La serenidad, virtud maestra para educar

Cierto pensador contemporáneo afirma que, además del juego, la serenidad de los padres contribuye significativamente en la educación de los hijos[1]. Mientras que un apreciable número de estudiosos ponen el acento en lo que los padres o profesores tienen que ‘hacer’, Leonardo Polo incide en su ‘modo de ser’. Suena a  paradójico; sin embargo, la serenidad tiene la propiedad de estimular que el alumno revele su manera de ser en el aula o en una actividad fuera de ella. Por cierto, el aprendizaje es una acción personal e intransferible mediante la cual uno resuelve un problema o hace propio un concepto. Un estudiante se aventura por los caminos de su crecimiento si, además del propio interés, su entorno inmediato lo alienta por la seguridad y reconocimiento que le brinda. Un tal ambiente se va dibujando, por tanto, con la serenidad de los docentes.

La actividad vertiginosa, la prisa por conseguir en el plazo inmediato las metas trazadas, el ruido -no solo ocasionado por los crujientes y trepidantes bocinazos-, los múltiples estímulos provenientes del traficado mundo virtual, las noticias, los rumores y chismes que circulan a través de los medios masivos de comunicación y el acoso de la publicidad que no cesa de percibirnos como presuntos consumidores, sin duda configuran a la sociedad actual como agitada y trepidante.


Frente a esta realidad -que sin duda, también afecta a los niños y jóvenes- la serenidad del docente es profundamente pedagógica. Enseña al alumno a ‘pararse a pensar’ para comprender la verdadera dimensión de los acontecimientos y mirarlos en perspectiva e integralmente. Enseña a identificar lo sustancial de los sucesos evitando tanto minimizarlos como exagerarlos. A su vez, la serenidad favorece el hacer un alto en el trajín diario para atender,a través de la escucha,a quienes están próximos. Y para escuchar conviene saber estar en silencio, sin ruidos internos que impidan abrirnos al insondable, rico y original mundo de cada persona.

La serenidad tiene al tiempo como aliado, no tanto porque lo use como excusa para anclarse en la comodidad del ‘más tarde’, sino porque no pide más allá de lo que el tiempo puede ofrecer. Con agobios e impaciencias no se consigue adelantar el logro de las metas. Por el contrario, el alumno en el afán de complacer, corre el riesgo de equivocarse, avivando aún más la impaciencia del profesor. Un círculo que no termina de cerrarse.

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Lo formativo vs. lo académico

Por Edistio Cámere

Los principios iluminan el camino por donde transita lo académico. La instrucción es la figura; lo formativo es el fondo cuya presencia y permanencia la realza y valora. Lo formativo y lo académico no se contraponen, se complementan; al punto que deben andar entrelazadamente.

      Es frecuente, en todos los que nos desenvolvemos en el ámbito educativo, tener en mente como parte de la acción docente lo ‘formativo’ y lo ‘académico’ para tratar de darle a cada concepto el espacio y la dedicación debida. Por tanto, es preciso empezar señalando que lo formativo apunta hacia el largo plazo; lo académico, en cambio, se despliega en el corto tiempo. También podemos decir que el ideario de una institución es la meta hacia la cual se desea llegar; mientras que lo técnico-pedagógico es la estrategia medial para conseguirla.

      Los principios iluminan el camino por donde transita lo académico. La instrucción es la figura; lo formativo es el fondo cuya presencia y permanencia la realza y valora. Lo formativo y lo académico no se contraponen, se complementan; al punto que deben andar entrelazadamente. En la práctica, lo formativo se percibe como una tarea añadida o sobrepuesta a realizar después de materializar lo académico. Sin embargo, la formación no exige de actos inconexos con la instrucción ni acciones extraordinarias al profesor, más bien toma como punto de partida la relación profesor-alumno. De no mediar esa relación, la formación no pasaría de ser una mera entelequia.

