A UN MAESTRO CON ADMIRACIÓN

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En el otoño de su vida encontró, abrazó y vivió para su vocación de maestro. La pasión por educar no se despierta – exclusivamente-  a temprana edad. Será porque no requiere fuerza ni agilidad física sino, más bien, de un corazón vibrante, capaz de sorprenderse ante ese  prodigio personal, que ocurre en todo acto educativo: la comprensión. Vibrar y sorprenderse, siendo palabras con rico significado, no alcanzan a definir el educar. Un corazón educador es el que pone ‘entre paréntesis’ sus intereses para centrarse en la búsqueda del bien de su alumno o alumna. Pero para dar con ese bien, lo primero es acoger, conocer y querer.

Hace pocos días, sorpresivamente murió un gran hombre y maestro: sus alumnos lo llamaban Profesor Gustavo. Este modo de referirse a él tenía el encanto de la fusión: recibía el reconocimiento a su tarea: profesor. Al tiempo que le exteriorizaban su cariño llamándole por el nombre que lo identifica, que lo distingue y que acoge. El profesor Gustavo con su presencia serena – ¡qué importante es no exagerar ante una travesura o ante un logro!- con su mesura y predictibilidad, convocaba e infundía en sus alumnos seguridad. Con su buen humor y su cálida escucha, que no es postura, es virtud, no solo conseguía que sus alumnos aprendan, también lo buscaban para conversar sobre la  visión e interpretación joven del mundo.

Así como un diamante se pule por la acción de otro diamante, una persona se hace tal por la palabra, ejemplo y afecto de otra persona. El profesor Gustavo supo aventurarse y asomarse con delicado respeto a la riqueza singular del mundo interior de sus alumnos, tocando los resortes que los impulsaban libremente en pos de sus ideales. Los jóvenes buscaban a Gustavo para conversar, a pesar que no era un profesor fácil con las notas. Era estricto pero justo. No era joven precisamente, no obstante, la brecha generacional, no era un obstáculo. ¿Qué lo hacía atractivo con sus alumnos? Sin duda, sus dotes naturales que descubrieron su apogeo en la docencia. Sabía confiar y no calificaba a sus alumnos cuando le contaban sus sinsabores o sus proyectos. Sinceramente los quería. Me consta. No pocas veces, me comentaba – sin nombres propios  – preocupaciones de sus estudiantes. Las tenía identificadas, les daba vueltas pensando hasta lograr con la alternativa de solución más conveniente. Al tenerlos pendientes, no tenía nuevas relaciones con sus alumnos, era la misma que continuaba con diferentes circunstancias o características. El profesor Gustavo supo integrar biografías en una misma historia. ¡Gajes del maestro que quiere el bien de sus alumnos!

El colegio Lomas de Santa María, donde laboró más de 10 años, – ¡qué tiempo tan intensamente fecundo! – con buen tino, le encomendó – estos dos últimos años- la formación personal de los alumnos. Dejó las aulas para dedicarse a la consejería y orientación. No muchos profesores tienen el privilegio de dedicarse de lleno a tallar fino el corazón y la mente de sus alumnos a través del trato personal. Para recibir este encargo se requiere una condición que el Profesor Gustavo satisfizo largamente: un exquisito respeto a la libertad de cada alumno.

Gustavo Vázquez Vázquez – entrañable amigo – se nos ha ido. La educación está de luto. No aparecerá en los medios de comunicación toda su labor desplegada. La tarea del docente nunca es masiva. Es incidente, impregna y cambia a toda la persona. El hombre actual es insensible, así como no le parece asombroso que una flor germine de una semilla, tampoco le sabe a prodigio que un alumno aprenda a autodeterminarse hacia su bien. Es cierto que la obra del Profesor Gustavo no llenará las páginas de los diarios,  pero si permanecerá llenando los corazones y las vidas de todos sus alumnos y colegas. Ellos llevarán y extenderán su presencia por doquier. Gustavo, has cumplido a cabalidad con lo que se espera de la docencia: escribir en la biografía de cada alumno. ¡Misión cumplida!

Edistio Cámere


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