar acta de lo que el vecino puede tener de diferente, quizá sea más oportuno buscar lo que tenemos de común con él. Porque existen entre todos los hombres, por muy alejados que estén los unos de los otros en la geografía o en la historia, puntos de coincidencia intelectuales o morales que los hacen menos desiguales de lo que con frecuencia imaginan (…) Un francés puede sentirse muy diferente de un hombre de Patagonia en materia de costumbres o de vivienda, pero un patagón y un francés que se estrechan la mano hablan la misma lengua, y esto es, precisamente, lo que hay que dedicarse a practicar, mucho antes que eso del ‘derecho a la diferencia’ ”. Frossard, André, El hombre en preguntas, Ediciones Dolmen, Colombia, 1995, pág. 61

NOTAS DE LA PERSONA A QUIEN EDUCAMOS

Edistio Cámere

 Santo Tomás, citado por Alejandro Llano, afirma : El estudio de la filosofía no se ordena a saber lo que pensaron los hombre sino a conocer cuál es la verdad de las cosas. ¿Qué verdad? ¿Es posible conocerla? ¿Está en mi mente o en el ser de las cosas? Cuando hablamos de la verdad, decimos de la certeza, de la opinión, del error, de la duda… del eceptisismo, del relativismo, de la subjetividad, de la objetividad. Pero también se predica de quién conoce; distinto de algo que conoce. ¿Quién conoce? El hombre a través de su entendimiento, de su inteligencia y de sus operaciones. En rigor conoce la persona, el hombre es un ente genérico, pero persona es un alguien concreto, específico y singular. ¿Es sólo inteligencia? Es más, mucho más. Es libre, quiere y es afectada por su entorno. Es intimidad y apertura. Es cuerpo y alma. Es un espíritu encarnado, diría Polo. Siempre debe lo que quiere o quiere sin vincularse con lo que debe. Es libre, de qué o para qué. ¿ Elige ordinariamente con acierto? ¿En base a que decide?  Las decisiones del hombre lo marcan, lo definen o se mantiene neutral, aséptico de las consecuencias de sus decisiones. La convivencia, la coexistencia anula su libertad o requiere de ella para realizarse.

 Cómo se relaciona con otros, mediante la simpatía, la amistad, el amor,.. Son lo mismo. Si son lo mismo, puede existir diferencia entre el Eros y el ágape. Es el amor algo puntual o predica continuidad en las relaciones. ¿El amor se expresa o manifiesta de igual forma en el varón que en la mujer? El amor es pasividad o llama a la actividad. El amor crea y produce lazos y obras. El trabajo bien entendido es amor, es dar a luz un producto que antes no existía en cuanto tal, no que el hombre lo cree de la nada sino que lo componga armoniosamente sellándolo o informándolo con lo propio singularizante.

 El trabajo pero más la convivencia crea cultura, modos, costumbres en el habitar en casa o en el coincidir en las ágoras, en las calles, en los barrios… en la patria, en el mundo.

 El entorno, la realidad que circunda a ese hombre existente es aplastante, forzosa o simplemente una escenografía que adorna su vivir sin más contacto que como mero fondo ornamental. La naturaleza tiene sus reglas independientes de uno, pero el hombre es libre ¿para cambiarlas? ¿Para aceptarlas? o para extraer de ellas posibilidades que las podrá convertir en disponibilidades encaminadas a su desarrollo. En esa realidad también hay otros, que se cruzan, que apretujan, que empujan, que ayudan y que buscan lo mismo: realizarse. Cómo se hace compatible lo uno con lo otro, es decir, cómo mi realización no obstaculiza la del otro.

 El hombre también se vivencia como carente, limitado y finito. No siempre consigue lo que pretende; los seres queridos mueren, sufre moralmente y también en el cuerpo. El dolor es la trama y el drama de su existencia. El dolor se incrusta en sus entrañas, no puede distanciarse a lo más debe encontrarle un sentido, un por qué, de otro modo, cae en el absurdo y en el pesimismo.