      La disposición formativa del docente se afirma y fortalece con la concepción y comprensión que tenga de la persona y del fin a que está destinada. A mayor comprensión del ser humano mejor será su actitud para involucrarse en el perfeccionamiento del ser del alumno. Y es que la formación es más una convicción que informa y añade valor al quehacer docente, de modo que no significará una suerte de yuxtaposición que grava su actividad profesional; más bien será inherente a ella.

      El docente, además de comunicar contenidos curriculares, transmite un modo de trabajo, criterios, valores y un estilo de vida, los mismos que deberían conformarse con el ideario o carácter propio del centro. Un ambiente que educa y forma se alimenta precisamente de la unidad en torno a la axiología y los principios recogidos en el ideario. En consecuencia el educando al advertir, por ejemplo, que todos los profesores viven la puntualidad, para él también será importante y natural el practicarla. Por el contrario, la incoherencia ante lo que se solicita al alumno y lo que se practica en el colegio genera un clima de rebeldía y aplicación subjetiva de las sanciones para aplacarla.

     En este sentido, un ambiente formativo no anula la diversidad: la presupone. El docente, por lo tanto, sin perder su singularidad, apuntala el cumplimiento del ideario toda vez que su contenido, lejos de obstaculizar, constituye el cauce para la buena convivencia y el logro de los objetivos y metas trazadas por la escuela.

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La actitud y el compromiso personal

Edistio Cámere

Son importantes los principios y el actuar con coherencia, aunque a veces suponga ser objeto de miradas de soslayo o que tengan que quedarse solos ante el encargo o tarea encomendada.

A escasos minutos para que el árbitro diera por finalizado el encuentro de fútbol, la desazón del público se podía ‘tocar’. Los más incrédulos abandonaban el estadio: una vez más el rendimiento del seleccionado peruano dejaba un sabor amargo en la boca de sus seguidores. La derrota era inminente. De pronto Juan Vargas, jugador que milita en el Florentina, equipo del competitivo y exigente campeonato italiano, se hizo del balón y se lanzó con más fuerza, pundonor y coraje que técnica hacia la portería contraria, apilando rivales en cuanto le salían al paso. El público se sacudió de su letargo para seguir expectante la arremetida del mencionado jugador. Cruza la pelota hacia el área rival y entra un delantero nuestro para añadirla en el arco. Un estentóreo y unísono grito de gol retumbó el estadio y la alegría se apoderó del rostro de los hinchas. Con el empate, la esperanza renació en aquel momento al punto que los más optimistas acariciaban el anhelo de ver la bandera flameando orgullosa entre los clasificados al mundial.

No es mi intención discurrir acerca de estrategias del fútbol que, según Sergio Markarián, entrenador uruguayo que dirige nuestra selección, es entre las cosas menos importantes la más importante. Más bien, me gustaría compartir -desde otra perspectiva- las reflexiones que me suscitaron la gran corrida de Juan Vargas.

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El ‘tuteo’ en el trato profesor-alumno

Por Edistio Cámere

“La relación entre el profesor y el alumno, por tanto, es opuesta pero complementaria: ambos se necesitan para cumplir a cabalidad con sus roles”.

“Oye, Coco, ¿podrías explicar de nuevo que no he entendido? (…)   Profesor, ¿podría repetir, por favor? No he entendido”.

El fondo,  lo que se pide en estas dos expresiones es lo mismo. Pero es en la forma de decirlo donde se aprecia la diferencia. Tutear o no tutear es, sin duda, un asunto controversial. Hay quienes están a favor del ‘tuteo’ y no ven inconvenientes que sea utilizado como modo ordinario en la relación profesor-alumno. 

A favor del tuteo se esgrime el hecho de que se privilegia cierta horizontalidad en las relaciones que configura un clima más distendido dentro del aula y, en consecuencia, el alumno sentirá mayor confianza para acercarse al profesor. Otro argumento da cuenta que cuando el educando llama al profesor por su nombre de pila, el trato se torna más informal, más espontaneo, todo lo cual contribuye a que el alumno esté más dispuesto a ‘contar sus asuntos personales’.

