¿Educar para el mercado o para la sociedad?

Por Edistio Cámere

La educación montada sobre el desarrollo tecnológico y económico cabalga hacia la competencia, la productividad y hacia la habilitación del educando para que su inserción en el mercado laboral sea eficaz y eficiente. Las exigencias actuales son tantas, variadas y acuciantes que la escuela, tensada desde diferentes frentes, corre el riesgo de caer en el desasosiego, en la actividad febril y en la incertidumbre.  No solamente se siente excedida por las consecuencias de la globalización y del mercado sino también por los efectos de las actuales corrientes de pensamiento: injusta distribución de los bienes, devastación de los recursos naturales, consumismo, exclusión, conflictos, inseguridad, violencia, intolerancia racial y cultural, indeferencia ante los ancianos y niños, individualismo, desgaste del sistema democrático, ausencia de participación ciudadana y un largo etcétera…

De cara a esta realidad la escuela se encuentra en un dilema: educar para el mercado o educar para la sociedad; formar para el trabajo o formar ciudadanos capaces de convivir armónicamente. Ciertamente no es una disyuntiva que se resuelva con la inclusión de más o menos materias que satisfagan a las partes. Más bien es un asunto que tiene que ver con una visión racionalista o intelectualista de la acción educativa. La cuestión es si, desde ese enfoque, sin perder su norte ni afectar su naturaleza, la escuela es capaz de responder a las exigencias que la realidad actual le propone.

Desarrollo intelectual

Gracias a su inteligencia el hombre es capaz de conocer, de penetrar en la naturaleza para desentrañar sus leyes y su dinámica. Con esa facultad aquél se apropia conceptualmente de las cosas, de manera que ejerce sobre ellas poder y dominio: puede alterarlas, replicarlas o transformarlas. Con la inteligencia ejerce su imperio sobre lo creado, constituyéndose en un conquistador; prueba de esa capacidad son los adelantos científicos y técnicos que hoy en día benefician a la humanidad. 

En el ámbito educativo -sin disminuir en absoluto su atención- se ha enfatizado el desarrollo intelectual que, además de descuidar la visión integral del alumno, el paradigma del homo faber se ha impuesto como norte. Siguiendo esta línea de pensamiento, un autor moderno caracteriza el derrotero actual de las escuelas. “En el sistema educativo americano, similar al británico y al de la mayoría de otros lugares destacan tres características principales. La primera es la obsesión por ciertas habilidades. Sé que las aptitudes académicas son muy importantes, pero los sistemas escolares valoran mucho ciertos tipos de análisis y razonamiento crítico, en especial las palabras y los números. La segunda característica es la jerarquía de las materias. En lo más alto se encuentran las matemáticas, las ciencias y las lengua (…) La tercera característica es la creciente dependencia de determinados tipos de evaluación” ([1]).

El hombre no es puro intelecto movido por entes, comprobaciones apodícticas o proposiciones lógicas; la naturaleza (que incluye a los ‘otros’) no es un objetivo o posición que hay que dominar y conquistar a toda costa. El ser humano posee otras dimensiones inherentes a su condición de persona que requieren también su despliegue; y el entorno natural, en aras de un sano y armónico equilibrio, exige cuidado y custodia. Precisamente, mediante el desarrollo integral de la persona, los ‘otros’ y la naturaleza se constituyen en responsabilidad y no en solo medios a utilizarse en beneficio propio. 

Si la escuela se alinea con las solicitudes del mercado formando desde pequeños a sus alumnos para que sean altamente eficaces y competitivos caería en una suerte de reduccionismo, limitando su accionar a aspectos que por pragmáticos y utilitarios calzan con la visión liberal que apremia a los sectores productivos. ¿Qué pasaría con los principios educativos que la animan? ¿Qué con la transmisión de los valores y la cultura? ¿Qué con los estudiantes que requieren atención particular o que van a la zaga en rendimiento? ¿Qué con el respeto a los periodos evolutivos? ¿Qué con las actividades que no son útiles o no sirven para fines prácticos: las humanidades, el arte, la música, el deporte…? ¿Qué con el compañerismo y la amistad que nacen por simpatía o interés común? ¿Qué con la solidaridad, la ayuda mutua, la compasión…? Finalmente, el tiempo en educación debe ser paciente, pausado y sosegado para que corone en aprendizajes, hábitos y virtudes en los alumnos; de lo contrario dejaría vacíos, generaría angustias… y sería abiertamente injusto al no respetar las diferencias individuales.

Hoy en día, desde distintos foros nacionales e internacionales, se enfatiza con preocupación los riesgos que corre tanto la naturaleza a causa de depredación como la convivencia y paz social a raíz de la violencia, de las exclusiones y del individualismo obstinado en acumular y gozar a costa de otros; situación a la que -entre otras razones- se ha llegado porque se ha privilegiado el desarrollo de sus cualidades y condiciones de dominador y de conquistador y como tal el hombre se vio investido tan solo de derechos, descuidando en su formación la contraparte que, sin duda, es el complemento de su característica de dominador. Me refiero a la responsabilidad de cuidar. El diccionario de la Real Academia define ‘cuidar’ como: “Poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo (…) Asistir, guardar, conservar”.

Rol de la escuela

A la educación, y por ende a la escuela, le corresponde insistir en el ser del educando, de manera que su hacer sea expresión de la coherencia con los atributos de su persona. El dominio y el cuidado son complementarios, pero no por sí mismos, es al hombre a quien le compete actuarlos simultáneamente en cada acción que emprenda. A la escuela le cabe la gran tarea de ayudarle a descubrir su complementariedad para evitar la unilateralidad y la atrofia del hacer humano, cuyas consecuencias hoy sufrimos.

Educar en el cuidado, de ningún modo es formar ciudadanos mediocres que no puedan aportar a su comunidad. Todo lo contario. Es formar personas competentes pero no depredadores;  personas preocupadas por el conjunto social y no individuos que van solo a lo suyo; personas capaces de comunicar sus talentos y no lucrar con ellos; personas que sepan abrir alternativas para incluir a aquellos que por sí mismos les cuesta descubrirlos. Si cuidar es poner diligencia en la ejecución de algo, significa hacerlas por amor, que no es otra cosa que buscar el bien de los ‘otros’.

La escuela educa –o debe educar- personas para la sociedad, que no es un mercado; es una comunidad en la que sus miembros tienen deberes y derechos y son corresponsables de su desarrollo. El obrar sigue al ser, dicen los filósofos. Entonces, mientras de forme una mayor cantidad de mejores personas sus obras serán de mayor calidad e integralidad: dominio y cuidado serán, por tanto, sus características.

 

 


 

[1]Robinson, Ken  y Lou  Arnica, “El elemento”, 1ra Ed. Buenos Aires, Grijalbo, 2010, págs. 33-34.

 


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