 Aun así puede ser feliz. La felicidad no es una utopía tamaño catedral. Puede convivir con el dolor y con su finitud. Tantos afanes, luchas, aspiraciones para terminar en ser para la muerte. La felicidad es un acto, sucesión de actos o un estado como consecuencia de las decisiones asumidas. Tal es el hombre que reclama comprensión y conocimiento, máxime si nuestro quehacer apunta a su formación en pleno apogeo de la vida, donde parece que el tiempo es interminable y el futuro una apelación constante.

¿QUE ESPERA EL DOCENTE DEL DIRECTIVO?

Edistio Cámere

Concluida una dinámica, cordial e interesante reunión de intercambio de opiniones entre profesores de escuelas públicas y privadas – a la que asiste como simple escucha – tres ideas me quedaron grabadas con respecto a lo que los docentes esperan de sus directivos.

La Confianza.- Confiar significa creer en las capacidades y en la disposición del docente con relación al desempeño de su quehacer. Hacerse cargo de que como profesional de la educación aportará a los fines de la escuela. La confianza predica respeto a su autonomía y jurisdicción en el ámbito de su aula. A su vez se hace cargo del querer (libertad) mediante la cual el docente procurará intencionadamente que el alumno aprenda y de su responsabilidad que en buena cuenta implica ‘el responder’ por el encargo recibido y por las consecuencias derivadas de su ejercicio docente.

Confiar direcciona la relación profesional hacia una suerte de ‘sociedad’: directivos y docentes se asocian para que cada cual desde su propio saber, contribuyan a un mismo fin. Esta complementariedad recaba el conocimiento de la misión externa, valores y el saber específico de la escuela a través de programa de formación a los docentes –grupal e individual – más que en la capacitación técnico-pedagógica de los mismos: es ese su patrimonio profesional a partir del cual aportan – pero desde su condición personal- a la escuela.

Confiar también significa delegar aceptando que el docente logrará el objetivo incorporando la originalidad de su aporte y creatividad. Se trata de llegar a la misma meta no de hacer lo mismo para alcanzarla.

La confianza libera al docente de los temores y de las excusas para aventurarse por el camino de la innovación, del cambio y de las sugerencias que, recibidas por los directivos, se constituyen en un importante y valioso modo de gobernar conjuntamente. Al permitir, no solamente aplicar una política sino que en su aplicación se la corrige o se le ratifica, que es el modo de hacer escuela en la que todos los actos son protagonistas principales.

La Previsibilidad.- Es como un árbol: mudan las hojas pero el tronco permanece. La estabilidad del tronco permite que las hojas y/o frutos florezcan cuando el clima sea propicio y se replieguencuando es contrario. En ambos casosel árbol sigue enhiesto cumpliendo su misión. En la escuela la previsibilidad no implica rutina ni menos se opone a la innovación, más bien, promueve que el docente establezca una relación personal y profesional con el proyecto educativo, de manera que estará en condiciones de conocerlo en todas sus dimensiones y desde esta perspectiva proponer mejoras puntuales en su ejecución. ‘Tener posesión’ de lo que la escuela busca en el mediano y largo plazo le da seguridad al docente. Los cambios intempestivos generan desasosiego que impide un despliegue eficiente de su desempeño.

La previsibilidad también alude a la importancia de contar con reglas claras, concisas y razonables, no sujetas al estado de ánimo ni al capricho de los directivos. Cuando las normas son precisas y objetivas contribuyen decididamente a crear una buena y positiva convivencia en la escuela.