El uso del tuteo presenta algunas implicancias que también vale la pena considerar. Dado el periodo evolutivo en que se sitúan sobre todo los púberes y adolescentes -los niños suelen decir: “Profesor, tú… o Miss, tú…” que en la práctica es lo mismo que decirusted’el tuteo puede tornarse en una señal equívoca: el docente la entiende como expresión de confianza, sin embargo el alumno puede interpretarla subjetivamente: ‘el profesor es buena gente así…’. Además -pongo por caso- ante una llamada de atención, el ‘tú’, que encierra ciertas licencias en el trato, permite reacciones, gestos o dichos que se inhibirían de mediar el ‘usted’.

Pero el tuteo puede afectar la imparcialidad en la relación. En cierto modo, el anteponer el ‘tu’ establece una distinción, es una suerte de permiso para ir más allá de lo protocolar en el trato personal. Y sí además convenimos que toda relación interpersonal es un estreno, porque quienes interactúan son singulares e irrepetibles, entonces cada alumno -con arreglo a su modo de ser- dará una lectura distinta a la respuesta del profesor, matizada a su vez por ese modo de ser. En tanto el discente perciba o sospeche preferencias en la relación del docente con sus compañeros, el clima en el aula podrá enrarecerse.

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Tres cualidades humanas de un líder

Edistio Cámere

Gandhi señala tres espacios vitales del cosmos, cada uno de ellos con su propio modo de ser: Lo propio del mar es el silencio; lo propio de la tierra es el grito; lo propio del cielo es el canto. El hombre participa de las tres cosas: lleva en sí la profundidad del mar, la carga de la tierra y la altura del cielo, y por eso le pertenecen las tres propiedades: el callar, el gritar y el cantar.

Para escuchar a quien nos habla hay que saber callar, no a modo de minuto de silencio en el que no se habla pero el ruido de la impaciencia es estremecedor; más bien, tiene que ser un silencio que acoja porque habla de serenidad. Silencio para buscar el fundamento de los acontecimientos para no quedarse con la bulla del palabreo, que siempre es superficial. Silencio para no caer en el frenético activismo en las relaciones interpersonales, en la diversión y en el trabajo. El silencio precede a la reflexión. Pensar es pararse a pensar, solo así uno acierta en sus decisiones porque es capaz de ponderar los hechos.

Hay que saber callar para abrirse al otro en atenta escucha. Cuando uno calla, el otro habla y fluye el diálogo de ida y vuelta, que es el gran medio para entender y para comprenderse. El silencio permite conducirse dando el peso y la medida a las cosas. ¡Cuántos conflictos se suscitan por no saber dominar la lengua que, al ritmo de una reacción visceral, destila comentarios subjetivos, superficiales y hasta amenazadores!

A veces callar es ser cómplice. Ante el error, las injusticias, las inmoralidades, los abusos es válido gritar, que no es un grito estentóreo, destemplado o grosero. Es dejar sentado con firmeza amable la propia posición, advertir con argumentos razonables y verdaderos que algo no está bien. Levantar la voz es decir ‘no’ al trabajo mal hecho, ‘no’ a romper con los compromisos asumidos, ‘no’ a hablar mal de otros. Gritar es complicarse la vida por los ideales y principios que dirigen la propia vida. Es mantenerse firme en la decisión tomada luego de ponderar los pros y los contras. Es ir contracorriente demostrando que los buenos tienen todos los pergaminos para defender los más altos valores de nuestra cultura occidental-cristiana.

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Optimismo y confianza

Por Edistio Cámere

Mafalda, el famoso personaje de Quino, preocupada lee en un diario:      “Estocolmo: Suecia tiene construidos ya refugios antiatómicos como para albergar a la mitad de su población. Asimismo, gran cantidad de fábricas han sido instaladas bajo tierra”. Levanta la vista del periódico y piensa: “¡Qué dilema con estos suecos! Uno no sabe si admirarles la ingeniería o el pesimismo”.

