La familia como ámbito educativo y formativo

Por Edistio Cámere

Mafalda ve a sus padres serios y molestos; junto a ellos, con la mirada fija en el suelo y llorando, está Guille, su hermano menor. Intrigada pregunta: “¿Qué pasa?”. La mamá le responde: “¡Que tu hermano es un caprichoso!”. El papá concluye: “¡Eso pasa!”. Mafalda se dirige a su hermano y le dice: “¡Pero Guille, tenés que ser comprensivo, caramba!”. Hace un alto y señalando a sus padres, prosigue: “Pensá que esta buena gente antes de educarnos a nosotros no educo nunca a nadie. ¡Venimos a ser sus hijitos de las Indias! ¿Qué vamos a hacerle?”.

 pareja y bebéCon el advenimiento del primer hijo o hija la relación conyugal muda imperceptiblemente a lo paterno filial. El niño es el centro de los cuidados y atenciones; aquel, con su ‘estar’, imprime un vivaz y variado ritmo a la dinámica del hogar.  Con su modo de ser y de obrar va dando noticia de su filiación, pero también de su autonomía en germen. La luz del ser de los padres reverbera en los gestos y acciones del hijo, que a aquellos complace y deslumbra. De pronto, el niño se aparta de ese molde esperado: es señal de su singularidad, de su ser así y no de otro modo.

La ‘primera vez’ tiene lo suyo. Los papás no cuentan con una suerte de bitácora y menos con una ‘caja negra’ que atesora o registra respuestas o soluciones que vienen bien para toda ocasión o para aquel preciso momento. Ser padres, por tanto, es sencillamente un estreno, un debut que juntamente -o mejor precisamente- con el hijo, protagonista central, y de la mano con el sentido común, irá tejiendo la trama de su educación.

 A favor de la ‘primera vez’ habría que esgrimir que el amor suple la inexperiencia y que, aunque suene a paradoja, ayuda a acertar sobre todo en los momentos o trances más álgidos. Los errores o equivocaciones cuando parten de una recta intención de educar se tornan en aprendizaje. Los padres, gracias a la experiencia adquirida, se hacen más prudentes; el niño, por su parte, es confrontado con los claros y oscuros que hace de la vida un paisaje real y atractivo al mismo tiempo.

Más bien son las omisiones, el ‘dejar pasar’, lo que impide que el niño madure. La indicación, la corrección o el estímulo quedarán en un definitivo suspenso: los padres nunca sabrán el bien que dejaron de hacer. Ese vacío en la formación sólo se podría llenar por acción esforzada y libre del hijo cuando sea adulto. 

Con la ‘primera vez’ no se agota el estreno de ser padre. La paternidad debuta con cada hijo. Los papás establecen relaciones inéditas con cada uno. Su singularidad reclama modos de ser paternales en armonía con esa condición. La paternidad o maternidad, como nota esencial de quien procrea, sin embargo, no se expresa de manera uniforme o colectiva, más bien se especifica diferenciadamente atendiendo la intimidad de cada retoño. Es a partir de su intimidad, de lo que lo hace diferente, que el hijo da noticia de quién es y espera también noticias que así lo distingan. 

De otro lado, los padres, en cuanto tales y en cuanto personas únicas, suscitan en el hijo acciones y reacciones diversas a las que provocarían en el otro hijo. De esta interacción entre singularidades se sigue, por ejemplo, la mayor o menor afinidad, el choque de caracteres, la mayor o menor facilidad para el diálogo… entre padre e hijo.  Vale la pena remarcar que las singularidades de los hijos no anulan -tampoco tendrían por qué hacerlo- la unidad familiar en términos de criterios, principios, tradiciones y disciplina. En palabras de J.J. Rousseau, la educación es el auxilio del crecimiento en tanto respeta la propia naturaleza y, desde fuera, remueve los obstáculos que puedan detener su crecimiento colocando en proporciones ajustadas a la realidad de cada cual el ‘abono’ necesario y conveniente para su mejora personal.     

La relación generacional

“Los niños quieren sentirse orgullosos de sus padres, lástima que los padres no se den cuenta. En los casos más afortunados, un padre y una madre tienen una idea de cómo debería ser el hijo y actúan para que todo se adecue a esa idea. En los casos más desafortunados no ven nada más de ellos mismos y siguen viviendo sin percatarse de ese rayo láser que les apunta permanentemente, una mirada que traspasa muros y supera distancias, implacable, sedienta, hambrienta, capaz de alcanzarlos en cualquier parte de la tierra, de seguirlos al cielo o al infierno, dispuesta a arriesgarlo todo, a perderlo todo, una mirada que desde el mismo momento en que se ha posado en el mundo reclama una sola cosa: otra mirada que le responda” ([1]).

El texto precedente me llevó a reflexionar acerca del presente y del futuro cifrados en la relación generacional: entre los adultos y los jóvenes, entre padres e hijos y entre los mayores y menores. Los adultos, conforme lo dicta la antropología, están sumidos, embarcados en pretensiones y proyectos, lo que es propio y adecuado a su condición. No podría ser de otro modo, pues de su realización depende el desarrollo profesional, humano y familiar.