El buen trato.- La relación entre el directivo y el docente es doble: a) simétrica pues se establece entre dos personas capaces de conocer, querer y decidir libremente; y, b) asimétrica porque el primero tiene que lograr objetivos institucionales pero contando con el conocimiento, el querer y la libertad del segundo. El buen trato reclama que la función no anule a la persona, es ésta la que da relieve a aquella. Aceptar al docente desde su condición radical de persona implica reconocer la valía de su aporte aderezado con su particular modo de ser y actuar. Es desde esta aceptación que la escucha atenta encuentra su mejor argumento. Se escucha a un ‘quien’ único e irrepetible empeñado en realizar su vocación docente, con iniciativas, ganas y conocimientos pero que a veces la institución o su modo de ser se lo impiden. Entonces, la palabra que estimula, el ejemplo que arrastra o la remoción de algún inconveniente organizacional se tornan en tarea irremplazable del directivo.

LA CALIDAD EDUCATIVA

Edistio Cámere

            Calidad es uno de esos términos que admite muchas interpretaciones. El usuario de un servicio educativo tiene a su vez criterios que no siempre coinciden con el que lo presta. Por otro lado, la satisfacción perfecta no es usual. El usuario, una vez satisfecho con un determinado rango de calidad puede demandar o necesitar uno de mayor nivel.

            La interacción entre el usuario y el prestador de un servicio produce cambios tanto en la percepción como en la satisfacción del mismo. En buena cuenta se produce un aprendizaje. Frente a un servicio determinado quien lo presta puede modificarlo, al hacerlo le agrega una innovación, en consecuencia, quien lo recibe puede a) aceptarlo, b) rechazarlo. En el caso de aceptarlo, habrá modificado su percepción y/o satisfacción positivamente. Trascurrido un tiempo prudencial el usuario, acomodado a este tipo de servicio, puede demandar o necesitar una mejora; sí quien lo presta capta el mensaje y decide modificarlo para sintonizar con esa nueva necesidad, con relación al servicio original, éste último habrá mejorado y entrado en vigencia. Entonces, se habrá producido un aprendizaje positivo generador de confianza en la interacción entre ambos.

            ¿Qué ocurre si el servicio recibido es rechazado? El que lo presta puede: a) revisarlo y responder cambiando la estrategia para dar una solución; b) desalentarse. El receptor por su parte: a) mostrará su disconformidad, b) perderá confianza.

            La calidad de un servicio educativo no obedece en su configuración a impulsos sugeridos por la moda o por la indomable tendencia a competir para ganar mayor porción de mercado; su fundamento habría que rastrearlo en la calidad motivacional de quienes lo prestan, es decir de todo el conjunto de profesionales que laboran en una escuela. A su vez, esa calidad en sus motivaciones se desprende, se origina en la misión externa, que es conocimiento real de las necesidades de los usuarios, del saber institucional: lo que sabe hacer bien la institución ([1]) y del estilo de dirección. La calidad del servicio educativo es fruto, consecuencia o corolario, a ella no se arriba directamente sino a través de un proceso en el que las personas y sus acciones están alineadas y comprometidas con la satisfacción de las necesidades reales de los usuarios.

            Si el docente no puede porque no cuenta con los recursos mínimos y oportunos para realizar bien su labor; si no sabe enseñar ni gobernar su aula y si no quiere, es decir, no tiene la intención, no busca que sus alumnos efectivamente aprendan; sin estas tres condiciones difícilmente podrá la escuela dar un servicio de calidad. Si por el contrario, puede, sabe y quiere se puede tener la certeza de que los usuarios podrán estar satisfechos. Naturalmente, estas tres condiciones son promovidas desde dentro por el sistema directivo de la escuela. En la dirección recae una importante responsabilidad de cara a la calidad del servicio educativo.

            Si una escuela está comprometida razonablemente por el bien de sus alumnos y menos preocupada por contemporizar con sus padres de familia, será más flexible y, por tanto, más permeable para escuchar y aprender de las sugerencias recibidas de los alumnos, profesores y padres de familia.

[1] A veces por satisfacer la percepción de calidad de los usuarios o para complacerlos, la escuela puede ofrecer servicios que escapen del dominio de lo que sabe hacer. En consecuencia, lo ofrecido no es de la calidad esperada y, desperdicia oportunidades, energías y dinero que bien podrían destinarse a reforzar, mejorar o innovar en aquello que sabe hacer y los diferencia de otras escuelas.  