      La inquietud de Mafalda tiene sentido. Todo un esfuerzo económico y técnico para ‘no crecer y esconderse’, porque según los suecos no tienen esperanza que el mundo cambie, nos deja pensando. Considero que tal juicio es incompatible con la educación, pues lo propio de aquella -y como compañero inseparable- es el optimismo. David Isaacs lo define así: “Confía, razonablemente, en sus propias posibilidades y en la ayuda que le pueden prestar los demás, y confía en las posibilidades de los demás, de tal modo que, en cualquier situación, distingue, en primer lugar, lo que es positivo en sí y las posibilidades de mejora que existen y, a continuación, las dificultades que  se opongan a esa mejora (…)”.

      Quisiera detenerme en una sola idea: ‘Confía razonablemente…’,  lo que equivale a decir, reconocer con equidad las propias capacidades (ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre). Al mismo tiempo, con prudencia y respeto, reconocer las posibilidades de mejora y capacidades de los demás. La confianza es el fundamento de la cooperación y de las relaciones interpersonales. 

      Pero esa confianza no se soporta solo en la familiaridad sino en la firme consideración de la valía personal de los demás. De modo que cuando, luego de haber intentado sacar el bien de una determinada situación, se solicita la intervención de otra persona es porque se confía en ella para que nos ayude a mirar nuevamente las cosas positivamente. La cooperación, de suyo, entraña una gran dosis  de optimismo: ‘Lo que me falta para crecer el otro me lo suple.  Lo que aquel carece yo se lo ofrezco’. Es, por tanto, una relación horizontal entendida en una real y justa valoración.  

      En un centro educativo la cooperación interpersonal, basada en el optimismo y la confianza, no solo permite el mejoramiento personal sino que también forja una cultura organizativa que facilita la educación moral en los alumnos. El respeto, la consideración, el reconocimiento entre los miembros de una comunidad educativa le da un sentido positivo a las normas de convivencia. Su uso contribuye a que cada alumno mejore (bien particular) y ayude a que los demás también mejoren (bien general).

¿Puede un profesor fracasar?

Por Edistio Cámere

¿Puede un  profesor fracasar? Tal es la pregunta que alguien dirigió cual saeta desde su sitio al expositor.  Se hizo un tenso silencio.  La expectativa estaba en plena cúspide, las miradas centradas en el conferenciante. 

El fracaso es un riesgo que suele adherirse a todas las aventuras profesionales y humanas. Renunciar a considerarlo – entre otros factores – implica otorgarle patente de corzo a la irresponsabilidad. Un docente que vence la primera prueba que lo acredita como tal, es decir, que posea un bien logrado dominio de lo técnico-pedagógico tiene el camino allanado para no fracasar en su gestión.

En efecto, si no conociera la materia que imparte, si su didáctica fuera deficiente y si su manejo del aula no permitiera el desarrollo normal de las clases; ese profesor no tendría la posibilidad de terminar el año lectivo con sus alumnos. Superado positivamente el dominio de la técnico-pedagógico, el profesor no fracasará si cumple tres condiciones: a) Si actúa con rectitud de intención; b) si procura unidad entre su ser y quehacer; y, c) si respeta la libertad de sus alumnos. 

El bien del alumno

La rectitud de intención en una primera acepción significa: obrar bien.  Si se profundiza un poco más se puede vincular ese obrar con la búsqueda del bien del alumno. ¿Cuál es el bien del alumno?  Obviamente que aprenda. ¿Pero allí concluye la acción educativa?  Sí, si nos detenemos en la mera función.  No, si nos hacemos cargo del sujeto de la función. 

El bien a buscar en el alumno, además que aprenda es que se perfeccione como persona, que oriente su actuación hacia la búsqueda de la verdad y del bien. La segunda condición expresa en pocas palabras, que el docente no sólo haga de profesor sino que respalde sus acciones pedagógicas con su dimensión  humana poniendo su persona también en franco proceso de perfeccionamiento, de modo que con el ejemplo muestra la ruta a seguir al alumno, quien tenderá a transitar por ella, gracias al prestigio que adquiere en su lucha por ser mejor.