Con los menores, en cambio, es distinto: su vida aún replegada se va expandiendo gradualmente. Sus proyectos no tienen la dimensión ni entrañan responsabilidades directas para con terceros. Me atrevo a pensar que su mayor responsabilidad es la de crecer, pero no en un exclusivo sentido cuantitativo: peso, talla, fuerza… que como hechos naturales no reclaman participación. Crecer, más bien, es una tarea personal e intransferible de la que nadie puede sustraerse y menos ser reemplazado. 

Este crecimiento que se despliega a partir de las condiciones recibidas (la herencia, el entorno…) entraña también un descubrimiento de sí mismo y del significado de las cosas que están alrededor. Es en la aventura de descubrir en que el menor requiere señales, luces y trazos para evitar el constante ensayo-error que, sin duda, es revelado por los adultos en el comportamiento cotidiano de sus vidas. Más de lo que se suele creer, los hijos miran y captan. Quizá a pesar nuestro, somos -a través de nuestras acciones y actuaciones- contenido de su aprendizaje. Sin embargo, es la acogida, la atención y el cariño que se les muestra  lo que los impulsa al crecimiento. Es “en la mirada que les corresponda” donde encuentran ese apoyo y seguridad para aventurarse por el camino del despliegue de sus vidas.  Se abren al mañana a partir de un presente pleno de afecto y cariño.

Me pregunto si la prisa, “el ahora no porque estoy ocupado”, de la urgencia  para llegar con eficacia a todas las demandas que el trabajo y la sociedad plantean, se vuelven en contra del crecimiento de los niños y jóvenes. El mercado y la globalización, junto con la realización profesional, exigen ser atendidos con presteza e idoneidad. Para responder a la mirada de nuestros hijos no se requiere dejar las actividades, todo lo contrario, se tienen que hacer y hacer muy bien.  La clave está en descentrarse de uno mismo para centrarse en ellos, de este modo, los encuentros con los hijos tendrán el sosiego y la acogida necesarios para su crecimiento. Sólo entonces, los proyectos de los adultos y la tarea de crecer discurrirán sin conflicto y en beneficio mutuo.

Corregir, señal de cariño

Me encontraba considerando el sentido y ubicación del acto de corregir dentro del ámbito familiar, y más específicamente durante el proceso de crecimiento de los hijos. Más aún, entre las tareas que a los padres nos compete: dar cariño y corregir, esta última tiene mala ‘prensa’ y genera mayor desgaste. Dar cariño -sin duda- place ofrecerlo y complace recibirlo. Quiere decir, entonces, que el corregir ¿es la “oveja negra” de los padres? ¿Tenderá a extinguirse como parte de la tarea educativa? ¿Su valor en el desarrollo de los hijos es limitado por no decir, nulo?

Por estos senderos discurría cuando, leyendo el libro de Carlos Llano, ‘La amistad en la empresa’ (2000), advertí que el mencionado autor inscribía el ‘corregir’ en el marco del amor como dádiva superior al amor de reciprocidad y al de necesidad. La diferencia sutil, pero a su vez categórica por sus consecuencias, tiene que ver con la forma de querer el bien: lo quiero para mí; lo quiero para ti en tanto me devuelvas uno igualmente; o quiero el bien para alguien.  

Una sonrisa, un beso pueden convivir con la propia complacencia al ofrecerlos, y no tiene que estar mal. Sin embargo, cuando uno corrige lo último que se busca es el ‘pasarla bien’, tener que soportar un gesto inapropiado, escuchar una impertinencia o tener que sostener una mirada torva o socarrona. En el mejor de los casos, recibir una mirada acogedora y amable como señal del poco o ningún interés de la corrección indicada. Todo ello hace de la corrección un acto de efectivo desprendimiento propio. 

La pregunta es ¿por qué se debe asumir los riesgos implicados en la corrección? Porque con ella se busca de modo directo y patente el bien de la otra persona.  Al determinar su correspondencia en su mejora o crecimiento no se puede menos que ofrendar un ‘momento de incomodidad’ en vistas al logro que puede obtenerse. 

Tomás de Aquino afirma que el amor consiste en querer el bien para alguien; en está línea, la corrección expresa de modo plástico lo que es el amor. Si ese alguien es el propio hijo, el cariño paternal no puede renunciar a poner los medios a su alcance para que aquel no se aparque en la medianía.  

Suele ocurrir que el bien querido no sea comprendido o que para conquistarlo suponga -de parte del hijo- un esfuerzo prolongado en el tiempo. En tal caso, el obsequio del afecto y del cariño de parte de los padres será el catalizador que lo impulsará a seguir adelante. En cambio, los efectos de la dimisión en la tarea de corregir no se disminuyen con el puro afecto y consentimiento. 

Dado que el crecimiento personal no es una auto-tarea, exclusiva y cerrada a influencias extrínsecas, sino que se configura gracias al aporte de los demás y que además ese crecimiento se va soportando con la incorporación de bienes, la corrección para quienes tienen el deber de educar es el conducto fundamental por donde discurren precisamente esos bienes y sobre todo el amor invalorable a los hijos.

 


[1] Susana Tamaro  en “Escucha mi voz”,  Ed. Seix Barral, España, 2007, pág. 92.


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