LA COMUNICACIÓN EN LA RELACIÓN PROFESOR- ALUMNO

Edistio Cámere

                Me gustaría compartir algunas ideas, algunas a modo de preguntas y otros como simples enunciados, en torno a la comunicación profesor –alumno, con la idea se suscitar reflexiones personales y/o un amplio y fructífero coloquio sobre el particular.

1)      ¿La comunicación es solo un proceso de trasmisión de contenidos de las materias que se cierra con la recepción de los mismos?

2)      Es un acto de interpretación ¿qué interpreta el alumno? ¿El puro mensaje? ¿qué le dicen los gestos y el  comportamiento del docente? ¿Qué le dice su ‘presencia’?  ¿El docente es consciente que comunica también con su presencia? Su modo de estar en el aula  ¿se correlaciona con su ser?

3)      ¿Existe una comunicación personal entre el docente y discente? O más bien, ¿Es funcional, es decir,  convencionalmente pedagógica? ¿Fuera de esa convención se puede arribar al objetivo inherente en la enseñanza-aprendizaje? Más aún, ¿es posible superar la ‘función’ de alumno sin menoscabo de esa relación?

4)      Superadas ambas convenciones, ¿no se ingresa en el campo de la amistad, del compañerismo? Pero, ¿el estudiante va a la escuela a aprender y no a relacionarse? ¿Se aprende desde el rigor de la función, desde la ausencia de interacciones?

5)      No ‘aprende’ el alumno, aprende la persona que no solo es intelecto, es ‘más’. ¿Ese ‘más’ o ‘mucho más’ debe entrar en la relación con el profesor? ¿Qué tiene que hacer el docente para relacionarse con ese ‘más’ de cada uno de los alumnos que tiene en un aula? ¿Es cuestión de capacidad, de tiempo o de definir el territorio de ese ‘más’ que puede desplegarse en el aula?

6)      Ese ‘más’ personal distingue, diferencia no sólo en número también en propiedades o modos de ser, de manera que la recepción y/o reacción de los integrantes de un aula no es uniforme. Si no es uniforme ¿debería igualmente haber diversidad de estímulos? En la práctica pareciera que así no debería ser: los  alumnos comparecen ante un mismo estímulo – el docente – y ante un mismo mensaje – la materia que imparte; sin embargo, esta realidad de hecho no anula ese ‘más’, lo ‘propio’ de cada persona. ¿cómo compaginar ambas realidades  opuestas?

7)      Independientemente de la didáctica ¿Cómo es la relación del alumno con la materia recepcionada? De interés, de desafío, de tedio… dependiendo como sea se derivará también la disposición hacia ella. En consecuencia, el  signo de la interacción con la materia podría señalar también el signo de la comunicación con el docente. ¿Es esta una distorsión? ¿Dónde se ubica? ¿En el receptor? ¿En su capacidad para aprender? ¿En su motivación? ¿En su edad cronológica?

8)      Si no se toma en cuenta ‘el más’ del alumno ¿Se caería en un modelo mecánico de la comunicación? Es decir, ¿interesa más la recepción de los contenidos que sus efectos en el alumno? Será por eso que se tiende a privilegiar las evaluaciones, las mediciones, como un modo de comprobar si ha habido un feedback: la comunicación será exitosa si coincide con el mensaje trasmitido.

9)      La vida escolar se caracteriza por ser un plexo de relaciones que en lo cotidiano se configuran. No siempre se está en la tesitura de medir los efectos de la trasmisión, por tanto, en el modo de ser de los alumnos ¿Influye la comunicación con el docente?

10)  ¿El docente tan solo trasmite los contenidos de las materias que dicta? ¿No expresa también modos de vida, criterios, valores, y… la cultura propuesta por el centro educativo? Los efectos de está ‘trasmisión predican dos cosas: a) que estamos frente a una relación que va más allá de lo meramente ‘pedagógico’; y, b) que es difícil medir cuantitativamente sus frutos aún en su condición de positivos o de negativos.