La autoridad-prestigio del docente es la clave  para que el alumno no ponga reparos en pasar de la autodeterminación a la heterodeterminación, sin que esto implique una perdida  en su capacidad de decisión, todo lo contrario, aceptará el bien propuesto por alguien que para él es significativo.

Por último, como tercera condición, al profesor le corresponde  señalar y mostrar los fines, pero debe ser consciente que los medios, los modos para llegar a ellos, quedan en el estricto campo de la libertad del alumno. “Los docentes deberán cuidarse de no modificar al alumno- utilizando su “poder” – en la forma que más le agrade.  Esa no es su función.  Cuando los sistemas educativos se “apropian” de la libertad y responsabilidad del educando, basándose más en como reacciona y olvidando su capacidad de autodeterminación, se anula su iniciativa y se “seca” la fuente de vitalidad” (García Hoz) ¡Que gran cosa es lograr que el alumno quiera lo que el profesor quiere y no que haga lo que aquel quiere!  Si un maestro cumple estas condiciones nunca saboreará el trago amargo del fracaso.

FORJANDO VIRTUDES II

Promover la sinceridad y remover la cultura del pretexto

Por Edistio Cámere

Decir la verdad no se agota en revelar la autoría de una acción determinada. Todo acto humano tiene un titular que debe pechar sus consecuencias -entre otras razones- porque éstas afectan a terceros. Cuando se prefiere el anonimato se atenta contra la justicia. Si se actuó bien, el agradecimiento o el reconocimiento es lo que corresponde. Por el contrario, cuando los efectos perjudican a otro(s) resarcir o atenuarlos es lo debido para recuperar la armonía en la convivencia.

La mentira aleja transitoriamente de la reparación. Para acallar la propia conciencia se requiere de justificaciones que como no responden a la realidad terminan por dirigir la conducta, a todas luces incoherente con la verdad. El mayor peligro de aferrarse a la mentira como estilo de vida es la incoherencia. Es preferible pasar un mal momento aceptando la medida correctiva que, por evitarla, elegir configurar paulatinamente una vida basada en el engaño.

La aceptación, el reconocer las cualidades y los defectos -sinceridad con uno mismo- ayuda al propio conocimiento, de manera que aleja de los falsos ideales o del temor a no asumir responsabilidades por subestimarse. El conocerse con realismo hace al hombre más sencillo y, por tanto, menos susceptible. Quien se acepta como es está menos preocupado por el ‘qué dirán’ y más pendiente de actuar con arreglo a unos criterios y principios.

 La sinceridad sella y fortalece la amistad. La confianza y la lealtad recíprocas consolidan los lazos amicales. Qué se pensaría de una persona que va al médico aquejada por un fuerte dolor de estómago y ante la pregunta del galeno éste describiera prolijamente los síntomas del dolor pero… del brazo.  La sinceridad es la clave para dejarse ayudar eficientemente. El darse a conocer facilita el consejo adecuado a las propias necesidades y circunstancias.

La mirada objetiva matizada por el afecto del padre o del educador, cuando se muestra tal y como es, permite que uno se conozca mejor; primero, porque nadie es buen juez en su propia causa; y, segundo, cuando se describe un hecho personal se le objetiva y en simultáneo se comprende con más claridad, lo que apoya a la toma de una decisión. Decir la verdad favorece el crecimiento de la libertad porque es el camino adecuado para que aquella se oriente al bien, meta de la felicidad. El ser humano tiene el enorme privilegio de poder contar con personas significativas que puedan auxiliarlo en esa meta.

Cultura del pretexto

Pretexto es todo motivo o causa simulada o aparente que se alega para excusarse de no haber ejecutado algo (Diccionario de la Lengua Española, 2001). Se tiende con facilidad al pretexto porque se es consciente del deber pero también se reconoce que aquel se contrapone a los propios gustos y a la comodidad que no pocas veces influyen en la estructura del orden de las prioridades. El deber siempre convoca, pero no siempre se concurre a la cita. Parece que se impone, pero a pesar de la gravedad de su porte el deber espera y acepta hidalgamente las consecuencias de una libertad que decide y actúa. El deber tiene una cualidad que lo hace constante y perseverante: su sencillez, que aparece en todo su esplendor cuando se le posterga. Sin resentimiento alguno vuelve a presentarse para nuevamente convocarnos.

