El presente educativo y el futuro de la persona

Por Edistio Cámere

Cuando se mira a un niño o a un joven, se hace patente en ellos el misterio del futuro (el niño será…, la joven será…) y el rigor del presente. Digo rigor no porque el hoy sea implacable, sino que aquel aprisiona la llave maestra que permite abrir la puerta del mañana de cada estudiante.

En este sentido, la acción en el presente es siempre una suerte de requisito que solo se podrá cumplir si se es capaz de trascender la función o condición de alumno para encontrarse de pleno con su persona. Por esta ruta se transita hacia una educación que enfatiza el pensar, el querer, el saber, el desarrollo de virtudes, la solidaridad… una educación que no se queda solo en poner ‘algo’ desde fuera, sino que intencionadamente procura extraer, educir lo que el alumno tiene de singular en su propia naturaleza para lograr su cabal formación.

Dos propuestas

La esperanza y el optimismo no se perderán si el docente se empeña en hacer lo que sabe con renovada ilusión y creatividad. Conseguir que cada alumno aprenda y se forme es, sin duda, el alimento y sustancia para afirmar que la educación hace posible abrigar un futuro con esperanza. Las dos propuestas, sencillas, que sugiero y que por cierto son patrimonio de todos y cada uno de los docentes, son dos vinculadas directamente con su propio quehacer.

1.- El mejoramiento de la didáctica.-

Que no es otra cosa que procurar hacer de cada una de las clases ‘la clase’. El estudio y la preparación de las clases son el único y mejor camino que se tiene para lidiar con la cultura de la imagen y con los paradigmas que la sociedad presenta a los niños y jóvenes. De este modo, la acción pedagógica tendrá ese matiz de novedad y atractivo porque tendrá el núcleo de verdad que la inteligencia de los alumnos se apresta a descubrir.

La intención pedagógica no se dirige a la amplitud de conocimientos sino a procurar que el alumno vaya descubriendo la evidencia intelectual que constituye el pensar. Su curiosidad no siempre se satisface con nociones, apela al ‘¡Ajá!’, a esa “chispa luminosa que al encenderse aquieta toda inquietud propia del espíritu investigador del niño y el joven” (García Morante).

El profesor debe saber bien lo que enseña, pero con un ‘saber pensado’, que consiste en la evidencia intelectual que se enciende en el espíritu cuando se verifica el acto de pensar. Pensar es ver, sin que haya lugar a duda, que algo es lo que es. Esa íntima evidencia intelectual que constituye el pensar y, por consiguiente, el saber auténtico, es radicalmente incomunicable.

Al alumno solo se le puede proporcionar demostraciones, razonamientos, ejemplos. Por ello, la labor docente radica en conseguir indirectamente que ‘esa chispa de la evidencia’ se encienda en la mente del niño o joven. El trabajo intelectual que el maestro realiza al preparar sus clases conducirá al alumno por los caminos de la metacognición. Y es que guiar a los alumnos por la vía del pensar implica que uno la haya trajinado. Ahora bien, la especialización no riñe con la sabiduría. Siempre se puede encontrar novedades en la materia que se imparte. Lo nuevo es capaz de ser presentado de diversos modos que envuelven, atraen y despiertan el interés.

2.- La formación y el trato personal.-

Formación se puede definir como el proceso mediante el cual se procura el perfeccionamiento de las facultades del ser humano: la inteligencia y la voluntad, con el objeto de que el alumno se oriente a la búsqueda de la verdad y se autodetermine hacia el bien con ejercicio correcto de su libertad.

Esta definición pone el énfasis en la acción del docente quien, desde fuera, contribuye a enfilar la inteligencia y la voluntad hacia sus propios fines. No es poca cosa procurar que el educando ejercite su mente para abrirse y nutrirse de la realidad en su anchura y profundidad. A este fin concurren eficazmente las estrategias cognitivas. Pero hay que dar un paso más, que se refiere a buscar a través del trato personal que el alumno vaya descubriendo y haga suya la verdad, que le ponga nombre propio y la incluya dentro de sus opciones.

Entre tantas ventajas del método socrático, la formación del criterio destaca sobremanera. Preguntarse es no pocas veces más provechoso que el mero escuchar respuestas. Una respuesta que emerge después de haber recorrido los sentidos y las facultades tiene un sello propio y singular. Cada persona tiene un modo particular de llegar a la verdad: unos lo harán induciendo, otros deduciendo, no pocos mediante la intuición o el rigor especulativo. No faltará quien la acepte por el afecto o admiración que profesa a su interlocutor.

En la línea de formación de la inteligencia, en mucho contribuyen los encuentros interpersonales. “La persona humana está llamada a ser dialogante, pero no hay diálogo sin verdad.  Por eso es importante el lenguaje. Un lenguaje equivocado, falso respecto de las cosas las estropea; pero un lenguaje equivocado respecto a las personas destroza la sociedad. El empobrecimiento del lenguaje es el decaimiento de la sociedad” (Genara Castillo). 

Pero el hombre no se hace solo en el conocer sino también en el actuar. El imperativo ético del hombre es crecer, es optimizarse. El fin del crecimiento es el bien, y llegar a él supone dirigirse ‘hacia’, es decir, identificarlo y adquirir las virtudes necesarias para conseguirlo. Sin embargo, no solo hay que reconocer el bien, tenemos que hacernos buenos; aunque no sea fácil. 

Adquirir hábitos supone una buena dosis de motivación y convencimiento para renunciar a bienes inferiores en pos de los superiores. Aquí cabe perfectamente la acción del docente que en términos de Polo se advierte que el hombre es un perfeccionador perfectible no solo respecto al universo sino en su relación con otros hombres. “A tal extremo que la medida en que un hombre puede perfeccionar o estropear a otro es mucho mayor que la aplicación técnica del hombre a las cosas” (Genara Castillo).

El docente, mediante la exigencia cordial y el ejemplo, tiene que lograr la adhesión del alumno al bien y eso solo lo puede lograr con la virtud, porque si no la voluntad fuese voluble. Eso explica que la acción educativa guarde para sí el privilegio de ser siempre y en todo momento, a través de los docentes, perfeccionadora perfectible. Una palabra, un gesto, una mirada y hasta una simple sonrisa contienen una superabundante dosis formativa porque facilitan el contacto y el diálogo.

Pero si bien estos son matices del afecto, necesarios para todo acto educativo, precisamente en razón de ese afecto es que para el docente el crecimiento del alumno se torna también en un imperativo ético. El afecto no es patente de corzo para la concesión, para la omisión, para el no hacer o hacer a medias.   Todo lo contrario,  tiene que conducir al alumno a que entre lo bueno y lo mejor elija lo segundo. Apostar por lo mejor requiere el alumno advierta y se haga cargo que lo mejor siempre es posible. Este es el quicio del trato personal y de formación que requerimos en nuestras escuelas.



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