LA ESCOLARIZACIÓN DE LA FAMILIA

Edistio Cámere

          La relación familia- colegio mantiene un curso de complementariedad en la medida que el colegio no ‘escolarice’ a la familia y ésta no ‘familiarice’ a la escuela. No es tarea fácil, pues el alumno forma parte de los por una gran porción de tiempo. Lo interesante es procurar que cada cual realice su particular y propia tarea y relacionarse en aquello que atañe directamente a cada estudiante.

        El colegio debe evitar caer en las siguientes conductas  que según Brinkmann  ([1]) tienden a ‘escolarizarla’:

  1. Desplazamiento en la relación padre-hijo.- Primacía del tema “escuela” en la comunicación basada en el rendimiento y en las calificaciones, olvidando los contenidos educativos, las relaciones maestro-alumno, entre los mismos alumnos, clima escolar, experiencias personales y logros cotidianos.
  2. Agobio de las tareas escolares.- En general, existe la tendencia que aquello que no “logran” los profesores a través de la enseñanza –no importa la razón – lo trasladan a los padres; y, convierten la vida familiar, en vida “escolar” cotidiana y prolongada.
  3. Puntos de referencia y los límites de la familia y escuela.-   Se confunden cada vez más.  La familia pierde cara al niño, en cuanto a su problemática y en claridad del papel, frente a la escuela.
  4. La acción educativa se reduce a algunas influencias externas o en zonas periféricas del ser humano, premios, castigos, logros de conducta sin error tipificadas o previamente diseñadas.

          También la relación debe valorar y reconocer lo que ofrece la familia. Aquella brinda protección y apoyo emocional con independencia del rendimiento al alumno, tan sólo por pertenecer a ella. La asistencia de sus hijos al Colegio a su debido tiempo, en buenas condiciones y capaces de rendir y trabajar. La familia es el lugar donde se vierten las frustraciones y en el que deben asimilarse. Los trabajos que aporta la familia en pro de la escuela, según su índole y alcance, parecen ser más complejos que el output de rendimiento de la escuela a favor de la familia. De las materias que el niño aprende en la escuela, la familia obtiene, como tal, poco o ningún beneficio.

         En la relación familia-colegio debe constar con objetividad lo que los padres no delegan y que forma parte de su derecho como primeros educadores. Ellos deben velar para que las ideas y criterios que los hijos adquieren en las materias no sean contrarias al tipo de educación deseada. La promoción de las virtudes que sus hijos deben desarrollar con ocasión de los estudios. El control en el uso del tiempo libre. Aprovechar recursos de la familia y del ambiente familiar con respecto a los estudios. Adquirir nociones adecuadas acerca de qué es el estudio y qué es un buen estudiante. Y, por último ser conscientes de cómo está influyendo el ambiente familiar en la disposición de los hijos en los estudios con el fin de hacer las correcciones oportunas y lograr así un buen clima de estudio.

         Si se advierte que el estudio no es simplemente un vehículo para instruirse en unas determinadas materias o para que ser sólo buenos alumnos, sino que además, es un medio para la mejora total como personas, entonces, el estudio es una oportunidad educativa que enlaza directamente con la familia.  En la medida en que ser buen estudiante y aprender a ser personas están íntimamente relacionados, los padres tienen un papel importante, dado que la familia es el hábitat natural y el entorno más adecuado para nacer, crecer y morir como personas.


[1] WILHELM BRINKMANN.  Familia y escuela. Vol. 53 año 1996, Págs.  79-89

AUTORIDAD Y LIBERTAD

Edistio Cámere  

          En días pasados me tocó la delicada tarea de discurrir – frente a un auditorio compuesto por padres y sus hijos de 12 años – acerca de la importancia de la autoridad y de la libertad.  Menuda faena la mía porque si inclinaba la balanza hacia uno de los lados, tendría – sin duda – un considerable número de oyentes con los ojos en el expositor pero la mente entretenida en otros afanes.