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Disciplina en los colegios: criterios

Por Edistio Cámere

De la Institución

La disciplina no tiene que ser una lucha fragmentada, dejada sobre las espaldas de cada profesor o en todo caso sólo de aquellos que la libren por interés o responsabilidad personal.

  1. La disciplina es un cometido de la completa institución, que se expresa en un respaldo como política a la autoridad del docente. 
  2. Las actividades escolares tienen que ser planeadas, organizadas y ejecutadas. La improvisación, la ineficiencia, la superficialidad… ofenden la inteligencia y generan malestar que se traduce en una perdida de credibilidad del colegio.
  3. Con la disciplina se hace historia, biografía: “el educando no es el de ayer ni el del mañana pero es algo de cada uno de ellos, porque lo que el niño de ayer deja huella en su ser de hoy y lo que será mañana esta operando en su situación actual”. (García Hoz)  
  1. Definir el norte del colegio: A través de principios claros recogidos en el ideario o carácter propio del colegio. La ausencia o la ambigüedad de criterios, usos y porque no convicciones es lo que produce perplejidad, es decir, incapacidad practica para decidirse, para determinarse libremente hacia algo. En todo centro educativo hay un saber, una moral y una estética y, también, como toda comunidad cuenta con costumbres, instrumentos y signos.
  2. Tener un norte definido permite que los integrantes de una comunidad educativa se hagan cargo que las pautas de conducta que la institución propone no se basan en la moda, en el sentir del momento…, sino en lo que se entiende como bienes vinculados con la dignidad de la persona, es decir, valores culturales, morales y espirituales, por ello duraderos en el tiempo.      
  3. El colegio debe tener un cuidado especial y permanente por el orden y mantenimiento de la infraestructura y de los bienes muebles. El porte del colegio debe ser tal que no irrite a los alumnos por lo descuidado o sea interpretado como una falta de respeto o consideración. 
  1. La relación armoniosa entre los participantes se logra procurando que la disciplina  a) se limite a lo realmente indispensable; b) a exigir puntualmente y sin excusa y, c) que no se observe exclusivamente por temor.  (Göttler, Pág. 228)

 Del director

 La figura del director debe ser clara, nítida y consistente porque: 

  1. Es el representante legal del colegio ante la comunidad y las diversas instancias.
  2. Personifica a la escuela y al ideario.
  3. Sus decisiones generan cultura.
  4. Encauza las expectativas de los padres de familia y las armoniza (que es muy distinto a contemporizar) con el ideario a las políticas del plantel.
  5. Hace compatible la percepción subjetiva de los padres ante la sanción con el criterio objetivo del colegio: norma, péndula entre alumno y reglamento y entre alumno y compañeros. En cambio los padres se preguntan ¿por qué a mi hijo?
  6. Mantiene el criterio que la escuela es para formar personas y no es un centro de entretenimiento ni un taller de reparaciones de los males sociales.
  7. Su debilitamiento como autoridad tiene la velocidad contraria al denominado “chorreo económico” se cuela con celeridad en todos los rincones del colegio.
  8. El riesgo de hacerse administrativo, metido en los detalles cotidianos puede obturar su mirada del bosque y permanecer en los árboles.
  9. El colegio es una institución plena de relaciones humanas que reclama un conocimiento prudencial a la vez que una autoridad reconocida para dirimir los hechos humanos que ocurren en la escuela. La vida discurre en el colegio, junto con los puntos de vista y opiniones que para que no entren en conflicto se requiere que alguien los zanje. Sigue leyendo “Disciplina en los colegios: criterios”