          La primera estrategia consistió en dirigirme a los niños: ¿Recuerdan algo de geografía? Su reacción fue de sorpresa… aunque alcance a oír tímidos ‘síes’ que me dio entrada para añadir: “me imagino que todos ustedes han visto un río, ¿cierto?”  Un río está conformado por la unión de un cauce y del agua. Ambos elementos son distintos pero se complementan.  ¿Se han puesto a pensar qué sucedería con el agua si no tuviera un cauce que la contuviera? Entre otras cosas, se derramaría, perdería fuerza, se desviaría, no llegaría a su destino, y más aún no formaría parte de un río.  Ahora, consideremos, ¿Qué sucedería con el cauce  si no hubiera agua? Luciría estéril, no conduciría nada, sería inútil, no habría vegetación en su paso y tampoco sería parte de un río. Cómo podrán advertir ambos elementos, son diferentes pero se necesitan uno del otro y se complementan, precisamente porque juntos logran conformar un río: gran objetivo.

          Uno de ustedes – en representación del agua – podría decir: no quiero cauce porque me limita  y corta mi libertad.  ¿Es cierta, tal afirmación? Veamos que ocurre con el agua en su recorrido. De seguro, encontrará periodos calmos, apacibles y serenos; piedras pequeñas y grandes que tendrá que modificarán su velocidad; se enfrentará situaciones de turbulencia y de rápidos e incluso lluvias torrenciales que podrán hacer salir de madre al agua. En general, el agua se podrá topar con realidades que no son originadas por el cauce, sino más bien que son parte de su curso, pero gracias al cauce llegará a su destino final.

          Ustedes, alumnos, son como el agua y sus padres como el cauce.  Llegar a la adolescencia y pensar que es momento de librarse del cauce, significa perder ricas y variadas oportunidades para llegar a buen puerto. La verdad es que no se pierde la libertad cuando uno se deja conducir, porque cada persona tiene una vocación, una misión que tiene que descubrir y engrandecer por sí mismo, tarea que nadie la puede suplantar ni falsificar.

          Padres pensar que sus hijos ya son adolescentes, por tanto, para no complicarse la vida relajan su función de ‘cauce’ es ponerse de espaldas de cara a sus necesidades.  Cuando se conduce, cuando se ‘dice que no’ la paternidad no se pierde, se hace fuerte y confiable.

         En general, se relaja el ‘cauce’ o la autoridad porque los adultos hemos perdido la seguridad y la capacidad de definir qué queremos ofrecer como modelo a nuestros hijos. El mantenimiento de los valores y de los rasgos clásicos se ha transformado en un formalismo, basados en rutinas e imposiciones políticamente correctas que debilitan la autoridad. En este sentido, el único camino alternativo consiste en vivir lo que se cree valioso y atractivo del pasado; o bien ese camino vivirlo de tal modo que constituya una alegría para nuestros hijos  formar parte de él. Las tradiciones no se perpetúan con la enseñanza y el aprendizaje sino a través de los ejemplos.

          Son ustedes parte de un equipo que tiene ‘funciones distintas’ pero empeñado en un mismo fin: como padres y como hijos ser personas de bien.

 

LA ESPERANZA EN UN FUTURO DIFERENTE

Edistio Cámere

Con la llegada de un nuevo año abrigamos y renovamos la esperanza de mejorar con respecto al pasado. Año nuevo… futuro diferente, tal es el aspiración que se apropia de nosotros cada vez que el calendario marca el último día de un año.

Aquietado el entusiasmo de los primeros días, en los siguientes las ilusiones, los bríos y la esperanza…comienzan a empalidecer. Sin querer nos encontramos “atados” a las obligaciones y afanes cotidianos. El Feliz Año como expresión de júbilo se cambia por un simple ‘buen día’.

El ser humano necesita de unos hitos que señalen el comienzo y el final de un proceso. El empezar ‘algo’ implica un deseo y la firme intención de poner todos los medios a nuestro alcance para concluir lo empezado. Quien es aficionado a empezar –  colocar las “primeras piedras” – y dejar a la mitad lo que inicia da noticia sólo de aquello que gustaría hacer o ser. Más quien procura terminar – poner ‘la última piedra’ imprime su propia huella y las acciones realizadas se incorporan a su historia personal.

Cada se cierra un año en la vida aparece en todo su contenido y fuerza la esperanza.  La esperanza de un futuro mejor es un valor radicalmente positivo y estimulante en la existencia de una persona.

 ELEMENTOS DE LA ESPERANZA

 Más que intentar una definición de la esperanza, de la mano de ese gran filósofo español  Ricardo Yepes, comentaré algunos de sus principales componentes.

a) El optimismo:   el que espera, espera un mundo mejor,  asume que éste es mejorable, por eso no se instala en el presente, sino en el trayecto o camino que conduce a mejorar.  Sin embargo, ir hacia lo mejor supone salir, ponerse en marcha para conseguirlo pues el futuro es mío, depende de mi esfuerzo, yo voy por él.

b) La tarea: Si la esperanza se monta en el tránsito hacia el futuro, si lo mejor está por venir, pero no llegará sin contar conmigo, entonces, el futuro se torna en una “tarea”y como tal me impone un deber: construir el futuro. Pero con una condición: que en él sea yo mejor.  El cumplir con la “tarea” me exige saber con que recursos cuento. En el presente, no cuento con todos.  Son más bien escasos.  Si tuviese ahora todo lo  necesario, lo bueno sería el presente. El futuro no está asegurado de modo necesario.   Tiene riesgos, es incierto, puede no ser alcanzado.  Lo importante de la esperanza es afirmar: si esperar es querer ser más, por muchos recursos que ahora tenga, nunca son suficientes, porque lo que ahora soy es poco. Lo importante es que los recursos son escasos. Por tanto, necesito más. Como no los tengo, necesito que alguien me los facilite: necesito ayuda. La ayuda es una dimensión irrenunciable del futuro esperanzado.

En la ejecución de la “tarea” hay dos elementos: primero, la ayuda acompañante que se presta al sujeto en cuanto está en el trance de la acción misma, caminando hacia el objetivo. Segundo, la contrariedad que exige fidelidad y adhesión a los objetivos trazados concomitantes a la tarea futura.  El último factor de la tarea es que hay un beneficiario: una persona distinta al sujeto, a la cual va a beneficiar la tarea encomendada. Esto no puede faltar, porque la esperanza es incompatible con la soledad.   El fruto, el futuro mejor, no puede ser para mí sólo, es otorgado a otros.

C) La alegría: El que arriesga, convoca y está alegre, porque va hacia una ganancia. La esperanza es la alegría del mundo. Cuanto más grande es la esperanza más beneficia a la realidad.

La esperanza es pilar fundamental de la existencia porque es el modo humano de encarar el futuro. Para ser feliz hay que poner en juego la libertad y mezclarse con otros en tareas comunes que nos exceden y amplifican.  El camino de la felicidad pasa por el tú, necesita tiempo y sufrimiento.

La esperanza es la clave para construir cada mañana diferente. Un mañana diferente nos abre hacia a un futuro posible y materialmente viable. Pues, vamos por él mejores de lo que fuimos en el presente.