La autoridad como medio educativo

Por Edistio Cámere

Ejercer la autoridad implica que se tome en serio a los jóvenes. “Como decía Crots Grau, a la juventud de hoy se le adula, se le imita, se la seduce, se la tolera… pero no se le exige, no se le ayuda de verdad, no se le responsabiliza… porque en el fondo no se les ama. Y esto es, en definitiva, lo que los jóvenes sospechan y, aunque no se atrevan a declararlo, proceden en consecuencia. El amor y la autoridad, están siendo reemplazados por el emotivismo, por la inundación afectiva, por esas demostraciones de cariño tan ostentosas como superficiales que se aprecian en las paradas de autobuses escolares: Parece que los niños y las niñas partieran como voluntarios a Irak, de donde no se sabe si volverán vivos” (…) (Alejandro Llano).

La autoridad de suyo no es un ejercicio fácil pues implica compromiso, involucrarse y no pocas veces, pasar un mal rato. Decir “no” es como el trueno: anuncia tormenta. Decir siempre “sí” es como colocar un balde debajo del grifo que gotea. En el primer caso, luego de la tormenta el cielo azul y despejado permite que el sol ilumine y alegre el nuevo día. En el segundo caso, el rebalse del agua causará estragos no sólo en el piso, también en las paredes y hasta en los muebles cercanos: la solución postrera tendrá que ser radical.

La autoridad se pierde por exceso o por defecto. Por exceso se denomina: AUTORITARISMO.  Es el afán de dominio, atenta contra la libertad.

Por defecto se denomina: PERMISIVISMO. Dejar hacer, que puede ser por egoísmo y casi siempre por comodidad. Las consecuencias son siempre nefastas (…) “Si al hijo lo dejas a sus anchas desde el principio te encuentras que  a los 16 años te viene  con un martillo, una calavera y  cuatro cruces gamadas en el pecho.  Entonces, intentas ponerte como una fiera para imponer tu autoridad y el enfrentamiento es inevitable.  Es una labor de largo aliento lo de la paternidad” (F. Savater) El exceso de libertad es de algún modo abandono o indiferencia. El hacer sentir la autoridad es muestra palpable de confirmar a los hijos en la necesidad de ser queridos y seguidos. “La propia independencia, la libre actuación personal, sólo se logra desde la base de la dependencia, y nunca la elimina del todo. Porque la libertad humana no consiste en la carencia de vínculos, sino de la calidad de esos vínculos y en la fuerza vital con la que uno los acepta y permanece fiel a ellos” (Alejandro Llano)
Con la autoridad es conveniente buscar el justo medio entre la fortaleza y el cariño.  Fortaleza para tomar una decisión y para mantenerla. “Si algo se decide de una vez para siempre, la decisión de un momento requiere continua reafirmación. (…) Sólo en la continuidad hay eficacia. Las obras valiosas no se hacen de golpe y sólo la continuidad operante logra realizarlos.”(José María Albareda). Cariño para comprender, estimular y agradecer a los hijos, generando un clima de confianza ausente de sarcasmos, ironías o mofas.
La autoridad en opinión de F. Corominas es “la principal influencia externa de los padres respecto a la educación positiva de los hijos”. Los padres, por su misma condición y por ser los primeros educadores, tienen autoridad. Pero es en el ejercicio donde  la pueden perder, aumentar, mejorar e incluso recuperar, lo cual quiere decir que la autoridad no es sólo cuestión de detentarla: es en el taller de la vida cotidiana donde se fragua su eficacia.

La autoridad es la capacidad de servir al bien de  los hijos. El bien se relaciona, de una parte, con el proyecto educativo que tenga la familia y el esfuerzo que invierten los padres para encarnar y, por ello mismo, especificar y resaltar los valores que consideren importantes; de otra parte, con la exquisita tarea de conocer a cada hijo para en orden a sus capacidades, limitaciones,  ayudarle a que descubra su propio camino; y, por último, con la confianza y cariño fundamentales para que el hijo se deje guiar contando con su querer y propiciando que con autonomía tome sus propias decisiones.