BUSCANDO EL CENTRO EN LA EDUCACIÓN

Edistio Cámere

-          … “A veces pienso que algo hicimos algo muy mal en la educación de nuestro hijo…”

-          ¡Pero Querida! Si sigue dos carreras, habla cuatro idiomas, toca varios instrumentos, practica todos los deportes…

-          “Si…Pero sólo come hamburguesas con papas fritas” ([1])

            En los días que corren con la educación ocurre un fenómeno curioso. Por un lado, se le atribuye el desarrollo económico de un país; de otro, se le endilga el poder de reparar los males o problemas sociales; el gobierno de turno la utiliza como ‘pista de aterrizaje’ de su ideología y de las promesas ofrecidas en su campaña electoral; los organismos multilaterales no solo diseñan políticas educativas, sino que buscan ‘aplicarlas’ condicionando las ayudan económicas a su implementación; en general, los críticos especialistas, hombres de prensa y hasta los ciudadanos de a pie dictaminan, califican, cuestionan y resuelven en torno al ‘deber ser’ de la educación.

         Lo dicho hasta ahora subraya la importancia que tiene la educación. Sin embargo, de esta feliz coincidencia en su jerarquía no se sigue una feliz coincidencia en las intenciones y en el quehacer educativo. Un argumento que lo explica puede deberse a que detrás de un plan o política educativa hay una filosofía o concepción de la persona y de la sociedad que sesga o acentúa uno o varios aspectos dejando sin iluminar otros. Asimismo,  independiente de la posición ideológica, impera cierta visión ‘mágica’: se tiene la certeza de que tal o cual propuesta, por el solo hecho de implementarla dará los resultados educativos esperados. Aparejada a dicha visión se incuba una mirada reduccionista de los últimos protagonistas: docentes y profesores, quienes sin autonomía, sin intereses y motivaciones particulares ni vida propia….tienen que ajustarse a los mandatos provenientes de las altas esferas políticas.

         El padre quiere que su hijo sea ingeniero; el empresario, profesionales proactivos; el Ministerio de educación, alumnos con alto rendimiento; el gobierno, ciudadanos solidarios; la universidad, estudiantes creativos, el residente vecinos corteses;  el profesor, escolares aplicados y obedientes… En suma, todos queremos que el ‘otro’ sea como nos parece o complace. No obstante, cuando el hijo, el profesional, el escolar, el vecino… no se comporta como se espera, se le echa la culpa también a la educación. ¿En qué quedamos? ¿La educación es a la vez la solución y la culpable? ¿No será que miramos a la educación desde una perspectiva utilitarista y pragmática?

          Si se mezcla hidrógeno y oxígeno en las proporciones adecuadas se obtendrá agua. Empero, de la enseñanza no se sigue necesariamente el aprendizaje como tampoco de la promulgación de una ley, su cumplimiento. De igual manera, lo aprendido no conduce estrictamente a su aplicación – en el sentido deseado – en el obrar. La educación no es un acto y proceso mecánicos, es una propuesta – no imposición – a personas libres tal y como son el educador y el educando.

El centro de la educación no es su utilidad, ni los resultados per se. Lo central de la educación es la persona de quien enseña y de quien aprende. Cuando se habla de persona se alude a un quién con nombre propio, con una personalidad, con una historia, con inteligencia, voluntad, irrepetible y libre por naturaleza. Desde esta óptica, la clave en educación es definir el cómo se convoca la libertad de los actores principales, más que en centrarse en lo que otros pretenden.  Si a la inteligencia se la orienta a su fin: la verdad;  sí a la voluntad se le propone valores y virtudes, obviamente todo ello a través de un definido plan curricular con el decidido aporte de cada escuela, el primer y gran resultado es el desarrollo de la persona quien será capaz luego de aportar, en consonancia con sus capacidades y su vocación, a la sociedad en su conjunto. Aunque también puede renunciar a hacerlo: gajes de la libertad y no de una mala educación.

        A los educandos – personas – vale la pena mostrarles con la palabra y el ejemplo,  lo simple, lo  justo, lo bello y lo verdadero que tienen las cosas y la realidad, que además de darles seguridad y esperanza, se les ayudará  a puedan acertar en la elección de su propio camino, aun cuando el sufrimiento aparezca o tengan que rectificar para nuevamente empezar.


[1] Maitena. Revista Somos, 21 de septiembre de 2013